IV Congress of CiberSociety 2009. Analog crisis, digital future

Work Team F-33: Identidades y relaciones en línea

Las nuevas modalidades de sociabilidad en la red. Georg Simmel y el universo tecnológico

Abstract

La comunicación pretende comprender el auge adquirido recientemente por distintos grupos informales en la red. Para ello, utiliza fundamentalmente el marco teórico propuesto a partir de ciertos desarrollos de la sociología simmeliana. Por una parte, muestra cómo las sociedades modernas han sufrido un proceso de erosión de los espacios tradicionalmente asignados para un tipo de socialización desligada de intereses o fines utilitarios. Por otra parte, revela la idiosincrasia de la sociabilidad como forma específica de socialización. Finalmente, concluye proponiendo que la comprensión de las nuevas fórmulas de identidad en la red exige reconocer el modo en cómo la sociabilidad utiliza y se despliega en un soporte tecnológico.

Paper contents

Introducción

Las nuevas redes informáticas han facilitado recientemente la emergencia de unas nuevas formas de vinculación entre individuos, favorecedoras éstas de la gestación de grupos informales y, a la postre, de un abanico variopinto de identidades virtuales. El desarrollo de esta comunicación pretende dar cuenta de las claves explicativas del auge de estas novedosas expresiones identitarias que utilizan como receptáculo el universo de las nuevas tecnologías. Nuestra propuesta incide en que la comprensión de éstas exige, como tarea fundamental, la clarificación de la naturaleza socio-antropológica de la socialización y cómo ésta ha podido llegar a adoptar perfiles distintos en función de los escenarios en donde se ha desenvuelto. Las nuevas identidades fraguadas en la red, pues, tendrían su origen en una peculiar socialización grupal, o incluso diríamos comunitaria, además de desterritorializada, transversal y libre que estaría aflorando en el espectro del Ciberespacio (Lévy, 2007: 103). En este sentido, ciertas formulaciones simmelianas constituyen, a nuestro juicio, un excelente marco sociológico explicativo de la dinámica anterior. Nuestro objetivo no es tanto auscultar el surgimiento, en general, de grupos denominados como formales, institucionales o bien profesionales en la red, sino, más bien, circunscribir nuestro foco de atención analítico en el específico dominio en donde las identidades son claramente mayoritarias, en donde éstas adquieren un mayor vigor en la red, a saber: los Clubs de amigos, los Clubs de fans, los Chats o las “comunidades virtuales” seguidoras y aglutinadas en torno a emblemáticas figuras del deporte o de la canción; en suma, en la dimensión más informal de la vida societal. Y en estos escenarios informales, en los que se concretiza una singular expresión socializadora, urge interrogarse, quizá más que en ningún otro escenario social, en torno a lo siguiente: ¿Qué es aquello que predispone a la unión (llámesele afinidad emotiva, sentimental o pasional) o bien al rechazo con otros?. O en otros términos, es en estos espacios informales en donde sobremanera cabe preguntarse, sociológicamente, acerca de la misteriosa esencia propiciadora de la atracción/repulsión social (Tacussel, 1984).

Para ello, se requiere profundizar en las diferentes modalidades, propiamente culturales, a través de las cuales se han podido fraguar unas institucionalizadas expresiones de interacción social (una socialización). Es bien sabido que los individuos interaccionan al conformar relaciones de reciprocidad entre ellos, pero estas relaciones estarán inevitablemente mediadas y teñidas por la caracterización del vínculo relacional en ellas preestablecido (que no se correspondería con el consensualmente acordado). Lo importante no es tanto, entonces, la singularidad de los individuos integrantes de la interacción, sino la singularidad del modelo de lazo cultural que predispondrá y configurará sus interacciones. La socialización, como invariante estructura antropológica en lo que implica de reconocimiento en y por el Otro (Castro Nogueira, 2008: 284-295), adquiere fisiognomías diversas en función de los “contextos culturales en donde ésta se materialice. Urge, pues, primeramente, elaborar una disección sociológica que permita radiografiar los distintos “contextos culturales” de interacción promovidos en las sociedades modernas, para luego analizar cómo éstos han incidido directamente en la estructuración de traducciones de esta socialización también distintas.

