Estás en...




ARCHIVO OCS

El ARCHIVO de la CiberSociedad es un espacio abierto de referencia y documentación para la investigación y el conocimiento de lo CiberSocial desde las Ciencias Sociales, integrado dentro del Observatorio para la CiberSociedad
Abril Trigo
[perfil] · [e-mail]
Artículo mostrado 15985 veces
Artículo recomendado 16 veces

Datos a partir del 22.11.2003. Artículo en el OCS desde el 17 de Diciembre de 2003


OTROS ARTÍCULOS

:: SOBRE internet ::
· Do Partido de Lenin às Redes...
· En búsqueda de la calidad de...
· Movimentos sociais, individu...
· Uma iniciativa para a criaçã...
· El papel ambivalente de los ...
· A ausência do Corpo na Comun...
· Internet y ciberespacio en e...
· Ruta Etnográfica para la Com...
· Brecha digital contra la ald...

:: SOBRE comunidades virtuales ::
· Do Partido de Lenin às Redes...
· Observatório da Saúde da UFS...
· O Cibercidadao do mundo onli...
· Mundos Reais, Mundos Virtuai...
· A Comunicação mediada por co...
· E-learning en blanco y negro...
· La colaboración en el desarr...
· Hacia la construcción de una...
· Comunidades Electivas. Notas...

:: SOBRE identidad ::
· Globalització Vs. Identitat:...
· Microculturas juveniles y ni...
· Comunicación, temporalidad y...
· Rituales de simulación y soc...
· ¿Ágora electrónica o Times S...
· A ausência do Corpo na Comun...
· Internet y ciberespacio en e...
· .CAT: viejas ignorancias, nu...
· El hermano `del medio´: un h...

:: SOBRE globalización ::
· Inovação no contexto da soci...
· Sociedades del Conocimiento ...
· Globalització Vs. Identitat:...
· Comunicação e manipulação na...
· Noopolitik: O Concreto e o V...
· La Sociedad de la Informació...
· Las tecnologías de la inform...
· El ciberespacio, un nuevo es...
· El hermano `del medio´: un h...
· Gobiernos electrónicos en Am...
Archivo OCS

La patria cibernética

Por: Abril Trigo


Para citar este artículo: Trigo, Abril, 2003, "La patria cibernética". Disponible en el ARCHIVO del Observatorio para la CiberSociedad en http://www.cibersociedad.net/archivo/articulo.php?art=156



Este cielo no es el cielo de mi tierra,
esta luna no brilla como aquella…
Otros vagan sin consuelo por el mundo,
¡ay, paisito, mi corazón ta' llorando!

José Luis Guerra, "Ta' llorando"(1980)

Mi pantalla del PC se ha convertido en transmisor de sentimientos muy profundos, he llorado, me he reído a carcajadas y pienso seguir haciéndolo.
Stella Camaño ["Feliz cumpleaños" Rodelú 5/6/01]


Aunque las cifras varían notablemente, de acuerdo a estimados conservadores alrededor de medio millón de uruguayos ha emigrado durante los últimos treinta años, lo cual representa aproximadamente un 12 por ciento del total de la población uruguaya, cifra importante bajo todo concepto y sólo despreciable, quizás, en números absolutos y en términos mundiales. De acuerdo a los estudios más confiables, unas 400.000 personas habrían emigrado entre 1964 y 1981 y según información personal de la demógrafa Adela Pellegrino, si calculásemos un promedio de 7.000 emigrantes anuales entre 1985 y 1996, llegaríamos a la cifra del medio millón [Pellegrino, Fortuna y Niedworok 1987]. A consecuencia de un uso más amplio y cada vez más generalizado de la telefonía de larga distancia, los viajes aéreos, el fax y el correo electrónico, las comunicaciones con Uruguay han cambiado dramáticamente en los últimos años. La correspondencia postal, aún vigente en los 60, fue reemplazada en los 70 por el casete de audio, y ya en los 80 por la llamada telefónica y la videocasete. Así como la tecnología satelital y digital extendió y abarató las comunicaciones, los viajes aéreos se hicieron mucho más rápidos y accesibles. Hasta los 70 tempranos, cuando alguien viajaba en alguno de los escasos vuelos semanales a Estados Unidos o Europa, la familia en pleno marchaba al aeropuerto a despedir al viajero en busca de fortuna o de aventuras. Era un rito emotivo, que congregaba a todos en una separación que, no empece las circunstancias, era siempre vivida como dolorosa y final. Una perfecta ocasión para la demostración de afectos, la dramatización del espíritu de la tribu y otros, tal vez perversos e impronunciables sentimientos. A lo largo de los años, no obstante, la abundancia de viajeros y la frecuencia de las partidas terminó por desgastar el ritual. Aquella escena de familias enteras abandonando el país para siempre terminó siendo un acontecimiento normal y cotidiano, un lugar común en la cultura uruguaya contemporánea. Ya en los 90, el viajero acompañado al aeropuerto por familiares o amigos se iba sin lágrimas, sin desgarramientos, con un simple hasta pronto. Paradójicamente, sin embargo, este desgaste del ritual de la partida y del viaje fue promoviendo la necesaria emergencia de otro tipo de ritos capaces de activar la memoria cultural. Aquí entran en escena las comunidades virtuales en el ciberespacio.

Rodelú es la comunidad cibernética de uruguayos más establecida y de más larga duración, con más de 2.000 miembros dispersos por los más remotos rincones del mundo y con una circulación de miles de mensajes que han dado lugar a una antología publicada como libro [Cantera et al 2001]. Su precursor, La "red de uruguayos", o simplemente "la red", unía "a estudiantes, profesionales, becarios o simples aficionados a la comunicación electrónica que viven en los cuatro rincones del mundo: desde Nueva Zelanda a Finlandia, de Japón a Venezuela […] Casi el 60 por ciento de sus integrantes estudia o trabaja en Estados Unidos, siendo Israel, Francia y Canadá los países que le siguen (con alrededor de 7 por ciento cada uno) en orden de importancia numérica. Los países latinoamericanos donde hay más redistas son Brasil y Venezuela, con 2.4 y 1.7 por ciento respectivamente" [Elissalde]. A pesar de la dispersión geográfica, sería discutible cuán representativas de la diáspora uruguaya pueden ser estas redes, así como las docenas de grupos de discusión, páginas y sitios de Internet, en tanto llegan apenas a una quincuagésima parte de la población en la diáspora y a un irrisorio 0,025 por ciento de la población uruguaya total. Integradas en buena parte por intelectuales, profesionales y estudiantes universitarios en el extranjero, que disfrutan por lo general de un cierto confort y tienen obviamente acceso al Internet, recursos técnicos apropiados y tiempo suficiente para mantener una intensa correspondencia electrónica diaria, estas redes son la punta del iceberg de una vasta, amorfa, silenciosa e invisible diáspora a la cual pertenezco, una suerte de elite migrante que disfruta de mayor movilidad y más fluidas comunicaciones con Uruguay y con el mundo. Sin embargo, como me hiciera observar Beatriz Pereira, por entonces moderadora de Rodelú, quienes participan más activamente en las redes no son necesariamente profesionales, y los pocos intelectuales y académicos que las integran intervienen en forma esporádica y pasiva. La inmensa mayoría de los uruguayos en la diáspora, vale recordar, no viaja al país regularmente, ni habla por teléfono con mucha frecuencia, ni integra estas comunidades en el ciberespacio, aun cuando tenga acceso al Internet, debido quizá a la sencilla razón de que el migrante tiende a reproducir, en la diáspora, los clivajes socio-culturales del Uruguay que dejó atrás. ¿Cuál sería entonces la importancia social, política y cultural de estas cibercomunidades, tan extendidas hoy entre migrantes de todas las nacionalidades? ¿En qué medida podrían ser consideradas emblemáticas de la migrancia transnacional en tiempos de globalización?

