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Cultura Abierta: el fin de la propiedad intelectual
Por: Alberto Vázquez
Para citar este artículo: Vázquez, Alberto, 2002, "Cultura Abierta: el fin de la propiedad intelectual". Disponible en el ARCHIVO del Observatorio para la CiberSociedad en http://www.cibersociedad.net/archivo/articulo.php?art=12
Nuestro futuro depende de nuestra filosofía
Richard Stallman
Ignorar que la aparición y desarrollo de las tecnologías están suponiendo
grandes cambios en el entorno social occidental -donde el acceso a los
ordenadores y a las líneas telefónicas está generalizado- es, cuanto menos, un
ejercicio de irresponsabilidad. No por ignorar lo que sucede, ello deja de
suceder. A pesar de todo, muchos se empeñan en seguir afirmando que las reglas
del juego existentes son las reglas del juego permanentes. Visiones obsoletas y
planteamientos conservadores y profundamente mediocres, dan al traste con
proyectos que no merecían, a priori, tan severo e injusto trato.
En, por decir algo, treinta años transmitiendo datos a través de redes y,
siete u ocho haciéndolo de manera intensiva y más o menos generalizada, hemos
aprendido algo muy esencial: quizás éste no sea el medio definitivo, pero, desde
luego, es un medio excepcional para distribuir todo lo que nos venga en gana.
Nos costará pensar algo mejor. Las tecnologías digitales aplicadas a la
transmisión de datos son uno de los avances capitales en el desarrollo de la
humanidad.
Quienes mejor saben de sus bondades, obviamente, son quienes más las
utilizan. Al tratarse de un medio muy tecnologizado, son los técnicos y,
principalmente, los técnicos de computadoras, los que configuran la vanguardia
del medio y establecen, con sus actuaciones y apuestas, los pilares de lo que
han de ser las filosofías digitales. Una comunidad de usuarios de las
tecnologías digitales, relativamente reducida y en extremo opaca al resto del
mundo, ha establecido, de la manera más natural e innovando sobre la marcha,
toda una serie de argumentos e ideas que podemos considerar el germen de lo que
han de ser los comportamientos de los humanos que se encuentran en los extremos
finales de las redes de transmisión de datos.
Nosotros, que no somos ni técnicos ni disponemos de vocación suficiente para
serlo, miramos con una mezcla de pasión y desconocimiento todo lo que ahí, en
ese grupúsculo esencial que se ha dado en llamar cultura hacker y
sobre el cual tantas y tan erróneas leyendas discurren, está sucediendo día a
día y, más aún, a una velocidad vertiginosa. Este grupo de personas ha
configurado, con su trabajo y su dedicación, una importante y sólida filosofía
que prima sobre cualquier otro factor, el interés por el aprendizaje y el
alcance, siempre, de la máxima potencialidad del conocimiento y la obra
creativa.
En un periodo de menos de diez años que podemos generalizar denominando "los
noventa" se han sucedido una y más formas de crear, distribuir, almacenar y
recrear aplicaciones informáticas. Algunos de estos escritores de software han
desarrollado toda una filosofía que prima, sobre cualquier otro condicionante,
los valores ancestrales del conocimiento por el conocimiento, la libre
circulación de la información y el desarrollo extremo de las formas de
democracia. Viejas ideas para nuevos tiempos. Pero, lejos de vacuos idealismos
carentes de soporte intelectual y material, la cultura hacker se puso manos a la
obra y, en menos tiempo del que ocupamos otros analizando el propio proceso, se
embarcaron en la más feliz de las empresas del fin del milenio: el conocimiento
a pesar de todo y de todos.
No nos equivocamos si decimos, y así hay que hacerlo, que la comunidad más
activa y atractiva de la última década la han formado legiones de escritores de
programas y aplicaciones, muchos de ellos anónimos y movidos por el único y
renacentista afán de abarcar el conocimiento. Desde luego, la aparición de las
tecnologías digitales ha sido el factor determinante para que esto suceda. Pero
ha sido un proceso en el que la pescadilla se muerde la cola: las tecnologías se
desarrollan eficazmente por los desarrolladores utilizan eficazmente las
tecnologías que desarrollan.
La culminación de estos procesos, tan interesantes para la historia de la
creatividad humana como crípticos para quienes se dedican, desde el exterior, a
su análisis y estudio, han, por fin, alcanzado un estadio de madurez suficiente
para ir un paso más allá: ya no son sólo patrimonio de los técnicos las
filosofías más atractivas del cambio de milenio.
