IV Congreso de la CiberSociedad 2009. Crisis analógica, futuro digital

Grupo de trabajo F-33: Identidades y relaciones en línea

Identidades, afectos y relaciones en línea: Aproximación psicosocial

Ponente/s


Resumen

En esta sociedad digitalizada a través de Internet, redes sociales y otros dispositivos similares se producen contactos y se inician y consolidan relaciones que influyen sobre los procesos identitarios en semejante presentación del yo en la vida cotidiana (de acuerdo con el enfoque dramatúrgico), así como en la expresión de los afectos y de las emociones. Nuestro objetivo es ofrecer una aproximación psicosocial al estudio de los mecanismos de acción e influencia que modifican las nociones de identidad y alteridad, así como ofrecer un análisis del impacto de tales vínculos sobre la construcción de las subjetividades individuales y de los efectos tanto positivos como perversos (en terminología foucaultiana) derivados de tales usos. Últimamente, se abre el espectro comunicativo a nuevas herramientas de contacto tales como las redes sociales (Facebook, Twitter), chats, fotologs, blogs, telefonía móvil, etc., que representan espacios de encuentro de acuerdo a nuevas modalidades de comunicación. Tales tecnologías actúan como elementos de carácter psicosociológico, simbólico y cultural y como instrumentos de acción relacional. Se concluye que dependiendo del uso/abuso, fines e intereses de estas imbricadas redes comunicativas pueden convertirse en un ágora electrónica o en un renovado panóptico camuflado.

Contenido de la comunicación

"El mundo da vueltas: si Babel tuvo lugar hace miles de años, a finales del 2000 vuelve a erupcionar... gracias a Internet. Los foros en línea, conocidos como chats, ponen a dialogar a gente de todas las partes del planeta y nos acercan cada vez más a la utopía de la aldea global. Todos los derechos reservados para Marshall McLuhan"     Guillermo Farfán Sangalli.

1. Introducción: acerca de las relaciones humanas

Las relaciones humanas se han basado tradicionalmente en contactos interpersonales de interacción cara a cara con los consiguientes efectos y consecuencias sobre la sociabilidad y psicologización de los individuos, grupos y organizaciones. Es notorio que desde hace algunas décadas, junto a estos procesos comunicativos que contribuyen a la definición identitaria y a la formulación y desarrollo de otros procesos psicosociales básicos -tales como liderazgo e influencia social, entre otros-, los individuos se sirven de la(s) red(es) para expresar emociones, encauzar afectos, crear vínculos, reformular sus identidades, relacionarse en suma. Esa nueva presentación del yo en la vida cotidiana, en términos goffmanianos (Goffman, 1987), afecta a múltiples niveles, tales como al plano sociorrelacional, al ámbito de las emociones y los sentimientos y, por extensión, a las propias relaciones humanas (Dantzer, 1989; Evans, 2000; Grennberg, 2000; Moral, 2005a, 2005b). En esta civilización del cliché plagada de iconos, definida así por Deleuze (1968), las nuevas tecnologías actúan como elementos de carácter psicosociológico, simbólico y cultural, aparte de vincularse a poderosos instrumentos de acción relacional, educativa, política y social.

A nivel global, se están produciendo múltiples cambios coincidentes con tiempos finiseculares que contribuyen a socioconstruir estados de crisis como conflicto -más bien que como mero cambio resolutivo-, extendiéndose problematizaciones personales como réplicas a otros (des)órdenes macroestructurales. Se alude a la progresiva e insidiosa instalación de las condiciones y demandas de un mundo digitalizado (Held, 1999; Negroponte, 1999; Tapscott, 1998; Terceiro, 1996), ya aludido en la utopía de McLuhan (1969) de aldeanización planetaria. Parece instalarse una sociedad compunicada (aplicándole la expresión de Bell, 1980) y una subcultura integrada en una comunidad digitalizada (Cebrián, 1998; Postman, 1994; Terceiro, 1996; Virilo, 1997). Se impone un nuevo orden comunicativo e informacional, caracterizado por los determinismos del modelo social y económico de la era de la información.

