IV Congrés de la CiberSocietat 2009. Crisi analògica, futur digital

Grup de treball F-61: Comunicar emociones mediante Internet

Teléfonos móviles y nativos digitales. Perspectiva psicosocial y emotiva

Ponent/s


Resum

En esta comunicación se presentan algunas reflexiones y algún apunte empírico sobre la construcción en línea de las identidades de los más jóvenes mediante el uso emocional del lenguaje. Concretamente en la línea del teléfono móvil.

Tras una introducción en que se discuten determinados aspectos teóricos y metodológicos se entra de lleno en la narración de una entrevista semiestructurada y cuatro observaciones no participantes con sus correspondientes interpretaciones.

A continuación el autor y las autoras (en lo sucesivo los autores) manifiestan las intenciones fundamentales del trabajo que se presenta en el Congreso, mostrando su preocupación por ser entendidos por un público más amplio que el puramente académico. Realizan seguidamente una breve reflexión metodológica para concluir con una crítica hacia la tecnofobia de gran parte de los medios de información de masas, en tanto que Seguí, Malo y Olivé proponen que la tecnología forma parte de lo humano desde que este se separó de la línea evolutiva genética que han seguido el resto de las especies.

Con esta reflexión los autores esperan que lo contenido en la comunicación genere desacuerdos y debates.

Contingut de la comunicació

Ciertamente, los objetos, sean fabricados, descubiertos, o alucinados, tienen dentro la vida de la sociedad en la que aparecen, y por lo tanto, tienen dentro el pensamiento de su sociedad: son una forma de su pensamiento y de su sentimiento; justamente, es esto lo que los hace comprensibles. De hecho, en verdad, resulta un poco lerdo que ciertas ciencias sociales, como la psicología social, supongan que para saber algo de la sociedad tengan que ir a preguntarle a las personas, las cuales, dicho sea de paso, no son muy confiables en sus respuestas y sí muy fragmentarias, porque responden desde su corta vista y desde su corta vida cuando, en cambio, se puede interrogar a los objetos, los cuales, si la pregunta es adecuada, no sabrían mentir. El pensamiento de los objetos es el pensamiento de la sociedad.” Fernández Christlieb, Pablo (2004: 135).

Introduciendo pasiones, emociones, tecnología y relación

Resulta apasionante lo que nos aconseja Fernández Christlieb: interrogar a los objetos. Pero, ¿cómo hacer la pregunta adecuada? ¿Hablan los objetos? Intuimos que sí. Y no sólo de forma alucinada; también de forma real, por sí mismos. Y más los objetos tecnológicos (todos lo son, como los sujetos). ¿Hablan solos los teléfonos móviles? No. No lo hacen solos. Lo hacen con nosotras y nosotros, con los sujetos humanos. Lo hacemos juntos.

En cualquier caso en esta comunicación no tratamos de diseñar una metodología orientada a escuchar a los objetos. Pero sí pretendemos proponer una observación interpretativa de los teléfonos móviles en interacción con sus usuarios más intensos y emotivos: los nativos digitales; antes niñas/os y/o adolescentes.

Sara MALO CERRATO (2009: 17), en su tesis doctoral centrada en los adolescentes y los teléfonos móviles, resume tres grupos de teorías sobre el uso del celular: a) las de la difusión; b) las de la disponibilidad; c) las de la domesticación. Siendo interesantes las tres, es seguramente la de la domesticación la que más influye en las investigaciones sociológicas al uso. Efectivamente, desde ese punto de vista parece que lo tecnológico surge como por arte de magia (o fruto del maridaje entre la ciencia y los intereses económicos) y luego los humanos nos apropiamos de ello, domesticándolo, haciéndolo nuestro. La mayor parte de análisis realizados en ese sentido se limitan a la descripción de los hechos incluyendo muy poca interpretación. Las y los psicólogas y psicólogos sociales críticos intentamos ir un poco más allá de la pura descripción. Utilizamos poco (o nada) los métodos cuantitativos y las estadísticas. Observamos, dialogamos, analizamos, interpretamos y narramos. Que la narración sea más o menos creíble depende de nuestra honestidad metodológica y de la apertura incluso ideológica de quien nos lea/escuche. No buscamos verdades absolutas. Ni generalizaciones. Ni predicciones científicas. Intentamos traspasar las fronteras de lo evidente (IBAÑEZ GRACIA, 2001) buscando no La Verdad, sino en todo caso mentiras y su deconstrucción. Y siempre hurgamos en la comprensión de los fenómenos emotivo-relacionales en los que, sin duda, participamos.