Open source
El momento decisivo de este proceso, tiene lugar el 22 de enero de 1998
cuando la compañía de software Netscape
Communications decide hacer público el código fuente de su programa Navigator. Este programa fue, y
aún lo es para los más románticos, la aplicación más poderosa para moverse por
la World Wide Web, es decir, para comunicar personas de forma masiva y a escala
mundial. Liberar el código fuente significa que además del programa en sí,
Netscape ponía a disposición de quien quisiese, sus tripas. La compañía, en una
decisión sin precedentes, nos enseñaba su juguete más preciado y nos permitía,
además, jugar con él.
Ni dos semanas después, el 3 de febrero, se reúnen en Palo Alto, California,
un puñado de gurús que deciden dar nombre a todo el proceso que se les venía
encima: open source o,
en castellano, código fuente abierto. En unas horas, los presupuestos básicos de
la más importante filosofía de los últimos tiempos estaban sentados y abiertos
al debate.
Bien es cierto que Richard Stallman, ya desde 1984, se encontraba trabajando
decididamente en esta dirección. Stallman defiende, desde entonces y con sumo
ahínco, que acceder a los programas informáticos para utilizarlos e, incluso,
modificarlos, es un derecho que no debe ser reconocido por nadie. Por ello, se
embarcó en un complejo proceso que ha conseguido crear un importante software
libre que, desde su nacimiento, dispone del código fuente abierto de manera que
quien lo desee pueda introducir modificaciones sobre él. Stallman, con su
titánico esfuerzo, ha conseguido crear toda una filosofía en relación a la
comunicación de las personas con las computadoras: cualquiera debe ser
absolutamente libre en el uso de los programas de ordenador y puede hacer con
ellos lo que quiera, excepto establecer restricciones a usuarios futuros.
Las características básicas del open source así como de la filosofía
de Richard Stallman, se orientan, exclusivamente, a la producción y desarrollo
de software. Disponer del código fuente permite a quien quiera escrutar sus
procesos más íntimos y, por supuesto, después de comprenderlos y asimilarlos,
tratar de mejorarlos. Ésta es la tesis básica del open source: cuantos
más seamos trabajando al unísono sobre un material determinado, mejor será el
resultado final. Ya es bien sabido que cuatro ojos ven mejor que dos. Y si se
trata de varios cientos de ojos, la regla de tres es simple.
Pero además, el open source establece una filosofía de distribución.
Permite a cualquiera reproducir cuantas veces quiera el producto editado bajo
esta licencia, incluso con intereses comerciales. Y no sólo eso: impide de forma
explícita que se impida a nadie trabajar sobre productos open source.
Sólo de esta manera el objetivo de obtener la mejor de las variantes posibles de
un producto determinado puede llevarse a buen puerto.
El fin de la propiedad intelectual
Pero hay un efecto, llamémosle colateral, del open source que golpea
directamente con toda la concepción moderna del arte y, en general, de las
actitudes creativas. Si muchas personas trabajan en el desarrollo de un producto
sobre el supuesto de que todas lo hacen en igualdad de condiciones y régimen
comunitario, ¿a quién pertenece el producto final?
Más aún. ¿Y si aplicamos esta filosofía no sólo a la escritura de software
sino también, por ejemplo, a la escritura de novelas? ¿Se siente alguien capaz
de mejorar "Cien años de soledad"? ¿No? ¿Y de modificarla por el simple gusto de
hacerlo?
Existen precedentes. La industria de la pornografía lleva años haciendo esto.
Se toma el motivo de una película de éxito -generalmente basta el título, el
ambiente histórico y cuatro detalles más- y se rueda la versión porno. De hecho,
una película que merezca la pena, ha de tener su remake porno. De lo
contrario, ni se molesten en ir a verla.