I. El vínculo contractual moderno: Implicaciones en el ámbito de la socialización

Las sociedades modernas, según el bien conocido dictamen clásico de E. Durkheim (1993: 86-282), no necesitan estar respaldadas por una conciencia colectiva, por un ideal social, garante de su integridad y de su funcionamiento armónico como sociedad. Bastaría con el hecho de que se mantenga incólume una equilibrada interdependencia y complementariedad, de carácter estrictamente funcional y sistémico, entre las diferentes instancias y sectores (económicos, políticos, jurídicos…) que componen, en su conjunto, el cuerpo colectivo. El lazo de interacción entre los co-participantes de una sociedad, a diferencia de los modelos de sociedad precedentes, no descansa, entonces, en una “comunidad de sentimientos” conjuntos, sino, en exclusividad, en las relaciones de carácter ahora contractual institucionalizadas entre sus miembros. La relación entre éstos será, pues, una relación mediatizada por “lo contractual”. Por una parte, la sociedad moderna socava la posibilidad de existencia de un “fin colectivo” –representado por un “ideal social” en donde todos los individuos se pudiesen reconocer- que trascendía a las distintas voluntades expresadas a través de los múltiples intereses particulares. Por otra parte, asimismo, propicia la gestación de una noción de individuo entendido éste con una entidad autosuficiente y desgajada de “lo colectivo”. El resultado de lo anterior será el abono para el surgimiento de una nueva y unidimensional forma de socialización en donde la interacción entre la totalidad de integrantes de una sociedad va a estar marcada por una apriórico conflicto u oposición de intereses. Desmantelada toda instancia tradicionalmente encargada de regular, de hacer converger y de subordinar la multiplicidad de intereses particulares en torno a un “interés común” - representado éste por unos patrones morales de “orientación conjunta”-, la única posible socialización entre individuos será aquella en donde éstos intenten hacer valer sus intereses y sus derechos sobre los intereses y los derechos de otros individuos. La sociedad moderna reposa, en términos estructurales, sobre un potencial antagonismo entre la diversidad de individuos o sectores que la integran, sólo subsanable por medio de la creciente generalización de una relación jurídica encargada tanto de salvaguardar los intereses individuales de partida como de atenuar o sublimar una posible colisión entre éstos.

Por utilizar la terminología aportada, a partir de una reelaboración del estructural-funcionalismo clásico, por la Teoría de sistemas de N. Luhmann (1998: 71-98), diríamos que, en las sociedades derivadas de la modernidad, toda “relación social” pasa o debiera pasar necesariamente, supeditándose a ello, por las distintas lógicas que rigen el funcionamiento de unos independizados, aunque interdependientes, “subsistemas sociales”. Para algunos (los que ven este proceso bajo un prisma evidentemente crítico y, por ende, bajo la tentativa de una ansiada resolución), esto no habría ocasionado más que una insana colonización de estos “subsistemas sociales” sobre el “mundo de la vida”, es decir, sobre los plexos de socialización responsables de la armazón del tejido normativo de una sociedad (Habermas, 1992: 402 y ss.). De cualquier modo, el presuntamente irreparable destino de las sociedades modernas (que sería inseparable, al decir de N. Luhmann, del mismo énfasis autopoiético en el que estaría en juego nada menos que la supervivencia de la propia sociedad) se habría encaminado en la dirección hacia una creciente “diferenciación funcional” encargada de afrontar el aumento de la complejidad estructural al que estas sociedades se ven expuestas. De manera que, en esta textura socio-cultural, la “acción social” entre individuos no sería otra cosa, en realidad, que una elaboración ad hoc, encontrándose atrapada y subordinada a las directrices -contradictorias por veces- de las lógicas contextuales, no siempre complementarias, imperantes en cada “subsistema”. A su modo, el nostálgico diagnóstico de F. Tönnies (1979: 277 y ss.) de las sociedades modernas, incidiendo en la acrecentada extensión de un tipo de “relación social” marcada por la asociación (por el interés o la finalidad utilitaria) en detrimento de aquella favorecedora de un arraigo a los vínculos de naturaleza comunitaria (los relativos al afecto y al sentimiento), aparentemente más aferrados éstos últimos en el acerbo simbólico-cultural de las sociedades tradicionales, estaría revelando las claves del horizonte hacia al cual se dirigirían las sociedades nacidas de la modernidad. Toda “relación social” institucional o formal en la modernidad, aquella guiada por un interés o finalidad, se deberá desenvolver en el marco contextual diseñado por estos “subsistemas” y difícilmente podrá salirse de ellos. Así, la “relación social” institucionalizada entre individuos (ya separados y en un potencial conflicto de intereses) que se mueven en el seno del “subsistema económico” será aquella pre-condicionada por una lógica, la del dinero, reguladora ésta de la distribución y el acceso a los recursos materiales (y simbólicos) de una sociedad, y, en definitiva, de los modos de subsistencia y de acumulación de bienes a través del trabajo. La “relación social” entre individuos que se mueven en el seno del “subsistema político” estaría pre-condicionada por la facultad por parte de algunos de ellos por someter (o ser sometido) a otros, por los dictados de una relación de poder (mandato/obediencia). De igual modo, la “relación social” entre individuos en el marco de una garantía jurídica veladora de sus derechos como ciudadanos vendría dada desde el “subsistema legal”. Otra circunstancia análoga ocurriría con el tipo de “relación social” entre individuos insertos en los “subsistemas” familiar o educativo.

