Partiendo de una revisión de la noción de ciudadanía, así como de su vinculación con la democracia y la participación, en este trabajo se exploran los escenarios en los que diferentes movimientos sociales del planeta intentan construir otras ciudadanías con el apoyo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), en momentos de bifurcación y debilitamiento del sistema-mundo capitalista. Se hace referencia a algunos estudios empíricos sobre uso y apropiación de las TIC en Venezuela, a modo de contrastar los argumentos teóricos en un contexto social. Se sigue una metodología documental-analítica. Se concluye que es necesario advertir otras formas de consumo cultural con posibilidades de construcción de ciudadanías apoyadas en la apropiación social de las TIC.
Sobre la noción de ciudadanía y su relación con la democracia y la participación
No existe una noción absoluta sobre ciudadanía y es por ello que en este apartado ensayamos las distintas concepciones desde las que se concibe la misma, partiendo de la pregunta que se hacen Hall y Held (2000, p. 232-234) “¿sigue siendo posible, todavía, la “democracia” a secas, sin ser transformada por algún concepto de ciudadanía?
Nos parece interesante indicar las diferentes acepciones lexicales de la noción de ciudadanía para comenzar a comprender la dificultad de su definición. Pérez (2003) puntualiza seis planos[1] desde los que se maneja la ciudadanía: 1) Descriptivo/prescriptivo; 2) Teórico/pragmático; 3) Unilateral/multilateral; 4) Global/local; 5) Universal/particular; y 6) Natural/político.
En el sentido descriptivo, la ciudadanía se traduce en un conjunto de normas que regulan el estatus jurídico-político de los ciudadanos, por medio de una intervención institucional. Las concepciones prescriptivas son comunes en la filosofía moral y política en las que se apela al “significado deontológico y contrafáctico de un modelo ideal de estatus que debiera reconocerse a los miembros de la sociedad política” (Pérez, 2003, p. 19).
En el plano teórico/pragmático, observamos el uso teórico de la ciudadanía en aportaciones doctrinales multidisciplinarias filosóficas, jurídicas, sociológicas y políticas. El sentido pragmático se manifiesta en el plano de la acción y lucha por la conquista de derechos y libertades, como por ejemplo en los movimientos sociales antiglobalización.
En el plano global/local la ciudadanía o es omnicomprensiva e incluye los derechos personales, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, en términos de Marshall (1998), o bien posee una significación limitada en función de determinadas organizaciones políticas y a los derechos de participación democrática que se derivan de ellas (Jellinek, 1964, citado en Pérez, 2003).
El plano universal/local se refiere más bien a un modelo de ciudadanía “que haga posible una universalis civitatis en la que se consagre plenamente el auspiciado status mundialis hominis” (Pérez, 2003). Esta noción es trabajada por autores como Morin (1993), Nussbaum (1999), Hardt y Negri (2002). La concepción particular esta referida a la pertenencia a un Estado.
En el plano unilateral la ciudadanía se manifiesta en la relación única y exclusiva entre el individuo y el Estado. Mientras que en el sentido multilateral, vemos como el desbordamiento político y jurídico del Estado obliga un uso lingüístico multilateral de la idea de ciudadanía (Pérez, 2003).
Las teorías contemporáneas comunitaristas asumen, en el plano natural/político, el carácter innato de la ciudadanía. En este sentido, Walzer, 2001 (p. 162) aclara que “el liberalismo ha forjado una noción formal y adjetiva de la ciudadanía, como algo que es exterior al sujeto, mientras que para el comunitarismo, la ciudadanía constituye un vinculo originario y necesario de relación entre la comunidad y sus miembros. Esta concepción hace de la ciudadanía el corazón mismo de nuestra vida”.
Consideramos que es el plano político donde mejor puede comprenderse la noción de ciudadanía. Encontramos entonces cuatro tendencias desde las que construye dicha noción: la liberal, la comunitaria, la republicana y, de manera especial, consideramos la que plantea Habermas (1999) en su teoría discursiva.