Seis emigrantes uruguayos se hicieron una promesa en el exterior: tras partir una baldosa en pedazos y quedarse con una parte cada uno, decidieron encontrarse el 8 de enero del año 2000 a las 18 horas en la plaza Fabini, sin importar el lugar del mundo donde residieran. Ayer, el sueño se hizo realidad y desde puntos lejanos se congregaron en tierra oriental para cumplir con el juramento que simbolizó la amistad y la lucha por la vida. […] A las 18 horas llegaron los fragmentos de baldosa que habían sido adjudicados a Eduardo Rancel en Barcelona y Mariana Norandi en México. Diez minutos más tarde, arribó Marta Lacuesta representando a Toronto (Canadá) y Betina Garrone de Montevideo. Cuando ya no se esperaba regreso alguno, apareció la quinta parte de la baldosa. La trajo Isabel Gutiérrez que emigró a fines de la década de los 70 a Gotemburgo, Suecia y desde 1992 que no visitaba nuestro país. [Bustamante]

La Red Uruguay, que operara por varios años desde su fundación en 1990, fue sucesivamente administrada desde distintas universidades, en los Estados Unidos (University of Pennsylvania, Stanford University), Canada (University of Toronto) o Uruguay (SECIU, Universidad de la República). La red comprendía cuatro grupos: deportes, noticias, cultura y discusión, y subgrupos de base geográfica, como "Uruguay adentro" y "Uruguay afuera". Se trataba de un foro libre, abierto, sin moderadores, consagrado a "la difusión y discusión de temas relacionados al Uruguay" [Walter García-Fontes, Red Uruguay 1/7/1991]. Su índole informal no significa que careciera de protocolos, pero al no tener éstos carácter compulsorio, era inevitable el reiterado estallido de debates incendiarios, salpicados de epítetos al estilo de "nazi", "racista", "reaccionario", "provocador", "insensible", "stalinista". Esta atmósfera exaltada, que reproducía modos de convivencia y daba continuidad a los modos de hacer política en los 70 y los 80, inspiraron también la parodia: "Esta red no admite moderadores. De hecho, no admite moderados tampoco. Esto es lo más cercano a la Anarquía [a] que puedes llegar. Relájate y goza" ["Normas Básicas de 'Urtiquette'," Red Uruguay 6/12/94].

Yo optimista y todo, no dejo de pensar y sentir, de vez en cuando acerca de todas las vidas que no viví...! Tantas encrucijadas pensadas y repensadas y el dolor de la partida… Y así, quedaron trozos de mi corazón en Novo Hamburgo, Rio Grande do Sul, Brasil; en Punta Chica, Partido de San Fernando, Provincia de Buenos Aires y en el viejo Montevideo de los años de 1943 hasta 1969… Y ahora leía tus recuerdos de la calle 21 de setiembre y los famosos frankfurters de La Pasiva, etc. Son todos recuerdos comunes de mi alma de peregrino… Pero que ahora he vuelto. ¡Y si de algo te sirve, hermanito, dejame disfrutarlo un poco más todavía, por el mero hecho de saber que vos lo estás añorando! Y por otro lado, también te cuento que las vivencias no son ni la cuarta parte de buenas que los recuerdos. Es decir, las vivencias son buenas y muchos me comprenderán, pero no se corresponden con los recuerdos, porque son nuevas, distintas, nunca será lo mismo. [Carlos Nostálgico Curiel, "Emigración". Rodelú 15/1/00]

Quizá debido a la por momentos tormentosa experiencia de Red Uruguay, el foro Rodelú contó desde sus comienzos con un moderador, autorizado para censurar las expresiones político-partidarias y toda manifestación de comportamiento disruptivo, de modo que "Sólo los mensajes relativos a nuestros temas y de acuerdo a nuestras reglas son pasados al foro". El propósito es mantener una "Atmósfera elevada, amigable, respetuosa y educada, so pena de expulsión inmediata a quien no lo respete. Sin chat ni banalidades. Sólo intercambio de artículos de Historia y Literatura del Uruguay (e historia de los barrios, candombe, murgas, recuerdos, nostalgias, modismos y otras 'uruguayeces') y todo lo relativo al patrimonio cultural del Uruguay". De acuerdo con esta declaración de intenciones, "Se invita a participar en este foro a todas aquellas personas que se identifiquen con la cultura uruguaya, sea por haber nacido en el país o por ser hijos de uruguayos que se identifiquen como tales, o hasta por simpatizar con el Uruguay, su historia y su cultura" [Canugi Yorugua, "Microhistoria y literatura del Uruguay". Rodelú 16/7/99]. Identificarse pues con la historia y la cultura uruguayas parece ser requisito fundamental para formar parte de la familia de Rodelú, cuyo propósito primordial es preservar y reforzar la identidad uruguaya mediante la revitalización y la diseminación de textos literarios y artefactos culturales, crónicas históricas y memorias personales. De acuerdo con lo sostenido por Jan Fernback, estas comunidades en el ciberespacio son un repositorio de la memoria cultural; narrativas creadas por cibernautas para recordarse quienes son; un espacio sagrado y profano, virtual y real, ontológico y fenomenológico; un campo de lucha por el poder [1997, 37]. El énfasis en la recuperación de la vida cotidiana y la memoria cultural es probablemente el rasgo más distintivo de Rodelú, autodefinida como una comunidad migrante en el espacio virtual: "Somos 380+ paisanos desperdigados por el mundo con el común denominador del interés por los recuerdos y el 'anecdotario popular' de nuestro país. […] realizamos el viaje con la vista dirigida hacia adelante, de vez en cuando dando una miradita a los espejos retrovisores. ;-) […] Recorremos mentalmente el Uruguay revisando los rincones del pasado, tratando de atrapar el sesgo menos visible, menos evidente. Lo observamos con una mirada vivificadora y no exenta de melancolía: la que proviene de nuestro propio y andariego recuerdo de un país que cambia y al mismo tiempo la que heredamos de una memoria colectiva que provoca esa nostalgia que consideramos tan uruguaya. (Algunos de nosotros hemos salido del Uruguay, pero el Uruguay nunca saldrá de nosotros, al parecer)" [Claudio Núñez Giordano, "Mensaje de bienvenida," Rodelú 23/7/99].

Declaración de principios y perfil psico-cultural que instaura a esta "tertulia virtual" en expresión paradigmática de la diáspora uruguaya y suprema materialización de la nación en la realidad virtual: la patria cibernética. El hecho de que veinte por ciento de su membresía resida en Uruguay es valorado como un factor de anclaje por los rodelianos en el extranjero, quienes integran, en parte al menos, una nueva modalidad de migrantes transnacionales que por razones profesionales, laborales o de otra índole disfrutan de una alta movilidad, física o virtual, en las redes globales. Su acceso a la tecnología informática y la flexibilidad de que disfruta en términos de empleo, habitación y estilo de vida, explican tanto el cosmopolitismo del cibermigrante como su necesidad de construirse anclajes identitarios compensatorios. El cibermigrante, a diferencia de la inmensa mayoría de la diáspora uruguaya, que permanece ineludiblemente amarrada a las circunstancias cotidianas locales, forma parte de una elite transnacional ensamblada a la lógica fluida del espacio global -flujos de capital, de información, de tecnología, de símbolos, que regulan la vida económica, política y cultural [Castells 1996, 411]. En su condición de pionero de una comunidad virtual en el ciberespacio -vocablo acuñado por William Gibson en su novela Neuromancer para referir a un mundo imaginario al cual se accede mediante computadoras- el cibermigrante encarna la flexibilización de comunidades nacionales dislocadas, quebrantadas, dispersas por la globalización del capital. Es un pionero en la patria cibernética.

La nostalgia nos trae constantemente el recuerdo de Uruguay, sus símbolos, las personas, las comidas… Siempre leo aquí en Rodelu que las personas se preocupan por un buen asado, un dulce de leche, en fin, todas esas cosas. Pero cuando vemos que podemos regresar, cuando nuestra vuelta se torna concreta y es una decisión nuestra o familiar aparece otro tipo de nostalgia: otros afectos, hábitos, sabores, lugares, estaciones del año… ¿Cómo resolvemos esa diversidad que ahora hace parte de nosotros?… No podemos apagar 10 o 20 años de experiencias… [Sonia Marybel, "Cómo regresar Anne-Marie Mirza," Rodelú 14/1/00]

No es mi intención escribir una crónica, ni realizar un estudio sociológico, demográfico o estadístico de las redes migrantes en el ciberespacio. Tampoco lo es cartografiar las múltiples vías y modalidades de comunicación usadas por los migrantes, como el correo electrónico, o la creación y acceso a páginas, sitios, periódicos y radios en Internet. Mi interés es otro, y se plasma en dos cuestiones centrales. ¿Cómo se representa la nación en el ciberespacio? ¿Cuál es la naturaleza última de esta comunidad virtual gestora de un corpus textual multifacético y rizomórfico?

