IV Congreso de la CiberSociedad 2009. Crisis analógica, futuro digital

Ponente/s


Resumen

Esta comunicación va a tratar de demostrar cómo la Hermenéutica sigue siendo una disciplina imprescindible para la correcta y rigurosa interpretación de los textos. Su existencia es muy antigua pero su evolución ha ido adaptándose a cada momento y ha proporcionado los elementos necesarios para la adecuada valoración y conocimiento de los discursos.
La Hermenéutica no ha quedado al margen de las posibilidades que ofrecen los textos en Internet. Sin embargo, la interpretación de cualquier comunicación no cambia esencialmente porque el canal de su expresión sea diferente. Lo que sí es evidente es que las posibilidades de expansión y difusión se multiplican enormemente y que la Hermenéutica no puede olvidar las diferentes interpretaciones producidas de acuerdo con el modo de comunicación y el contexto en donde esa comunicación tiene lugar.
El texto digital está al alcance de cualquier persona en cualquier parte del mundo y su interpretación, según su cultura y civilización, puede variar mucho, especialmente en lo que al texto literario se refiere por sus peculiares características. En este sentido es fundamental la traducción interlingüística de los textos, que deben ser acertadamente interpretados, para poder ser transmitidos en diferentes lenguas, sin olvidar la valoración de la traducción intralingüística e intersemiótica.
Tendremos en cuenta los estudios de Gadamer sobre la Hermenéutica y sobre las particularidades de su distinta interpretación según el texto de que se trate.

PALABRAS CLAVE:
Literatura, Hermenéutica, Comunicación Digital, Traducción.

Contenido de la comunicación

Se puede definir el significado del término Hermenéutica, de un modo muy elemental, como una disciplina que se ocupa de la interpretación del significado de los textos. Es un arte con muchos siglos de vida que se practicaba ya en la Antigua Grecia y que ha ido evolucionando a lo largo del tiempo hasta nuestros días para conectar con el nacimiento de la Pragmática, dentro de la Semiología, y con las más modernas teorías de la recepción. Por ello, se puede afirmar que sigue de plena actualidad y estrechamente relacionada con la crítica textual, literaria y no literaria. Las tres vías básicas del funcionamiento de la Hermenéutica son las interpretaciones de los escritos religiosos, jurídicos y literarios.

Interpretando textos literarios, teológicos, jurídicos, oráculos, o ese otro texto que es el libro de la naturaleza, la hermenéutica parecería presentarse inicialmente como un arte subsidiario. (…). A partir de una base limitada y subsidiaria (de la teología, del derecho, de la literatura), lleva a la hermenéutica hasta una universalidad propiamente filosófica” (FERRARIS, 2000: 10-11)[1].

Sin embargo, la Hermenéutica se ha presentado en su evolución diacrónica, no sólo como un arte, sino como una ciencia de la interpretación y así, la “hermenéutica filosófica, no significa interpretación de textos filosóficos, sino, justamente, el imponerse de la interpretación como cuestión fundamental de la filosofía” (FERRARIS, 2000: 10-11). En primer lugar, porque es necesario conocer el sentido y el referente del texto, en segundo lugar hay que extraer normas de decisión o actuación como consecuencia del conocimiento anterior y, en tercer lugar, para conseguir que la comprensión del texto esté al alcance de los receptores que reciben la interpretación global proyectada por el traductor-intérprete y que les permite realizar la suya propia, según su razón, su experiencia personal y su posición individual ante la vida. El Profesor Albaladejo Mayordomo (1995-1996: 10-16) se ocupa de las tres modalidades de  traducción-interpretación en las que hay que tener en cuenta la relación existente entre la mediación textual y su interpretación. “Se encuentran implicadas en la traducción del texto sagrado los tres tipos de interpretación: (…) la interpretación en función cognoscitiva o recognoscitiva, la interpretación en función normativa y la interpretación en función reproductiva o representativa” (ALBALADEJO MAYORDOMO, 1995-1996: 10-11). Interpretaciones estudiadas por Emilio Betti y citadas por el Profesor Albaladejo y aplicables igualmente al texto jurídico y al literario, aunque en este trabajo citado se refieren al texto sagrado.

El filósofo y pensador Gadamer ha investigado profundamente sobre las llamadas Ciencias del Espíritu intentando demostrar su carácter científico, en ningún caso, inferior a las llamadas Ciencias de la Naturaleza. La importancia de Gadamer en el desarrollo filosófico de la segunda mitad del siglo XX es muy importante. Partiendo de las ideas de Heidegger, Gadamer ha logrado determinar los límites filosóficos de un campo que se ha revelado como fundamental en la crisis del pensamiento de este siglo y del que estamos tratando en esta investigación: la Hermenéutica. Se trata de investigar sobre las Ciencias del Espíritu y sus coincidencias y diferencias con las Ciencias de la Naturaleza. Gadamer se ocupa de profundizar en este campo y de apuntar las características propias de cada Ciencia, sus posibilidades y sus límites.

Cuando el pensamiento se vuelve sobre sus principios para proceder a la revisión de lo tenido por obvio, la Hermenéutica pasa a ocupar un lugar predominante dentro del equilibrio general de todas las disciplinas. Preguntarse no tanto por la posibilidad del conocimiento, sino por la forma del conocer o, si se prefiere, por el fenómeno de la comprensión, que está en la base” (GADAMER, 1995).