El acrecentado protagonismo adquirido posteriormente por estos “subsistemas” en la sociedad moderna avanzada habría incidido, asimismo, en una paulatina erosión de los “espacios comunitarios” en donde se había podido desarrollar hasta entonces una socialización ajena a los imperativos de la “relación social” pre-condicionada por la lógica de las instituciones, provocando un secuestro de la experiencia interpersonal y una transferencia en la resolución del vacío socializador por ello desencadenado al ámbito de los «sistemas abstractos e impersonales» (Giddens, 1997: 185-226). El avance de la lógica racional, utilitaria y funcional diseñada por la modernidad, que se manifestará no sólo en el campo administrativo o en el económico sino, también, y con una especial gravedad, a nivel urbanístico con la generación de un espacio homogéneo y abstracto (Lefebvre, 1976: 23-42) o con la proliferación de los «no lugares» (Augé, 1995: 81-118), aliándose tanto con el individualismo (el individuo concebido como mónada distanciada de “lo colectivo” y en un antagonismo potencial con respecto a otros) como con el refortalecido fantasma de la “inseguridad ciudadana”, ha conseguido invadir, así, la práctica totalidad de los espacios/tiempos cotidianos favorecedores de la interacción social. Esta consiguiente desintegración de los lazos comunicativos, tan acentuada en las sociedades tardomodernas, ha ocasionado una verdadera «fragmentación espacio-temporal» generadora de grandes tensiones en la vida cotidiana (Juan, 2000: 123-133), dando lugar, asimismo, a un generalizado sentimiento de encontrarse destinado a una suerte de deriva personal (Sennet, 2000: 13-31).

