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La
Cibercomunidad Política. Propuesta
de análisis para una comunidad virtual Luis
Gómez Encinas
Resumen
Este artículo propone una aproximación
sociológica para el estudio del ciberespacio y las comunidades virtuales. Se
centra en la comunidad de filosofía de IRC-Hispano. La descripción de sus
pilares básicos, el examen de sus mecanismos de poder y el análisis de su
conflicto político, permiten identificar y abordar las desigualdades digitales
dentro del ciberespacio. Estas desigualdades, que hasta ahora han sido
desatendidas en favor de otros aspectos más globales de la denominada fractura
digital obligan a reconsiderar el concepto clásico de la comunidad virtual y a
incluir en su definición variables de naturaleza política que son comunes
dentro del espacio social ordinario. Abstract
This paper proposes a sociological
approximation to the study of cyberespace and virtual communities. It is based
on the community of philosophy channel in IRC-Hispano. The description of their
basic pillars, the exam of their political power and the analysis of their
political conflict, allow us to approach and identify digital inequalities
inside the cyberspace. These inequalities, that up till now have been
disregarded in favour of global aspects of the so called digital divide, force
us to reconsider the classical concept of virtual community and to include in
their definition variables of political nature that are frequently used in the
ordinary social space. ACLARACIÓN
INICIAL
La presente comunicación
está basada en la estancia prolongada en el canal de chat #filosofia, de
IRC-Hispano (1), de once meses a contar desde el mes de marzo de 2001. Aclaro
desde el principio que no cabe hablar de trabajo
de campo en sentido estricto, ya que mi entrada en IRC (Internet Relay
Chat) no tuvo inicialmente motivaciones científicas. Aunque por (de)formación
académica siempre acometí cada sesión con la mirada curiosa y asombrada de la
indagación sociológica, no se produjo –por lo dicho– una recogida exhaustiva de
datos. Toda formulación y reformulación de la investigación se ha realizado, en
consecuencia, a posteriori. Tal
aclaración no ha de invalidar este texto como trabajo antropológico, porque,
ante todo, no tiene tales pretensiones. Su pertinencia hay que buscarla en el
ámbito de la sociología. Esto es así en la medida en que mi objetivo no se
centra –más allá de lo imprescindible– en restituir las prácticas sociales de
una determinada comunidad virtual, sino más bien en el abordaje pormenorizado y
tipificador de aspectos de naturaleza sociológica a partir de una hipótesis que
enunciaré luego de esta nota introductoria. MARCO
TEÓRICO PARA UN ESTUDIO DEL CIBERESPACIO
Sin olvidar la aclaración
previa realizada, empezaré señalando que la primera y con seguridad más
imprescindible de las condiciones para llevar a cabo una correcta observación
participante la cumplía con creces: era absolutamente extraño y ajeno al objeto
de investigación (2). Dicho de forma llana: nunca había chateado antes. Mi competencia técnica para usar comandos de IRC y
entender las opciones y variantes de las que disponía como usuario era
prácticamente nula (3). Entre el equipaje de habilidades con que llegaba a
#filosofia contaba con una aceptable velocidad y fluidez en el manejo del
teclado alfanumérico y un carácter bastante extrovertido y comunicativo. Puesto que
el equipaje que portaba era escaso –aunque, lo pensaba entonces y lo confirmé
después, suficiente para convivir integradamente en esa comunidad virtual–,
ahora para el presente trabajo, en compensación, me veo en la obligación de
aprovisionarme con mayor planificación y cálculo. El utillaje epistemológico y metodológico
del que voy a hacer uso, atendiendo además a las circunstancias anteriormente
descritas, intercala el relato etnográfico con el análisis sociológico. Esto
es, la descripción monográfica desde la posición de observador participante y
la objetivación de esa reconstrucción subjetiva –incompleta y parcial, por
definición– de los datos considerados como relevantes. Que esta combinación de
herramientas sirva para construir un contexto teórico realmente operativo
depende, sobre todo, de tomar en consideración el ciberespacio no tanto como un
nuevo medio de comunicación sino como un nuevo espacio social (Lameiro, 1999).
El matiz es decisivo para poder subrayar con coherencia que esta investigación
se centra en el análisis de un ámbito concreto –una comunidad virtual cuyos
límites y características definiré en seguida– donde las personas interactúan y
establecen relaciones sociales análogas –aunque con variantes, que también
quedarán especificadas– a las que se llevan a cabo en el espacio social
ordinario. Si se acepta
esto, hay que desterrar –si es que no se ha hecho todavía– los mitos y tópicos
que hablan del ciberespacio como un lugar de democracia perfecta, de simetría
entre sus habitantes. Admitir su
estatuto de espacio social nos conduce, por casi cualquiera de los caminos que
tomemos, al estudio y reconocimiento de la desigualdad. Desde ese punto de
vista, y con las coordenadas teóricas que he fijado, voy a plantear las
conjeturas provisionales de la investigación. DESIGUALDADES DIGITALES:
PREGUNTAS E HIPÓTESIS El análisis de lo que se
ha denominado digital divide
(fractura digital) es la evidencia más nítida del papel crítico que la
sociología ha de desempeñar en el estudio de la cibersociedad (Baigorri, 2000).
