Palabras clave:constructivismocrítica lenguaje visual posmodernismo capitalismo cognitivo |
Autor(-a/s):Cristian López Raventós |
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Abstract:El capitalismo cognitivo es la forma postmoderna de un sistema social total que ha desbordado las barreras de lo sagrado y lo profano, lo humano y lo divido, lo particular y lo universal. Es esa máquina muda y ciega que, sin embargo, hace hablar y ser visibles a todas las cosas. Sistema social totalitario, por eso el término fascista, que pretende aunar lo político, lo social y lo imaginario bajo una de sus creaciones más bastardas, la economía. El capitalismo ya no trata de inscribirse en nuestra piel sino que se inserta directamente en nuestra vida sin más salida que resistirse odiándola. Esta comunicación trata de desplazarse por dos vértices de ese sistema totalitario, el discurso y la imagen. Es un recorrido por cómo esas dos formas de comunicación se convierten en ejemplos de esa trituradora de carne en la que se ha convertido el capitalismo postmoderno. |
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Texto de la comunicación:
El discurso de lo obvio "La pregunta que debemos hacernos ante el Forum 2004 es la siguiente: ¿Cómo criticar un discurso –político, cultural, económico- que se presenta con el lenguaje del no-poder para ejercer mejor el poder? Esta es la cuestión y la extrema dificultad a la que nos enfrentamos." (Espai en blanc, 2004: 7) Así iniciaban los compañeros de Espai en Blanc su crítica a lo que significo el Forum de las Culturas que se celebro en Barcelona en el año 2004. Cómo enfrentarse a ese acontecimiento que quería simbolizar todo lo políticamente correcto y que se revestía con todos los conceptos que ya se han salido de la orbita de la discusión intelectual. Cómo oponerse al discurso de la paz, la solidaridad, el consenso, la democracia, que intenta tender un puente hacia los que no tienen voz. Cómo rechazar el discurso de lo obvio. En nuestro intento de problematizar el discurso postmoderno nos encontramos en una disyuntiva nada nueva, poner en duda lo indudable, atacar lo más sagrado, plantarle cara al fascismo postmoderno. El capitalismo cognitivo se erige como uno de los pilares donde se aguanta este discurso de lo obvio, un concepto que ya ha sobrepasado su estado problemático para acomodarse definitivamente en el lado bueno de nuestro imaginario social, en el imaginario instituido en palabras de Castoriadis. Nadie en su sano juicio se atrevería a poner en entre dicho el discurso capitalista postmodernos. Sería aceptada la crítica a las prácticas de este capitalismo, en el supuesto de que se realizaran con mala fe o en contra de los beneficios de a quien se la aplica. Pero la crítica que se propone aquí sobrepasa las aplicaciones funcionales o, como diría R. K. Merton, disfuncionales del capitalismo cognitivo para atacar la raíz misma de su envoltorio. El discurso postmoderno esconde ante los ojos de todos nosotros su verdadera cara, su espoleta carga por el sistema capitalista, dispuesta a ser detonada en el momento oportuno. El capitalismo cognitivo es uno de los pilares del discurso de lo obvio, de esa realidad obvia, intocable, fascista. "El Forum 2004 es el laboratorio del fascismo postmoderno porque produce, como hemos dicho, una realidad obvia. Una realidad obvia, mediante principios que solo un necio podría cuestionar. Conocemos bien los tres que conforman el Forum 2004: paz, diversidad y sostenibilidad. ¿Alguien podría oponerse a uno solo de ellos? Claro que no. Son las obviedades de o políticamente correcto. Ante ellos no podemos más que asentir y cerrar la boca. Si además el Forum 2004 se presenta como una defensa del diálogo, como una llamada a participar incluso críticamente, entonces está claro que no hay lugar desde donde denunciarlo." (Espai en blanc, 2004: 7) Los tres pilares del Forum de las Culturas, paz, diversidad y sostenibilidad se ven atravesados por el discurso del capitalismo cognitivo. Las culturas deben ser comprendidas