Su fundamento está, pues,  en la Hermenéutica como “Arte de la interpretación”

o “Teoría de la interpretación” (GADAMER, 1998: 17-18).  Para simplificar las reflexiones de Gadamer, citaré el resumen de algunas respuestas obtenidas en una entrevista que le realiza Teresa Rocha Barco y en la que aclara su comprensión de las Ciencias del Espíritu (GADAMER, 1998: 18). Gadamer habla de un diálogo con la tradición en el cual sus intérpretes acceden siempre a un nuevo y más amplio autoconocimiento. Ese diálogo con la tradición está inmerso en todo un mundo de diálogo, en un universo hermenéutico donde cada uno vive como el otro del otro y sólo en diálogo con él puede llevar una vida acertada. De ahí la necesidad de la Hermenéutica cuyo punto de partida es el centro mismo del lenguaje y, en definitiva, la estructura comunicativa de nuestra forma de vida. Su punto de referencia es la obra capital Verdad y Método (GADAMER, 1977).

Las Ciencias del Espíritu históricas, tal como surgen del romanticismo alemán, afirma Gadamer, y se impregnan del espíritu de la ciencia moderna, administran una herencia humanista que las señala frente a todos los demás géneros de investigación moderna y las acerca a experiencias “extracientíficas” de índole muy diversa, en particular a la del arte y a la de la religión. Y esto tiene sin duda su correlato en la sociología del conocimiento.

No hay, sin embargo, oposición entre los métodos de las Ciencias de la Naturaleza y las del Espíritu. La diferencia entre ellas es de objetivos de conocimiento y considera, Gadamer, fundamental, para el estudio y la interpretación de los textos, el ejercicio hermenéutico. Se parte de la universalidad de la experiencia hermenéutica y de la universalidad de la dimensión lingüística en las manifestaciones del hombre en su medio de comunicación.  La pregunta clave es: ¿cómo es posible la comprensión?, se pregunta al conjunto de la experiencia humana del mundo y de la praxis vital. La actualidad del fenómeno hermenéutico reposa, en opinión de Gadamer, en el hecho de que sólo una profundización en el fenómeno de la comprensión puede aportar una legitimación de este tipo (GADAMER, 1977: 12-24). Pero la compresión no adviene al lenguaje sino que se consuma con él. “No es que los conceptos interpretativos se presenten después de la compresión, como si se los sacara de una despensa ligüística, por así decirlo, y se los aplicara a conveniencia a lo comprendido” (GADAMER, 1998: 24).

El lenguaje es el centro y punto de partida para la comunicación y para el diálogo de los hombres en el mundo, único modo de llegar a la comprensión entre unos y otros y a la solidaridad. Por tanto, lo que Gadamer hace es colocar el diálogo en el centro de la Hermenéutica. Se trata de escucharnos los unos a los otros como única forma eficaz de comprendernos. El científico del espíritu debe desarrollar una conciencia de la situación en la que se encuentra con respecto a la tradición que intenta comprender. “Todo esfuerzo investigador auténtico exige elaborar una conciencia de situación hermenéutica. Sólo así puede ilustrarse eso que fundamenta nuestro interés y responde de nuestros planteamientos” (GADAMER, 1998: 39).

Los hombres se comunican mediante el lenguaje, es más, los hombres piensan gracias a su posibilidad de usar un idioma. “El hombre se define y se realiza por su facultad del lenguaje, por su capacidad para dotar de significado a todas sus acciones, y por su necesidad de leer y de descifrar el significado de los objetos, de los sucesos, de las acciones, de las actitudes y de los comportamientos ajenos” (HERNÁNDEZ GUERRERO & GARCÍA TEJERA, 2004: 17). Por ello es fundamental interpretar adecuadamente su uso dentro del campo de las Ciencias Humanas. Las manifestaciones de los hombres en sus textos no siempre responden a un modo inequívoco de comunicación, pueden ser aceptados, rechazados o interpretados de formas diferentes. De ahí la importancia de una interpretación adecuada, objeto primordial de la Hermenéutica. “El ser humano madura dominando el mundo de los lenguajes, de los significantes y de los significados: se apropia del mundo mediante las imágenes o conceptos que le dibujan las palabras” (HERNÁNDEZ GUERRERO & GARCÍA TEJERA, 2004: 19, 38; ECO, 1977).

El lenguaje se compone de signos formados por un significante y un significado que Saussure (1916) estudió en relación con su comportamiento en el seno de la vida social y llamó Semiótica[2], disciplina de enorme rendimiento en la descripción y comprensión de los procesos y fenómenos histórico-culturales. “Como estudio científico de los sistemas de comunicación de cualquier naturaleza, compete a la Semiótica el estudio de los textos, los fenómenos o los hechos con o sin intencionalidad comunicativa explícita que transmiten significados relevantes para la sociedad humana” (PAZ GAGO, 1994, I: 13).