Son bastantes, y cada vez de mayor precisión, los datos que conocemos acerca de
esta gran brecha social que separa a los que están conectados a Internet y los
que no lo están (Villate, 2000). Sin embargo, se desconoce casi todo sobre la
desigualdad existente dentro del propio ciberespacio, hasta el punto, como ya
he señalado, de que aún se mantiene en determinados círculos una idea tecno-idílica de la Red. Con esta
base crítica del análisis de la digital
divide y el escepticismo respecto a las promesas igualitarias de los
entusiastas de las Nuevas Tecnologías de la Información, planteo a continuación
las cuestiones que de ahora en adelante van a guiar la investigación y de las
que voy a derivar la hipótesis principal de esta comunicación: ·
¿Es el ciberespacio, como a primera vista pudiera parecer,
un lugar gobernado por los más capacitados, o al menos regido por criterios
democráticos? ·
¿Cuáles son y cómo funcionan los mecanismos de poder
en una sala de chat? ·
¿Esos mecanismos reflejan las desigualdades de
recursos fuera de la Red? ·
¿Cuáles son y cómo se conforman los sistemas de
estratificación en una comunidad virtual? En razón de tales interrogantes, que problematizan y enfocan la investigación, la hipótesis que lanzo es la siguiente: El
ciberespacio, y más concretamente la comunidad virtual de filosofía de IRC –en
adelante COFIRC (4)–, recrea y reproduce las desigualdades sociales y políticas
–en forma de desigualdades digitales– del espacio social ordinario. Veamos si esto es así. OBSERVACIONES SOBRE COFIRC Los estudios que analizan las comunidades virtuales
respetan la definición canónica de Howard Rheingold y dan cuenta de ellas a
partir de tres pilares: lugares, habitantes y actividades (5). En concordancia
con el marco teórico propuesto, incorporaré un cuarto pilar: el poder. La inclusión
de este aspecto crucial, que atraviesa al resto y que por tanto está contenido
en todos ellos, me va a permitir entre otras cosas pasar de un nivel meramente
sociográfico a uno sociopolítico, condición sine
qua non para abordar cabalmente la hipótesis lanzada. La
interrelación de los cuatro pilares mencionados construye y reproduce el
espacio social que he llamado COFIRC. Llego a esta conclusión en razón de la
presencia y participación, bien alterna, bien simultánea, y en todo caso en
condiciones de desigualdad técnica, de una parte variable y a la vez
significativa de usuarios en una serie de lugares, y en la coincidencia, o al
menos similitud, de sus actividades e intereses. a) Lugares.
En términos etnográficos, sería procedente realizar una
descripción del hábitat. En los términos en que he diseñado esta comunicación,
me referiré más bien al espacio social –o mejor dicho, al ciberespacio social–
de COFIRC. Sostengo que se trata de un
espacio fragmentado, inestable, reglado y caracterizado por una multiplicidad
temporal (de sincronía y diacronía). La
fragmentación del territorio en
COFIRC está marcada fundamentalmente por las salas de chat que, en principio,
se articulan como ágoras virtuales
(Mitchell, 1999). El centro o lugar de referencia es el canal #filosofia. La
periferia se compone de canales fundados por habitantes exiliados voluntaria o involuntariamente del centro, o
afines al centro pero con nuevos intereses. En esta periferia se encuentran
diversos canales, los más significativos son #academia, #foro,
#librepensamiento y #filosofía (con acento; en adelante, filotilde). Se trata de un sistema wallersteiniano que, en la
medida en que conforma un espacio social dividido, expresa un sistema de
estratificación (Taylor, 1994). Además, existen territorios anexos, que son los
foros de discusión, la gran mayoría de ellos pertenecientes al site Melodysoft (http://www.melodysoft.com).
Estos lugares, donde se insertan mensajes de todo tipo, resultan por lo general
una extensión off line de las ágoras virtuales, de modo que cada canal
de chat suele tener a disposición de los habitantes
un foro de discusión (que a su vez, casi siempre, pertenece a una página web). La
inestabilidad territorial en COFIRC es inherente a un espacio social en
constante construcción y reconstrucción. Afecta sobre todo a los lugares más
precarios, esto es, los periféricos. Esta característica se plasma en: uno, el
cierre de canales, bien por encontrarse habitualmente vacíos (#filosofar, p.