Se extiende un espacio y un tiempo donde la tecnología es comunicación y la comunicación discurre por infovías, en los términos expresados por Cebrián (1998), con nuevas redes telemáticas que influyen en las subjetividades individuales, grupales y colectivas cuyo poder de acción es notorio. Precisamente, en la encrucijada del poder y del saber es donde situó Ibáñez (1990) las nuevas tecnologías, aludiendo a la (re)emergencia de un nuevo tipo de hombre -el homo informáticus- sometido a un proceso de ósmosis que regula las interacciones y que ejerce efectos moduladores sobre las relaciones sociales interpersonales. El individuo contemporáneo permanece interconectado a otros con los que no mantiene interacción directa cara a cara, ni conducta háptica alguna. A este respecto, de acuerdo con Baudrillard (1985, 1987), con la postmodernidad paradójicamente el hombre contemporáneo podría convertirse en un ser aislado y singular pero, al mismo tiempo, conectado a diversas redes telemáticas y audiovisuales.

De acuerdo con lo anterior, ante la redefinición de diversas coordenadas del hic et nunc contemporáneo, nos proponemos reflexionar acerca de los condicionantes y efectos que se derivarán de estas nuevas modalidades de comunicación on line sobre los procesos identitarios y psicosociales básicos.

2. Planteamiento: Ágora y/o panóptico

A partir de la emergencia de la sociedad global del conocimiento parece derivarse un tipo de flexibilización de los vínculos, así como un alto grado de comunicación informal y una innovadora jerarquización de los contactos que afecta a las redes comunicacionales. A la supuesta transmutación de barreras comunicativas, debido a las redes telemáticas y a la creación de informatizadas torres de Babel, se suman cambios de tipo cognitivo en los saberes, en nuestras capacidades simbólicas y memorísticas (Mattelar, 1998). Tales cambios dejan sentir su influencia no sólo en aspectos relativamente epidérmicos, en expresión de Aguilar (1996), sino que actúan como constructores de estructuras simbólicas y de pensamiento, como modeladores actitudinales y de socialización.

Se abre el espectro comunicativo a nuevas herramientas de contacto tales como las redes sociales (Facebook, Twitter), chats, fotologs, blogs, telefonía móvil, etc., que, a modo de ágora electrónica, representan espacios de encuentro de acuerdo a nuevas modalidades de comunicación. Calificadas como agentes de la representación social por excelencia las tecnologías de la información y relacionales son constructoras de poderes legitimados y/o reintérpretes de opiniones, conocimientos, tendencias, modas, usos, consumos, "verdades" en suma, al amparo de la capacidad de interpretación individual del usuario, aunque heterocondicionada. Esa ambivalente sensación de tener ante sí unas ingentes posibilidades de comunicarse con individuos desconocidos con los que de otra manera probablemente jamás hubiese entrado en contacto, al mismo tiempo que de darse a conocer y ser conocido, a nivel psicosociológico representa una oportunidad relacional sin precedentes que, sin embargo, puede que afecte a nivel identitario y socioafectivo provocando el uso de una libertad negativa, en términos frommianos (Fromm, 1941) que conduzca al individuo contemporáneo a una suerte de conformidad automática, lo cual fragmenta la integridad de su yo individual.

En tales redes comunicativas el lenguaje crea realidades, no únicamente las designa, de este modo es de singular importancia analizar los nuevos lenguajes que observamos en las relaciones en línea y los roles que desempeñan en la (re)configuración de identidades en la red. En semejante representación de los individuos no sólo se va adecuando su identidad a la opinión subjetivada acerca de las demandas de los otros miembros con los que interactúa y de sus propias necesidades y restricciones en el proceso de darse a conocer, sino que el relato sobre sí mismo cobra un inusitado sentido. De este modo tanto la identidad como su narración experimentan una nueva dimensión en el proceso interactivo. Ciertamente, el lenguaje se sirve de condiciones particulares para convertirse en una realidad subjetivada, siendo éste un modo de significación, más bien que un concepto, una idea o un mensaje, tal y como nos indica Barthes (1957) en Mitologías. Semejantes códigos mistificados se convierten en la clave que vincula a nivel comunicativo, que restringe accesos y posibilita otros, que le ofrece distintividad al grupo respecto a otros y a sí mismo y que regula las dinámicas de intercambio a nivel simbólico y fáctico. En este sentido, el lenguaje desde el vehículo de la realidad tomada como referente, representa nuestro nexo de unión a la urdimbre psicosocial y sociocultural a la que pertenecemos como productos y agentes de lo humano y del orden social (Bergen y Luckman, 1968).