El lenguaje, en cualquier momento de su existencia, debe presentarse como una organización, como un sistema (lo que más tarde se llamaría estructura): los elementos lingüísticos no tienen ninguna realidad independientemente de su relación con el todo. El elemento lingüístico es el signo, es decir, la asociación de una imagen acústica (significante) y de un concepto (significado); en tanto que valor, su poder de cambio consiste en que sirve para designar una realidad lingüística que le es extraña (y que no es su significado, sino que este sirve para llegar a ella) y su poder significativo está condicionado por las relaciones que lo unen a otros signos de la lengua, de manera que no es posible aprehenderlo sin reubicarlo en una red de (imbricaciones) relaciones intralingüísticas” (SAUSSURE, 1916).

Así pues, en los textos, hay que estudiar los diferentes ámbitos que componen esos signos, es decir, el sintáctico, el semántico y el pragmático. El sintáctico lo proporciona el mismo texto sin problemas interpretativos, pero el semántico ofrece diferentes posibilidades y debe completarse con el punto de vista pragmático para poder obtener una interpretación válida (ECO, 1992: 286. Sobre la pragmática de la literatura, DIJK, 1987: 178 ss.). No se puede considerar el estudio del lenguaje como algo nuevo, pero la Pragmática supone un primer intento de hacer, dentro de la Lingüística, una teoría del significado de las palabras en su relación con los receptores y sus diferentes contextos.

El programa de la pragmática es muy provocativo: se trata de explicar, entre otras cosas, en qué consiste la interpretación de un enunciado, cuál es la función del contexto, qué relación hay entre el significado literal y el significado comunicado, por qué hablamos con figuras, cómo afecta la función comunicativa a la gramática de las lenguas” (REYES, 1995: 8).

Habitualmente usamos el lenguaje de muy diversas formas sin pensar demasiado ni reflexionar en su funcionamiento como medio de comunicación con los demás. Las mismas palabras escritas o pronunciadas de un modo o de otro pueden significar cosas distintas y la Pragmática analiza la relación del emisor con el receptor a través, precisamente, del lenguaje que los conecta, estudia los procesos por medio de los cuales los seres humanos producimos e interpretamos significados cuando usamos ese lenguaje y cuando dialogamos dentro de un contexto determinado (REYES, 1995: 20-21)[3]. “Por lo tanto la pragmática es el estudio de las condiciones del uso humano del lenguaje en cuanto determinados por el contexto de la sociedad” (REYES, 1995: 25). Y por eso se llaman pragmáticos los estudios de los textos que no olvidan a los lectores sin centrarse exclusivamente ni en el autor que los ha producido ni en el mensaje textual, al margen de su emisión y de su recepción, sino que tratan de combinar y explicar, a través del propio escrito, su emisión y sus posibilidades de recepción dependiendo del texto de que se trate (CHICO RICO, 1987). “Todo lo ve la hermenéutica como un lenguaje a comprender. Y todo el comportamiento humano puede comprenderse como un lenguaje. Nos lo ha enseñado la hermenéutica misma, el psicoanálisis y la fenomenología” (BEUCHOT, 1998: 116; BEUCHOT & BLANCO (Eds.), 1990: 7, citado por BEUCHOT, 1998: 116).

Y el hecho de que el comportamiento humano tenga ese carácter lingüístico se debe, como ya lo veía Aristóteles (Retórica, 1968), al carácter social, es decir, dialógico, del hombre. El lenguaje supone una razón, y la razón un entorno político-social en el que se ejerce, de ahí su vinculación también con la Retórica como lenguaje de la persuasión que la Hermenéutica tampoco debe olvidar.

La pragmática, que comúnmente se considera como uno más de los niveles semióticos, debe ser conceptuada en términos de perspectiva de observación del discurso constituido como texto. Cualquier fenómeno de lenguaje tiene un valor absoluto teórico o paradigmático (por ejemplo, las valencias significativas de un término en el diccionario de una lengua) y otro valor actualizado, relativo y sintagmático, en dependencia de su empleo concreto en el acto de habla, o acto de intercambio lingüístico comunicativo en que se integra (así, hasta un término adverso como ‘tonto’ en castellano pierde su carácter regular, negativo o de insulto, en el uso afectivo de la expresión: ‘No seas tonto’)” (GARCÍA BERRIO & HERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, 2004: 46).

Estas ideas breves que acabamos de comentar se complican bastante cuando se trata de una creación literaria. Es necesario comprender, no sólo el juego lingüístico del entendimiento humano, sino el juego del arte que es una comunicación peculiar y diferente al diálogo habitual y corriente. La recepción de una obra literaria, a través del oído interior que escucha en la lectura, es un movimiento circular en el que las respuestas se tornan preguntas y provocan nuevas respuestas. La relación entre lenguaje y arte nunca aparece tan palpable como en el caso de la Literatura, que se define justamente por el arte del lenguaje y de la escritura. Así, la lectura (o la recepción oral) y su interpretación se convierten en el centro de la Hermenéutica y suponen una comprensión peculiar. Un texto literario tiene en sí mismo su propia significación por lo que comprender es ya interpretar. Los demás conocimientos son válidos pero no decisivos para obtener, con un determinado discurso artístico, una experiencia estética.