e.) , bien por clausura (#academia, p. e.), siempre por parte de IRC-Hispano
(que en última instancia es el proveedor del software, es decir, el dueño del suelo donde se ha construido ese espacio); y dos, la creación de
otros nuevos (#academia se refundó en #foro). Otro tanto ocurre con los foros
de discusión, aunque en ese caso su estabilidad no depende de IRC-Hispano, sino
–puesto que Melodysoft no suele intervenir– que queda en manos del
administrador de turno y del nivel de participación de usuarios y el
consiguiente protagonismo de ese espacio local en el concierto global de la
comunidad. Sería muy largo
informar aquí sobre los usos sociales y costumbres de COFIRC. Aunque resultaría
interesante, supondría modificar las coordenadas fijadas inicialmente para esta
comunicación. No obstante, ello no significa que debamos pasar por alto las
aproximaciones antropológicas a la cibersociedad (Mayans, 2001). El aspecto
relevante para el presente trabajo, en lo referente al marco normativo de la
comunidad virtual, es el de las reglas jurídicas. En COFIRC, estas reglas se
caracterizan por: uno, no encontrarse unificadas; y dos, por su aplicación
arbitraria e irregular. Digo que no están unificadas porque, de hecho, varían
de una sala de chat a otra (6) y de un foro de discusión a otro. En
consecuencia, el mismo habitante de
la misma ciudad se ve en la necesidad
de adaptarse a unas normas u otras dependiendo del lugar concreto en que se
encuentre. Digo que la aplicación de estas normas jurídicas se realiza de forma
arbitraria, sobre todo en lo que respecta a la coercibilidad, porque no afecta
por igual a todos los habitantes; e
irregular, además, porque ni siquiera a quienes afectan lo hacen conforme a lo
establecido. Con un ordenamiento jurídico tan precario, los problemas de
validez formal, legitimación procedimental y eficacia social son de gran
magnitud. La cuestión
temporal ajusta las relaciones sociales de COFIRC de dos maneras: por sincronía
(o tiempo real, que se da en las salas de chat) y por diacronía (o tiempo
demorado, que se da en los foros de discusión). Contrariamente a lo que a
primera vista puede parecer, la multiplicidad temporal no tiene una incidencia
relevante dentro de los procesos sociales que se dan en la comunidad. Sí marca,
claro está, el ritmo de la interacción, pero no sus pautas ni su dinámica. Esto
es así hasta el punto incluso de que un foro de discusión puede convertirse
eventualmente en otro ágora más,
donde dos o más habitantes pueden
estar, por ejemplo, manteniendo, off
line, una disputa en los mismos términos conversacionales –diálogo directo,
con frases cortas o hasta un simple emoticón–
que si se produjera, on line, en una
sala de chat. De igual forma, un ágora
puede hacer las veces de foro de discusión cuando uno o varios habitantes se dedican a pastear (acción de copiar y pegar)
fragmentos relativamente extensos sobre un tema o un asunto determinado. En
todo caso, hay una interrelación constante entre ambas dimensiones temporales,
gracias a los accesos (links o
enlaces, p. e.) que permiten pasar con facilidad y rapidez de una a otra
dimensión. b) Habitantes.
Subrayo tres aspectos que, a mi juicio, dan cuenta de los pobladores y, por
supuesto, constructores de COFIRC. A saber: identidad individual, durabilidad o
permanencia en la comunidad y estratificación social. Son tres aspectos que,
como todos los que aquí estoy tratando, emergen y funcionan integradamente, y
que por tanto sólo cabe su desglose desde un punto de vista analítico y
funcional, pero advierto que intelectualmente sólo pueden ser comprendidos de
manera conjunta. Mucho se ha
escrito sobre la cuestión de la identidad en las comunidades virtuales. Pero la
mayoría de la bibliografía disponible se centra en los llamados MUD o los MUSH,
espacios que remiten a lo onírico y lo fantástico, donde lo principal es la
vivencia de aventuras imaginarias (Odina, 2000). En un espacio social más
pausado y reflexivo, como es COFIRC, las identidades individuales, en la mayor
parte de los casos, sí manifiestan una distinción relativamente nítida entre lo
real y lo virtual (7). Aunque también es cierto que “los auténticos cibernautas
son muy tolerantes y muy flexibles con respecto a las fronteras que separan
estos lindes” (Odina, 2000: 114). Tampoco se pueden asumir en su totalidad las asociaciones
entre identidad, que recoge el conjunto de los predicados fundamentales de una
persona (8), e identificación, que alude al nick
(nombre) utilizado. Pues ni es cierto que a cada nuevo nick le corresponda una nueva identidad, ni que a un único e
invariable nombre se le haya que asociar una inequívoca y perenne identidad.