Si las grandes migraciones, desde el siglo XVI hasta la segunda guerra mundial, constituyeron un dispositivo demográfico fuertemente anudado al desarrollo del capitalismo y un componente estructural de los estados nacionales modernos, la migrancia y la diáspora transnacionales responden a la compleja onda expansiva de la globalización, que reduce las naciones periféricas al mero rol de administradores del mercado. De acuerdo a esto, resulta claro que los movimientos migratorios ejercen un papel primordial en la constitución de los estados nacionales, pero también constituyen su lado oscuro, su coartada ideológica. La migrancia y la diáspora, sobredeterminadas por una dual economía social y simbólica, operan como una válvula de seguridad que previene la disolución lisa y llana de las naciones neocoloniales y poscoloniales globalizadas, al dispersar, de acuerdo a las leyes del mercado demográfico y económico, su capital humano y cultural. Son un síntoma geo-demográfico de la nación, una negación de la nación que hace a ésta posible, por cuanto la lógica del estado requiere el necesario y más estricto control de los flujos migratorios, así como la demarcación de rigurosas fronteras entre el adentro y el afuera, lo nativo y lo extraño (1). Como cualquier mecanismo de marginación y discriminación, al tiempo que contradice valores fundamentales de la nación pone en funcionamiento dinámicas de exclusión y expulsión imprescindibles para la reproducción de la identidad nacional. Al igual que la marginación social, la segregación étnica y la discriminación política, la migrancia y la diáspora funcionan como dispositivo que previene la desintegración del cuerpo social, no obstante poner a la vista las fallas y miserias que hacen inevitable esas tribus errantes que desbordan la mayestática monumentalidad de los imaginarios nacionales y reinscriben, con sus cuerpos, las fronteras políticas y culturales de la nación moderna [Bhabha 1990, 315]. En consecuencia, la migrancia y la diáspora operan respecto al estado-nación la misma función estructural que el mercado informal y el desempleo cumplen en el sistema capitalista: no obstante contradecirla en apariencia, son una necesidad estructural de la nación, un agujero negro donde la nación falla y donde se hace visible el envés de su textura fantasmática. Esto es así porque la migrancia y la diáspora transnacionales conforman una experiencia existencial que empuja la identidad nacional hasta los bordes mismos del abismo, exponiendo la naturaleza estrictamente imaginaria de la identidad nacional.

La cibermigrancia -la experiencia de la migrancia y la diáspora en el espacio virtual- y la patria cibernética -la comunidad virtual cimentada a partir de dicha experiencia- consuman la textura fantasmática de la nación. El espacio virtual de esta comunidad imaginante se moldea a través de la recolección y el intercambio ritual de remembranzas, la narración de historias y la práctica de una variante dialectal del español, pero lo que importa aquí es la dimensión ritual de la experiencia comunicativa, una experiencia imaginativa más que sensorial, en la cual materializa un lugar puramente textual e imaginario. Tan poderosa es la experiencia comunicativa, que muchos cibernautas buscan reencontrarse en persona y en grupo, organizando asados y otros pretextos en Montevideo, Montreal, Marina de Camarota, Helsingborg, Monterrey o Caracas. El estímulo, en última instancia, proviene del "deseo por el paisito, el barrio, los boliches, el liceo, las novias y los amigos [pues] creo que largo tiempo atrás, allá por 1957, me subí al tranvía equivocado" [Juan, Red Uruguay 12/12/94]. Este deseo por la patria que, como advierten Deleuze y Guattari, está siempre en otra parte, inaprensible [1987, 325-332], genera la colección más asombrosa de flâneuries: piezas literarias (poemas, canciones, cuentos, novelas enteras de escritores canónicos y de los mismos rodelianos instaladas en capítulos), notas literarias y retratos autobiográficos, crónicas históricas de barrios, lugares y personajes, evocación de lugares y rincones (librerías, calles, teatros, cafés, monumentos), recuerdos personales y anécdotas varias, música, músicos y fiestas populares (tango, candombe, carnaval), etcétera. Algunos cibermigrantes escriben series especiales, como "URUGUAY: Recuerdos, lugares, personas", editada por Carlos Echinope Arce, o "Agenda Montevideo", efemérides de la historia nacional compilada por Nelson Ormazábal, o las adivinanzas semanales de Claudio Núñez Giordano, cuya resolución es galardonada con el "Chinchulín de Oro". Rodelú, en una palabra, atesora la más enciclopédica colección de souvenirs, desde la monumentalidad de la historia y el canon literario nacional, al registro de hábitos, costumbres y lugares cotidianos preservados en los recovecos de la memoria, a la cual todos tienen algo más que añadir, porque el acto de coleccionar es más importante que la colección misma. Este museo fragmentario y rapsódico abarca todo, desde viejos programas radiales y de TV, hasta historietas, anuncios, jingles, atrevidas versiones de jingles, coloquialismos, personajes literarios, las matinés en el cine y el cine a las matinés: la nostálgica evocación de rituales perdidos mediante la ritualización de la nostalgia [ver "Uruguayeces," Mundo Matero, y Benjamin, "A Berlin Chronicle" 1978, 26-30]. Y la nostalgia aquí es mucho más que un dispositivo meramente mnemónico o ideológico, o un síntoma de la condición moderna y globalizada, como la diáspora [Boym 2001, xiv]. La nostalgia materializa un gesto cultural profundamente arraigado en la memoria cultural forjada a principios del siglo XX en conjunción con las corrientes cruzadas de la migración rural y la inmigración europea que configuraran el moderno perfil de la sociedad uruguaya entre tangos, mates y partidos de fútbol. En tal sentido, no es lo evocado lo que cuenta, sino el acto de evocar, el nostalgiar, la experiencia personal y la escenificación colectiva de la nostalgia, que encapsula, en su ritualizada teatralidad, el valor idiosincrático de un gesto cultural (2).

Navegar sobre el océano: un solo periplo alcanza para marcarnos para siempre.... Sería necesario ser sociólogo, demógrafo, psicólogo social, antropólogo, además de psicoanalista. Y aún faltaría esa madera de la que están hechos los poetas o los novelistas, para comprender algo de este tema.... En este mundo ancho y ajeno en el que el exilio nos ha hecho vivir, en este mundo de la civilización y de la tecnología, el recuerdo de Uruguay es el de su pequeñez -los perfumes buenos y los venenos ¿no vienen en pequeños frascos?-, calidad y defecto que hacen su singularidad. Pequeñez que le da su encanto y su atracción, que permite el placer de delimitar sus contornos, pero que al mismo tiempo crea el miedo de quedar encerrado en ella. ¡Quien de nosotros no sintió, ejerciendo su profesión, la ilusión y el placer de inventar su país! De esto deriva que el uruguayo sufra doblemente la despersonalización y el anonimato, propios de vivir en otro país… Se presenta como un tiempo de inercia y de contemplación, que emerge luego de la tormenta. Freud llama trabajo de duelo a esta situación. Después que superamos esta situación aparece lo que vivimos constantemente como NOSTALGIA. (Que trabajamos muy bien por medio de Rodelu). [Sonia Marybel, "Uruguayos en el exterior". Rodelú 11/1/00]