En la Literatura no basta con examinar el tejido lingüístico del que se compone una obra, sea del género que sea, es decir, el conjunto de palabras que la forman y su significado literal, sino que es imprescindible tener en cuenta la compleja red de relaciones entre personajes, sensaciones, hechos, sentimientos, ideas, lugares, objetos, tiempos, espacios, etc. que las palabras del texto representan y se pueden denominar “mundo representado”, ya real, ya verosímil, ya inverosímil. Es evidente que la comunicación literaria se peculiariza y diferencia radicalmente del esquema general de la comunicación lingüística estándar y normal. Cualquier tipo de mundo puede ser objeto de una obra literaria (ALBALADEJO MAYORDOMO, 1998)[4] y su mensaje plantea problemas de interpretación como consecuencia de su polisemia, de su universalidad y de sus múltiples connotaciones, más acusados cuanto más valor de poeticidad posea. “Uno de los problemas que el pensamiento sobre la literatura no ha dejado de plantearse desde los griegos hasta la actualidad es el de la relación entre el mundo literariamente representado y el mundo real, esto es, entre ficción y realidad, entre arte y vida” (GARCÍA BARRIENTOS, 1996: 28). Se puede tratar de indagar en el imaginario cultural de un autor para el estudio de las formas conceptuales de la fantasía literaria (GARCÍA BERRIO, 1989a: 357-370, 1989b: 13-15) y las causas que le han determinado a producir, consciente o inconscientemente, un texto concreto y no otro, pero, en definitiva, es el autor quien construye el texto y es el lector o el crítico quien lo recibe, lo descifra y lo interpreta. El mensaje estético desarrolla en el receptor un código especial, además de los códigos lingüísticos y socioculturales vigentes en un momento dado. Su valor estriba en el placer especial que se experimenta al tener contacto con unos libros de arte verbal en donde la búsqueda del código estético y el desciframiento de la información estética están garantizados, con independencia de su vinculación con la realidad que, por supuesto, existe como claro punto de referencia para su comprensión e interpretación.

Es ese código el que permite al receptor interpretar, como vehículos de información, los rasgos no precodificados que se encuentran en la materia sígnica y en la información de nivel específico. Desde el momento en que un código de este tipo funciona en toda comunicación estética, se llama ‘código estético’ de la correspondiente obra de arte (…) El código del texto es, por tanto, inaccesible y la información estética del texto permanece velada en el caso de un receptor que no tenga suficiente conocimiento de los sistemas de signos socio-culturales apropiados (…) El placer especial que se experimenta al tener contacto con una obra de arte procede del éxito gradualmente creciente que se tenga en la búsqueda del código estético y en el desciframiento de la información estética” (POSNER, 1987: 131-133)[5].

Y es la Hermenéutica, la teoría, ciencia o arte que se ocupa de la explicación e interpretación de textos (en particular de las Escrituras y de los clásicos) y de cualquier otro texto en general, especialmente de los jurídicos y de los literarios como se comentaba anteriormente. García Barrientos distingue dos orientaciones fundamentales en la Hermenéutica: Hermenéutica de la reconstrucción y Hermenéutica de la integración (GARCÍA BARRIENTOS, 1996: 60-61). La primera sirve de base a las interpretaciones genéticas, como las del historicismo y la de la estilística idealista, y se obtiene como resultado de remontar el curso del significado hasta su fuente, de reconstruir el sentido original. La segunda se ocupa de la relación texto-lector como un diálogo, en el que el receptor no se considera sujeto pasivo  de lo que se le comunica, sino que se convierte en un auténtico protagonista del sentido del texto que recibe.

Para la hermenéutica moderna resulta básico el postulado de Schleiermacher de que el lector puede descubrir la verdadera intención, el significado auténtico del texto, mejor que su autor. La Deconstrucción se ha encargado luego de acabar con el optimismo que subyace en esta paradoja arrojando la misma desconfianza sobre la cadena sin fin de interpretaciones o lecturas” (GARCÍA BARRIENTOS, 1996: 61).

Hay que diferenciar, sin embargo, entre el lector normal y el lector crítico. La lectura de una obra literaria es muda, se realiza, no se comenta por necesidad, mientras que el crítico se sitúa a una distancia reflexiva de la obra para poder enjuiciarla, compararla, clasificarla y valorarla. Además, se debe distinguir con claridad el ya conocido concepto de literariedad en su empleo para abarcar toda creación literaria como propiedad resultante del ejercicio de una opción cultural-lingüística sin trascendencia artística, del concepto de poeticidad como valor estético consecuencia de una creación realizada con el lenguaje con valor estético añadido, impredecible o independiente de la opción expresiva literaria (GARCÍA BERRIO & HERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, 2004: 55)[6]. Conceptos básicos en la interpretación de los textos literarios cuyo valor de poeticidad se universaliza y desborda cualquier normativa fijada por el uso habitual del lenguaje normativo.

Al lector corresponde por entero tomar la iniciativa del contacto que hace posible la comunicación. Y si la toma, si lee, es porque supone que el texto literario contiene valor de ‘actualidad’ para su vida. Lo que no ocurre necesariamente en la lectura de otros textos ni en la lectura crítica de los literarios. Para el crítico el texto es algo inmanente y distante: un ‘objeto’. Para el lector es algo trascendente: un don, una presencia, un alimento que busca su acogida para incorporarse a él anulando toda distancia. La ‘comunión’ del lector con el texto salta a la vista en la operación –tan denostada hoy- de memorizarlo (…) Aprender y saber es un acto de ‘ingestión’ por el que el lector asimila las palabras y los significados de los textos memorables. El crítico proyecta; el lector recuerda. La crítica se hacer; la lectura se vive” (GARCÍA BARRIENTOS, 1996: 57)[7].