Pese a que ésta no deja de ser reevaluada y revalidada (G. Cuartango, 2002),
hay una serie de notas definitorias que, bajo unas características determinadas
–tiempo prolongado y espacio reducido–, se manifiestan y resultan difícilmente
disimulables ante los demás. Por lo dicho,
la permanencia, la veteranía, es un rasgo no despreciable en el análisis y
tipificación de los ciudadanos de
COFIRC. No sólo porque afecta directamente a los otros dos rasgos mencionados,
sino porque a fin de cuentas resulta el principal factor de socialización. La
difusa pero decisiva frontera entre lo que es un espacio de comunicación y un
espacio social se esclarece cuando el decir
queda en un segundo plano de relevancia y emerge el estar como referencia simbólica más significativa. El paso de ‘decir a’ o ‘decir que’ a ‘estar en’
es lo que convierte al visitante de
la comunidad en habitante de la
misma. Esta diferenciación se expresa y concreta en los tipos de acciones que
sirven de fundamento a las distintas interacciones sociales (9). De modo que,
las acciones sociales comunicativas (transmisión, búsqueda y vivenciación en
común de saberes, sentimientos o valores) son más propias de los primeros; y
las acciones sociales productivas (conformación organizativa de la situación
social, reparto de papeles y de posiciones sociales, asignación de recursos)
son más propias de los segundos. Aclaro por último que las acciones sociales
productivas también son comunicativas. La interacción
de la población de la comunidad marca
la estructura social básica de la misma. Los estudios clásicos (Bolte, 1967,
citado en Taylor, 1994: 45) ponen de relieve dos puntos en la estructura social
de los grupos: el ‘aspecto de la estructura’ (AE) y el ‘aspecto de la división’
(AD). El AE se refiere sobre todo a las
relaciones de superioridad o de subordinación. El AD juega un papel más
importante, ya que alude a la diferenciación, en términos de desigualdad
social, de los componentes de un grupo según uno o varios de sus rasgos
característicos, esto es, la estratificación. El criterio diferenciador
fundamental en COFIRC es la posesión de la arroba, elemento técnico que
convierte al habitante en
‘administrador’ de un espacio concreto. Este ‘poder @’, según expresión de un
informante, que introduce un factor de desigualdad técnica, supone el principal
factor de desigualdad –y por tanto, de conflicto– social en la comunidad. Más
adelante me extenderé sobre las funciones de los administradores y su
protagonismo en COFIRC, puesto que a mi juicio, lo señalo ya, se trata de uno
de los asuntos centrales para resolver las incógnitas que rodean a la hipótesis
propuesta. c) Actividades.
El tema o interés común en COFIRC es la filosofía. En principio, ahí se
encuentra el punto de unión de todos los habitantes
de la comunidad. Sin embargo, una de las primeras cosas que más sorprende a los
recién llegados a #filosofia –el ágora
que viene a ser el centro o lugar de referencia de esta ciudad de bites– es precisamente lo poco que se habla de filosofía.
Muchos son los forasteros que a
diario entran en la comunidad solicitando ayuda. Pretenden que alguien les
explique tal o cual concepto de Kant, de Marx o cualquier otro filósofo. En un
alto porcentaje estos pedigüeños de
información no reciben limosna alguna. Este hecho lo que pone de manifiesto es,
aparte de la inicial hostilidad de un entorno ante un elemento ajeno, es una
idea concreta sobre la cual cimento los razonamientos de este trabajo, a saber,
que las comunidades virtuales en general, y COFIRC en particular, no son
agregados de personas que, saltando por encima de los límites
espacio-temporales, cooperan e intercambian información en torno a un tema
común. Si apenas se
habla de filosofía, ¿qué se hace en COFIRC? Muy fácil: todo lo que puede
hacerse dentro de un entorno social: asociarse, enemistarse, enamorarse... A
diario, se producen intrigas, contiendas, negociaciones, intercesiones...
Depende, ya lo he apuntado, del tipo de interacción social, o dicho de otra
manera, de la implicación del agente para actuar a uno u otro nivel. Lo que sí
es evidente es que en todo momento hay una interconexión con la vida real (Real Life o RL, según terminología
abreviada de los cibernautas anglosajones). A este respecto, un informante me
comentó que, en COFIRC, “el mundo se suele reducir a lo estrictamente privado;
si alguien ha roto con la novia, pedirá hablar sobre el amor; si le han puesto
una multa de tráfico que considera injusta, proclamará que ‘el sistema es una
mierda’; si le han suspendido en física, denunciará al sistema educativo.”
Sería muy interesante, a mi parecer, abrir líneas de investigación en esta
dirección, porque nos ayudaría a comprender mejor la vida cotidiana dentro de
una comunidad virtual, así como sus procesos de cambio social. Analizados los
pilares básicos que sustentan y articulan COFIRC, ataré una serie de cabos que
han ido quedando sueltos a lo largo de los párrafos anteriores. Un análisis de
las comunidades virtuales ha de incluir como objeto de estudio no sólo los
chats y los foros de discusión, sino también el email y las listas de correo.