En la concepción liberal, plantea Rojas (2005, p. 104), los ciudadanos se consideran libres en tres aspectos:
1. Se conciben a sí mismos y unos a otros como poseedores de la capacidad moral para tener una concepción del bien. No están identificados con una concepción en particular, ni con esquemas de fines últimos.
2. Se consideran a sí mismos fuentes auto-identificables de reclamaciones válidas, con el derecho e hacer reclamaciones y plantear exigencias.
3. Se consideran capaces de asumir la responsabilidad de sus fines.
De acuerdo a lo que plantea Rawls (1993), en el liberalismo la ciudadanía es igual a poseer derechos civiles (libertad personal, libertad de pensamiento y expresión, de propiedad, otros), políticos (derecho a participar, controlar, a elegir y ser elegido) y sociales (seguridad, bienestar, herencia social, otros). Se trata, dice Habermas (1999), de los derechos subjetivos (derechos negativos) que tienen los ciudadanos frente al Estado, quienes persiguen intereses privados dentro de los límites trazados por las leyes.
Como señalan Hall y Held (2000, p. 230), la aspiración de los liberales es que “el bien común pueda ser realizado sólo por individuos privados actuando en un aislamiento competitivo y perseguido persiguiendo sus propios intereses con una mínima interferencia estatal” lo que significa enfrentar liberalismo contra democracia, o bien, libertad contra igualdad.
Los propulsores del comunitarismo (Alasdair McIntyre, Michel Sandel, Amitai Etzioni y Michel Walzer), a mediados de los ochenta del siglo XX, critican la propuesta racionalista y hegemónica del liberalismo, ya que ésta concibe al individuo como un ser abstracto, descarnado y sin raíces. De manera que en el comunitarismo la ciudadanía emerge de una comunidad responsable “que implica un yo+ nosotros, donde el sujeto se hace libre y recupera su dignidad” (Rojas, 2005, p. 111).
Bárcena (1997) señala que los principios del comunitarismo en el ámbito cívico serían los siguientes:
1. Se concibe al individuo como un ser esencialmente social, y no sólo político o económico.
2. Las prescripciones o determinaciones sobre como deben vivir las personas son decididas previamente por comunidades que establecen lo bueno.
3. Las personas en forma individualmente autónoma no alcanzan un conocimiento del bien humano, sino en el marco de los fines, de las relaciones y del contexto de una comunidad.
4. El conocimiento de la organización de la sociedad depende de una visión integral del bien de la comunidad.
En la teoría y experiencia de la Roma republicana, así como en las revoluciones francesa y americana del siglo XVIII, surge el republicanismo, como una forma intermediaria entre el liberalismo y el comunitarismo. Por un lado, comparte la aspiración moderna de la autonomía y el pluralismo y por el otro, aprecia a las instituciones colectivas “ya que son la fuente de creación y mantenimiento de la ley que asegura la libertad” (Rojas, 2005, 113).
“Para el republicanismo, los derechos no son algo preexistente como lo sostiene el liberalismo, sino que son resultado de la deliberación y de la codecisión política de los ciudadanos. La igualdad y los derechos sólo pueden establecerse mediante el autogobierno de los ciudadanos. Y el autogobierno está asociado a la ciudadanía activa” (Rojas, 2005, 114).
La democracia republicana sería entonces el resultado de un gobierno que está sujeto a los ciudadanos, y no uno en el que gobiernan los ciudadanos, como sería en el comunitarismo. La característica fundamental del enfoque republicano, es que “el status de los ciudadanos está determinado principalmente por derechos de participación y comunicación (libertades positivas).