La tarea más urgente de la crítica literaria actual es establecer las estrategias que lustren las condiciones de comunicación entre la estructura material del texto y la de su constitución psicológica, imaginaria y sentimental, “proyectada” (GARCÍA BERRIO & HERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, 2004: 72).

Por ello hay una muy variable relación entre la intención del autor que escribe un texto literario y la libertad del lector que lo recibe de muy diferente manera y por muy distintos medios, según su interés, sus conocimientos, su competencia y su finalidad ante la obra. En este sentido, la recepción virtual, mediante la interacción a través de la red, posee infinitas posibilidades de intercambio de experiencias estéticas en un ámbito muy amplio de concepciones del mundo entre muy distintas civilizaciones y ello permite hablar de “nuevos lectores”. El receptor digital es un nuevo tipo de receptor y también un nuevo tipo de lector y accede a la información que se le ofrece en pantalla de manera distinta a la del receptor tradicional (FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, 2002; ALBALADEJO MAYORDOMO, 2006c).  “Las nuevas tecnologías hacen que la comunicación sea, tanto desde la perspectiva de la producción como desde la de la recepción, cada vez más accesible a un mayor número de personas y que llegue a ámbitos cada vez más amplios, con eliminación o reducción de las limitaciones espaciales y también temporales de la comunicación” (ALBALADEJO, 2001; 2006a).

En el momento actual no se valora tanto la intención del autor como la Hermenéutica que otorga al lector una importancia capital. Voy a referirme de nuevo a los estudios de Gadamer que superan todos los modelos inmanentistas precedentes, concibiendo la lectura como un proceso continuo de diálogo entre el texto y el lector: “El diálogo es el juego del lenguaje. La disposición al diálogo es únicamente la entrada en ese juego, no el intento absurdo de ponerle límites” (GADAMER, 1993: 77). En el prólogo de esta obra (p. 11), habla Teresa Rocha sobre la incomparable maestría de Gadamer en el arte de comunicar: “Gran conversador, maestro de maestros (…) no suele rechazar una petición sincera de diálogo”. El eje central del pensamiento de Gadamer es el diálogo. Se trata de la fusión de horizontes de expectativas del texto y el lector. No hay lectores universales ni intemporales; todo lector es una entidad constituida por su vitalidad, por sus experiencias de todo tipo y por su memoria de lector y, en función de esos factores constitutivos de su historicidad, interpreta los textos. En este sentido, la relación de la memoria del hombre con su experiencia estética de lector de Literatura, es muy estrecha. El texto no varía, sí su interpretación y su significado en relación al contexto histórico en el que se produce. Ahí interviene la temporalidad de la historia. Y es la Hermenéutica la disciplina que debe usar el crítico literario para controlar los posibles significados connotativos de una obra con valor de poeticidad, sin prescindir absolutamente de la intencionalidad del autor, pero sin inmovilizar las posibilidades estéticas de universalidad de dichos textos, tratando de estabilizar un significado permanente, que no sería aceptable.

Los textos poéticos, las obras de arte, no tienen infinitas lecturas, pero sí tienen múltiples lecturas. La Hermenéutica fija al lector los límites de su poder interpretativo dentro de las estructuras semánticas y formales del texto y valorando el momento histórico en que se produjo, junto al momento histórico de su recepción y, hoy día, sus posibilidades comunicativas en el mundo de Internet cuya proyección se amplía enormemente por su capacidad de realización diversa, de almacenamiento, de fácil recuperación de los textos, de interacción entre las distintas instancias participantes en la comunicación, de enlaces múltiples de fuentes informativas y documentales ha llegado a tener, gracias a las nuevas tecnologías, un altísimo aumento en cuanto al número, diversidad y tipos de receptores (ALBALADEJO MAYORDOMO, 2006a).

El concepto de memoria histórica es esencial para evitar ambos extremos: ni es válido cualquier significado, ni lo es una única posible interpretación y experiencia estética. La interpretación es una exploración compleja del texto, que parte de la denotación del mensaje para reconstruir las distintas significaciones en niveles cada vez más complejos, hasta llegar a la connotación total de dicho texto. La plurisignificación completa del escrito, si es poético, no se agota en las simples estructuras de los significados posibles, sino en la comprensión plena de los signos, y, en consecuencia, en la interacción entre significantes y significados propios de los signos poéticos. La Semiología evita la crítica de las metodologías historicistas en cuanto que estudia la diacronía de la obra, en relación a los códigos, obviamente permeados por su tiempo (MARCHESE & FORRADELLAS, 1986: 216).

Hay que tener en cuenta que ya desde la Filosofía griega, en el arte de la interpretación o Hermenéutica, se discutía si había que hacer uso de la interpretación de la alegoría o era más pertinente una interpretación literal de los mensajes, por ejemplo, de los poemas de Homero (MARCHESE & FORRADELLAS, 1986: 216). En esta misma línea se puede afirmar que

en el grupo heterogéneo de los recitadores que la cultura griega antigua caracterizaba como intérpretes de los poetas surgen los primeros testimonios de valoraciones críticas en torno a las composiciones homéricas. Estos intérpretes no permanecen ya sujetos a la mera –aunque esencial- tarea de ejecución y comunicación social de las obras poéticas, sino que enjuician con una distancia y personalidad suficientemente significativas algunos de los valores contenidos en los poemas” (CUESTA ABAD, 1994: 486). 