Esta documentación epistolar, “nos ofrece de forma ordenada, fechada y
personalizada una fuente de información idónea para el trabajo de investigación”
(AIBR, 2002). Por mi experiencia en COFIRC,
considero que el email es un territorio
limítrofe entre el ciberespacio y el espacio ordinario, un punto de encuentro
privado, todavía en los lindes de lo virtual, que invita a continuar la
interacción social ya en la RL, cara a cara, algo que así ocurre en buena parte
de los casos siempre que las distancias –esta vez sí, físicas y tangibles– lo
permiten. Al hilo de esto
último –la corporeidad del espacio–, sería apropiado ahondar más en lo que se
ha llamado espacio de los ‘no lugares’
(Auge, 1995), ese mundo que no es físico ni local, y que rompe los conceptos y
referencias geográficas tradicionales de las personas. “En ese mundo
transfronterizo, donde queda abolida la dimensión espacial-trayectiva de los
contactos humanos, ya no se convive, sólo se co-existe” (Vidal, 2000). Una
precisión muy pertinente para enfocar adecuadamente la analogía entre el
ciberespacio y el espacio social ordinario, permitiéndonos matizar la relación
de semejanza entre dos cosas que, como vemos, son distintas. De esa particular
coexistencia he pretendido dar cuenta en el presente epígrafe. Añado, para
terminar con estas observaciones, que hablamos de una ciudad reducida y compleja a la vez, una especie de cantón. La
región central o capitalina, el canal de chat #filosofia, registra una
concurrencia media de unas setenta personas. Es difícil, quizá imposible,
contabilizar la población total de COFIRC. Las comunidades virtuales son
efímeras en lo que representa a los habitantes.
“La mayoría de las contribuciones a la interacción son esporádicas, ya que la
mayor parte de la gente entra y sale de las redes según cambian sus intereses o
sus expectativas. (...) En esas comunidades virtuales viven dos tipos muy
diferentes de poblaciones: una diminuta minoría de aldeanos electrónicos que se
han asentado en la frontera electrónica y una multitud transeúnte (...)”
(Castells, 1996: 390). En consecuencia, explorar otros ámbitos de interés, como
por ejemplo la construcción y desarrollo de una identidad colectiva en la comunidad virtual, resulta, cuando menos,
problemático. No por ello dejaré de atender ese asunto más adelante. LOS ADMINISTRADORES Y EL ‘PODER @’ Llego ahora a una de las cuestiones más
sustantivas, ya apuntada en el esbozo de la estratificación social en COFIRC.
Voy a abordar tres puntos concretos: primero, la definición y fijación del
papel de los administradores; segundo, la composición y desglose de la
estructura de poder en #filosofia; y tercero, la descripción y especificación
de las desigualdades técnicas que se derivan de los dos puntos anteriores. Los
administradores (también llamados ‘operadores’) de una sala de chat o ágora virtual vigilan el cumplimiento de
las normas de ese espacio. Su situación de superioridad se expresa a dos
niveles, simbólico y fáctico. Simbólico, mediante la posesión y exposición de
una arroba precediendo al nick
correspondiente, y la prioridad en orden dentro del censo público de habitantes (listado de usuarios) que
eventualmente se encuentran en ese canal. Y fáctico, mediante la disposición
legítima y monopolística –en sentido weberiano– de la coerción y la sanción
(desde una simple llamada de atención hasta la expulsión e incluso veto de
posteriores intentos de entrada al ágora). Entre los
propios informantes, la expresión “poner orden” es la más utilizada a la hora
de definir, de manera neutra, el papel de los administradores. Sin embargo, a
poco que uno profundice en el tema –más allá de la observación de las prácticas
cotidianas en COFIRC–, hallará contradicciones significativas a esta definición
teórica y formal. Así por ejemplo, un operador de una de las ágoras virtuales de la comunidad me comunica, vía email, en una
conversación privada previamente sistematizada en forma de cuestionario, que
“el papel de los administradores es el de procurar que en el canal no haya
conflictos y que se respeten las normas de la sala”. No obstante, a
continuación añade: “En un 99 por ciento de las peleas entre canales los
responsables son los administradores.” Subrayo este
último aspecto, el de los conflictos entre distintas regiones dentro de la misma comunidad. Interrogado sobre esta
cuestión, otro informante, también a través de cuestionario privado, sostiene
que los operadores “son responsables de los conflictos, ya sea por
administradores actuales o ex administradores resentidos por el desregistro”.
Después, en el siguiente epígrafe, tendré oportunidad de profundizar
convenientemente en este punto. La estructura
de poder en #filosofia –un modelo organizativo que funciona de modo muy similar
en casi todo el resto de la comunidad– se articula de forma piramidal. En lo
más alto está el llamado founder, el
fundador del canal. Este pionero
controla el reparto de arrobas y responde ante IRC-Hispano de las
irregularidades que puedan cometerse en la sala. En una escala inferior se
encuentra la camarilla más cercana al founder.