Un ejemplo de nuestras humildes divergencias con la mayor parte de los sociólogos de lo social (o mainstream) lo encontramos en el capítulo que Manuel CASTELLS y colaboradores (2007) dedican a los teléfonos móviles y los adolescentes en su monográfico sobre la comunicación móvil y la sociedad. En él hablan, entre otras cosas, de cómo los más jóvenes construyen identidad individual y grupal a través del uso de sus celulares. La descripción es acertada y académicamente canónica. Pero se echa en falta esa interpretación a que aludimos repetidamente. ¿Qué es identidad? ¿Qué es lo individual? ¿Y lo grupal? ¿Dónde queda aquí lo emocional? ¿Y lo relacional? Se da por sentado que todas y todos estamos de acuerdo en el sentido de estos términos. Pero no es así. La identidad no se construye en el vacío social sino en la relación. Y esta está siempre mediada por aspectos emocionales, aspectos que compartimos con los objetos. Cada vez más.

Muchas veces se dan por supuestas muchas convenciones, como hemos tenido ocasión de comprobar repetidamente en el reciente XI Congreso Nacional de Psicología social celebrado en Tarragona. Hemos visto, de nuevo, cómo la Psicología social está fuertemente influida por la Sociología de lo social creando categorías analíticas abstractas a las cuales se adapta después la realidad. De esta manera, por cierto, siempre se encuentra lo que se busca. No hay lugar para la sorpresa, la emoción, el análisis fino del detalle social o la creatividad.

Por ejemplo, y sin ningún ánimo de crítica, en el estudio realizado por MARTINEZ PECINO et al. (2009) sobre el uso de los teléfonos móviles por las personas más mayores no se hace referencia ni una sola vez a una categoría que viene apareciendo repetidamente en los trabajos de los autores más críticos (ver, por ejemplo, RHEINGOLD, 2002): la cooperación. Ni a la sensación de ausencia/presencia constante a que se refiere Kenneth J. GERGEN (2002). Ni a aspectos emocionales facilitados por la tecnología (TORNÉ et al., 2007). Algo similar ocurre con el trabajo presentado por ROJAS CONCA et al. (2009) sobre la virtualidad y Second Life.

Los firmantes de esta comunicación nos ocupamos en trabajos más implicados con lo cotidiano, lo identitario, lo relacional y lo emocional como los realizados por el Institut de Recerca sobre Qualitat de Vida de la Universitat de Girona1, dirigido por Ferrán Casas y al que pertenece Sara Malo. O el Grup de Recerca JovenTIC de la Universitat Autònoma de Barcelona2 sobre el uso y apropiación que los más jóvenes hacen de las tecnologías, dirigido por Adriana Gil y al que pertenece Josep Seguí y con el que ha colaborado Sara Olivé.

En el referenciado congreso asistimos a la presentación de una investigación en curso sobre el uso de la televisión por parte de los más jóvenes (CASAS et al., 2009). En la misma nuestra colega Mónica González mostró una metodología basada en escuchar y analizar las auto-atribuciones que los adolescentes hacen al respecto. Metodología seguramente novedosa para algunos3 como se hizo patente en las críticas que Mónica recibió por parte del grupo de Rojas Conca en cuanto a la no introducción de una variable de control en el método, como, por ejemplo, preguntar a los padres, cosa que el grupo de Casas, Malo y González sí que hace en otras ocasiones (ver, por ejemplo, MALO et al., 2009). El equipo de Rojas Conca tampoco había introducido ninguna variable de control en su trabajo. Pero dieron por supuesto que los más jóvenes mienten y, por tanto, la validez del trabajo de Casas y colaboradores es escasa. La cuestión es que no creemos que los jóvenes mientan más que los mayores. En todo caso lo hacen igual. Con la misma frecuencia e intensidad. Y contamos con eso. Y ante eso sólo son posibles dos cosas: a) reivindicar nuestra propia honestidad; b) realizar una investigación igual a la que dudamos y comparar nuestros resultados. Nuestra opción pasa por la “a”. No ponemos jamás en duda la honestidad metodológica de nuestros colegas por muy en desacuerdo que podamos estar con sus bases epistemológicas y/o sus interpretaciones.