Cuando "hasta el olor a la basura quemada te da nostalgia", la nostalgia abre las puertas a un redescubrimiento personal de reconciliación con la memoria cultural, como a veces ocurre cuando el cibermigrante, aprensivo y trémulo, retorna de visita luego de muchos años: "¡Lo que más me emocionó en Uruguay fue el avance de dos tamboriles por 18, y ver las manos sangrantes de los tamborileros! ¡Y sin embargo mientras viví en Montevideo nunca acudí a una llamada!" [Nora Fernández, "Ser ayo/aya?" Rodelú 24/8/96]. Otras veces, sin embargo, la nostalgia conduce a la exaltación de caducos clichés nacionalistas, como la confortable confirmación de la excepcionalidad nacional: "Uruguay de alguna forma sigue siendo la Suiza de América […] cuando bajé del avión besé a lo Papa el piso de mi querido Uruguay" [Marcos Algorta, "Mi viaje a Recife por una semana". Rodelú 22/7/99. Este último sería un estupendo ejemplo de lo que Svetlana Boym denomina "nostalgia restauradora", al poner el énfasis en el "volver a casa" que caracteriza a los movimientos de restauración nacionalista, mientras el anterior sería una forma de "nostalgia reflexiva", que se regodea en excavar las ruinas de la memoria cultural [2001, 41-9]. Por lo mismo, la nostalgia puede alimentar muchas veces la crítica y el debate, como la controversia, no exenta de racismo y de clasismo, generada por las afirmaciones de David Keszenman-Pereyra, un judío-uruguayo residente en Brasil, con posterioridad a las elecciones de 1994. Keszenman-Pereyra sostenía, básicamente, el carácter intrínsecamente conservador del interior del país, donde los partidos tradicionales habían prevalecido, en contraste con la postura más progresista de los montevideanos, donde ganara el Frente Amplio. A raíz de un folleto que, bajo el sugestivo título "Uruguay, una gran estancia", promocionaba la última moda del eco-turismo en estancias de cinco estrellas, Keszenman-Pereyra comentaba que "El Ministerio de Turismo promociona al interior y al país como una gran estancia. Y en realidad, es una gran estancia" [David Keszenman-Pereyra, Red Uruguay 12/12/94]. Sus afirmaciones, interpretadas por algunos cibernautas como elitistas y prejuiciosas respecto a la campaña, apuntaban en realidad a una crítica de la condición periférica y globalizada del país al compararlo con Malasia, cuyos respectivos procesos de formación histórica explicaba de este modo en el marco de la estrategia global del imperio británico: "Uruguay se ha transformado en un país tipo Malasia. En la capital, donde está el poder político y económico, la crema cultural (sic), etc., es ideológicamente diferente al interior. […] Singapur es Montevideo, floreciente, y el interior es Malasia, un país del tercer mundo. O para hacerlo más gráfico, en Montevideo se vive como en el segundo mundo (de alguna forma: MacDonalds, shoppings, fobal, etc.) mientras que el interior es el culo del mundo" [David Keszenman-Pereyra, Red Uruguay 17/12/94].

Como era de esperarse, estas vitriólicas aseveraciones hirieron a muchos, que acusaron a Keszenman-Pereyra de ignorar el país real como buen representante de la elite montevideana de izquierda, y de antipatriotismo: "Sr. D.K…. ¡a usted le falta mucho de patria! No sé cuáles fueron sus razones para irse del país, pero sí sé que nunca aprendió a conocer y querer al Uruguay antes de irse". [Mauricio Ferreira, Red Uruguay 14/12/94]. Esta línea de argumentación conduciría inevitablemente a una definición abiertamente xenófoba de la nacionalidad, rubricada con el agraviante tuteo: "Por tu apellido veo que no sos Uruguayo, y por lo que decís menos. Sería conveniente que no te digas Uruguayo, mejor decí nací por un azar del destino en un lugar del planeta llamado Uruguay pero tu mentalidad es la del tipo Porteño al que todo el mundo reconoce como superficialmente petulante" [Mauricio Ferreira, Red Uruguay 18/12/94]. Quizá el racismo sea uno de los límites que el deseo por la patria debe siempre afrontar, un borde pegajoso y resbaladizo donde la patria cibernética, este psicodrama de una nación en fuga, se enreda en sus propios pies y se da de bruces.

Hace 10 años que no voy a Uruguay y me siento como si ya no perteneciera más a mi país. …Cuando sentí el otro día que hay vientos de elecciones me pongo a pensar como hace 10 años atrás cuando se inauguraba la democracia en Uruguay y todo el mundo tenía una expectativa tremenda. Pero pensando veo que ya todo es diferente, no me acuerdo ni de las calles y el otro día pensaba cómo haría cuando subiera a un ómnibus de cutcsa y pidiera un boleto y no supiera la moneda corriente, cómo me miraría la gente cuando viera en mi manera de ser a un tipo que ya no le interesa la política, ni los chismes del corriente. Lo único que no olvido es el color del cielo en Uruguay, la primavera, un mate bien cebado en una mañana fría de otoño... [Mario, "Tengo miedo". Rodelú 7/10/99]

En varias instancias la patria cibernética encontró sus propios límites. Aldo-Pier Solari, vástago de una estirpe vinculada a los orígenes de la izquierda uruguaya, desde que su bisabuelo, anarquista genovés, fuera uno de los fundadores del Partido Comunista Uruguayo, tuvo la impertinente idea de traer a colación algunas incómodas preguntas acerca del conservadurismo de la izquierda uruguaya y la mentalidad de gueto prevaleciente entre los exiliados. No perseguía otro propósito que desdramatizar el exilio y estimular un debate en torno a la responsabilidad que tenían los distintos sectores de izquierda, empeñados en un sectarismo anacrónico, en el advenimiento del golpe de estado. Era particularmente cáustico respecto a la esclerosis de un pensamiento ortodoxo para el cual "Cualquier duda es molesta" pues "La duda hiere la sensibilidad. La razón fría también la hiere. Todo intento de tomar distancia (para ver las cosas más claras) es considerado una traición… Al fin, parece este Ghetto Ideológico (fundamentalmente El-Uruguay-de-Izquierdas) una especie de Club-de-los-Divorciados-Desamorados-y-Desesperanzados" [Aldo-Pier Solari, Red Uruguay 20/7/94]. El miedo a lo incierto y diferente, típico de esta izquierda, agudizado por el desasosiego del exilio, sería para Solari un rasgo de la identidad nacional forjada por el batllismo para un país de estructura neocolonial. Una sociedad individualista, indisciplinada, carente de ambiciones y de expectativas, complacida en su imagen cosmopolita, e incapaz, a la hora de la hora, de asumir las lecciones de la historia. El exilio, en vez de incentivar la reflexión y la autocrítica, parecía confirmar los lugares más trillados de un imaginario caduco y las prácticas más suicidas de una izquierda sectaria.

A pesar de su intención iconoclasta, los argumentos de Solari no eran nuevos sin duda; desde los años 50, por lo menos, se venía machacando con argumentos similares desde las páginas de Marcha y otras publicaciones. De cualquier modo, la intrusión de Solari produjo un cataclismo en la patria cibernética, en gran medida porque, como César Luongo señalaría más tarde, el golpe de estado había puesto en cuestión "el concepto mismo de pueblo, de nación; en términos más inmediatos, el aglutinante mismo de esta red. Estos cuestionamientos que han causado y seguirán causando tanta pasión y tanto dolor, son el primer paso en la reconstrucción de ese concepto de nación" [César Luongo, Red Uruguay 26/12/94]. Las interrogantes de Solari lastimaban, indignaban, angustiaban, por eso le valieron las acusaciones de saboteador, provocador, psicópata, puesto que, expresadas con una mal simulada ingenuidad, ponían el dedo en el meollo, en el síntoma, en el nervio mismo de la patria cibernética: "¿Esto no es una red de exiliados? TODOS LOS URUGUAYOS SON EXILIADOS. Exilio voluntario o forzado, exilio político o económico. Exilio adentro o afuera. Y este exilio es […] un legado histórico. Y aquí estamos: en un Uruguay cibernético, con sig.files de mates y comunicando la temperatura y humedad en Montevideo. Esto sí que es una nuez dura, porque estamos juntos -por algún motivo- pero haciendo rayos X para ver dónde, a quién y a qué se debe excluir. Parece que alguien o algo dejó un legado de inseguridad personal y auto-censura que se proyecta a los cuatro vientos, hasta en un casi-metafísico país cibernético" [Aldo-Pier Solari, Red Uruguay 28/12/94]. Poco a poco, las "hipótesis nulas" de Solari fueron dejando de ser herramientas hermenéuticas al servicio de la duda epistemológica, para adquirir, en el proceso, cierto status ontológico negativo. Al señalar que el exilio y la diáspora son parte y consecuencia de la condición histórica neocolonial, Solari exponía, en el seno de la patria cibernética, la constitución patológica de la nación. Un hueso verdaderamente duro de roer.