en su diversidad, respetadas y ayudadas a respetar su entorno biológico. Para ello el discurso capitalista despliega con toda su vehemencia su poder persuasivo: tú puedes ser participe de ese movimiento de desarrollo limpio en lo económico, cultural y social del Tercer mundo. Por que, al fin y al cabo, de eso estamos hablando, del Otro, del extranjero pobre. Pero no el que nos cruzamos en el metro o en la esquina sino el que está allá, en esa frontera mítico-mágica del afuera. Pero ese afuera ya no lo es tanto, el mundo se ha unido en un destino común, el capitalismo liberal. El movimiento es uno de los pilares del fascismo postmoderno, esa movilización total de la vida es necesaria para sustentar lo obvio en una ideología concreta. Esa correspondencia entre lo real-historia-obvio se impone a cualquier punto de crítica. El segundo fundamento de esta nueva forma de opresión es el multiculturalismo. La diversidad debe ser administrada para crear un panorama multicultural donde el discurso de la solidaridad circula a la velocidad de la luz. Las diferencias ya no son peligrosas por que actúan a partir del mismo patrón de movimiento y puesta en circulación. Por último, la despolitización de la vida cierra la realidad obvia en la que morimos cada día. El fin de lo político se cierne sobre nosotros en forma desconflictivición de la vida social. La política es la que debe ocupar el lugar del antagonismo, en el mundo real la actuación ciudadana no es bienvenida. El conflicto está expurgado en una sociedad de suma cero, donde la muerte y el mal han sido eliminados como posibilidad, a no ser que sea para exorcizarlo. "Con esta evacuación del conflicto se bloquea toda referencia al antagonismo, a la resistencia provocada por la nueva forma de poder. La posibilidad de un enfrentamiento político con el sistema queda sencillamente anulada del imaginario social, relegada a un lugar de sombras –violento, terrorífico, amenazante-, al que sólo se invoca para exorcizarlo." (Espai en blanc, 2004: 24) Sobre la movilización total de la vida: El fascismo posmoderno Las prácticas que hemos estado explicando hasta ahora podrían definirse por sí mismas como consecuencias de una economía determinada, de un sistema social acorde a la misma y de una forma de deslizarse por el mundo. Pero no hay práctica de ningún tipo que no lleve detrás una política de la existencia, una ideología de dominación que crea las condiciones de posibilidad donde los discursos capitalistas aceleran nuestra propia vida. Ese nuevo régimen de dominación que ya no se basa en la disciplina y el consenso sino en la movilización total de las diferencias hacia un solo proyecto, hacia un solo mundo, hacia una sola realidad, es al que nosotros llamamos fascismo posmoderno. (1) Llegamos al punto donde realidad y capitalismo se fusionan en una misma cosa. El fascismo posmoderno resulta de esta última metamorfosis del sistema económico y social en el que vivimos. Esa movilización total de la vida que (re)produce esa realidad que se nos impone como obvia. Ese mundo donde desaparece el afuera como vía de escape, donde no hay más posibilidad que poner la vida a producir y (re)producir este nuevo sistema de dominación. Para ello se va más allá del panóptico y de sus múltiples instituciones disciplinarias. Tampoco se trata solamente de sociedades de control. El fascismo posmoderno es la conjunción de (auto)control y producción de diferencias. Una verdadera máquina de producción de sentido donde, sin decir prácticamente nada, hace hablar a todas las cosas. Pero se necesita un cambio de interpretación y reconfiguración para que la movilización total de la vida funcione y cobre sentido, esa forma social a la que nos referimos es la sociedad-red. Es en esta donde se puede resolver el hundimiento de la tríada democracia-Estado-Capitalismo. Este nuevo modo que supone un verdadero salto respecto a la mera convergencia de la cultura de la empresa y de la emergencia. Todo esto se plasmará en lo que anteriormente hemos denominado movilización