Mientras tanto, explica Morales (2002, p. 76), la teoría discursiva de Habermas:
“no hace depender la realización de una política deliberativa de una ciudadanía capaz de actuar colectivamente, sino de la institucionalización de los procedimientos”. No opera bajo el concepto de una totalidad social centrada en el Estado, ni localiza a esa totalidad en un sistema de normas constitucionales que regulen de manera inconsciente el equilibro de poderes según el modelo de desarrollo por el tráfico mercantil”.
Desde el enfoque de Habermas, la ciudadanía se ve representada en un “actor colectivo en el que todo se refleja y actúa por sí. Esto supone procesos de entendimiento que se llevan a cabo en la red de comunicación de la esfera política de la opinión pública” (Morales, 2002, p. 76).
De acuerdo al tipo de participación surgen también dos tipos de democracia totalmente opuestas. La participación liberal persigue la reforma de la estructura de la democracia representativa, mientras que la radical plantea la necesidad de sustituir la democracia representativa por la participativa (Fadda, 1990).
En este mismo sentido, la participación puede considerase como limitada, que le da privilegios sólo a la dirigencia aceptando de antemano que el pueblo no es capaz de gobernarse, y la ampliada que si reconoce el poder de decisión de la población en la conducción de su propia existencia en la defensa de sus derechos de ciudadanía (Morales, 2002).
Como lo indica Cunill (1997), en el ámbito latinoamericano desde la década de los 80 y 90 se converge en la intención de profundizar los procesos de democratización, lo cual puede lograrse mediante:
1. La formación de políticas públicas.
2. La acción legislativa, al permitir el ejercicio directo a través del referéndum o indirecto por las experiencias locales de revocatoria de mandato de autoridades electas.
3. La transferencia a la sociedad civil de la prestación de los servicios públicos.
La participación ciudadana puede entenderse mejor cuando la analizamos en función de niveles, y no en función de absolutos de ausencia o presencia. Sanhueza (2004, p. 3) explica que en un proceso de participación ciudadana se pueden distinguir cuatro niveles:
1.Informativo: el objetivo es proveer información sobre el tema en cuestión. En este nivel el flujo de información es unidireccional y no existe posibilidad de retroalimentación o negociación directa sobre lo informado.
2. Consultivo: el objetivo es invitar a personas y grupos a participar de manera activa a través de sus opiniones y sugerencias. Para desarrollar este nivel es necesario generar canales a través de los cuales se recibe la opinión y posturas respecto de un tema.
3. Resolutivo: el objetivo es convocar a personas y grupos con posibilidades reales de influir respecto de un tema específico. Los actores son considerados como ejecutores y/o gestionadores de programas y/o proyectos sociales para dar respuesta a problemas locales. En esta forma, los actores participan de un proceso de negociación, producto del cual se establecen acuerdos que tienen carácter vinculante y por lo tanto inciden en la decisión adoptada.
4. Cogestión: el objetivo es convocar a actores claves para ser parte de un proceso de toma de decisiones que involucra más de un tema específico. La cogestión se realiza en función de un proceso de gestión amplio. En esta forma de participación, los actores involucrados y la comunidad adquieren destrezas y capacidades, fortalecen sus espacios y organizaciones y actúan con un sentido de identidad y comunidad propio respecto del tema que los convoca. El fortalecimiento de sus organizaciones y trabajo en redes facilita una acción eficiente y orientada al cumplimiento de sus metas y proyectos.
Uno de los aspectos que causan preocupación sobre la participación ciudadana en América Latina es que a través de ella se busca interpelar al ciudadano desde arriba y esto crea importantes incertidumbres al estar frente a una ciudadanía sin sujeto (Morales, 2002).
Cabe preguntarse entonces ¿cuál sería ese sujeto? ¿Cómo debería ser? Coincidimos que Salazar (2008) cuando afirma que el sujeto que necesita América Latina para lograr la emancipación en el sujeto insumiso.