Desde un posicionamiento crítico se propone que los poderes de construcción de contactos, discursos, significados, valores, hechos, realidades, etc., de los medios y de las nuevas tecnologías se encubren bajo una apariencia engañosa (libertades que coadyuvan, aparente asepsia del discurso, singularidad del contacto mediático, supuesto acceso no restringido, etc.) que define un mundo de simulacros, en los términos manifestados por Baudrillard (1988). El que esa seducción tecnocrática represente una mera tendencia al exhibicionismo social o un edificante entramado relacional dependerá de multitud de factores, entre los cuales los psicosociológicos (identidad, valores, emociones, actitudes, liderazgo, etc.) son de suma importancia.

Se alude a los posibles efectos perversos, en terminología foucaultiana (Foucault, 1970, 1979), de semejantes usos en redes y comunidades virtuales, cuyos contactos pueden resultar despersonalizantes, aunque también pueden resultar enriquecedores. Como en cualquier otro proceso comunicativo el que sean una u otra cosa dependerá de multitud de condicionantes de muy diversa índole, esencialmente psicosociales (habilidades comunicativas, inteligencia emocional, autoestima, identidades personales y grupales, etc.) que modulen tales contactos y los desvirtúen u optimicen. Lo que es cierto es que en esta suerte de ágora electrónica las relaciones interpersonales adoptan unos modos de representación, significados e identidades cuya singularidad viene condicionada por los cauces de establecimiento, expresión y/o consolidación de los propios contactos.

Una vez descrito lo anterior, hemos de cuestionarnos acerca de cómo se modifican las nociones mismas de identidad y de alteridad a partir del reconocimiento del impacto de las relaciones de interacción virtual sobre la construcción de subjetividades individuales y colectivas, así como sobre la esfera socioafectiva y relacional. Detectamos con relativa facilidad nuestras emociones que nos aportan referencias e información íntima (Evans, 2002), a veces simplemente las emociones nos abordan y, metafóricamente, se imponen aunque cada cual queramos constreñirlas, sentimos y vivimos emociones primarias que nos enfrentan con nosotros mismos y con los otros. Tal proceso de encauzamiento y desbordamiento emocional que en apariencia cada vez más se manifiesta más abiertamente, aunque puede que con mayores reservas y subterfugios por temor a darse a conocer como en cualquier proceso de percepción interpersonal, se sirve de contactos en principio superficiales, pero sometidos a menos convencionalismos que los contactos interactivos cara a cara.

Siendo nuestro posicionamiento teórico eminentemente psicosociológico la importancia otorgada al constructo identidad es básica en este análisis. Según una perspectiva de estudio goffmaniana se concibe que la conformación de la identidad personal se basa en el supuesto de que individuo puede diferenciarse de todos los demás. Aunque resulta difícil apreciar cómo la identidad personal desempeña un rol estructurado, cuando estamos sometidos a un continuo tránsito de información, puede que exista un contenido objetivo con una continuidad en el tiempo. Sin embargo, aunque los contenidos de la identidad personal son algo objetivo, son interpretados y, en consecuencia, modificados por el propio sujeto. El término identidad social se considera una expresión más adecuada que estatus, pues, es la sociedad quien establece los mecanismos para situar a los individuos en categorías y, en función de diversos criterios, los adscribe a alguna de ellas. Es más, el rol -o respuesta típica de los individuos que se encuentran en una determinada posición social- depende de la identidad social. Identidad social y personal están conectadas en las interacciones, se (re)crean mediante la situación y se (trans)forman mediante la interpretación de las expectativas de los actores. Sin necesidad de incurrir en la sobreactuación y la confusión de papeles a representar -de modo análogo a los personajes de Pirandello- la presentación del yo es un ejercicio de adaptación a los múltiples escenarios del teatro de la vida cotidiana. En concreto, de acuerdo con las consideraciones de Goffman (1987) cuando un individuo entra en contacto directo con otros, estos tratan de ir adquiriendo información acerca de él y de poner en juego lo que ya poseen con el objetivo fundamental de definir la situación interaccional. Sirviéndose del engaño y del fingimiento se puede transmitir información errónea sobre sí mismo, de modo que cuando un individuo se (re)presenta ante los otros sus acciones influyen en la definición de la situación comunicativa y en el desenvolvimiento de la misma. En ese proceso de (re)definición del rol social por un mero mecanismo de deseabilidad social y de intento de manejo de la situación y de la formación de impresiones todos tendemos a mostrarnos mejor de lo que en realidad social, lo cual es aplicable tanto a contactos de interacción cara a cara como on-line. En este sentido se expresa Goffman (1987, p. 28): "Al definir el rol social como la promulgación de los derechos y deberes atribuidos a un status dado, podemos añadir que un rol social implicará uno o más papeles, y que cada uno se estos diferentes papeles puede ser presentado por el actuante en una serie de ocasiones ante los mismos tipos de audiencia o ante una audiencia compuesta por las mismas personas".