Queremos citar también las investigaciones de la socióloga (en este caso no mainstream) Amparo Lasén. Sus trabajos son frescos y arriesgados, al tiempo que justificados y explícitos. Su ponencia (con FINKEL y GORDO, 2007) sobre el teléfono móvil y la comunicación de pareja es una muestra de que hay formas diferentes de hacer Sociología y es una potente fuente de inspiración para las y los que nos dedicamos a la investigación sobre tecnologías. En un artículo anterior LASÉN y MARTÍNEZ (2001), desde la Sociología inspirada en los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología (ESCyT), detectan una tendencia en las ciencias sociales a los binarismos, a la dicotomización. Lo encuentran, por ejemplo, en la obra global de Castells y sus colaboradores. Las cosas son o buenas o malas. Lasén y Martínez defienden la idea de que un mundo de estructuras dicotómicas no facilita la aparición de nuevas identidades en un entorno psicosocial en constante cambio como el que vivimos. Sus ideas permiten adoptar un punto de vista crítico en cuanto a la reflexión sobre las interacciones móviles de los más jóvenes sin continuar con los tópicos sobre la identidad individual y la grupal al estilo de cómo lo hacen Castells y colaboradores. Permiten integrar, además, aspectos emocionales, afectivos e –incluso- pasionales que la Sociología mainstream no suele tener en cuenta.

Los espacios tecnológicos sociorrelacionales de los más jóvenes no son distintos de los físicos, como ya detectamos en el grupo de investigación JovenTIC hace tiempo (GIL et al., 2003; SEGUÍ y GIL, 2007). Sus identidades son ya tecnológicamente relacionales. Lo que son excede y complementa el espacio físico corporal. Son “presentes-ausentes” (GERGEN, 2002, pág. 227) en tanto que su presencialidad física está absorbida en el mundo totalmente mediado que favorece una relación social radial y emocional; no dicotómica ni teledirigida como antes. El teléfono móvil y los nativos digitales van más allá de la construcción univalente y monolítica de identidades. Rompen moldes. Despiertan recelos, sí. Pero lo que nos interesa es la ruptura de moldes, no los recelos que, por otro lado, vemos que tienen muy poca base empírica.

Volviendo al inicio de esta introducción reconocemos que todavía no sabemos muy bien cómo interrogar a los objetos. Por eso interrogamos –y nos interrogamos- a los nativos digitales. Transcribimos brevemente algo de lo que estamos encontrando. Invitamos a la lectora/or a que descubra los aspectos emocionales contenidos en las narraciones que siguen.

Danilo quiere tener su propio celular

María4 (SEGUÍ DOLZ, 2007) vino desde Colombia sin papeles para buscarse la vida hace siete años. Fruto de una relación no muy consistente nació Danilo. Tiene cinco años. Ve series de dibujos animados en la televisión. Le encanta Pocoyó. Tiene una pe-ese-pe con la que juega unas dos horas al día. La llama la maquinita. También usa el ordenador portátil de su madre básicamente para jugar. Una hora al día. Le encanta hablar por teléfono. Cuando suena el fijo en su casa lo coge con un “Digaaaaaaaaaaaa” que siempre despierta una sonrisa en quien llama. Se enrolla con quien sea que llame. Todavía no tiene teléfono móvil. Nos entrevistamos con él.

  • ENTREVISTADOR.- Todavía no tienes teléfono móvil, ¿verdad?

  • DANILO.- No.

  • E.- ¿Usas el de tu madre?

  • D.- Lo usa mi mami. Pero no sabe eso.

  • E.- ¿Qué es que no sabe eso?

  • D.- Da igual

  • E.- ¿Te gustaría tener un móvil propio?

  • D.- Tenía uno de juguete que tenía música de Spiderman.

  • E.- ¿Te gustaría tener uno de verdad?

  • D.- Sí

  • E.- ¿Para qué?

  • D.- Para llamar a cualquier gente y también a mi tía, que ya sé su número: 96… Y para muchos juegos, como el móvil de mi mami.

  • E.- ¿No eres todavía un poco pequeño para tener tu propio celular?

  • D.- ¿Uno de mentiras?

  • E.- No uno de verdad.

  • D.- Sí, me gustaría.

(Le mostramos en el ordenador diversos modelos de móviles, desde esos diseñados especialmente para niños hasta el más sofisticado Iphone)

  • E.- ¿De estos móviles cual te gustaría tener?

  • D.- ¿Son móviles que tienen juegos? ¿Para poner juegos? ¿Algunos tienen miles de juegos?