Si asumimos que el sujeto es definido como el significante simbólico de un actor con capacidad de relacionarse, conocer la realidad y operar en ella transformaciones, hacemos referencia a un nivel en la relación inestable de actividad entre un ente de poder y un medio u objeto que se resuelve favorablemente para quien ejerce la posición de sujeto. El poder que se apropia y atribuye es constitutivo en una unidad que es el nosotros. Es producto de un proceso auto reflexivo de conocimiento que se inicia desde la autorreferencia y se procesa en una agenda que puede ser un proyecto alternativo. Para que se constituya el sujeto insumiso debemos incorporar la conciencia de libertad, la voluntad emancipadora, la vocación autonómica, el sentido de la vida en un momento histórico y su necesaria vocación social; esto es, la superación consciente de una vida sin sentido, la obligación de actuar permanentemente de manera insumisa y sin los prejuicios ideológicos de que sus actos y acciones son desalienantes, expulsores de angustia y miedos, sensible ante la injusticia y resolutivo para actuar en situaciones riesgo. Estas virtudes o atributos los acumulan en la medida que piensa y se siente libre de la enajenación, abraza la inteligencia como el mejor recurso para vivir y sobrevivir y trabaja para reproducir la sociedad.
En el caso venezolano, la apuesta de la sociedad tendría que ser la construcción de una ciudadanía emancipada en la que el ciudadano es un actor que asume sus derechos y reconoce su capacidad de para re-situarse en el espacio público, valiéndose de los espacios autónomos estratégicos, que son “ámbitos ampliados de lucha popular en donde se re-crean formas de cooperación, participación plural y diversas actividades de los actores que lo protagonizan” (Salazar, 2005, p. 59).
La experiencia venezolana esta invitando a la reflexión, muchos proyectos minúsculos se siembran con una vocación transformadora cuyo único límite es el gobierno y los recursos; pero el capital político, la capacidad organizativa, las formas de deliberación, cómo colocan la demanda en el espacio público, cómo resuelven los disensos y remontan los obstáculos son aprendizajes propios de una ciudadanía emancipada de la tutela de los partidos políticos y del Estado, sin embargo, su tránsito por el sendero de la ciudadanía emancipatoria es largo y poco recorrido (Salazar, 2005, p. 61).
Las ciudadanías emancipatorias a construir tendrían que responder a un orden pluralista orientado por “una soberanía con sentido humano, por las interdependencias entre los países de la región, por la puesta en práctica de nuevas relaciones internacionales y formas de articulación en una globalización y mundialización que deben estar fundadas en la interculturalidad y el respeto a la soberanía de nuestros pueblos” (Vázquez, 2008, p. 8).
En este sentido, coincidimos con Vázquez (2008, p. 8) cuando advierte que “el proceso bolivariano de Venezuela hoy muestra ante el mundo que la soberanía nacional sustenta el nacimiento de su segunda independencia, en la democracia participativa y protagónica de los pueblos”.
Movimientos sociales y construcción de otras ciudadanías con el apoyo de las TIC
Vemos con preocupación encontrar hoy, en autores como Morin y Kern (1993) y Hardt y Negri (2000) la defensa de una ciudadanía planetaria, como una realidad inevitable e inabordable desde una óptica que no sea la impuesta por el capitalismo global. Morin lo establece cuando dice “no lo hago en absoluto para negar las solidaridades nacionales o étnicas, no lo hago en modo alguno para desarraigar a cada uno de su cultura. Lo hago para añadir un arraigo más profundo en una comunidad de origen terrestre y en una consciencia, que se ha hecho vital, de nuestra comunidad de destino planetario” (1993:192).
Hardt y Negri (2002) hablan de un mundo desterritorializado, sin fronteras ni Estados nacionales que puedan tener influencia alguna sobre sus pueblos. En su argumento describen a un Imperio omnipresente que no está signado por país alguno en el planeta, sino que opera a través de las redes comerciales y culturales que manejan a su antojo las clases dominantes del mundo. Concordamos con ellos en la crítica a la forma global como efectivamente está operando el capitalismo, más no en su carácter totalmente desterritorializado, ya que esta propuesta intenta desviar la atención del innegable papel de los Estados Unidos de Norteamérica en la orquestación del Imperio.