Se trata de regular el contacto, como en cualquier otra vinculación interpersonal, de acuerdo a un modelo ceremonial ritualizado en el que ambos, o varios, interactuantes, son conocedores y practicantes de las reglas del juego. Ante semejante audiencia imaginaria, se tiende a una limitación y regulación de lo que se muestra, si bien mediante mecanismos de desindividualización con pérdidas de autoconciencia y difuminación de identidades se relajan los convencionalismos, asistiéndose a posibles procesos de mistificación identitaria, mostrándose el individuo en unas ocasiones tal como uno cree que los demás quieren que lo haga (Yo público virtual) o bien desvelando algunos matices de ese Yo oculto que permanece sujeto a demasiadas constricciones relacionales disruptivas en los procesos interactivos cara a cara. A partir de las representaciones que se derivan de los procesos comunicativos, construidos y/o reformulados tecnológicamente, se reconstruyen identidades individuales y representaciones colectivas.

En términos psicosociales se puede producir una paralización y regresión del individuo que se siente incapaz de atender a un conjunto de demandas sociales en ámbitos tales como el profesional, personal y social (confusión de identidad) o bien se puede producir una pérdida de rendimiento y concentración, así como la dedicación del interés del sujeto hacia una actividad que monopoliza su vida (y que podría ser un ocio consumista, la música, el deporte, la conexión a Internet, etc.) y cuyas características definen lo que Erikson (1980) concibió como una difusión de identidad. La integración de significados del sí mismo es un proceso psicosocial jalonado de regresiones, dudas, estancamientos, ambivalencias, confusiones, crisis, etc., resueltas, con frecuencia, de forma adaptativa. Esta percepción y autoconocimiento del sí mismo da lugar a la conciencia de identidad.

Debido a las influencias de las nuevas modalidades de acción comunicativa a través de la red y otros dispositivos similares a nivel relacional se va imponiendo una tendencia generalizada a exhibir ciertas facetas intra e interpersonales pertenecientes a la privacidad y a mantener un tipo de comunicación estereotipada y, aun cuando se vive en público, mediante la representación del actor social en la vida cotidiana se tiende a mostrar un perfil psicosocial desdibujado ante tanta superficialidad en los contactos, crisis identitarias, intrigas e insidias interpersonales, etc., que podrían socavar los tradicionales principios constitutivos del ser relacional. Lo íntimo se exhibe públicamente tergiversándolo, lo público se hace corresponder con la manifestación de una identidad simulada y se asiste a una fragmentación de las barreras que delimitaban tradicionalmente el espacio privado y el público en los términos expuestos en análisis como los de Béjar (1988).

En las relaciones interpersonales en la esfera pública se asiste a un progresivo exhibicionismo vanidoso tanto de relaciones sentimentales y de contactos como de conductas reprobables con búsqueda de popularidad que podría recibir la denominación de síndrome de Eróstrato (Gubern, 2000)1 a modo de una necesidad compulsiva de notoriedad pública a cualquier precio. De entre los posibles efectos perversos de ese mal uso de las (mal)llamadas nuevas tecnologías (véase la crítica de Ibáñez, 1990) han de mencionarse diagnósticos de nuevas patologizaciones asociadas al poder de inoculación de la cultura tecnológica como escenario ritualizado (Moral, 2007). Se convierte en base de patologías dismorfofóbicas inducidas por los medios audiovisuales bajo tendencias a la exhibición pública de actos éticamente reprobables (p.e. exhibición de violencia juvenil real grabada), junto a otros ensueños electrónicos de la cultura de masas y neofilias y neofobias varias en la comunicación, tal y como describe el citado Gubern en El eros electrónico (2000). A ello se suma la proliferación de casos de empleo de las nuevas tecnologías como soporte técnico mediante el cual iniciar y/o mantener relaciones sentimentales, junto a la tendencia a la manifestación de casos patológicos de ciberadicción (Arbinaga, 1996; Beranuy, Sánchez-Carbonell y Chamarro, 2008; Echeburúa, Amor y Cenea, 1998; Estalló, 2007), de dependientes emocionales que se sirven de esas nuevas redes comunicativas (Moral y Sirvent, 2008) y de adicción al sexo a través de Internet (Búrdalo, 2000; Martínez, 2000; Socorro y Galiatsatos, 2000). Así, como expusimos en otras oportunidades (Moral, 2005a; Moral y Sirvent, 2008, 2009) tales procesos de dependencias afectivas y otros desórdenes a nivel sentimental son propios de personas vulnerables emocionalmente que manifiestan una ceguera relacional, lo cual se podría explicar por la conjunción de ilusiones y/o atribuciones, hedonismo, y expectativas que vuelcan en los contactos, ya sean espurios o más consolidados. Pueden poseer una personalidad autodestructiva, una pobre autoestima, muestran complacencia del inagotable narcisismo de sus contactos el cual asumen siempre y cuando sirva para preservar su relación, suelen soportar desprecios y humillaciones, no reciben verdadero afecto, pueden sufrir o haber sufrido en el seno familiar maltrato emocional y/o físico, observan cómo sus gustos y aficiones son relegados a un segundo plano, renuncian a su orgullo o a sus ideales y pueden experimentar un estado de ánimo medio disfórico y/o sentimientos de vacío e inestabilidad emocional como descriptores básicos. De acuerdo con una interpretación psicosociológica, hay toda una estructura social generadora de interdependientes amparada por la proliferación de mitos arraigados en el imaginario popular sobre las emociones y los afectos, por conflictos identitarios propios agudizados por crisis a otros niveles, por búsquedas de poder y estatus social a través de un mal entendido exhibicionismo social y por la propia representación social de los vínculos interpersonales y de sus procesos comunicativos (Moral y Sirvent, 2008).