Imaginarium: http://www.imaginarium.es/telecom/Mo1

  • D.- No me gusta. ¿Sólo tiene ese juego? Pensaba que era un juego, pero es una foto

Vodafone mini Disney: http://www.bebesymas.com/default/vodafone-mini-disney-d100-bonito-movil-para-ninos

  • D.- ¿Este tiene juegos?

  • E.- No, pero es bonito por fuera, ¿no?

  • D.- ¿De verdad?

  • E.- Sólo sirve para hablar.

  • D.- Me gustan los de Mickey, pero no lo quiero. Quiero uno de juegos.

Alcatel e-221: http://www.gizmos.es/1579/moviles/alcatel-ot-e221/

  • D.- ¿Ese tiene juegos? ¿Muchos?

  • E.- Cuatro o cinco. ¿Te gusta o no?

  • D.- No.

  • E.- Si que tiene.

  • D.- Entonces este.

Nokia N96: http://tienda.nokia.es/nokia-es/product.aspx?sku=3869110&culture=es-ES

  • D.- ¿Ese tiene también juegos?

  • E.- Sí

  • D.- Pues ese. Porque lleva esto pa guardarlo (señala la pantalla deslizante).

  • E.- ¿Este entonces? ¿No quieres ver más?

  • D.- Sí

Iphone: http://www.apple.com/es/iphone/iphone-3gs/

  • E.- ¿Este?

  • D.- Aaaaah! ¿Ese también tiene juegos?

  • E.- Este es el que más juegos tiene.

  • D.- Pues ese. ¿Ese tiene miles de juegos?

  • E.- Sí.

  • D.- Pues yo lo quiero.

  • E.- Este tiene muchas más cosas.

  • D.- Wai!!!

  • E.- Entonces ¿cual?

  • D.- El que tiene más juegos. El que tiene miles de juegos me gusta.

  • E.- Una cosa ¿No me has dicho que también lo quieres parar llamar a tu tía?

  • D.- Lo he dicho.

  • E.- ¿Qué es mejor llamar o jugar?

  • D.- Jugar y llamar. No, mejor jugar.

  • E.- Pero si ya juegas con el ordenador y con la maquinita.

  • D.- ¿Pero el móvil tiene un juego nuevo?

  • E.- Tiene los mismos.

  • D.- Ah.

  • E.- ¿No te importa el precio?

  • D.- No.

  • E.- ¿Cuándo crees que tendrás tu propio móvil?

No contesta. Se ha cansado y se va a jugar con el ordenador…

Los más nativos de los nativos digitales –recordemos que Danilo tiene cinco años- quieren jugar. Quieren emocionarse jugando. Ya intuyen que el teléfono móvil sirve para otras cosas. De hecho ya saben que sirve para hablar. Pero lo que más les gusta es jugar. Suponemos que desde la Psicología del desarrollo nadie negará que esto es normal. Pero lo bonito del caso es que los más jóvenes de los más jóvenes parece que es esto lo que aprecian, aunque algunas transnacionales de la comunicación se empeñen en diseñar aparatos muy sencillos, sin juegos, sin satisfacer lo que Danilo y sus colegas quieren. Juguemos.

¿Qué tiene de malo jugar sea con la pe-ese-pe, el ordenador, el teléfono, al fútbol o a las canicas? Nada. No tiene nada de malo. A través del juego los más jóvenes de los más jóvenes se socializan, se relacionan, se integran en un mundo de simbologías emocionales compartidas que llegarán a entender y co-construir sin ningún problema. Juguemos. Emocionémonos.

Historia de Javier y su teléfono musical.

Las catorce y treinta de un día de mediados de agosto. El metro no va muy lleno. Hay bastante gente de vacaciones. En una parada cualquiera suben Javier y su amiga Laura. El debe de tener unos catorce años; ella por un estilo. El es gordo, tremendamente gordo, aquél estilo de gordura a que se refiere BAUDRILLARD en “Las estrategias fatales” (1983) como la obesidad fascinante5. Excesivamente gordo. Ella es guapa. Morena y estilizada. Llaman la atención los piercings y pulseras de Javier. Lleva muchos y muchas. Laura menos. Javier tiene aspecto de bonachón, aunque sus adornos faciales parecen pretender darle un aspecto quizás agresivo. No lo consiguen.