Hoy son las grandes áreas metropolitanas más importantes del mundo, así como los junction points[2], las que sustentan el proceso de globalización en todas sus dimensiones: económica, política, social y cultural. Lo que si han alterado radicalmente éstos procesos de globalización capitalista basado en las TIC, es la correlación directa entre el centro y entidades geográficas como el distrito central de negocios o el downtown, creando nuevas geografías de la centralidad manifestadas en los centros de negocios más importantes del mundo. Sin la conectividad social y los recursos de la ciudad, el mercado no puede maximizar lo beneficios derivados de su conectividad técnica (Vio y Fritzsche, 2002).
Insistimos entonces que, como lo afirma Payaryl (1997), dada la naturaleza hegemónica, universalista y globalista del capitalismo moderno que “sometió su influencia a casi todas las naciones del mundo” (p. 218), es fundamental utilizar como herramienta analítica la perspectiva del sistema-mundo moderno/colonial (Wallerstein, 1997; Mignolo, 2000), en la comprensión de la problemática de la ciudadanía en América Latina.
Apostamos a que en el momento actual es posible construir otras ciudadanías debido a la amenaza que se ciñe sobre el sistema-mundo. Ya en el siglo XIX, dice Wallerstein (1997, p.1) “aparecía una amenaza a esta estructuración, que podía hacer caer el sistema. Con una centralización de producción acrecentada, emergía la amenaza de las clases peligrosas, sobre todo en Europa Occidental y en la primera mitad del siglo XIX”.
Wallerstein (1997) parte de la tesis de que el éxito de la economía-mundo capitalista es tal que empieza a destruirse el sistema “y por lo cual nos hallamos frente a una bifurcación histórica que señala la desintegración de este sistema-mundo, sin que se nos ofrezca ninguna garantía de mejoramiento de nuestra existencia social” (p. 4).
1968 dejo heridas y agonizantes dos víctimas: la ideología liberal y los movimientos de la Vieja Izquierda. Para la ideología liberal, el golpe el más serio fue la pérdida de su rol como la única ideología imaginable de la modernidad racional. Entre 1789 e 1848, el liberalismo existía ya, pero solamente como una ideología posible, confrontado por un conservadurismo duro y un radicalismo naciente. Entre 1848 e 1968, a mi juicio, como vengo de afirmar, el liberalismo llego a ser la geocultura del sistema-mundo capitalista (Wallerstein, 1997, p.7).
Sin embargo, tenemos que señalar que aunque se estén construyendo – o puedan construirse- otras ciudadanías, no significa que el escenario global sea el más propicio para la democracia[3]. Coincidimos con Wallerstein (1997), Echeverría (2000), Castells (2001), en el planteamiento de que los grandes niveles de polarización socio-económica, impiden el acceso equitativo de los excluidos a las verdaderas decisiones políticas y a un nivel de vida y seguridad social razonable.
Echeverría (2000) incluso se atreve a formular la hipótesis de que “el desarrollo actual de la sociedad de la información nos conduce hacia una sociedad neofeudal, no hacia una sociedad democrática” (p. 1). En esta sociedad neofeudal, los señores del aire[4] se encuentran operando en un entorno virtual a través de nuevas formas de poder que no están subordinadas al poder civil ni estatal, reduciendo la ciudadanía al bajo número de personas con posibilidades reales de estar on line.
La tecnología, dice Rojas (2005), es el Dios contemporáneo. “Toda la democracia, desde la modernidad, la ha echado a perder el imaginario de progreso: cada vez tener más cosas, más derechos, más consumo, pero menos responsabilidad, menos autogobierno, meno autolimitación” (p. 105).