Por fortuna, en ninguna sociedad, habida y por haber, la textura magmática que conforma la polisemia definitoria de la vida social se ha conseguido constreñir por completo a la lógica de los “subsistemas” enunciados por la Teoría de sistemas, sobreviviendo en ellas un reservorio de localizaciones impermeables a esta lógica y en donde se anclaría un depósito cultural ligado, en última instancia, a la creación y a la invención cotidiana. La sociedad vivida (la auténtica vida en sociedad) nunca se ha identificado plenamente con la vida políticamente administrada. De este modo, en todo modelo social ha existido un territorio de creatividades cotidianas, lo que M. De Certeau (1990: Xxxv-68) ha denominado “arts de faire”, en donde se han llegado a entretejer prácticas socializadoras, ««multiplicidad de puntos de contacto» en los que se entrecruzaban lealtades de forma compleja» (Sennet, 2001: 99-104); vacunados y resistentes éstos frente (o sorteando) a las imposiciones de la lógicas institucionales (estratégicas en la terminología utilizada por M. De Certeau). Aquí, en este espectro cultural, tendrían cabida una constelación de espacios/tiempos deslindados de la esfera del trabajo o incluidos en la propia actividad gremial, en las tradicionales interacciones informales en el vecindario, en bares o en cafeterías de reunión con una fuerte presencia comunitaria, en los grupos informales originados en agrupaciones parroquiales, gastronómicas o deportivas, catalizadoras todas ellas de actividades lúdicas y recreativas. Pues bien, todo ello se habría visto notablemente afectado, en su conjunto, por la lógica “relacional” y “contractual” desplegada por la modernidad avanzada (o posmodernidad, como se quiera); viéndose, en suma, hondamente dañadas las urdimbres estructurales primarias en donde había llegado a arraigar una auténtica socialización liberada de un móvil basado exclusivamente o prioritariamente sobre un interés o un propósito predeterminado. Al mismo tiempo, y como corolario de lo anterior, se habría abortado la posibilidad de emergencia de un abanico de microidentidades revalorizadoras de una dimensión comunitaria, en el sentido que propiamente M. Weber (1993: 33) le otorgaba a este término: aquella apoyada sobre fundamentos afectivos y emotivos que trascienden la persecución de un fin concreto; y originadas éstas como fruto de la cristalización de los tradicionales vínculos informales de socialización. Como luego veremos con más detalle, esta dinámica social ha facilitado una emigración de esta socialización informal hacia dominios (espacio/temporales) ahora virtuales y, por el momento, todavía inmunes a la “lógica relacional” regidora de un actuar interindividual inserto y sujeto a las directrices centrales marcadas por las instituciones derivadas de la modernidad. En este contexto, el soporte proporcionado por las recientes tecnologías informáticas, como receptáculo inmaterial en donde esta sociabilidad informal podría llegar a fraguar y a desplegarse, pasará a jugar un papel especialmente descollante; compensando y supliendo los déficits estructurales que, en este orden, fueran generados por la racionalidad auspiciada a raíz de la implantación de la cultura moderna.

II. Aproximación a la noción de sociabilidad en G. Simmel

El concepto de sociabilidad, elaborado por G. Simmel, es el que, a nuestro juicio, mejor permite comprender la idiosincrasia de las formas de “relación social” operantes al margen de los cánones establecidos desde los “subsistemas funcionales” anteriormente indicados. Para Simmel (1999: 39-62), la socialización sería una interacción recíproca entre individuos, orientada ésta por unos determinados impulsos o fines y cuyo resultado final será la forja de un singular sentimiento de unión entre ellos; no en vano, como insistirá nuestro autor, en la práctica totalidad de las lenguas europeas “sociedad” significa, sin más, el sociable estar juntos. La socialización, para él, tendría dos dimensiones perfectamente ensambladas: lo que llamará el contenido o materia de la socialización y la forma. El contenido se correspondería con las distintas concreciones en donde se realiza la socialización, con las peculiares maneras de ser ésta (trabajo, juego, erotismo, solidaridad..). La forma, por su parte, sería la propia esencia socializadora, que será la que luego adoptará incontables expresiones particulares. Ahora bien, el desarrollo de la civilización, según Simmel, posibilitará que ciertas energías humanas sobrantes, como resultado del cumplimiento de los fines prácticos de la vida, se eleven de su subordinación a éstos, quedando «libremente flotantes» y en una predisposición para convertirse en una recreación de sí mismas, sin otra motivación o finalidad que la de un juego liberado de todo servicio a cualquier coerción de índole práctica. En el plano ya más específico de la socialización, una vez que aquellas formas de “relación social” orientadas a dar cuenta de los fines prácticos y materiales de la vida logran satisfacerlos, puede dar lugar a la irrupción de una dimensión socializadora ahora liberada de toda coacción impuesta por tales fines y cuyo único móvil será, entonces, el atractivo desprendido por la experimentación de esta liberación. Por tanto, los individuos que en ella participan lo harían desgajados de la sujeción de su identidad personal a los dictados de los marcos institucionales en donde aquellos se encontrarían involucrados y sometidos, pudiéndose, así, mostrar tal como realmente son. A este singular tipo de socialización, Simmel la llamará sociabilidad, o también, sintomáticamente, forma pura de la socialización; forma pura en el sentido, a tenor de lo anterior, de forma lúdica de la socialización. La “relación social” en ella establecida, deslindada de todo interés teleológico, (por ejemplo la que se da en la conversación despojada de finalidades) se limita y se agota en la intensidad de la satisfacción de aquellos que la sostienen, revelándose, sin reservas, lo más subjetivo de los que en ella coparticipan. De ahí que Simmel afirme:

«Puesto que la sociabilidad en su configuración pura no tiene una finalidad material, no tiene contenido ni resultado que estuviera, por así decir, fuera del momento sociable como tal, se apoya por completo en las personalidades; no se persigue nada más que el estar satisfecho de este momento –como mucho aún de su resonancia posterior-, y así, el suceso, tanto en sus condiciones como en su resultado, queda limitado exclusivamente a los que lo sostienen personalmente» (Simmel, 2002: 84).

Y a continuación, reclamará la calificación de democrática para la sociabilidad, apostillando:

«La sociabilidad, si se quiere, crea un mundo sociológico ideal: porque en ella –como lo expresan estos principios- la alegría del individuo depende plenamente de que también los otros estén alegres, y en principio nadie puede encontrar su satisfacción a costa de sentimientos totalmente opuestos al otro; como también ocurre en muchas otras formas de organización de la vida, aunque por imperativos éticos superiores y no por su principio inmediato propio e interior» (Simmel, 2002: 88).

Pero, para lo que nos concierne, lo más sugerente del formismo simmeliano es cuando nuestro autor recalque que, en realidad, el mundo de la sociabilidad es un mundo absolutamente artificial, en el sentido de «construido de seres que desean crear exclusivamente esta pura interacción entre ellos que no esté desequilibrada por ningún acento material» (Simmel, 2002: 88). No conviene hacer aquí una lectura del término artificial bajo unas estrechas connotaciones peyorativas; por el contrario, este mundo artificial sería aquél propio del reencuentro y afirmación de la auténtica singularidad -de lo que el individuo realmente es más allá de las distintas prerrogativas sociales a las que debe dar cuenta-, doblegada por los imperativos que la cultura moderna impone sobre él. De ahí que, en tiempos pasados, el comportamiento en situaciones de sociabilidad se hubiese regulado de una manera más rígida de lo que se hace en las sociedades contemporáneas. La constante tensión entre desingularización (producida por las formas institucionalizadas (fosilizadas) de la vida social) y re-singularización (demandada, como contraefecto, por un individuo deseoso de afirmar su yo) será, para Simmel, el rasgo más definitorio, aunque también irresoluble, de la sociedad moderna. En función de lo anterior, cabe comprender que la artificiosidad, la irrealidad, mencionada no sea otra cosa que el caldo de cultivo que dispondrá el abono para el florecimiento de la auténtica individualidad e interioridad. De hecho, para ser más precisos, el florecimiento de esta oculta interioridad sólo podría darse, curiosamente, a través de una interacción sociabilizadora con los otros. En última instancia, este carácter de artificiosidad de la sociabilidad radicaría en que:

«Debido a su idea fundamental –se refiere a la sociabilidad-, debe crear la ilusión de unos seres que se despojan de tantas partes de sus contenidos materiales y que se modifican tanto en su significado exterior e interior que resultan iguales como seres sociables, pero de tal manera que cada uno sólo puede obtener para sí los valores de la sociabilidad con la condición de que los otros, en interacción con él, los obtienen igualmente. Es el juego en el que «se hace como si» todos fueran iguales y al mismo tiempo como si se hiciera honor a cada uno en particular. Esto no es mentira en la misma medida en que tampoco son mentira el juego o el arte con todas sus desviaciones de la realidad. La sociabilidad sólo se convierte en mentira en el momento en el que el actuar y el hablar entran en los propósitos y los acontecimientos de la realidad práctica; del mismo modo en que el cuadro se convierte en mentira cuando pretende simular la realidad a modo de un panorama» (Simmel, 2002: 90).