Comprendo la forma en que te sientes después de una larga ausencia del país.. Yo me fui de Uruguay hace 37 años y he vivido en EE.UU. todo ese tiempo. […] Veintiún años más tarde volví por primera vez a mi tierra y estaba convencido de que sería todo como el día en que me marché. […] Seguro, la gente que no me conocía no sabía exactamente que fuera uruguayo. […] Me destrozaba la identidad. Y al final me quedaba sin ninguna. […] Esa primera vez fui sin leer periódicos o escuchar la radio por el internet. Lo esperaba todo igual y en cierta forma todo estaba igual. Mi gente era hasta mejor de lo que recordaba. Sólo los árboles de las calles me dieron la verdadera impresión de que el tiempo había transcurrido. ¡Habían crecido tanto! Ver los lugares en que nací y viví muchos años me hizo comprender que yo ya no era aquel que había salido de Montevideo hacía dos décadas. A pesar de todo eso, al fin de la visita me fui contento, tranquilo, emocionado y casi completo. Había logrado cerrar el ciclo o así lo creía. De vuelta volví a la rutina de este país y poco a poco olvidé nuevamente y me calmé y seguí viviendo. Quince años después decidí volver de nuevo. Esta vez iba decidido a ver lo que no había visto la última vez, gente, lugares, cómo se hallaba mi país, cuánto había cambiado. […] Esta vez fui bien informado. […] Cuando llegué, casi ni reconocí a mi propia familia, la multitud no era ya gente mía, los cambios naturales de la ciudad a cada paso destruían mis recuerdos. Esa segunda vez me fui contento de marcharme. Quería volver a lo que me era familiar de todos los días. Apartarme de una realidad que había quebrado todas mis imágenes. [Raúl F. Martínez, "Tengo miedo". Rodelú 9/10/99]

Demostraba, asimismo, que la patria cibernética es laboratorio de experimentación y campo de batalla, como el ciberespacio, pues a pesar de su naturaleza simbólica, ubicua y no localizable, tanto su materialidad como su valor estratégico se confirman en la lucha por su control, su territorialización, su sentido. Y así como el ciberespacio es una frontera tecnológica y epistemológica, la patria cibernética podría ser la última frontera nacional: gozo de exploradores y delirio de pioneros, dominio de colonizadores y santuario de libertarios: territorio a conquistar. Omega de utopías y quimeras -paraíso democrático, orgasmo tecnológico, punto donde los espíritus se fusionan ante la presencia de Dios, de acuerdo a la teología de Teilhard de Chardin-, o alfa de distopías pesadillescas -un poder tecnológico ultra-capitalista y neofascista, el super-panóptico de la vigilancia total, la ideología paranoica más absoluta. Y así como el ciberespacio se alimenta de fantasías para terminar siendo una fantasía, lo mismo ocurre con la patria cibernética. Tecnología de punta, angustias metafísicas y fantasías eróticas confluyen en una suerte de utopía high-tech y espiritualismo new age. Los cyborgs de la literatura y el cine cyberpunk transgreden las barreras entre lo humano y lo maquinal, lo natural y lo artificial, lo físico y lo holográfico, cuestionando de tal modo el significado de lo humano y, por ende, de la realidad social y cultural misma. De ahí el alcance culturalmente subversivo atribuido a estas criaturas post-sexuales que encarnarían, aunque más no fuese ideológicamente, el ansia posmoderna por superar las limitaciones físicas del cuerpo y realizar en el ciberespacio las fantasías de inmortalidad individual y trascendencia colectiva, de modo que, traducidos en códigos informáticos, todos los yos podrían finalmente converger en una comunidad trascendental, en "una conciencia tan profunda que le haría compañía al mismo Dios" [Barlow "Interview"; Jordan 1999, 187-8; Haraway 1991, 150]. La contrafaz de esta epifanía tecno-trascendente estaría representada por una visión angustiadamente paranoica, según la cual el ciberespacio podría devenir un ubicuo mecanismo de vigilancia total. Un nunca imaginado Big Brother, el capítulo por escribir a los libros de Marcuse.

Y estoy seguro que muchos, cuando volvemos de paseo, disfrutamos de muchos aspectos lindos, pero también resentimos otros, extrañamos, pero al revés... Por un lado, porque la "imagen" o "ilusión" del país se convierte en mito, magnificando lo bueno y minimizando lo malo... por otro lado, porque los que nos fuimos, ya no somos 100% uruguayos, sino un poquito de aquí y otro poquito de allá... somos como un árbol: hay algunos que nacen, viven y mueren en el mismo lugar, y hay otros que son trasplantados... y en el trasplante necesariamente hay que cortar algunas raíces... [Ricardo Aguerre, "¿Volver.... o no volver?" Rodelú 11/1/00]

Hay muchas, encontradas versiones de la ideología del ciberespacio como la última frontera, no obstante el hecho de que el ciberespacio plantea, en su precaria e inestable realización, la cuestión de la frontera como problemática. La patria cibernética dramatiza asimismo (la cuestión de) la frontera de la nación y de la nación como frontera, en su doble dimensión epistemológica y ontológica, problemática ésta íntimamente vinculada a lo que es una vuelta de tuerca más en la compresión tempo-espacial peculiar a la modernidad. En este caso, el espacio parece haberse desmaterializado por completo, traducido a tiempo absoluto, a un flujo perpetuo de bites informáticos, dominio indisputable de la memoria. Si esto explica por qué el ciberespacio se ha convertido en el principal campo de operaciones del capital financiero en la economía global, ¿qué implicaciones guarda respecto a la patria cibernética?

El ciberespacio realiza -y en cierta perversa manera materializa- la verdadera esencia del capital financiero -que a su vez representa, probablemente, la verdadera esencia del sistema capitalista mismo- al propiciar el movimiento y el dominio del capital en su forma simbólica más abstracta. Dicho de otra manera, el ciberespacio materializa la virtualidad real del capital, al tiempo que las redes informáticas constituyen el sistema nervioso del modo de producción post-industrial transnacional. Lo mismo ocurre con la patria cibernética, que materializa la virtualidad de la nación en tanto ofrece una base de apoyo a la diáspora dispersa por el mundo. La patria cibernética sería así al estado-nación lo que el ciberespacio es a la globalización. Lo que me interesa registrar aquí es que tanto la nación como la globalización son sistemas de imposible totalización, cuya mera existencia depende de una siempre diferida consumación, pues ambas operan mediante la exclusión y marginación de unos y la alienante integración de otros. Es la misma lógica del capital, del estado, de la modernidad. En efecto, así como la nación es un proyecto inclusivo que se ejecuta mediante el neocolonialismo interno, la estratificación social, la segmentación de mercados y la marginación socio-política, la lógica de la globalización integra al capital y al trabajo en redes cada vez más abstractas mientras condena a los trabajadores migrantes a permanecer atados a lo local o aferrados a lo local como un último reducto de resistencia. A diferencia de los cibermigrantes, que atenúan los rigores de la diáspora en la patria cibernética, los obreros migrantes permanecen sujetos, por regla general, a su vida cotidiana, su trabajo, su familia, el círculo de amigos y los domingos con fútbol. Si su experiencia migrante sigue siendo plenamente moderna, los cibermigrantes, en cambio, protagonizan un nuevo modo de migrar en tiempos de globalización.