Sin embargo, pensamos que las posturas extremas no hacen sino desenfocar nuestra necesaria visión compleja sobre los fenómenos. Castells (2001), plantea que Internet podría ser un instrumento ideal para fomentar la democracia, aunque las evidencias empíricas describen un panorama bastante negativo, ya que los gobiernos se limitan a utilizar a Internet como un tablón de anuncios, sin crear una cultura de intensa de interacción real con los ciudadanos: a su vez, los ciudadanos tienden a desconfiar de las intenciones de los gobernantes.
De manera que, por el momento, podemos estimar la construcción de otras ciudadanías frente a la bifurcación histórica del sistema-mundo, ya que como dice Wallerstein (2005, p. 5):
Estamos luchando en miles de frentes para prevenir el deterioro de las vidas diarias de la mayoría de la población del mundo. En el mediano plazo, estamos tratando de poner la mano sobre las fuerzas de Davos sobre la construcción de un sistema alternativo (ellos también están tratando de construir un sistema alternativo en el mediano plazo, pero uno que preservará las características esenciales de un orden mundial jerárquico y desigual). No es tan fácil predecir cuales formas tomará este cambio.
La apuesta estaría entonces en los movimientos antisistémicos coordinados por personas de todo tipo que son oprimidas por el actual sistema. “Creo que los movimientos hoy día están buscando el apropiado balance de lucha entre las batallas inmediatas y luchar por transformar el sistema en algo más moral, más igualitario, y más democrático, una lucha sobre el futuro” (Wallerstein, 2005, p. 4).
Aquí señalamos el rol que está jugando Internet en la articulación de éstos movimientos antisistémicos[5]. Internet representa un medio esencial de comunicación y organización para los movimientos sociales y los agentes políticos que lo utilizan como una poderosa herramienta para actuar, informar, reclutar, organizar, dominar y contradominar (Castells, 2001). “El ciberespacio se ha convertido en un ágora electrónica global donde la diversidad del descontento humano explota en una cacofonía de acentos” (p. 160).
Así, encontramos como el movimiento zapatista de Chiapas en los noventa utilizó las redes de faxes e Internet para solicitar apoyo para su causa; el movimiento político espiritualista chino Falun Gong desafió, por medio de una red de adeptos a través de Internet, al Partido Comunista; en el 2000, los hackers propalestinos irrumpieron en las organizaciones proisraelíes estadounidenses (Castells, 2001).
Internet se ha convertido en el componente indispensable de los movimientos sociales de carácter antisistémico debido a: su movilización en torno a valores culturales que se construyen en torno a sistemas de comunicación; la crisis de las organizaciones verticalmente estructuradas, producto de la era industrial; y, aunque muchos de los movimientos son antiglobalización, operan de forma global, para poder contrarrestar el alcance de los poderes fácticos.
Aun y cuando los partidos tradicionales no ven en Internet una posibilidad certera para llegar a los votantes, confiando más en los medios masivos (que responden al modelo de uno a muchos todavía vigente), el futuro, plantea Alonso-Gutiérrez (2007, p. 2) “esta en la utilización de la web como la herramienta de gestión de la campaña y de movilización de voluntarios y votantes”.
Internet propicia entonces la construcción de una vecindad translocal, en la que los ciudadanos se manifiestan por los derechos humanos, el desarrollo, la discriminación, la guerra, el medio ambiente, sumándose – o contrarrestando - el papel exclusivo de los Estados, las instituciones oficiales y los medios masivos (Martínez, 2004). Los movimientos sociales han tenido que responder a las ausencias de un Estado que ha sido intencionalmente reconfigurado, abandonando toda regulación que deje libre al mercado para imponer la lógica del consumo.