Anécdotas aparte, la propiedad intelectual
ha sufrido cambios desde que las tecnologías digitales hicieron su aparición. La
democratización tecnológica nos abre camino a un universo de delitos privados
que todos practicamos con mayor o menor ahínco. Desde las vulgares copias de
compact-discs hasta el almacenamiento de impúdicas fotografías obtenidas a
través de Internet, el común de los mortales se ha lanzado al sano ejercicio de
violar los derechos de otros. El problema tiene difícil solución. No se puede
perseguir a todo el mundo ni pretender que todos acabemos en la cárcel. Incluso
las grandes empresas de televisión digital andan enfrascadas en arduas e
infructuosas luchas contra la descodificación ilegal de sus señales. Porque,
aunque la ley reconoce que quien emite las ondas es su propietario, bien es
cierto que lo que hay dentro de mi casa es mío y hago con ello lo que me place.
Y si alguien quiere comprobar si dentro de mi hogar delinco con el mando a
distancia, que traiga, por favor, una orden del juez.
Pero tuvo que llegar 1999 para que el asunto de la violación de los derechos
de los autores fuese tomado en serio. Hubo de aparecer un software llamado Napster que, de la noche a la mañana,
revolucionó toda una manera tradicional de entender las relaciones
autor/consumidor. Por primera vez en la historia de la distribución de obras
creativas, el consumidor asumía el control y decidía hacer lo que le placiese
sin que el autor ni los estamentos asociados a él pudieran hacer nada por
evitarlo.
Napster era un software que permitía el intercambio indiscriminado de
ficheros informáticos que, a su vez, contenían ese bien tan preciado y costoso
que es la música. Según las compañías discográficas, que viven, como es sabido,
de vender a precio de oro copias y copias de un producto inicial que apenas les
cuesta nada, Napster violaba todos y cada uno de los derechos que le asisten al
autor. Muchos músicos, viendo peligrar sus cuentas corrientes, se sumaron a la
idea. Pero no había demasiado que hacer: se había sembrado la semilla para que
la propiedad intelectual no fuese a ser jamás lo que había sido. Porque, hay que
decirlo, el problema real de Napster es que tuvo más usuarios utilizando sus
servicios que habitantes muchos países del planeta. Éste es y no otro el
verdadero problema. Cuando millones de personas hacen al mismo tiempo algo que,
circunstancialmente, va contra los intereses económicos de unos pocos, éstos
últimos ya pueden montar en cólera todo lo que quieran. El fenómeno perdurará y
será la ley la que habrá de reajustarse. Y ellos, los de los intereses
económicos, también. Por la cuenta que les trae.
Si se puede ver, se puede modificar
Las tecnologías digitales ofrecen un sinfín de mejoras a las tecnologías
tradicionales. Basta disfrutar de la experiencia de enviar un mensaje de correo
electrónico para darse cuenta de ello. Pero a todas sus bondades, llamémosles
obvias, hay que sumarle una no menos interesante: permiten sucesivas, múltiples
y ramificadas modificaciones de un producto original. Esto que digo puede sonar
a evidente para los usuarios habituales de las nuevas tecnologías, pero no
estará de más recordarlo para los que no las frecuentan tanto como quisieran. Un
libro publicado en formato impreso tiene un coste de producción que crece
proporcionalmente al número de unidades que de él se editen. Un libro publicado
en formato digital y distribuido en Internet tiene siempre el mismo coste
independientemente del número de ejemplares que de él se distribuyan y dicho
coste, además, será siempre cercano a cero.
Si bien es cierto que quienes son autores de obra creativa distribuida a
través del medio digital -y estamos hablando de todas las disciplinas
literarias, de muchas de las plásticas, de las musicales y, poco a poco, también
de las cinematográficas- se cuidan mucho de defender sus derechos por medio de
la utilización de medios tan dispares como son la criptografía o la ley, no es
menos cierto que todo lo transmisible digitalmente es susceptible de ser
intervenido. Ya, a día de hoy, los legisladores de los países más avanzados en
la materia, se encuentran sumidos en un debate para dilucidar cuál ha de ser la
ley que a todos contente cuando se trata de distribuir digitalmente.
Este hecho trae sin cuidado a la comunidad de usuarios de estas tecnologías.
No hubo un sólo usuario de Napster preocupado por la presunta maldad de su
proceder y, a buen seguro, todos ellos durmieron como benditos por las noches
mientras el software estuvo activo. Nadie de los que coleccionan imágenes,
textos, música o vídeos obtenidos a través de Internet se preocupa lo más mínimo
de los derechos presuntamente violados al autor que generó el original. Es más,
en muchos casos, la autoría de estas obras se ha diluido en las muchas
distribuciones de la misma.