Suele estar formada por entre cuatro y seis habitantes,
que se asocian con el administrador de nivel máximo en una especie de adhesión
inquebrantable, relación aparentemente sin fisuras y donde no existe crítica
interna alguna . Por último, existe un tercer escalón de operadores, más
eventuales, afines al founder pero
que condicionan su fidelidad a éste en función de las circunstancias. Son
aproximadamente algo más de una docena de habitantes. A través de
este modelo piramidal se articula todo el sistema administrativo (supervisión,
información, etc.), jurídico (elaboración de normas, aplicación de sanciones,
etc.) y político (representación, toma de decisiones, etc.) del canal.
Semejante organización explica el surgimiento de redes clientelares, que
determinan decisivamente los mecanismos de acceso a la estructura de poder y,
sobre todo, su durabilidad en la misma. El problema fundamental de este
sistema, aparte de lo cuestionable que resulta en sí mismo, estriba en la
insuficiencia de los mecanismos de control social, especialmente en un ámbito
tan atomizado como el ciberespacio. Dicho de otro modo, el clientelismo de los
administradores se enfrenta casi de continuo a la protesta y la oposición de la
mayoría de los habitantes de la
comunidad. ¿Cómo son esas
desigualdades digitales a las que he venido aludiendo en este trabajo? Para
entenderlo, es preciso restituir el ciberespacio desde un punto de vista
arquitectónico y urbanístico, pero adaptando esta concepción a un mundo sin
formas materiales construidas donde lo fundamental son las estructuras de
acceso y exclusión (Mitchell, 1995). Dicho más claramente, “se entra y sale de lugares, no a través de desplazamientos
físicos, sino mediante el establecimiento y la disolución de vínculos lógicos:
basta con un login para acceder a un
sitio y un logout para salir de él.”
(Finquelievich, 1999: 5). Los administradores, especialmente los de nivel
máximo, no sólo llevan a cabo prácticas análogas al patronazgo y clientelismo
político (Tilly, 1993), sino que también ejercen de guardias fronterizos de un
territorio que, por nuevo e inexplorado, está dotado de evidentes aires
coloniales. “[El ciberespacio] es un lugar
a conquistar, como los desiertos patagónicos o las míticas praderas del lejano
Oeste.” (Finquelievich, 1999: 7). Existen otros
tipos de desigualdades digitales, más tecnológicas que políticas, aunque
igualmente atendibles (10). He de decir que mi estancia en COFIRC se produjo
siempre a través de las opciones más sencillas –pero también más inestables en
términos de conexión– de webchat, los primeros meses, y, más tarde, de
javachat. Pero, nunca utilicé ni instalé el script más adecuado que facilita el
uso de todos los comandos de IRC, me refiero a las distintas versiones del mIRC
[http://www.mirc.com]. Esta desventaja
tecnológica no me supuso, sin embargo, ninguna desventaja social dentro de la
comunidad, esencialmente porque siempre rechacé el ofrecimiento de arrobas que,
de haberlas aceptado, me hubieran obligado a mejorar mis capacidades y
habilidades técnicas. CONFLICTO POLÍTICO EN LA COMUNIDAD La precariedad del marco jurídiconormativo y la
estratificación social resultante de unas condiciones de interacción
asimétricas entre administradores y habitantes
están en la base del conflicto político en COFIRC. Aplicado al ciberespacio, y
más concretamente para una comunidad virtual, entiendo por ‘conflicto político’
una contienda, entre unos usuarios y unos administradores, que deja de ser
negociable y se convierte en guerra. Los primeros, en la medida en que se
movilizan por la consecución de unos objetivos y en defensa de unos intereses,
se articulan como actores sociales; los segundos, en razón de la posesión del
registro de creación y propiedad de un territorio específico, se instituyen
como poder político ejerciendo el monopolio del uso legítimo de la fuerza
virtual en ese territorio y espacios anexos. En el verano de
2001 COFIRC sufrió un proceso revolucionario que comenzó, en el mes de agosto,
con una situación revolucionaria (11). El objeto del conflicto político fue el
canal #filosofia. El bloque aspirante lo formaba una parte significativa y creciente
de habitantes, movilizados y
encabezados por varios ex administradores –lo cual confirma, en consonancia con
lo que sostiene la sociología histórica, que la acción colectiva es llevada a
cabo por los actores que disponen de recursos y repertorios suficientes. Sus
demandas se centraban en la exigencia de la democratización de #filosofia,
cimentada fundamentalmente en la elaboración y aprobación de un nuevo marco
jurídiconormativo que fuera capaz de regular y controlar la concesión de
arrobas (esto es, el registro de operadores), así como definir con claridad sus
funciones y potestades. Durante el
citado mes de agosto, y ante la ausencia eventual del founder del canal, su camarilla más cercana tuvo que hacer frente,
primero y por parte de los habitantes
(aproximadamente la mitad del total), a incontables denuncias y quejas de abuso
de poder –uso arbitrario e irregular de las estructuras de acceso y exclusión–,
y segundo y por parte de los ex administradores (los líderes de la coalición alternativa), al boicot y sabotaje
organizado y recurrente –insultos reiterados, textos repetitivos, amenazas,
etc.–. El conflicto, con el paso de las semanas, adquirió un encono de gran
virulencia, trascendiendo incluso los límites de lo virtual y afectando de
hecho a la RL (12). La aparición en escena del founder, a finales del verano, intensificó más si cabe el ciclo de
protesta (13). La situación
revolucionaria no concluyó, sin embargo, con un resultado revolucionario. Es
decir, no se produjo una transferencia de poder. Lo que ocurrió fue algo
bastante usual en las comunidades virtuales: la escisión (Molist, 2002).