La patria cibernética realiza, de ese modo, el capital imaginario de la nación, así como el ciberespacio realiza el capital financiero en su forma simbólica más abstracta, el dinero. En ambos casos el valor reside en ninguna parte, porque tanto la identidad del sujeto y el ciudadano como el valor del dinero carecen de sustancia, en tanto son puro valor de cambio, un signo vacío cuyo valor depende por completo de las circunstancias relacionales, universalmente contingentes [Žižek 1991, 28-9]. Lo novedoso y distintivo de la economía informática transnacional no es tanto que se desarrolle y expanda sobre la base de tecnologías informáticas flexibles y cada vez más potentes, cuanto que la información ha cesado de ser simplemente un medio para devenir una mercancía, el conocimiento ha cesado de ser apenas una herramienta para devenir un producto y los bienes culturales han llegado a ser indistinguibles de la lógica del mercado. De esta manera, las nuevas tecnologías informáticas promueven un modo específico de desarrollo económico-social, base y consecuencia de la reestructuración del modo capitalista de producción, que ha generado a su vez una nueva estructuración de la sociedad caracterizada por nuevas instituciones y nuevos modos de experiencia y sensibilidad. En una palabra, nos encontramos hoy viviendo bajo una nueva formación cultural de alcance mundial, un nuevo escenario en el cual el lado simbólico de la cultura adquiere el funcionamiento auto-referencial y retro-alimentado de la mercancía, autónomo en apariencia respecto a las bases materiales de la existencia social. Lo distintivo de esta formación cultural informática en la cual la patria cibernética juega un papel señalado no es tan sólo su más alta productividad en el plano simbólico, tanto como que lo simbólico termina por prevalecer sobre la esfera social. De aquí proviene el revigorizado valor político de lo cultural, debido fundamentalmente a la centralidad que la cultura adquiere en el aparato económico, como mercancía y como medio de producción, y no sólo porque lo cultural reemplace a lo político, como se suele sostener. La importancia descomunal adquirida por la esfera de lo simbólico en la sociedad informática transnacional ha originado una cultura de lo efímero, una polifacética cultura virtual, como dice Castells, pero más importante aún, ha expuesto irrevocablemente la naturaleza simbólica, y por ende virtual, de la realidad misma. Esto explica por qué la patria cibernética constituye en rigor más una virtualidad real que una realidad virtual, desde que realiza la virtualidad de la (siempre imaginaria) realidad de la nación: es un espacio en donde la existencia material y simbólica -la realidad misma- es transmutada en un mundo imaginario, en el cual las imágenes virtuales en la pantalla no comunican una experiencia, son la experiencia misma [Castells 1996, 199, 372-3].

Creo que no existe ningún uruguayo que viva en el exterior que no desee fervientemente regresar a su país, pero los inconvenientes no surgen sólo de la familia… Una prima mía que por problemas políticos tuvo que emigrar a Suecia, regresó al Uruguay con el suficiente capital y edad para instalarse cómodamente, pero luego de algunos años tuvo que regresar a Suecia porque no se hallaba dentro del entorno que había adquirido en el exterior. Se sentía extranjera en su propio país… Yo que soy bastante gitano… deseo fervientemente y desesperadamente regresar a mi Montevideo querido, a sus playas, a sus parques, a su gente (la que conocí hace treinta años), a los frankfurters de La Pasiva, a la pizza de Ejido, a los chivitos de La Vitamínica, al dulce de leche Conaprole, pero a mi edad (52), no me animo a tirar las chancletas. ¿Qué puedo hacer en el Uruguay? [Raúl Seoane, "Seis pedazos de baldosa". Rodelú 10/1/00]

Esta es en rigor la función principal que tiene la patria cibernética, una comunidad muy real en el espacio virtual, una ceremonia colectiva urdida íntegramente en actos de comunicación cuya ambigua e incorpórea familiaridad invita a compartir los sentimientos y pensamientos más íntimos. Si la identidad no es en última instancia otra cosa que una suerte de locus virtual, la patria cibernética cumple los requisitos básicos de toda identidad comunitaria: es un locus imaginario donde convergen deseos y memorias, una red comunicativa que materializa una comunidad imaginante a través de la ritual actuación de un puñado de mitos, el trabajo de parto, día a día, de la memoria cultural: "Rodelú es un sentimiento, es una conexión al mundo real a través de lo virtual, es el resto de la familia que a algunos nos hacía falta" [Myari, "Feliz cumpleaños" Rodelú 6/4/01]. No es apenas un sucedáneo del espacio nacional ni de la sociedad uruguaya, sino un lugar cuya existencia, a pesar de ser estrictamente simbólica y precisamente porque es estrictamente simbólica, es experimentada por los cibermigrantes como el locus de la patria. Para los migrantes, despojados de la materialidad de la sociedad uruguaya dejada atrás, la nación real ha cesado de existir; lo único real para ellos es este país extranjero y extraño que el destino les ha deparado, y la patria cibernética donde a diario refugiarse de la pena, encontrarse con sus iguales y dar vuelo a la nostalgia. La patria cibernética resulta, de tal modo, la última frontera de la migrancia y la diáspora, una tierra de nadie en donde cibermigrantes desterritorializados reterritorializan su presente a fin de fabricarse las coartadas precisas para escapar de la realidad en que les ha tocado vivir y conectarse a una comunidad de fantasmas. En la patria cibernética lo local es reproducido globalmente en un medio híbrido que oscila entre la inmediatez informal de la oralidad y el registro formal de la escritura, un cibertexto que realiza la nación como una comunidad virtual de excavadores cuya sustancia es la memoria y cuya materia es la lengua. La memoria, como dijera Benjamin, no es un instrumento para explorar el pasado sino su teatro, así como la tierra es el medio donde las civilizaciones muertas yacen enterradas. Por eso aquel que busca acercarse a su propio pasado debe conducirse como un excavador ["A Berlin Chronicle" 1978, 25-6]. La lengua, después de todo, podría ser el último refugio del expatriado, como pensara Adorno [1996, 38-9], pues de hecho constituye, particularmente para el migrante, un espacio habitable que también proporciona, en su misma materialidad, los ladrillos con los cuales transformar los espacios ajenos en la casa propia, mediante una dicción y una prosodia, la entonación y el giro de la frase, los ritmos y las pausas, los inciertos vocablos que irrumpen sorpresivamente en la superficie del discurso, con su densa capacidad evocativa. Vocablos, ritmos, modos del decir conectados a nervios y músculos, a la textura de las vibraciones, a la erótica masticación de las palabras (efímeros fluidos sonoros amasados con dientes, labios, lengua, saliva), que al ser luego impresos en la blanca superficie de la página o, como ocurre en la patria cibernética, en el cuerpo líquido de la pantalla, pretenden captar, escritura mediante, las más preciadas memorias del cibermigrante y desplegarlas para el solaz de todos.

¿Es verdad? ¿Volvés? ¿Cuándo? Contame! Lo que es yo, ya volví para quedarme. Y me está costando trabajo, mucho trabajo. Pero quiero quedarme. Y ya no tengo más remedio que quedarme, creo. Sería tremendo el dolor de una nueva despedida. No podría despegarme de nuevo... También te digo, que cuando volvés, nada es como antes, por supuesto, pero hay que esforzarse por re-arraigarse… Entrar a limpiar, cauterizar algunas heridas que puedan haber quedado, perdonar, pedir perdón, ayudar, amigarse y seguir con mucho cariño adelante. [Carlos Curiel, "No subject". Rodelú 11/1/00]

Ello explica que cualquier desviación de las normas lingüísticas desestabilice la memoria, como ocurriera en el caso de las intervenciones de Aldo-Pier Solari, o del tumulto causado por la escritura vanguardista, fracturada y metafórica de Carlos de León D'Ambrosio, cuyos textos, más ideográficos que lingüísticos, armados con frases incompletas, citas truncas en diversas lenguas, emoticones y una provocativa invención de metáforas gráficas, son poemas visuales cuya misma textura alegoriza la migrancia transnacional.