Llegado este punto, es difícil seguir sosteniendo métodos y maneras de
creación y distribución al uso tradicional. La revolución está hecha y las
filosofías futuras establecidas. Ahora es el momento de explicar las bondades de
esta nueva era. Y de que el autor se adapte a ella.
El autor es el mayor enemigo de la cultura
Si atendemos a los parámetros que configuran la filosofía open
source, el objetivo final al que todo se supedita, es la obtención de la
máxima calidad manteniendo el máximo grado de desarrollo. La cultura, ese ente
abstracto que uno tiene la tentación de escribir con mayúscula, de igual forma,
ha de tener un único fin: desarrollarse siempre al máximo para prestar, así, el
mejor de los servicios a la sociedad. ¿Por qué hemos de conformarnos con medias
tintas si podemos abarcarlo todo?
Dando por bueno este razonamiento, encontramos que el autor, cuando defiende
el derecho al reconocimiento sobre su obra, lastra el desarrollo de la cultura
pues impide a ésta desarrollarse en su máxima capacidad. Legítimo es su derecho
e ilegítima la obsesión de otros por violárselo, pero sólo la cultura se
desarrollará en toda su amplitud si éste último proceso se da de forma
fehaciente.
Por ello, ha de surgir, también para las disciplinas artísticas, una cultura
open source que trabaje exclusivamente al servicio de la cultura y no de
los autores ni, mucho menos, de toda la pléyade de intermediarios que traban con
decisión los procesos creativos. Este proceso, por continuar con la nominación
que estamos utilizando y reconocerse deudor de su predecesor informático, se
puede llamar cultura abierta.
Cultura abierta
A partir de este momento, y haciendo buenos los fundamentos que nos ocupan,
vamos a beber directamente de la cultura open source y de sus tesis para
tratar de trasladarla a la cultura artística. Se trata, ahora, de establecer los
puntos básicos a partir de los cuales se han de desarrollar procesos creativos
que impulsen con fuerza cultura como meta final.
Cultura abierta significa tratar por todos los medios a nuestro
alcance de establecer procesos culturales cuyo principal objetivo sea
evolucionarse a sí mismos y, si se diera el caso, concluirse en el menor tiempo
posible y obteniendo el mejor de los resultados alcanzables. Utilizar todos los
medios a nuestro alcance supone, de una manera clara, renunciar a muchos de los
derechos que a los autores les asisten de manera tradicional. Principalmente, y
de manera genérica, el derecho a la reproducción y distribución de las obras
propias y el derecho a la modificación de la obra original. Este último, llevado
a las últimas consecuencias, supone una renuncia, incluso, a la propia autoría
de la obra de arte.
La defensa de la propiedad intelectual es nociva para el autor
Si entendemos que el fin de la cultura abierta es desarrollar la mejor
de las culturas, tampoco hemos de perder de vista el hecho de que esta filosofía
redunda en beneficio del autor. Aunque ya hemos señalado que trabajando en
cultura abierta pueden darse casos de pérdida de la autoría (sobre todo
cuando muchos agentes se vean implicados en un mismo proceso y los trabajos se
lleven a cabo de manera zigzagueante e intrincada), no siempre ha de ser así. El
autor o autores de una obra pueden continuar siendo reconocidos como tales a
pesar de que hayan renunciado a la mayor parte de sus derechos. Esta renuncia
conlleva, como ya se ha señalado, abrir todos los procesos de distribución. Si
la obra puede viajar libremente, el nombre, el pensamiento y la referencia al
autor, lo harán en igual medida.
Muchos autores -y hay que aclarar que cuando nos referimos a autores nos
estamos refiriendo a todos los autores y no sólo a los que lo son de forma
reconocida, popular y de sobra remunerada- traban continuamente su labor y el
desarrollo posterior de la misma cuando obstaculizan su reproducción. Las obras,
los pensamientos y los mensajes artísticos que quieran prosperar han de tener en
cuenta que defender de manera conservadora los derechos de autor que les son
inherentes, obstaculizarán de forma decisiva su progreso. Se anquilosarán y, en
la mayor parte de los casos, morirán al poco de haber nacido. Muchas de ellas
habrán alcanzado un desarrollo tan escaso, que no podrán, a ojos de un
observador desafectado, ostentar la categoría de obras conclusas.