Primitivamente no sólo se realizaba una valoración estética sino, además, moral, pero en esta valoración moral de la poesía podemos encontrar ya el origen de la crítica literaria como sistema de categorías ético-estéticas que atraviesa la teoría y práctica de la interpretación en la cultura occidental. La discusión moral se plantea especialmente en los textos religiosos (ALBALADEJO MAYORDOMO, 1995-1996: 9-16) en donde la interpretación tiene como base la alegoría.

En términos modernos, se podría decir que la interpretación literal concierne al aspecto filológico y denotativo de los signos limitada a textos no literarios, mientras que la interpretación alegórica exalta la polisemia, la pluralidad de significados implícita en las palabras y, si esa alegoría depende de una inspiración superior, no hay libertad de interpretación sino que debe someterse a la luz que se considera válida en la intención del autor o ser superior que ha motivado la inspiración causante de la obra, con valoración literaria o sin ella. Así pues, la crítica literaria, considerada desde el punto de vista hermenéutico, observa, por una parte, los contenidos éticos y valorativos en los juicios sobre la poesía y, de otra parte, la idea de la alegoría como síntesis del conjunto de propiedades por las que el texto remitía al universo cultural e histórico.

Interpretación y alegoría constituyen dos de los conceptos en que se observa con mayor claridad la perduración y transformación de las ideas sobre el lenguaje de la Antigüedad greco-latina en la cultura cristiana. Desde este punto de vista, puede decirse que el modo habitual de afrontar el significado de la obra literaria en la cultura occidental y la definición de la lectura como momento crítico se remontan a la imaginación hermenéutica y a las técnicas de exégesis del cristianismo antiguo y medieval (…) La distinción de una multiplicidad de planos del significado en el interior de un mismo texto (la Biblia, texto total) supuso una profundización reflexiva en las posibilidades de la práctica interpretativa, que progresó paulatinamente hacia una tipología hermenéutica. Los cuatro sentidos de las Escrituras (literal, alegórico, moral y anagógico o místico) representan el sistema plural y matizado en el que culminan las tendencias alegoristas de la cultura judeo-cristiana” (CUESTA ABAD, 1994: 488-489).

Todas las teorías sobre la pluralidad de sentidos del texto literario, su polisemia, que han sido ampliamente reformuladas por la crítica literaria del siglo XX, fueron ya expuestas y consolidadas por el alegorismo hermenéutico medieval y han estado siempre presentes tanto en la lectura cotidiana como en la interpretación crítica. La Hermenéutica se propone reconducir el significado de la obra literaria al universo de contenidos culturales y vitales a partir de los que fue conformado y hacia los que se ramifica el texto. En otras palabras, la crítica literaria como interpretación trata de poner de manifiesto las formas de universalidad de la creación y de la experiencia poéticas (CUESTA ABAD, 1994: 502 ss.)[8]. La actualización de la Hermenéutica necesita la incorporación de neologismos que son imprescindibles para su “diálogo” en el mundo digital, neologismos aceptados en el uso habitual de la lengua usada en Internet en un ámbito especializado o en su ámbito general. “Para su aceptación es importante la motivación, explícita o implícita, de su necesidad y de su oportunidad” (ALBALADEJO MAYORDOMO, 2006b)[9]. No se puede olvidar que los problemas de comprensión e interpretación de los textos afectan a la relación de los seres humanos entre sí y con el mundo. No es posible quedarse al margen de un momento vital determinado ni de un pasado vivido. Para Gadamer, toda persona tiene una facultad esencial para entender aquello que le rodea y que actúa especialmente por la vía del lenguaje y del diálogo e influye en su recepción de cualquier texto escrito. “En este sentido la pretensión universal de la hermenéutica está fuera de toda duda” (GADAMER, 1992: 319).

El punto de interés sobre la Hermenéutica destinada a la investigación sobre las Ciencias de la Naturaleza no es fundamental en las reflexiones de Gadamer, indaga en ellas para compararlas con las que denomina Ciencias del Espíritu, como la experiencia del arte y de la historia. Considera que la obra de arte, aunque se presente como un producto histórico y como posible objeto de investigación científica, nos dice algo por sí misma, de tal modo que su lenguaje nunca se puede agotar en el concepto. Cito:

Yo procuré no olvidar el límite que va implícito en toda experiencia hermenéutica del sentido. Cuando acuñé la frase: ‘el ser que puede ser comprendido es lenguaje’, la frase dejaba sobreentender que lo que es, nunca se puede comprender del todo. Porque lo que se menta en un lenguaje rebasa siempre aquello que se expresa. (…) La pregunta interminable por el sentido de la obra de arte o por el sentido de la historia que nos acontece, tampoco significa un fenómeno tan originario como la cuestión de la finitud planteada al ‘ser-ahí’ humano” (GADAMER, 1992: 323).