Se sientan al fondo del vagón. De repente comienza a escucharse una música chinpum-chinpum, de esa de los que llevan a toda pastilla los coches tuneados con sus ventanillas bajadas. Fernando –calvo, unos cincuenta y ocho años, aspecto tradicional- busca irritado de dónde procede el ruido. El ruido que, seguramente, llena el vacío social. Al menos en esos momentos. También parecen irritarse Lola (unos sesenta y tres años), María, Teresa y otros pasajeros y pasajeras. Molesta un poco al principio. Pero pronto es fácil hacerse al ritmo de la música. Un poco repetitivo sí. Pero agradable.

A otros pasajeros no parece agradarles tanto. Buscan con la mirada quién es el insolente que ha interrumpido sus pensamientos, lecturas o siestas. Lo descubren. Nadie le dice nada. ¿No se atreven? El aspecto de Javier no es especialmente amenazante. Pero nadie parece atreverse a pedirle que baje el volumen de su teléfono musical.

Anteayer coincidimos con otro Javier en la estación de la misma línea del metro. Más delgado; pero aspecto similar. Quizás un poco más mayor. ¿Dieciséis? Probablemente. También disfrutaba escuchando su música favorita utilizando su objeto fabricado (¿o descubierto? ¿o alucinado?, siguiendo a Fernández Christlieb). Entonces llamó la atención que le acompañaba la que debía de ser su madre, Toñi, unos cuarenta y siete años y que ella tarareaba la música que este otro Javier compartía con las personas que estábamos esperando nuestro tren.

Quiero que la gente se acuerde de mí.

Hemos preguntado a Carolina (veinte años) para qué usa el móvil.

  • CAROLINA.- Para todo, aunque llamo poco porque suelo estar sin saldo. Llamo, hago perdidas para que la gente se acuerde de mi, envío mensajes hasta cuando me aburro mucho…

En 2006, durante una investigación sobre los usos que los más jóvenes hacen de las llamadas perdidas apareció de forma recurrente el asunto de que “la gente se acuerde de mí”. Paula comentaba entonces que “… una de las mejores utilidades de las perdidas es “Saber si está viva la gente” (SEGUÍ, 2006: 247). Este consumo de las perdidas es, sin duda, emocionante, como se defendía en el citado capítulo. Pero lo es todo lo que tiene que ver con las antiguas TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación); ahora TR (Tecnologías de la Relación), tal y como hemos argumentado en otros lugares (ver TORNÉ et al., op. cit.) y siguiendo a Adriana GIL JUÁREZ (2002; 2005; 2006).

Sigamos…

Quiero ser como tú. Puedo ser tú

(Observación etnográfica de Josep): Son las siete y treinta y cinco de un lunes de septiembre. Estoy absolutamente dormido a pesar de mi ducha matinal, mi frugal café descafeinado con leche y escuchar las barbaridades de la cope en la radio. Subo al metro en mi estación habitual. Enfrente mío están sentadas Ana y Marta. Se conocen. Parece que son del mismo pueblo. A Ana ya la había visto alguna vez. A Marta creo que no. Mientras me siento abro mi macuto para sacar el libro que estoy revisando (Howard Rheinglod, Smart Mobs). Veo de reojo que ambas llevan sus auriculares mientras conversan. Oigo entrecortadamente su conversación. Decido simular que leo y observarlas y escucharlas discretamente.

Ana es pija, muy pija. Creo escuchar que tiene veinte años. Morena, guapa y muy sensual. Lo sabe. Sabe que es morena, guapa, muy sensual y que tiene veinte años. Va muy maquillada y peinada. Lleva uñas postizas a la moda y explota activamente sus atributos sensuales/sexuales, aunque no creo en absoluto que intente provocar nada. Simplemente es así. Amplio escote que perfila unos grandes, redondos y bien formados pechos. Pantalones muy cortos que enseñan unas bonitas piernas cruzadas. Luce un enorme y colorista tatuaje en su muslo izquierdo. Lleva un bolso grande, imitación luisvuiton. Escucha música a través de un Iphone de última generación. Intuyo -y creo escuchar- que trabaja. No entiendo bien dónde o en qué. ¿En una peluquería? ¿En una boutique? Es demasiado pronto para que esté yendo a este tipo de establecimientos. Quizás en el departamento de pijerías varias de una gran superficie. Ahí sí que tengo entendido que les hacen entrar pronto para arreglar los lineales antes de abrir al público.