De entre las ventajas de semejantes nuevas modalidades de comunicación interpersonal en línea, entre ellas las fórmulas tradicionales de establecimientos de contactos y de las redes sociales por su carácter asincrónico y personal, han de citarse la superación del aislamiento de muchas personas, así como un singular entrenamientos en inteligencia emocional y en habilidades interaccionales comunicativas de sujetos que comparten sus experiencias y participan de la de los demás en espacios de igualdad, manteniendo un nexo cuyos efectos psicosicológicos sobre la identidad individual y el Yo público pueden ser sumamente deseables si los cauces de presentación del yo no se desvirtúan con intentos fallidos de invasión de la privacidad, de deseabilidad social exhibicionista, de “cuelgues” emocionales y de falseamientos programados de lo que uno es y de cómo vive en este gran teatro de la vida cotidiana que pueden ser meras simulaciones o provocar de difusiones y conflictos identitarios. A nivel grupal y comunitario pueden representar nuevas modalidades de solidaridad, configuración de una suerte de identidad colectiva y promoción de cambio actitudinal con un gran trasfondo psicosocial y repercusiones a nivel social. Asimismo, la gestión eficaz de los recursos socioafectivos y de nuestra inteligencia experiencial (emocional, social y práctica) (Epstein, 1990, 1998) constituye la base de una inteligencia emocional que representa un termostato regulador de la optimización de los contactos a través de las redes sociales y de cualquier otro dispositivo similar al efecto.

En suma, no se trata, en ningún caso, de hacer ninguna apologética admonición de estas nuevas condiciones sociales, redes interactivas y comunidades virtuales, ni de participar de una visión utópica ingenua de mejoramiento del género humano a través de tecnocracia alguna. Dependiendo del uso/abuso, fines e intereses de estas imbricadas redes comunicativas pueden convertirse en un ágora electrónica o en un renovado panóptico camuflado (Moral, 2007).

3. Discusión

La consideración del hombre como ser social es la esencia de un posicionamiento eminentemente psicosocial, como el defendido en esta aproximación, en el que sociedad e individualidad son los rasgos esenciales de la existencia humana. Las vivencias, conductas, vínculos, interpretaciones y subjetividades individuales y colectivas, etc., así como la identidad y la alteridad tienen como base el reconocimiento de la vinculación individuo-sociedad. De ahí la pertinencia de ofrecer una diagnosis de la sociedad contemporánea como clave explicativa e interpretativa de las características idiosincrásicas de la esfera socioafectiva y de sus singularidades en las relaciones mediatizadas por las redes sociales y otros dispositivos. Emociones, afectos y sentimientos se expresan en unas vinculaciones que modulan las subjetividades individuales, en contextos virtuales y de acuerdo a unas modalidades particulares de presentación del yo mediatizadas por las singularidades de las relaciones on-line. La emociones cotidianas y este gran ajetreo emocional, a los que aludió Barriga (1996), forman parte de un sistema conceptual socialmente compartido y culturalmente controlado en unas coordenadas propias de una sociedad pseudo-racional, en los términos descritos por Rimé (1989). De este modo, la cultura digitalizada y massmediática no se asocia tan sólo a la extensión del conocimiento y a la cultura recreativa del esparcimiento y la espectacularización, sino que en las condiciones actuales de extensión de su poder de influencia se ha convertido tanto en un vehículo de conformismo social como de reconducción de búsquedas a nivel psicosociológico, como signos y síntomas de la emergencia de la seducción tecnocrática y de su poder de acción.