total (autónoma y heterónoma) de la vida por lo obvio. Obvio por la imposibilidad de plantear una alternativa creíble al mundo de la globalización, de la red, de la información, de la velocidad, del silicio. Todos estos conceptos que dan fuerza al armazón de nuestra realidad, sutura a los mecanismos de dominación e invisibilidad a las costuras de su constitución. La posmodernidad nos dejo sin el pensamiento escatológico, pero no por ello borró la idea de avance. Forma de pensar que combinada con la velocidad de las comunicaciones lanza al mundo hacia una carrera sin fin, donde todos estamos obligados a dar relevos. Esa es la forma como actúa el fascismo posmoderno, borrando las diferencias entre el capitalismo y lo social. Creando a la vez una amplitud de diferencias más parecidas a un catálogo de muestras de pintura que a las infinitos rostros de los seres humanos. El capitalismo ya está inscrito en nuestra piel, como nos indicaba Foucault cuando nos indicaba que las disciplinas actuaban sobre el cuerpo (anatomopolítica) pero también sobre las poblaciones (biopolítica). La innovación del fascismo posmoderno está en difuminar las fronteras entre el tiempo dedicado a la producción y el tiempo dedicado al consumo. Como se ha dicho, el capitalismo cognitivo conjuga y a la vez diluye nuestros papeles como individuos-consumidores-(re)productores. El paso a la sociedad de consumo instantáneo que nos reporta la velocidad de la sociedad-red permite eliminar los tiempos de paso o fronteras funcionales. Ya no hay tiempos no consumistas, ya no hay tiempo para permanecer fuera de la maquinaria de (re)producción y consumo. Es ahí donde coge cuerpo nuestro análisis sobre el capitalismo cognitivo, esa forma hard y soft de trabajo al cuál, libremente, en forma de movilización total de la vida, nos erigimos como los máximos exponentes de la sociedad-red. Esa sociedad que atrapa a la realidad en innumerables formas de (auto)control, y del cuál sólo se puede salir desertando de la sociedad misma, porque ya no hay distinción entre capitalismo y realidad, realidad y consumo, consumo y producción, producción y (re)producción, (re)producción y lo obvio, lo obvio y la realidad. Violencia de la imagen: la incomprensión de la transparencia A la violencia clásica de la opresión y la muerte se le podía oponer la violencia de la resistencia, del antagonismo, de la revuelta. A la violencia de la imagen no se le opone nada porque es una forma de aniquilamiento blando, de eutanasia simbólica a la cual nos expone la última de las barreras, la transparencia total. Esta sólo ha sido posible gracias a las tecnologías liberadoras del tiempo de paso, ese tiempo que mediaba entre lo dicho y lo entendido, entre la palabra y la reflexión. Eso ya no es necesario porque nuestros medios de transmisión han permitido la comunicación instantánea, y con ella, la máxima de McLuhan: The medium is the message. "Esta violencia es, por excelencia, la violencia de la información, de los medios de comunicación, de las imágenes, de lo espectacular. Violencias ligadas a la transparencia, a la visibilidad total, a la desaparición de cualquier secreto." (Baudrillard, 2006: 46) Cuando se mezcla la violencia del mensaje con la confusión entre medio y mensaje se crea algo similar a un virus, es decir, un mensaje (información) virulento. Las imágenes no reflejan ya la violencia de su representación sino violencia por sí mismas, como medio y fin. Esto no significa que haya desaparecido la violencia del antagonismo y la que de forma primera intentaba mostrar la imagen, sino que queda borrada por la virulencia de la imagen que se multiplica y ya no encuentra límites en la virtualidad de nuestra realidad. Realidad que ha desaparecido ya bajo la proliferación de la comunicación instantánea y las redes telemáticas. Fin del problema de la representación. "La violencia de la imagen (y, en general, la de la información o la de lo virtual) consiste en hacer desaparecer lo real. Todo debe ser visto, todo debe ser visible. La imagen es el lugar