Marta es todo lo opuesto. Debe de tener unos diecinueve años. Es alta, delgada, rubia y algo desaliñada. Su estilo es muy diferente al de Ana. También es muy guapa. Pero no parece explotar nada. Es más jipi. Si se me permite decirlo su "estilo" me gusta más, aunque eso no tiene nada que ver con esta investigación, evidentemente. Por lo que escucho estudia y trabaja. No entiendo ni adivino en qué. Pero sí que oigo "Uf tía! lo mío es un palo. A clase por las mañanas y por las tardes a trabajar. Salgo de casa a las siete de la mañana y vuelvo a las nueve de la noche". Lleva un macuto parecido al mío pero más grande. Repleto de carpetas. No muestra ninguna parte de su cuerpo. Tejanos desgastados, chupa de color marrón. Usa también un móvil de última generación. Parece un Nokia (pantalla táctil, etc.), pero no es un Iphone, eso seguro.

Hablan mientras escuchan música con sus móviles. Esto no es nada nuevo. He tenido cantidad de ocasiones de comprobar que es algo natural. ¡Yo mismo lo hago a veces!

De repente pactan intercambiarse uno de sus auriculares. O sea que cada una de ellas escucha la música de la otra al mismo tiempo que la suya propia. Curioso. Pero lo que más me llama la atención es lo siguiente.

Parece que hace tiempo que no se ven. Es probable que fueran al mismo instituto en su pueblo y que ahora -en poco tiempo- sus vidas hayan divergido en más de un sentido y ya que se han vuelto a encontrar deciden reiniciar su relación de alguna forma. ¿Cómo? Obviamente intercambiándose números de móvil, dirección de messenger, facebook. Lo hacen. Y aquí viene lo fenomenal. No sólo es que no se toman nota en un papel de esos datos sino que, simplemente y con toda naturalidad, cada una coge el móvil de la otra y con enorme soltura escriben esos datos tan importantes para estar en contacto, para relacionarse. Ni siquiera se los dicen una a la otra para que los introduzcan en sus propios móviles que es, en todo caso, lo que haríamos los inmigrantes digitales (los más avanzados, en lugar de usar papel y lápiz), sino que los escriben la una en el móvil de la otra y la otra en el móvil de la una.

Llegamos a la estación del centro, donde convergen todas las líneas. Bajamos. Ana se va a buscar la línea que la llevará al centro comercial. Marta al que va a la universidad. Yo a trabajar. Ellas se despiden "nos vemos en el messenger!!!".

Reconozco que soy un mal etnógrafo. Tenía que haberles preguntado, que haber quedado con ellas para hablar sobre el asunto. Me consuela pensar que otro día las volveré a ver y estaré menos dormido y me atreveré a hablar con ellas. Aunque, ciertamente, ya lo he hecho. También tenía que haberles hecho una foto para ilustrar estas líneas. La verdad es que hubiera sido muy útil. El lío de cables, móviles, auriculares!!! Tenía mi propio móvil preparado para hacer la foto. Pero me ha dado vergüenza. Si se hubieran dado cuenta de que las fotografiaba igual hubieran pensado que mis intenciones eran diferentes a las puramente ilustrativas de una investigación social. Bueno, es el riesgo que habrá que correr. El que ha de correr el etnógrafo que quiere entrar más a fondo en el campo, el que quiere pasar de la observación no participante a la participante. Todo llegará.

Seguro que otro día encontraré a Ana y Marta -a Anas y Martas- y me atreveré.

Ana no está sola…

Hoy son también las siete y treinta y cinco de la mañana. Hace fresco. El tiempo ha cambiado. Ana está sentada de nuevo enfrente de mí, unos asientos más a mi derecha. Está sola. No luce su espectacular tatuaje ahora ya protegido del fresco matinal por unos tejanos pijos. Va más abrigada. Marta no le acompaña. Está sola. Se baja en la misma estación del otro día. No está sola. Le acompaña su Iphone.

Intenciones

Lo único que tenemos ahora, dice (Jacoby6), es una generación perdida que ha sido reemplazada por estrictos técnicos del aula ininteligibles en su lenguaje, alquilados por alguna comisión, deseosos de agradar a diversos patrones y agencias, ufanos de sus credenciales académicas y de una autoridad social que no promueve el debate, sino que se limita a establecer reputaciones y a intimidar a los inexpertos.” SAID, Edward W. (1994: 91) .

Hemos querido ilustrar esta ponencia con estos breves relatos con un único objetivo: el de que, al menos esto que narramos sea comprensible para lectores de diferentes procedencias; no sólo para los académicos. Y queremos que sea comprensible porque queremos que el fruto de nuestro trabajo sea accesible a un público amplio. No nos gustaría que se quedase olvidado en el espacio electrónico de este Congreso. O en la referencia imposible de valorar de alguna/ún investigadora/or interesada/o por estas cuestiones.