En esta nuestra incierta vida normal, calificada así por Rojas Marcos (2004), parece asistirse a un decaimiento del ánimo colectivo en la última década en las mal llamadas sociedades del bienestar, de modo que según encuestas epidemiológicas la proporción de individuos afligidos por síntomas de ansiedad, irritabilidad y desconfianza en el futuro ha aumentado entre el 15 y el 30%. Semejante diagnosis se fundamenta, en opinión del citado autor, en la pérdida de vigencia de los esquemas narcisistas y prepotentes, tan extendidos en los años ochenta y noventa, y en la puesta en cuestión de la invulnerabilidad de nuestro ego individual. Constatado este estado de crisis (etimológicamente como cambio, no sólo como conflicto) individuales y colectivas el individuo contemporáneo se sirve de sus relaciones en línea como un intento de aproximación psicosociológica a otros sujetos en condiciones personales y circunstancias similares. La red y otros dispositivos similares se han convertido en una plataforma de contacto y de expresión y/o desbordamiento emocional, con efectos psedocatárticos, que puede que alivien o agudicen semejantes estados de crisis, lo cual depende de los recursos psicoafectivos y socio-relacionales del individuo, de ahí que se abogue, finalmente, por potenciar y optimizar tales recursos. La autoconsciencia de nuestra propia vida emocional, la habilidad de dominio de nuestra propia vida afectiva y de adaptación a diversas situaciones, la autocomprensión asumiendo los propios sentimientos y emociones, la capacidad de discriminación de nuestras emociones como base de orientación e interpretación de la propia conducta, entre otras, constituye la base de esa Inteligencia intrapersonal (parte básica de la Inteligencia emocional) que nos permite actuar en coherencia con las propias emociones de acuerdo a una imagen realista e integrativa de uno mismo y de sus capacidades, potencialidades y limitaciones. Conciencia emocional, correcta autovaloración, confiabilidad, autocontrol, autoconfianza, adaptabilidad, automotivación, compromiso, iniciativa representan las habilidades básicas de la inteligencia intrapersonal. En la literatura sobre el tema se exponen las relaciones entre inteligencia emocional percibida y emocionalidad (véase Hicks y Hicks, 2008; Salguero e Iruarrizaga, 2006; Páez, Fernández, Campos, Zubieta y Martina, 2006), así como su potencialidad terapéutica (véase Greenberg, 2000; Greenberg y Goldman, 2008; Greenberg, Robert y Alberta, 2009). A semejantes procesos de autoconocimiento, control emocional y automotivación ha de sumarse el reconocimiento de las emociones ajenas como base de optimización relacional y las habilidades de las relaciones interpersonales como base de la eficiencia interpersonal (liderazgo, negociación, empatía-sintonía relacional, sensibilidad social, etc.).

En conclusión, como vía preventiva con una elemental potencia psicopterapéutica, se propone la optimización de tales competencias emocionales como dominio exitoso de las habilidades descritas, lo cual representa la base de nuestro bienestar psicológico y psicosocial, tanto en los procesos comunicativos de interacción cara a cara como en las relaciones sociales en línea.

NOTA:

1  En palabras de Gubern (2000, p. 50): "Eróstrato fue un efesio que, para inmortalizar su nombre, prendió fuego al templo de Artemisa en Éfeso la misma noche en que nació Alejandro Magno. Los efesios lo ejecutaron y prohibieron, bajo pena de muerte, que el nombre maldito del incendiario fuese pronunciado. Pero la precaución severa de los efesios no podría impedir que a la larga el nombre de Eróstrato pasara a todas las enciclopedias, ni que Jean-Paul Sartre diese su nombre infame a uno de sus relatos contenidos en El muro. El vanidoso exhibicionaismo de Eróstrato ha encontrado su eco, ciertamente menos devastador, en la actual aspiración a aparecer en la pantalla televisiva a toda costa, aunque se aireando intimidades de alcoba, para conquistar aquellos quince minutos de efímera fama de los que hablaba Andy Warhol".

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