La obra y su valoración económica son fenómenos disociables y deben ser
tratados por separado
A la cultura sólo le interesa la obra y debe apostar por ella prescindiendo
de la valoración económica. Son dos aspectos distintos que deben ser tratados
por separado. A pesar de ello, no hemos de olvidar que el autor desea obtener
ingresos económicos derivados de la venta de su obra. Bajo la filosofía
cultura abierta, no sólo no se impide que el autor comercie con su obra,
sino que se autoriza de forma expresa. Con una salvedad: el autor no mantiene el
derecho de comerciar con exclusividad. El libre derecho a la circulación y
distribución del producto cultural se contrapone a este precepto. Así, el autor
podrá vender copias digitales de su material artístico, pero otros podrán
hacerlo de igual manera y con el mismo ánimo de lucro. Además, mantener una
tesis abierta, significa que nadie podrá oponerse a que nadie distribuya copias,
con o sin interés lucrativo, con o sin variantes sobre el original.
Fluya libremente la cultura
Digámoslo con un ejemplo y experimentando en carnes propias. Establezcamos
los parámetros básicos de la licencia de distribución de los productos
culturales en régimen de cultura abierta.
Este artículo me pertenece a mí que soy su autor. Esta versión inicial del
mismo es de mi autoría y es lo único que decido conservar. A partir de aquí,
autorizo todas las reproducciones que se quieran dar a este texto incluso las
que tengan como objetivo principal el de obtener un beneficio lucrativo para
quien efectúa la distribución. Tan sólo ruego -pero no obligo- a que se mantenga
la mía, como la autoría principal del original. Por supuesto, y siguiendo el
hilo de la argumentación previa, quedan expresamente autorizadas cuantas
modificaciones a este texto quieran realizarse. Pueden modificarse el sentido de
unas pocas frases o sustituir párrafos completos. Queda esto al exclusivo juicio
de los que vengan detrás.
Pero he de poner ciertas condiciones al acuerdo. Estas condiciones no son
sino las ya establecidas por los desarrolladores de software open source
y que, en resumen, son las siguientes:
- Los productos culturales deben circular libremente. De esta manera, los
productos editados bajo esta licencia, pueden distribuirse, entregarse o
venderse con total libertad. Este sistema de distribución potencia la obra y
ayuda al autor a desarrollarla hasta sus últimas consecuencias. Pero la
libertad ha de ir más allá: podrá exigirse una contraprestación económica
siempre y cuando no se impida la modificación de la versión en cuestión, que
habrá de ser siempre y en todo caso abierta y libre.
- La obra creativa debe de facilitarse de tal manera que pueda ser
modificada libremente por quien quiera, como quiera y cuando quiera. Si esto
no fuera posible de manera directa, se establecerá un sistema alternativo a
través de Internet.
- No se debe permitir la discriminación de personas o grupos de personas en
el trabajo sobre una obra distribuida con este tipo de licencia. De igual
manera, los autores de las distintas distribuciones pueden decidir libremente
qué versiones de la obra deben formar parte de ellas. Los trabajos que
resultan de modificar las obras originales o sus posteriores versiones, han de
distribuirse con el mismo tipo de licencia que las anteriores.
En definitiva: se autoriza la libre modificación y distribución de este
documento siempre que se permita hacer lo propio con el producto resultante.
Nuestro futuro depende de nuestra filosofía
Siguiendo las palabras de Richard Stallman, hemos de entender que nuestra
responsabilidad ha de ser una y sola una: permitir el máximo desarrollo de la
cultura ofreciendo todo el poder de control sobre ella a los usuarios. El resto,
es siempre secundario. Por ello, la filosofía ha de estar clara: nos preocupa el
conocimiento y nos preocupa no vivir en la mejor de las sociedades posibles.
Tenemos los medios y están, ahora más que nunca, a nuestro alcance. Los derechos
de unos pocos deben de carecer de importancia para conseguir, entre todos,
ventajas substanciales. Sobre todo y teniendo en cuenta que el hecho de pasar
por alto dichos derechos, redunda, a largo plazo, en beneficio de los que los
ostentan.
Dejemos a la cultura fluir con libertad. Permitamos que se desarrolle siempre
al máximo nivel y que cualquiera pueda convertirse en agente implicado tan sólo
por desearlo. Por favor, lean, modifiquen y distribuyan este texto. Libremente,
claro.
Copyleft 2002 Alberto Vázquez, http://www.horizontale.com
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