Ahora bien, ¿hasta que punto es posible imaginar una ciudadanía activa capaz de construir espacios para acciones colectivas translocales, sin que la lógica del consumo se imponga? Evidentemente, no estamos frente a un escenario cierto donde podamos afirmar que en todos los rincones del planeta serán viables los movimientos sociales antisistémicos. Quizá, tengamos que empezar a mirar éstos fenómenos en clave garciniana. Para García-Canclini (1995, p. 19) “ser ciudadano no tiene que ver solo con los derechos reconocidos por los aparatos estatales…sino también con las prácticas sociales y culturales que dan sentido de pertenencia y hacen sentir diferentes a quienes poseen una misma lengua, semejantes formas de organizarse y satisfacer sus necesidades”.
Para que el consumo pueda articularse como ejercicio de ciudadanía deben reunirse, al menos, estos requisitos: a) Una oferta vasta y diversificada de bienes y mensajes representativos de la variedad internacional de los mercados, de acceso fácil y equitativo para las mayorías; b) información multidireccional y confiable acerca de la calidad de los productos, con control efectivamente ejercido por parte de los consumidores y capacidad para de refutar las pretensiones y seducciones de la propaganda; y c) participación democrática de los principales sectores de la sociedad civil en las decisiones del orden material, simbólico, jurídico y político donde organizan los consumos (García-Canclini, 1995, p. 52).
Desde la perspectiva de García-Canclini, “el consumo es visto no como la mera posesión individual de objetos aislados, sino como la apropiación colectiva, en relaciones de solidaridad y distinción con otros, de bienes que dan satisfacciones biológicas y simbólicas, que sirven para enviar y recibir mensajes” (p. 53).
Los grupos sociales marginados por el sistema económico capitalista tienen la posibilidad de apropiarse de los espacios de consumo donde se toman las decisiones de orden material, simbólico, jurídico y político donde se organizan los consumos (García-Canclini, 1995), adjudicando nuevos sentidos, usos y propósitos que operan como mecanismos para comprender su propio horizonte de compresión del mundo (Neüman, 2008).
Aun y cuando las TIC han sido articuladas como instrumentos de la globalización y fueron concebidas desde la racionalidad tecno-científica, pueden funcionar también como herramientas de contra-cultura, dado el carácter inmaterial de la información (Neuman, 2008). “Cuando el bien a producir es intangible, (inmaterial), como la información, escapa a ciertos principios como el de la `posesión objetiva del objeto`. Como el objeto no es material las formas de apropiarlo sólo pueden ser subjetivas” (p. 88).
Consideramos, al igual que González y Martínez (2008) que las experiencias de apropiación social a través de las TIC, como vía para la construcción de ciudadanías, deben ser estudiadas a partir de una “visión conceptual del fenómeno de la red no desde un punto de vista de la ingeniería – donde los problemas son eventualmente de naturaleza técnica - sino desde sus aproximaciones sociales; intentando, de paso, despejar algunas visiones algo apresuradas - eventualmente interesadas - que ofrecen perspectivas simplificadas de un fenómeno de altísima complejidad y de consecuencias todavía no mensurables” (p. 6).
Tal y como lo ha constatado Castells (2001) en el ámbito global, buena parte de los usos reales de Internet no cuentan con un verdadero corpus empírico que nos permita comprender de forma compleja los fenómenos. Se requieren posturas en las que se entienda que ninguna sociedad es homogénea; mucho menos la latinoamericana con las - ya explicadas - divergencias producidas durante los procesos de colonización y descolonización.
En el caso venezolano, interés central de este trabajo, observamos en investigadores como Neüman (2003), González (2005), Gonzalo (2006), Páez y Castañeda (2007), Montilla y Páez (2008), entre otros, el esfuerzo por contribuir en la conformación de un corpus de investigación empírica que pueda dar luces sobre las divergentes y complejas maneras como se están dando los procesos de uso y – quizá – de apropiación social de las TIC, sin perder de vista, como dijimos antes, que la información tiene un carácter inmaterial que posibilita formas subjetivas de apropiación. Estos estudios se caracterizan además por utilizar técnicas de investigación[6] apropiadas a la naturaleza tecnológica del medio en el que se producen los fenómenos.