de esta visibilidad por excelencia. Todo lo real debe convertirse en imagen, aunque casi siempre a costa de su desaparición." (Baudrillard, 2006: 48) Estamos más allá del panóptico donde la visibilidad era fuente de poder y control. Ya no es cuestión que las cosas sean visibles para un ojo exterior, sino que sean transparentes. El control se interioriza y ya no se es víctima de las imágenes sino imágenes en sí. Es la expresión de sí mismo como forma última de confesión de la que hablaba Foucault. Esta es la violencia a la que estamos expuestos, la violencia de la imagen. Esa violencia de la comunicación, de la profusión de imágenes que es la violencia última. Pero esas imágenes que llegan hoy ya no son de denuncia o crítica, son imágenes de banalidad total, no porque no reflejen sufrimiento o muerte sino porque ya no tienen la capacidad de la distancia. Elemento este indispensable para poder ser analizadas y poder sustantivar un pensamiento crítico. Nos encontramos con el polo opuesto al Teatro de la crueldad que nos enseñaba Antonin Artaud. Esa contemplación de la destrucción de la imagen resulta de la visibilidad total, de su transparencia. "La humanidad, que antaño, en tiempos de Homero, había sido objeto de contemplación para los dioses olímpicos, lo es ahora para sí misma. La autoalienación de sí misma ha alcanzado un grado que le hace vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden." (Benjamin, 1982: 203) Al igual que los iconoclastas querían hacer desaparecer las imágenes porque substituían a Díos, nosotros desaparecemos con la imagen. Pero la destrucción de la imagen nos destruye a nosotros esta vez y no a Díos. Muerte por exceso de significado en los iconoclastas y muerte por transparencia en nuestro caso, ya que no hay peligro de que las imágenes nos roben nada, porque nos hemos convertido en esas imágenes. La regla fundamental es la dualidad, la alteridad y la distancia. Y es ésta la que por doquier está en vías de desbaratarse en una confusión y una promiscuidad generalizadas. "Hemos engullido nuestra propia imagen, nuestra propia verdad y nuestra propia realidad. Nos encontramos en una situación de realidad integral, sin distancia ni trascendencia, en una promiscuidad total con nosotros mismos." (Baudrillard, 2006: 60) Pero es en este momento donde la imagen vuelve para vengarse, esa imagen retornante que cortocircuita la mirada. La imagen retornante, como un bumerang que al volver te golpea violentamente, se denuncia y se envilece a sí misma. Ya no es importante saber si las imágenes son reales o no, simplemente nos queda su impacto. Las imágenes se han integrado definitivamente en la incomprensión, ya que no representan, ya no implican una distancia, ni percepción, ni juicio. Ya no pertenecen al orden de la representación, ni de la comunicación, con lo cual es absurdo preguntarse por su producción, reproducción, censura o publicidad, ese ya es un problema absurdo. "Para que el mensaje se transmita, para que la imagen tenga eficacia sensible, hace falta una transferencia de la imagen, se precisa una distancia. Pero los mass media y el tiempo real nos han sumergido en la promiscuidad total." (Baudrillard, 2006: 66) De ahí que nuestras imágenes del capitalismo hayan supera el estado de producción para retornar a nosotros en forma de venganza, incomprensión de la vida cuando ya no podemos entender su imagen. Porque al igual que el pueblo condenado detrás del espejo en la fábula de Borges, las imágenes de lo obvio han vuelto para tomar el control, y de esta forma, recuperar esa extrañeza radical. No han vuelto para ser comprendidas sino para recuperar esa eterna incomprensión que nos pone a salvo de la dictadura de lo Mismo, del fascismo posmoderno. BIBLIOGRAFÍA
NOTAS ( 1) Ideas debatidas en diferentes publicaciones, sobre todo en: López Petit, S. El Estado-Guerra. Hiru. Hondarribia. 2003.; y Espai en Blanc. Informe Barcelona 2004: El fascismo posmoderno. Barcelona. http://www.espaienblanc.net |
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