Asimismo, la sociabilidad será, para Simmel, el fundamento último sobre que descansará una, diríamos, ética de grupo. La socialización es, en sí misma, lo que proporciona el estímulo de fondo para que los individuos se atraigan (o se repelan), se vinculen, se unan y se junten, conformándose y escindiéndose, de este modo, la entidad de diversos grupos. La sociabilidad, en lo que concierne a su propia especificidad socializadora, establecerá una «libertad de vinculación» sólo amparada sobre la liviandad y el distanciamiento de la realidad generada por el juego, dando lugar a una particular modalidad de ética que, en última instancia, reposaría sobre una dimensión que podríamos llamar estética. Así, el pensamiento de Simmel abrirá una verdadera veta sociológica, al poner de relieve que el vitalismo de la sociabilidad –en lo que ésta tiene de «forma libremente flotante»- es lo que permitiría sentar las bases para la consolidación de una peculiar forma de ser con y para los otros, para, en suma, la configuración de vínculos identitarios de naturaleza propiamente informal –en donde, por tanto, no son aceptados ni debieran arraigar fines ajenos a la sociabilidad en sí misma-. Unos vínculos identitarios, dirá Simmel, «de carácter vacuo y suspendido en el aire», anclados sobre la dimensión menos seria y más superficial de la existencia social, dado que será en ese preciso atractivo engendrado en y por la superficialidad, en esa aparente banalidad, en donde pueda llegar a expresarse y a cuajar socialmente, de modo exclusivo, lo que los hombres realmente son y lo que éstos desean. Por eso, dirá Simmel «a partir de ello comprendemos el efecto liberador y de felicidad de algunos de estos reinos construidos de las meras formas de la existencia; porque en ellos estamos libres de la vida y, sin embargo, la tenemos» (Simmel, 2002: 100).

III. La sociabilidad en un soporte tecnológico

¿Qué podría aportar el pensamiento simmeliano en torno a la sociabilidad en una sociedad que se autodefine como «sociedad de la información» y que se encuentra presidida por el desenfrenado auge cobrado por las nuevas tecnologías?. ¿Sería conciliable, e incluso iluminadora, la propuesta sociológica de Simmel con este nuevo universo cultural?. ¿En qué medida y cómo?. A nuestro juicio, dicha propuesta resulta decisiva para desentrañar las claves interpretativas del vitalismo adquirido por buena parte de las nuevas formas de comunicación identitaria nacidas en el Ciberespacio. Para ello, es preciso subrayar primeramente un hecho sociológico capital ya anteriormente desgranado: el paulatino desanclaje y consiguiente vaciado espacio-temporal (Giddens, 1994: 28-38) de los territorios de sociabilidad con respecto a sus “contextos locales de interacción” que fuera inaugurado por la dinámica social característica de la modernidad. Este proceso, mucho más intensificado todavía en las postreras fases de desarrollo de esta modernidad, lo que realmente habría ocasionado es que la sociabilidad se hubiese reubicado en el dominio de “lo virtual” engendrado por las nuevas tecnologías, tratando de ser rescatadas y saciadas las demandas sociabilizadoras, el impulso antropológico a estar juntos sobre el que tanto insiste M. Maffesoli, ahora en este novedoso decorado tecnológico (Maffesoli, 1998: 9-20).