[Carlos de León D'Ambrosio, Red Uruguay 11/31/94]

Este estilo de escritura cibernética que De León definiera como "graffiteando la pared electrónica" provocó airadas reacciones de quienes lo consideraban un derroche de bites y resentían la estética del absurdo manierista en mensajes aparentemente indescifrables. Les perturbaba, en realidad, la aparente ininteligibilidad de una escritura que violaba los códigos autorizados de comunicación. De León, plenamente conciente de su postura vanguardista y su función pionera, subrayaba su id/entidad fragmentada y esquizoide escribiendo "desde el muro virtual, berlín", encrucijada geográfica, histórica e ideológica en los lindes de la modernidad. Algunos salieron en su defensa; otros incluso le celebraron, como Andrés Peri: "Innovar en un medio frío es calentarlo. Esa parece ser la reacción de algunos, ante el dadaísmo cyberpunk de nuestro poeta gaucho en tierras germanas. Una nueva forma de intolerancia surca los bites. Ahora no es el contenido, es la forma. No te preocupes, hacker del carácter blasfemo. En la superhighway vas a ir en descapotable, mientras los otros te verán pasar, atados a sus bolsas de aire en los cuatro costados…" [Andrés Peri, "De León, un poeta del cyberspace…" Red Uruguay 12/1/94 ]. El dadaísmo cibernético de De León subvertía los códigos familiares de comunicación, desafiando, en consecuencia, las convenciones ideológicas mismas desde las cuales se proyectaba la patria cibernética, y hacía saltar en pedazos el imaginario en que esta se nutre. Sus mensajes irritaban en la medida exacta que revelaban la absoluta contingencia de los valores, cuyo sentido depende siempre de específicas condiciones de legibilidad, poniendo de tal modo de relieve la concluyente incertidumbre de lo simbólico, de la patria cibernética, de la patria en fin.


[Carlos de León D'Ambrosio, Red Uruguay 12/19/94]

La patria cibernética opera sobre la premisa de la opacidad de lo invisible: la nación ausente, distante, inaccesible, adquiere en la inmediatez de la pantalla de la computadora una fría materialidad a flor de piel. Cuando la pantalla, en el contacto cotidiano y rutinario, comienza a desvanecerse detrás de su propia opacidad y deja de ser percibida como un medio para adquirir la presencia invisible de los objetos cotidianos, la fantasía se hace realidad: estamos en la patria cibernética, somos parte de la patria cibernética. Lo que puso De León sobre el tapete es el vacío absoluto detrás de la pantalla, o mejor aún, la casi insoportable evidencia de que lo real de la líquida y textual realidad simbólica de la patria cibernética no existe más allá de la pantalla, sino enfrente de ella. El único real posible de la patria cibernética es la experiencia psicológica, social y corporal del diario ritual frente a la computadora, una experiencia vivida (Erlebnis) que emerge de la convergencia de la presencia del ahora (Jetztzeit) con la remembranza de experiencias acumuladas (Erfahrung). La patria cibernética, por paradójico que parezca, permite acceder a una experiencia más real de la realidad, que no es en puridad sino una construcción puramente simbólica, al achatar la realidad y liquidar la diferencia entre lo real y lo simbólico. Este es el modo en que la patria cibernética realiza la virtualidad de la realidad y, al hacerlo devela la índole en última instancia imaginaria de la nación, cuya verdadera realidad es un edificio puramente simbólico. Ello hace posible experimentar la identidad como lo que en definitiva es, una pura construcción imaginaria sin otro punto de sustento que el deseo, una simbolización necesariamente virtual [Žižek 1997, 133-7]. Paradójicamente, este develamiento conduce algunas veces a una nueva, por momentos aún más rigurosa sutura identitaria, lo cual explica que la patria cibernética sea experimentada por algunos cibermigrantes como el Punto Omega de la nación, identificación que conlleva la inevitable reificación de una experiencia cuya materialidad se circunscribe al entramado de palabras en una computadora y la restitución de memorias en una comunidad fantasmática.

De hecho, al ingresar en la patria cibernética los migrantes se construyen una persona, una suerte de alter ego suplementario, una máscara, en sentido teatral. No se trata de una máscara falsa, sino de cómo maximizar e intensificar la experiencia vivida de la patria, exactamente igual a lo que ocurre con el sexo cibernético, que no sustituye el sexo físico, pero lo complementa, intensificando la cuota de placer. De modo similar, la actuación en la patria cibernética proporciona al migrante uruguayo un exceso libidinal que suplementa su uruguayidad, permitiéndoles reconciliarse con ella y aceptar su quebrada identidad. Navegando en la patria cibernética, los cibermigrantes logran una temporaria suspensión de los efectos alienantes de la diáspora, lo cual les permite poner en escena su id/entidad esquizoide y representar, mediante sus personas cibernéticas, la más literal y rigurosamente simbólica identificación con la nación imaginaria. En tales casos, la patria cibernética puede llegar a ser aún más Real que la nación real, confirmando una tendencia observable por distintos estudios sobre la diáspora, según la cual a mayor globalización y cosmopolitismo, mayor necesidad de vinculación afectiva a una comunidad nacional [Shafir 1998].

La fantasmatización de la vuelta toma formas múltiples, infinitas. Detrás de esa multiplicidad, lo esencial, lo simbólicamente determinante, no se presenta de manera manifiesta sino que debe ser descifrado. Lo que sucede, de hecho, es que el antes y el después que llenaron la vivencia nostálgica de exilio (voluntario o no) que fue el eje de la experiencia, no pueden coincidir con el antes y el después de la continuidad histórica y de su ruptura. Porque sea cual sea la memoria social, no puede haber coincidencia entre la realidad de un sujeto y la fuerza del movimiento social del cual estuvo ausente y al que es un extranjero. Hay, para justificar la vuelta, un discurso lúcido y racional: vuelvo porque volviendo creo volver a ser quien era, aun si ese que yo era me es extranjero, perdido para siempre. Volver al país, es la ilusión de reencontrar el paisaje estático que dejamos y que no existe más. (Esto era lo que me sucedía cuando iba allá). Volver es también confrontarse a la diferencia y a la alteridad, en lo que ellas implican de riesgo. Alteridad que se manifiesta en relación con aquellos que se inscriben en otro momento de la historia; en relación con esos que, quedándose en el país, no conocieron el sufrimiento del desarraigo y vivieron otra experiencia, mientras nuestro recuerdo quedó fijo e inmutable, ligado a un pasado que representa el ideal. Admitir y asumir la diversidad y la pluralidad de experiencias (hoy pienso que está aquí nuestra explicación para todos estos problemas de volver o no). [Sonia Maribel, "El mito de la vuelta". Rodelú 1/10/00]

Para el cibermigrante, cortado del aquí-ahora de la nación real y condenado, por tanto, a anhelar una nación imaginaria preservada en el entonces-allá de la memoria, la nación real ha cesado de existir. Su condición real es la vida cotidiana en la sociedad en la que vive, para bien o para mal, y la patria cibernética es un asilo, un espacio en el cual construirse un lugar propio donde representar sin reparos y entre iguales su id/entidad fracturada e imaginar la patria desde la fractura misma. Por ello, la patria cibernética no es un mero sustituto del territorio nacional, sino otra suerte de espacio cuya sustancia es la memoria y su materia el lenguaje; otra suerte de espacio que a pesar de ser estrictamente simbólico y virtual, y porque es estrictamente simbólico y virtual, puede ser experimentado por los cibermigrantes como el locus irreducible de la patria, del pago. Esto es así porque la patria cibernética de hecho realiza la virtualidad simbólica del imaginario social, cuyo poder es efectivo por su virtualidad, como promesa o amenaza, como una posibilidad a ser cumplida. Recordemos que la virtualidad de lo simbólico es lo que confiere peso político a los conceptos de autoridad y hegemonía, desde que ambos son, estrictamente hablando, poderes virtuales de carácter simbólico. Como dice Žižek, lo que en última instancia hace funcionar el imaginario social no es lo que veo (la realidad) ni la manera en que los otros me ven (la imagen realmente invertida de la realidad) sino la manera en que veo a los otros mirarme. Sólo entonces echa a andar el imaginario social, en la medida que la identificación simbólica es identificación con el punto ideal -virtual- desde el cual el sujeto se mira a sí mismo [Žižek 1991, 11-13]. Para decirlo de otra manera, en la patria cibernética la realidad -simbólica- de la nación cesa de ser virtual, para ser, por el contrario, cabalmente realizada en la realidad virtual. Una vez que la virtualidad simbólica del imaginario social es cabalmente realizada como meramente virtual, su función interpelante y su autoridad política pierden valor.