Algunos de los líderes del bloque aspirante fundaron el canal #academia, un ágora alterantivo que comenzó a nutrirse
de habitantes expulsados de
#filosofia y, sobre todo, de una parte de la población de COFIRC que había tratado de permanecer imparcial y más
o menos ajena al conflicto. Un conflicto que desde luego no quedó cerrado, y
que emerge cada cierto tiempo en forma de ciclo de protesta, al modo de Tarrow,
y siempre con los administradores y operadores como protagonistas principales.
En la actualidad, es #foro el ágora
alternativo y periférico, heredero de una escisión (que no fue la primera,
dicho sea de paso) que a fin de cuentas enriquece y diversifica –en mi opinión–
la comunidad virtual de filosofía de IRC-Hispano. LA CIBERCOMUNIDAD POLÍTICA: DE LA CIUDAD A LA POLIS A estas alturas creo haber respondido ya la mayoría
de los interrogantes que había planteado en la parte inicial del presente
trabajo. Los mecanismos de estratificación, de poder y de desigualdad, que son
a mi entender los más relevantes para aclarar la pertinencia y validez de la
hipótesis propuesta, han quedado identificados y analizados. La tarea más
urgente que derivo de lo realizado hasta aquí alude a la necesidad de indagar
en el concepto e idea clásica de ‘comunidad virtual’, a cargo de Howard
Rheingold, y reconsiderar su definición hasta adaptarla a un modelo analítico
más operativo, que no sólo dé cuenta de la dimensión comunicativa del
ciberespacio, sino que también atienda a su dimensión política (14). La
insuficiencia de la versión que ofrece Rheingold, expuesta en su ya célebre
obra “The Virtual Community”, de 1993, radica en una concepción organicista o,
al menos, naturalista, que, por analogía, se inserta en una tradición
sociológica que data de fines del siglo XIX, concretada y desarrollada en las
tesis de Ferdinand Tönnies. Explicaré esto con nitidez contraponiendo las
afirmaciones de uno y otro autor. El primero, y más actual, dice: “La comunidad
virtual es un ecosistema de subculturas y grupos espontáneamente constituidos
que se podrían comparar con cultivos de microorganismos que crecen en un
laboratorio en el que cada uno es como un experimento social que nadie planificó
y que, a pesar de todo, se produce.” (Rheingold, 1993, citado en Cubides
Martínez, 2001). El segundo, y más antiguo, dice: “La comunidad debería ser
entendida como organismo vivo y la asociación como artefacto, un agregado
mecánico (...). Los individuos en la comunidad permanecen unidos a despecho de
todos los factores que tienden a separarlos, mientras que en la Geselschaft se mantienen esencialmente
separados a pesar de todos los factores que tienden a su unificación.”
(Tönnies, 1887, citado en Delgado, 1999: 138). Más de cien
años después, Rheingold repite, en esencia y adaptándolo al ciberespacio, el
esquema de Tönnies, cuya obra siempre estuvo orientada a distinguir entre Gemeinschaft (comunidad) y Gesellschaft (sociedad o asociación). Se
trata de un modelo original, pero con un trasfondo idílico que centra la
atención sobre unos aspectos (la confraternidad entre grupos de personas en un
entorno específico) y desatiende otros de igual o mayor relevancia (la
desigualdad y el conflicto en esas mismas redes). No propongo desechar la Gemeinschaft y optar por la Gessellschaft, sino pasar por encima de
este esquema, ya superado por la sociología moderna, y adoptar otro
analíticamente más eficaz, que sea capaz de abordar todas las cuestiones
sustantivas en el estudio de los grupos humanos que interactúan en el
ciberespacio. La actual
teoría política reconoce que todas las comunidades –la vecindad, la aldea, la
metrópoli, la nación, el Estado multinacional, etc.– descansan sobre dos bases
estrechamente interrelacionadas (Ferrando Badía, 1992, 444): a) el vínculo
residencial a un área geográfica como atributo que distingue una comunidad de
otros grupos y el vínculo psicosocial; y b) El sentido de identidad
característico de una forma de organización total de vida social. Por tanto, al
encontrarnos con unas condiciones territoriales –fragmentación y fragilidad
geográfica, patronazgo político, etc.– y psicosociales –coexistencia en vez de
convivencia, interacción esporádica por parte de una población transeúnte, etc.–
los vínculos mencionados se difuminan hasta tornarse estériles e inoperantes.