Según plantea Neüman (2003), las motivaciones del venezolano para usar Internet no son de tipo educativo, ni económico, cómo si lo es en sociedades altamente industrializadas. Sin embargo, en el debate político los venezolanos si le “encuentran sentido” al uso y acceso a Internet, debido “al monopolio informativo de los grandes medios, la incertidumbre y la experiencia próxima de turbulencia sociopolítica” (p. 8).
De acuerdo al análisis que hemos realizado en este trabajo, en el cual advertimos los efectos perversos del capitalismo global, sería coherente pensar que el ascenso del acceso a internet en Venezuela solo da cuenta del incremento del consumo de este tipo de bienes, bajo la magistral orquestación del mercado.
Sin embargo, es necesario advertir otras formas de consumo cultural con posibilidades de construcción de ciudadanías apoyadas en la apropiación social de las TIC. El estudio etnográfico de Datanálisis (2007, p. 23) arroja resultados interesantes en este sentido:
La familia, al ser el ente donde ocurre la mayor interacción social, se perfila como el que tiene mayor impacto en la facilitación de la interacción de los individuos con la tecnología.
El estar en empleos formales o en instituciones académicas facilita el conocimiento y uso de diferentes dispositivos tecnológicos, no sólo porque estos son requeridos para actuar en estos entornos, sino también porque dan lugar a experiencias sociales que no tendrían cabida en su contexto natural
El teléfono celular se considera un recurso clave para facilitar y apoyar actividades cotidianas. En este sentido, se aprovechan prácticamente todas las funciones de las que disponen en sus equipos.
La telefonía móvil cumple funciones específicas en la cotidianidad, que se ven satisfechas tanto por los servicios ofrecidos por el proveedor como por las funciones disponibles en los equipos.
En general, si bien las necesidades satisfechas son tanto de tipo funcionales como emocionales, lo fundamental es que la telefonía móvil aún cuando es de uso individual no parece tener una función relevante como artículo hedonista.
Consideraciones finales
Pretendemos que las reflexiones en este trabajo sirvan para propiciar – o alinearse con - líneas de investigación en Venezuela y Latinoamérica que exploren los enfoques propuestos, para así comprender las contradictorias maneras como los ciudadanos de nuestra región aprovechan las bruscas transformaciones del sistema-mundo moderno/colonial, para intervenir a favor de un mundo más justo e igualitario, valiéndose – paradójicamente – de la apropiación de las mismas Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) que ha producido el paradigma tecnocrático.
NOTAS:
[1] Pérez (2003) aclara que con éstos seis planos no necesariamente se agotan las acepciones lexicales sobre ciudadanía.
[2] Nuevos espacios económicos que funcionan como nodos de transporte cuya gestión y organización se realiza a través de las TIC.
[3] Hacemos referencia a la Democracia porque consideramos imposible desligar esta problemática de la ciudadanía. Sin embargo, dada la complejidad del problema de la democracia, consideramos oportuno desarrollarlo en otro trabajo. Lo que si queremos es dejar clara nuestra apuesta a la forma (y no modelo) de Democracia Participativa y Protagónica que intenta construirse en Venezuela.
[4] Empresas transnacionales que construyen, mantienen y explotan las infraestructuras tecnológicas (Echeverría, 2000).
[5] Cohen y Rai (2000, citados en Castells, 2001) han identificado en sus investigaciones empíricas seis tipos de movimientos sociales: los movimientos pro derechos humanos, feministas, ecologistas, sindicales, religiosos y pacifistas.
[6] Como la cibergrafía, que es una propuesta teórico-metodológica que representa una verdadera innovación en la investigación tecnológica de las ciencias de la comunicación, ya que hasta el momento solo existían metodologías inadecuadas para la plataforma digital como la hemerografía y la audiografía (Cely y Neüman, 2000).
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