Por ello se produce un desafío peculiar en cuanto al texto y su relación con el lenguaje, los elementos que pueden desaparecer en un texto y cómo se puede conseguir su universalidad. No basta con realizar una investigación literaria sobre los textos o su exposición científica y su construcción dentro de una Semiótica General, sino que se cuestiona la relación entre el pensar y el hablar. El lenguaje se comunica con el mundo al producirse y por ello necesita ser interpretado. El hecho, por ejemplo, de textos sin signos de puntuación en determinadas composiciones literarias, no significa más que una forma extrema de abstracción comunicativa de más difícil diagnóstico hermenéutico. Igualmente ocurre cuando se usa la ironía, los chistes, las frases retóricas de relleno, sueños, manifestaciones del inconsciente, etc. Así, se puede afirmar que la interpretación de textos literarios es totalmente diferente a la de cualquier otro tipo de escritos en los que el lector se integra y el texto, de algún modo, carece de importancia cuando se comunica.

En la literatura los textos no desaparecen, sino que se ofrecen a la comprensión con una pretensión normativa y preceden a toda posible lectura nueva del texto ¿Cuál es su característica? ¿Qué significa para el lenguaje mediador del intérprete el hecho de que los textos puedan quedar ahí? Son textos en el sentido original y propio del término: palabras que sólo existen retrayéndose a sí mismas, que realizan el verdadero sentido de textos desde sí mismas, hablando, por decirlo así. Textos literarios son aquellos textos que deben ser leídos en voz alta, aunque quizá únicamente para el oído interior, y que si se recitan no sólo se oyen, sino que se acompañan con la voz interior. Son lo que son en virtud de la memoria. Viven en la memoria del rapsoda, del cantor de coro o del cantate lírico. Como si estuvieran escritos en el alma, se orientan a la escritura y por eso no puede sorprender que en las cultuas de la lectura tales textos egregios se llamen ‘literatura’. Un texto literario no es tan sólo la fijación de un discurso hablado. No remite a una palabra pronunciada. Esto tiene sus consecuencias hermenéuticas” (GADAMER, 1992: 339).

La comunicación literaria supera al autor y al lector, ni uno ni otro pueden tener previstas las consecuencias, de su creación en el primer caso y de su recepción en el segundo. Es evocación, sorpresa en ocasiones, plurivocidad expresiva, connotación y polisemia. El texto literario posee su propia autenticidad. Además, el discurso literario no se interrumpe con la mediación del intérprete, sino que se acompaña de su participación constante.

El lenguaje y la escritura se mantienen siempre en una referencia recíproca. No son, sino que significan, incluso cuando lo significado sólo existe en la palabra manifestada. El discurso poético sólo se hace efectivo en el acto de hablar o de leer, es decir, no existe si no es comprendido. (…) En el texto literario el texto es lo único presente con relación a su sentido. Cada palabra encaja y parece casi insustituible, y en cierto grado lo es. (…) El texto literario ofrece siempre algo que actualiza distintas relaciones de sentido y sonido. Es la estructura temporal de la movilidad que llamamos permanencia lo que llena esa presencia y lo que el discurso mediador de la interpretación ha de abordar. Sin la disposición del receptor a ser ‘todo oídos’, el texto poético no nos dice nada. (…) El intérprete que aporta sus razones desaparece, y el texto habla” (GADAMER, 1992: 343-347).

Así pues, la creación estética es una representación que Gadamer llama “Transformación en una construcción”. Transformarse significa que algo cambia para ser otra cosa completamente distinta, y que esta nueva forma es su verdadero ser, anulando lo que era anteriormente. Es el arte quien tiene la capacidad para superar la realidad y tranformarla en otra realidad, no menos auténtica, pero sí diferente y universal. Por ello las obras de arte aportan algo más a los conocimientos y experiencias presupuestas en los hombres y su historia, al ser capaces de hablar por sí mismas y hacerse intependientes de esa sabiduría previa que las soporta (GADAMER, 1988: 200) y que permite la inteligibilidad en su recepción múltiple. Gadamer (1988: 203-207) realiza una interesante distinción entre signo, símbolo e imagen en la creación estética. El signo que posee más cantidad de realidad propia es el recuerdo. Se refiere al pasado, pero es valioso por sí mismo, porque nos hace presente lo pasado como un fragmento que no pasó del todo. Una imagen no es un signo, sólo cumple su referencia a lo representado en virtud de su propio contenido. El símbolo se distingue del signo acercándose al concepto de imagen, hace aparecer como presente algo que en el fondo lo está siempre. Un símbolo es algo más que un signo, no sólo remite a algo, sino que lo representa en cuanto que está en su lugar, lo sustituye, hace presente algo que está ausente. Pero la imagen como tal no es un símbolo, aunque los símbolos por sí mismos no dicen nada sobre lo simbolizado, hay que conocer su referencia igual que hay que conocer un signo. Los símbolos son representantes, sustitutivos. La imagen representa también, pero lo hace por sí misma, no necesita recibir su función representativa de aquello a lo que ha de representar como los símbolos. Por eso la imagen está a medio camino entre el signo y el símbolo. Su manera de representar no es ni pura referencia ni pura sustitución. Los signos y los símbolos tienen que adaptarse, tienen que fundar su sentido. La imagen no necesita fundación. Y la obra de arte no debe su significado auténtico a una fundación.