Si primeramente, tal como había ya mostrado E. Morin (1981), fue el surgimiento del universo mass-mediático el campo espectral en el que se lograron condensar, compensar y vectorializar, a través de mecanismos psico-antropológicos de identificación y de proyección, ciertos anhelos y deseos ubicados en la trastienda de la sociedad institucionalizada, el universo del Ciberespacio desempeñará, en una fase cultural consiguiente, un papel similar, pero con unas especiales implicaciones en el orden de lo comunicativo. El Ciberespacio, en suma, pasando a ser contemplado ahora como lugar de reencuentro con una reminiscente sociabilidad que podría permitirse el lujo de prescindir de las relaciones “face to face”, pudiendo desarrollarse en un dominio específicamente inmaterial. Las múltiples y multitudinarias redes de interacción informal que, de un modo desorbitado, han proliferado en el Ciberespacio durante los últimos años, pero también en otros ámbitos tecnológicos emergentes y limítrofes como es el caso de la mensajería móvil, estarían revelando la auténtica efervescencia de una sociabilidad al modo en cómo ésta ha sido motivo de un minucioso análisis sociológico por la micrológica mirada de G. Simmel. La efervescencia reciente del magnetismo suscitado por las novedosas redes informales de contactos, de Clubs de amigos, de Clubs de fans, de Chats o de “comunidades virtuales” no estaría expresando más que la irrupción de una incipiente urdimbre de sociabilidad que utilizará los canales propios del mundo virtual o que adquirirá un rostro virtual, por retomar al propio Simmel, como detonante de la misma artificialidad que le es característica. A diferencia de las «interacciones no recíprocas» a distancia constitutivas de gran parte de la cultura mediática (Thompson, 1998: 269-301), las interacciones anteriores poseerán una «reciprocidad» estimuladora de una «intimidad a distancia» cuyo beneficio fundamental para los individuos será la apertura a la exploración de nuevas realidades interpersonales sin el coste que pueda acarrear una implicación o compromiso con ellas. La absoluta independencia mediante la cual el individuo se adhiere a estos grupos de la red facilita una liberación en aquellos de la presión a la que, en otro contexto, pueden verse sometidos en función del juicio de los otros, posibilitando una tolerancia grupal, por una parte, inimaginable en otras adhesiones a grupos y, por otra parte, sostenedora de la fuerza de atracción suscitada por el propio grupo (Hugon, 2000: 57-61). Por tanto, la naturaleza vinculante (sociabilizadora) entre los/las a estos grupos asociados/as no tendrá, en modo alguno, que ver con un cálculo, una finalidad utilitaria, o un interés o propósito propiamente práctico. Y en esto radicará precisamente, y en exclusividad, el magnetismo del peculiar lazo que los sostiene.

Asimismo, los vínculos socializadores (y fundamentalmente sociabilizadores) en este universo estrechados darán lugar a la estructuración de unas cristalizadas fórmulas microidentitarias cuyo único móvil vinculante es la dimensión relativa al juego, a lo lúdico; reflejado éste en múltiples apetencias de tipo sexual deportivo, musical o de cualquier otra índole en donde se revele lo menos serio, lo más aparentemente superficial y liviano de la vida social. La argamasa representacional de unión entre sus afiliados se basará, pues, sobre una coparticipación conjunta en gustos, en afinidades o incluso, reapropiándonos del lenguaje de P. Bourdieu, en un determinado habitus. De ahí que, como bien ha puesto de manifiesto M. Maffesoli (1990: 245-288), la lógica de la identificación bajo la que se constituyen las identidades sociales actuales actúe en el orden de lo aparente y de lo tildado como supuestamente superfluo de la existencia societal. En consonancia con lo anterior, estas conformadas fórmulas identitarias se caracterizarán por una consistencia extremadamente pobre y fluida; no teniendo más solidez que la del simple impulso originario que mueve a la sociabilidad y que, al mismo tiempo, se agotará en la misma intensidad de éste. Su fisiognomía será, pues, sumamente débil, versátil, voluble, pudiendo los individuos a ellas adheridos transitar a través de un sinfín de vínculos identitarios sin llegar a aferrarse definitivamente en ninguno de ellos. De hecho, el que un individuo se adscriba a una determinada microidentidad no dependerá tanto de los perfiles de esta identidad en sí mismos cómo, especialmente, de la fuerza sociabilizadora en ella desatada y de la particular sintonía con la que este individuo pueda incorporarse a un flujo en relación con ella. En última instancia, la sociabilidad gestada en la red nace de un sui generis modo de encantamiento: el suscitado en estos espacios inmateriales como resultado del hecho de que en ellos podrá realmente el individuo despojarse de la carga impuesta por unas estrategias de “relación social” propiamente acordes a la lógica de los “subsistemas sociales”, pudiendo revelarse y satisfacerse, en este nuevo horizonte virtual, sus auténticas inclinaciones y deseos; y que, fundamentalmente, éstos entren en confluencia y en reciprocidad “relacional” con los de otros.