Queremos que el fruto de nuestro trabajo sea motivo de debate, discusión y apertura de límites. Queremos que traspase los límites de la academia, de lo socialmente dado por válido y de lo intelectualmente correcto sin olvidar tampoco nunca el entorno en que nos movemos ni a los especialistas que trabajan en líneas similares a la nuestra.

Deseamos que este trabajo –con las modificaciones que sean oportunas- pueda ser leído y entendido por María, Danilo, Javier y Laura, Fernando, Lola, la otra María, Teresa, Toñi, Carolina, Ana y Marta. Queremos que pueda llegar a los medios de información masivos y pueda ser criticado y quemado en la hoguera, si de eso se trata. Queremos que el fruto de nuestro trabajo sea también transgresor y un poco irreverente. Y que sirva para algo más que para ser citado o consultado por colegas que, seguramente, saben mucho más que nosotros.

Seguro que utilizamos tecnicismos. Y seguro que fundamentamos lo que las palabras contenidas en este ensayo vayan construyendo. Pero no queremos ser expertos conocedores del mundo en el que, precisamente, se está produciendo el conocimiento. No queremos quedarnos aislados. Pretendemos participar, como hemos hecho hoy o anteayer en el metro. Queremos introducirnos en los objetos y en las personas (somos lo mismo; LATOUR, 1999). Queremos saber qué está pasando, cómo, por qué, cuándo, con los objetos telefónicos móviles, con los nativos digitales, con los medios de información de masas, con los métodos de investigación, con los marcos teóricos, con las tecnologías de interpretación. Queremos fundirnos con ellos como un Cyborg sociotécnico (HARAWAY, 1991), pensante y actante (LATOUR, 1999).

Hablando de métodos de investigación…

He dicho que el dispositivo era de naturaleza esencialmente estratégica, lo que supone que se trata de cierta manipulación de relaciones de fuerza, bien para desarrollarlas en una dirección concreta, bien para bloquearlas, o para estabilizarlas, utilizarlas, etc. (…) El dispositivo se halla pues siempre inscrito en un juego de poder, pero también siempre ligado a uno de los bornes del saber, que nacen de él pero, asimismo lo condicionan. Lo que trato de indicar con este nombre es, en primer lugar, un conjunto resueltamente heterogéneo que incluye discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas, brevemente, lo dicho y también lo no-dicho, éstos son los elementos del dispositivo. El dispositivo mismo es la red que se establece entre estos elementos”. FOUCAULT, Michel (1979: 23).

En las observaciones y entrevistas narradas ya hemos utilizado métodos de investigación. La descripción de ese momento procesual de la vida de Javier –y de las y el que esto escriben-, por ejemplo, ya se inserta en la tradición de la observación etnográfica (SILVERMAN, 2000; AMEIGEIRAS, 2006), incluso, casi casi, en la descripción densa (GEERTZ, 1973). Y hemos elegido ese momento –y los otros- porque seguro que no es preciso justificar nada. Cualquier persona que utilice el transporte público ha vivido –con mayor o menor agrado; esta es otra cuestión - una experiencia semejante a la narrada. Esperamos, entonces, empezar haciéndonos entender por cualquier persona, al menos por las que utilizan el transporte público.

Todo método de investigación es un dispositivo en el sentido foucaltiano. Por supuesto que también los métodos más cuantitativos, objetivos, verificables y descubridores de la Verdad absoluta. Las breves historias aquí explicadas no albergan tan ambiciosas pretensiones. Los dispositivos dialógicos, observacionales y narrativos utilizados sólo pretenden hacerse comprensibles, sujetos al diálogo; al debate, si eso es menester. Pero no renuncian a insertarse en la red de dispositivos que construyen el mundo tal como lo vemos, sentimos, vivimos, narramos, compartimos… y –si se nos permite- alucinamos (ver cita de Fernández Christlieb). Las herramientas, los instrumentos metodológicos que los investigadores sociales usamos no estaban ahí antes de que las usemos. Sí están sus sustentos teóricos. Y hay ejemplos empíricos de lo que han hecho otros en campos similares al de esta comunicación o también muy diferentes. Pero todos nuestros dispositivos son muy heterogéneos, lo que no quiere decir que sean o deban ser anárquicos en un sentido discursivo. Es preciso formalizar los dispositivos del saber, de la construcción del mundo social y de la epistemología de acuerdo con la manipulación de las relaciones de fuerza, del equilibrio de las relaciones de poder con el fin de “… poner un poco de orden en las ideas, pasar de una a otra de acuerdo con un orden del espacio y del tiempo, que impida a nuestra ‘fantasía’ (el delirio, la locura) recorrer el universo en un instante para engendrar de él caballos alados y dragones de fuego” (DELEUZE y GUATTARI, 1993: 237). Con el fin, pues, de entendernos.