Podría pensarse que esta pérdida debería suscitar la creatividad de la imaginación radical, activada por las memorias culturales que desplazan y arrumban la monumentalidad pedagógica del imaginario social. No obstante, algo paradójico ocurre. Debido al hecho de que es su carácter virtual lo que distingue a la nación imaginada -la realidad- de la nación deseada -lo Real-, en el momento que la patria cibernética realiza la virtualidad de la nación la distinción se borra y lo Real desaparece del horizonte. Esto es lo que ocurre a muchos cibermigrantes, para quienes el psicodrama cibernético de la migrancia y la diáspora termina sustituyendo la nación como deseo. Bajo estas circunstancias liminares los cibermigrantes transgreden los límites de la realidad, confrontan lo Real y se horrorizan al descubrir que la identidad no es otra cosa que un signo vacío, una nominación de efecto retroactivo, una ilusoria transferencia por la cual el sujeto deviene en cada instancia lo que siempre fue: un pleonasmo, una tautología [Žižek 1989, 104]. La comprensión de que el imaginario social no es sino una impostura ideológica, una fabricación simbólica que no tiene existencia más que como realidad virtual, impone en los cibermigrantes una mayor necesidad en creer en la patria, en sentir el pago, en sublimar la dolorosa separación de la nación y ser parte de una comunidad imaginaria que puedan llamar propia. Y aquí entra la acción de la nostalgia crítica y reflexiva. Sin embargo, bajo estas circunstancias, y a pesar de su radical develamiento, la impotencia del imaginario social es a menudo sublimada apelando a las memorias culturales del pago, que en lugar de convertirse en un reservorio para la labor crítica y creativa de la imaginación radical, son reificadas en un museo de la nostalgia, augurio, según Benjamin, de la proximidad de la muerte ["Convolutes" 1999, 208]. La memoria podría operar como un dispositivo terapéutico o como una coartada ideológica, y como Raymond Williams y Fredric Jameson han demostrado, la museificación idealizada del pasado termina muchas veces bloqueando el examen crítico del presente, alimentando la nostalgia por la nostalgia e induciendo a una tácita legitimación del status quo. Esta es precisamente la ambigua y paradójica experiencia de la patria cibernética, que puede conducir a una nueva cristalización del imaginario social.

La nostalgia, sin embargo, aun cuando pueda convertirse en fetiche, no produce una necesaria fetichización. Es, de hecho, un mecanismo indispensable de cura psicológica y supervivencia cultural usado por millones de migrantes a lo ancho del mundo, en cuanto activa la recuperación de memorias culturales suprimidas y contribuye, reconfigurándolas creativamente, a la formación de renovadas comunidades, como lo prueba la patria cibernética. Y precisamente porque la virtualidad no es sólo el status normal del imaginario social, sino también la condición de posibilidad para la proliferación del deseo insatisfecho que activa la imaginación radical, la patria cibernética podría permitirnos saltar el abismo de la nación neocolonial y globalizada, abriendo la imaginación a un nuevo tipo de comunidad tejida con los residuos de las memorias culturales del pago. Una nación otra que nos permita congregar las piezas dispersas de lo local y las fragmentadas memorias culturales; una forma renovada de lo nacional que haga posible confrontar los desafíos de la globalización y superar los límites de la nación-estado colonial y neocolonial, en la cual, de acuerdo a Partha Chatterjee, yacen las raíces de nuestra miseria postcolonial [1993, 11]. Parte del problema reside en la confusión estratégica entre la nación y el estado, alimentada no sólo por nacionalistas, sino por los gestores de la globalización, deseosos en desacreditar aún más lo nacional, uno de los escasos locus de resistencia política a la globalización en la periferia. Pero si la globalización no puede prescindir del estado administrador, el cual, transformado de sujeto soberano en agente estratégico del capital financiero y las corporaciones transnacionales, constituye una pieza central en la maquinaria de la globalización, ¿por qué los pueblos coloniales, neocoloniales y poscoloniales han de resignarse a la imposibilidad de repensar otras maneras de organización nacional?

La globalización no sólo ha subvertido el vínculo casi ontológico entre la nación y el estado, como sostiene Arjun Appadurai [1996, 40]. Más importante aún, ha demostrado la naturaleza instrumental, equívoca y conflictiva de la formación estatal-nacional capitalista moderna. Confundir la nación con el estado es hoy una falacia ideológica; confundir la nación con el estado hoy es, para las naciones coloniales, neocoloniales y postcoloniales asfixiadas por la globalización, equivalente al suicidio cultural. El tiempo está maduro para imaginar la nación una vez más, pero una nación de nuevo tipo. Para imaginar la nación como una comunidad que, contra la dinámica de la economía global, se produzca localmente y conecte globalmente; una comunidad recreada, sin fundamentalismos ni chovinismos, en la irrupción del ahora donde las experiencias vividas confluyen con las memorias culturales del pago. Una nación en la diáspora que reinscriba las fronteras y los límites de lo nacional, en el tiempo y el espacio. Una nación migrante, no más constreñida por el estado moderno ni seducida por el capitalismo global, que revise el imaginario social radicalizando la imaginación, que traduzca las memorias del pasado en memorias del futuro. Esta es la lección que nos da la patria cibernética, que al poner en escena el drama cotidiano de la migrancia y la diáspora uruguaya como síntoma del carácter neocolonial del estado-nación, nos permite entrever un nuevo tipo de comunidad, nuevas formas de vivir, sentir y actuar la patria, nuevas formas de imaginarnos como un pueblo en estampida, acorralado por la globalización. Un laboratorio de la patria por venir.

¡Vuelta! A 20 años de distancia, la salida del Uruguay sigue doliendo; el tema es aclararse cada uno el motivo por el cual salió de Uruguay, eso creo yo… El asunto ¿no estará en asumir y responsabilizarse? Asumir que a lo mejor hoy tengo la oportunidad de regresar Y NO LO HAGO ¿por? Cuando la nostalgia ataca, AJO Y AGUA como dicen por acá (a joderse y aguantarse). ¡Arriba los corazones…! Además, las veces que he regresado al Uruguay, ¡ya perdí mi espacio! Una ocasión en que entré a una zapatería me pregunta el vendedor: ¿de qué parte de América nos visita? Y yo respondo '¡Me carga la chingada! ¡Loco, soy uruguayo!' Rodelú lustra las pálidas que podamos curtir ¿o no? ¡Gracias RODELU por lo que representás y por lo que me das! ¡GRANDE RODELU! ¡Hasta siempre! Néstor (hoy sin nostalgia). [Néstor Soderguit, "La vuelta". Rodelú 1/12/00]


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
NOTAS

 ^ 1. Retengo del concepto lacaniano de síntoma elaborado por Slavoj Zizek tan sólo algunos rasgos atinentes a la esfera ideológica: todo síntoma es siempre síntoma de lo Real, esto es, una traumática y patológica formación significante que resiste toda interpretación y retorna obsesivamente a hostigarnos por la simple razón de que nos proporciona placer [Zizek 1989, 69ss].

 ^ 2. Cornejo Polar 1995, 103. La nostalgia (del griego nostos, volver a casa, y algia, sentimiento de dolor), designó en el siglo XVIII un malestar psicológico caracterizado por una profunda melancolía activada por la memoria, que podía llegar a tener consecuencias fatales, como el alemán Heimweh, el inglés homesickness, el francés nostalgie, el portugués saudade o el gallego morriña. Hacia el siglo XIX derivó de malestar geográfico a lamento sociológico. Aunque su asociación con la ausencia o el alejamiento del hogar y de la patria ha persistido hasta hoy, la nostalgia pasó a referir una pérdida que solamente podría recuperarse mediante el ejercicio de la memoria. [Ver Spitzer 1998 y Boym 2001].

 

^    © Observatorio para la CiberSociedad     <