Por último, resulta imprescindible destacar la enorme importancia de la traducción, especialmente la literaria, en el mundo digital (RUIZ DE LA CIERVA, 2005) y la contribución esencial de la Semiótica para una mejor explicación de la traducción como actividad comunicativa, proporcionando un marco global teórico en el que se encuentran los distintos aspectos de la traducción e igualmente un instrumental de análisis semiótico y, por tanto, sintáctico, semántico y pragmático, que pone a disposición de la traducción y de su estudio (ALBALADEJO MAYORDOMO, 2007; 2001a; 1992).

Si la traducción ha permitido a lo largo del tiempo, especialmente la interlingüística[10], el acceso a obras de autores de diferentes lenguas en diferentes países, las posibilidades de mutuo enriquecimiento, de frecuencia rápida y de intercambio cultural, se han incrementado enormemente en la actualidad por la facilidad que nos proporcionan esos medios digitales (ALBALADEJO MAYORDOMO, 2007). El conocimiento universal de las obras literarias debe mucho a la traducción, actividad sin la cual no existirían en el mundo actual, en buena medida como viva herencia histórica, las vías que hacen posible el renacimiento de dichas obras en otras lenguas distintas de aquellas en las que han sido escritas, en las que han nacido, y, asimismo, la interpretación literaria en estas otras lenguas.

La complejidad de la traducción como actividad comunicativa viene del hecho de que el acto comunicativo de traducción está formado a su vez por dos actos comunicativos: el acto de recepción e interpretación del texto que es objeto de traducción, es decir, el texto origen o texto de partida, y el acto de producción del texto que es resultado de la traducción, es decir, el texto traducción o texto de llegada. El primero de estos actos es un acto de interpretación de un texto producido por un productor lingüístico o autor que, salvo en el caso de la autotraducción (TANQUEIRO, 1999), es una persona distinta de la que lleva a cabo la interpretación y también el segundo de estos actos, que es el de producción de un texto en otra lengua a partir de su interpretación. El traductor es, pues, receptor del texto de partida, texto origen o texto original, en la lengua de partida y productor del texto de llegada o texto traducción en la lengua de llegada. Es intérprete y autor y maneja dos códigos lingüísticos: la lengua de partida y la lengua de llegada. Su función es la de puente activo entre un texto y su equivalente en otra lengua, pero también entre la cultura de la que forma parte el texto original y la cultura en la que se inserta el texto traducción” (ALBALADEJO MAYORDOMO, 2007).

Por tanto, la “reproducción” que supone la traducción como recreación del objeto interpretado, necesita de la Hermenéutica para que esa interpretación, ese volver a producir, sea la representación correcta y adecuada del objeto del que se parte, de la obra literaria original, lo que pone de manifiesto, sin lugar a dudas, la vigencia y necesidad actual de la interpretación que proporciona la Hermenéutica hoy día y muy especialmente en el amplio y diverso mundo de Internet.

La Hermenéutica literaria está estrechamente relacionada con la teoría de la traducción del texto literario, pues de esta forma parte una teoría de la interpretación. La Hermenéutica textual (GADAMER, 1977; 1992; COPELAND, 1991; CUESTA ABAD, 1991; GÓMEZ RAMOS, 2000) contribuye al estudio de la parte del proceso de traducción correspondiente a la recepción e interpretación crítica del texto original, proceso que el traductor lleva a cabo teniendo presente la producción del texto traducción en la lengua de llegada y la recepción e interpretación de este texto por sus lectores. (…) La dimensión hermenéutica de la traducción atraviesa todo el proceso de traducción, que, tanto en la recepción como en la producción, está dirigido a una segunda interpretación, la del texto traducción” (ALBALADEJO MAYORDOMO, 2007).

NOTAS:

[1] Para un estudio completo de la Hermenéutica, su origen y su evolución en la Historia, véase el libro de FERRARIS, Historia de la Hermenéutica, 2000.

[2] La Semiótica referida a los signos lingüísticos se puede llamar Semiología o Semiótica Lingüística. Sobre diferentes aspectos de la Semiótica, véase Semiótica y Modernidad, Vol. I, 1994. Véase también MARCHESE & FORRADELLAS, 1986: 367: “La Semiología nos enseñará en qué consisten los signos y cuáles son las leyes que los gobiernan”.

[3] Para ampliar la idea de contexto y sus tipos: el lingüístico, el situacional y el sociocultural.

[4] Para ampliar estos conceptos sobre los mundos posibles en el texto narrativo.

[5] Véanse, además, las páginas 127-136 sobre la comunicación poética.

[6] Para ampliar los conceptos de literariedad y poeticidad.

[7] Véanse también páginas 57-60 sobre los diferentes tipos de lectores posibles.

[8] Sobre los contenidos hermenéuticos de la crítica literaria, véase, 502 ss.

[9] Cfr. HERNANDO CUADRADO, 2006; FERNÁNDEZ CALVO, 2006; GARRIDO, 2005; MORENO HERNÁNDEZ, 1998; VEGA, 2003; LANDOW, 1997, 1995.

[10] Sobre los diferentes tipos de traducción: interlingüística, intralingüística e intersemiótica y sus importantes repercusiones en el mundo digital, véase, RUIZ DE LA CIERVA, 2005.

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