Exactamente igual que Javier, por ejemplo, se entiende con su entorno mediante –también- el uso de dispositivos. Su dispositivo de música móvil, sus piercings y pulseras. Y su presencia/ausencia (GERGEN, 2002) en el vacío social a que se refería Baudrillard un poco más arriba. Vacío social contemporáneo inmerso en fuerzas de consumos, modas y autoestimas psicológicas sujetas a la sensación de pertenencia al grupo o, aunque dudamos que este sea el caso de Javier y el resto de informantes, la vulgarización de los modos de vida occidentales generalizada por los famosos textos de autoayuda. Esta es la única referencia a este tipo de vulgatta psicológica que se encuentra en este trabajo. Pero en el futuro sí nos referiremos a cuestiones relacionadas con esa pertenencia al grupo, socialización, construcción de la identidad individual y colectiva que diversos colegas analizan en las revistas especializadas en lo que se refiere al uso, apropiación y consumo del teléfono móvil –como objeto, como dispositivo y (quizá) como muchas cosas más- por parte de los más jóvenes.

Concluyendo. Sobre ansiedades, adicciones y otros Apocalipsis

Al menos uno de cada tres jóvenes con celular confiesa sentirse intranquilo o ansioso cuando se ve sin él, según el estudio Global mobile forecasts to 2010, de Informa Telecoms & Media, empresa británica especializada en comunicación sobre tecnologías digitales.” RAMÍREZ, Cristobal. Esclavos del móvil. Periódico El País, 16/05/2009.

La noticia en un medio de información masiva de donde se ha extraído la cita que encabeza este apartado resulta, cuanto menos, peculiar. Sujeto a análisis del contenido (AC) utilizando el programa informático Atlas.ti v 5.5 se inducen algunas cosas interesantes. Pero no queremos ser muy técnicos. No nos vamos a liar con complejos análisis del contenido o del discurso. Simplemente decimos que lo que aseveran el periódico y Telecoms & Media es mentira. O no es más verdad que si al menos a uno de cada tres jóvenes les cortáramos una mano y se sintieran intranquilos o ansiosos. Normal, ¿no? Según Derrick DE KERCKHOVE (2005) los móviles (y otras TR) son una extensión del cuerpo humano, una parte más de eso que creemos que es nuestra fisiología. Como cuerpo forman parte también de nuestras emociones, pasiones y deseos. De nuestra identidad.

¿Somos adictos a nuestras manos o a cualquier otra parte de nuestro cuerpo? ¿Lo son los nativos digitales? Si sí, no pasa nada, suponemos. Es tan grave como ser adictos a nuestro cuerpo, a nuestro amor, a nuestra felicidad o falta de ella. Si no, ¿por qué estigmatizar una parte del cuerpo tan natural como el teléfono móvil? No lo sabemos bien. Intentaremos averiguarlo.

¿Hemos conseguido interrogar a los objetos? Probablemente no en términos empíricos. Pero algo sí a los sujetos. Y como objetos y sujetos somos lo mismo es posible que nuestras palabras hayan generado alguna que otra duda respecto a nuestras relaciones y emociones. Y esperamos que estas dudas generen a su vez desacuerdos que puedan ser debatidos durante el Congreso.

NOTAS:

3 No para los que llevamos tiempo utilizándola.

4 Todos los nombres utilizados en las entrevistas u observaciones son ficticios.

5 “Quiero referirme a una anomalía, a esa obesidad fascinante que encontramos en todas partes de los Estados Unidos. A esta especie de conformidad monstruosa al espacio vacío, de deformidad por exceso de conformismo, que traduce la hiperdimensión de un carácter social tan saturado como vacío, donde se ha extraviado la escena de lo social y la del cuerpo”. (: 27).

6 JACOBY, Russell (1987) The Last Intellectuals: American Culture in the Age of Academe. New York: Basic Books. Cit. en SAID, op. cit., pág. 91.

Bibliografia/Referències


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