A modo de conclusión

De nuestro trabajo se puede extraer, a modo de sintética conclusión, lo siguiente:

La comprensión, en términos sociológicos, del amplio abanico de grupos informales en la red pasaría, primeramente, por el reconocimiento de unas formas de “relación social” propiamente informales y deslindadas de aquellas en donde su vínculo es aquél específicamente basado sobre el interés. La degradación de aquellos espacios cotidianos en los que tradicionalmente se llegaron a desarrollar estas formas vinculantes de “relación social” habría ocasionado que éstas hubiesen desplazado su fijación hacia el universo virtual proporcionado por las nuevas tecnologías de la información, configurando un sinfín de nuevas expresiones identitarias asentadas ahora sobre el receptáculo inmaterial aportado por el Ciberespacio.

Bibliography/References


  • Augé, M. (1995): Los «no lugares». Espacios del anonimato: Una antropología de la sobremodernidad, Barcelona, Gedisa.
  • Castro Nogueira, L. L y M. A. (2008): ¿Quién teme a la naturaleza humana?, Madrid, Tecnos.
  • De Certeau, M. (1990): L’invention du quotidien. Arts de faire, París, Gallimard, vol. I.
  • Durkheim, E. (1993): La division del trabajo social, Barcelona, Agostini, vol. II.
  • Giddens, A. (1994): Consecuencias de la modernidad, Barcelona, Alianza.
  • -- (1997): Modernidad e identidad del yo, Barcelona, Península.
  • Habermas, J. (1992): Teoría de la acción comunicativa, Madrid, Taurus, vol. II.
  • Hugon, S. (2000): «L’Effet de réticulation», en Sociétés. Revue des Sciences humaines et Sociales, París, De Boeck Université, nº 68, vol. II.
  • Juan, S. (2000): «Las tensiones espacio-temporales de la vida cotidiana», en Lindon, A. (Coord.). La vida cotidiana y su espacio-temporalidad, Barcelona, Anthropos.
  • Lefebvre, H. (1976): Espacio y política, Barcelona, Península, vol. I.
  • Lévy, P. (2007): Cibercultura. La cultura de la sociedad digital, Barcelona, Anthropos.
  • Luhmann, N. (1998): «La diferenciación de la sociedad», en Complejidad y modernidad: de la unidad a la diferencia, Madrid, Trotta.
  • Maffesoli, M. (1990): Au creux des apparences. Pour une éthique de l’esthétique, París, Livre de Poche.
  • -- (1998), (1979, 1ª edic.): «Introduction», en La conquête du present. Pour une sociologie de la vie quotidienne, París, Desclée de Brouwer.
  • Morin, E. (1981): L’Esprit du Temps, París, Livre de Poche.
  • Sennet, R. (2000): La corrosión del carácter en el capitalismo tardío, Barcelona, Anagrama.
  • -- (2001): Vida urbana e identidad personal, Barcelona, Península.
  • Simmel, G. (1999): Socialization, París, PUF.
  • -- (2002): Cuestiones Fundamentales de Sociología, Barcelona, Gedisa.
  • Tacussel, P. (1984): L'attraction sociale. Le dynamisme de l'imaginaire dans la société monocéphale, París, Méridiens.
  • Tönnies, F. (1979): Comunidad y asociación, Barcelona, Península.
  • Thompson, J. B. (1998): Los medias y la modernidad. Una teoría de los medios de comunicación, Barcelona, Paidos.
  • Weber, M. (1993): Economía y sociedad, México, FCE.

CC0 (equivalent to public knowledge)