Por esta misma razón, el sentido identitario, en términos colectivos, no puede
construirse ni mucho menos desarrollarse con suficiente fuerza. En su lugar
emerge una curiosa y global conciencia de pertenencia al ciberespacio que
permite, de alguna manera, diferenciarse de los que aún viven aislados de este
mundo electrónico, y a los que algunos llaman homepageless (Valderrama, 2000). El modelo
analítico que propongo es cercano al de comunidad política, al modo de Charles
Tilly, donde el aspecto crucial se encuentra en la noción de ciudadanía (Opazo
Marmentini, 2000). Una ciudadanía –o ciberciudadanía–
que restituya y modernice esos vínculos a través de unas relaciones con el Estado
[entendiendo por tal, en una comunidad virtual, aquel conjunto de operadores
que fundan y administran un territorio
concreto, del cual controlan además sus estructuras de acceso y exclusión]
reglamentadas mediante criterios democráticos y que canalice el conflicto
político por idénticas vías. A este modelo lo denomino cibercomunidad política. Y, aunque no es éste lugar para teorizar
con profusión sobre el esbozado esquema analítico, sí considero pertinente
señalar que el camino a seguir para llegar a donde propongo nos inicia en un
espacio colectivo (ciudad), que facilita la aparición de un espacio público
(urbs), hasta desembocar en un espacio político (polis), donde en el ágora “se puedan desarrollar con
garantías el derecho a la igualdad a la hora de hablar con plena libertad y el
derecho a intervenir en los asuntos públicos” (15). El desafío
futuro para COFIRC consiste en articularse como espacio político. Será entonces
cuando se reduzcan las desigualdades hoy día existentes dentro de la comunidad virtual.
La alternativa de filotilde –un canal
sin registro y sin operadores que congrega a habitantes proscritos de #filosofia y a población que no acepta el ‘poder @’– no parece, a mi juicio, que
solvente el problema descrito. La clave está en establecer reglas de juego
verdaderamente democráticas. Claro que llegar a ese punto no resultará nada
fácil. EL OCIO RELATIVO La inmensa mayoría de los cibernautas de COFIRC, y
desde luego todos los entrevistados para esta comunicación, sostienen que su
estancia, eventual o indefinida, en la comunidad, así como cada una de las
interacciones y los procesos sociales que ahí acontecen, son, literalmente,
“ocio”. Con sentido común y la ayuda de cualquier diccionario, entiendo que
podemos definir “ocio” como el conjunto de ocupaciones en las que una persona
emplea el tiempo sin estar obligado a hacerlas. ¿Es COFIRC solamente el
resultado del tiempo libre de un par de centenares de personas? Si esto fuera
así, habría que replantearse la pertinencia y validez de buena parte del
esquema analítico que propongo en el presente trabajo, ya camino de su final.
Sin embargo, a mi juicio es claro que esto no es así, por dos razones: una de
orden cuantitativo, el tiempo y lugar(es) de conexión a Internet, y otra de
orden cualitativo, la magnitud e implicaciones de las relaciones sociales que
se establecen en la comunidad virtual. Para la primera
razón, existe una evidente contradicción entre la percepción subjetiva de los
cibernautas entrevistados –me referiré a ellos pero considero que puede
extrapolarse al resto– con respecto a la categorización de su paso por COFIRC y
los datos empíricos que ellos mismos ofrecen al respecto. Una parte
significativa del total (casi la mitad) reconoce acceder con cierta regularidad
a la comunidad desde su lugar de trabajo. Incluso quienes niegan chatear o entrar en los foros desde la
oficina, admiten su participación en la interacción epistolar, vía email –que a
fin de cuentas es una extensión privada de las relaciones sociales en el
ciberespacio–, también desde el centro de trabajo. Esto, cuando menos, nos
obliga a cuestionar la mencionada etiqueta de “ocio”, categoría que aún queda
más desbordada al analizar el tiempo diario de permanencia en la comunidad, que
sobrepasa, por término medio y sólo en los chats (sin tener en cuenta otros territorios), las cinco horas. Sin
entrar en el tema de la adicción, ampliamente tratado por la psicología, no es
exagerado concluir que la mayoría de la población
de COFIRC sufre dependencia de la Red (16). Para la segunda
razón, hay que señalar un factor que tiene que ver con la globalización y la
denominada sociedad de la información. Este panorama revolucionario abre la
posibilidad a nuevas formas de relaciones sociales entre poblaciones de
distintas generaciones, niveles de ocupación, trayectorias de vida e intereses
personales. Estas relaciones sociales, que antes eran locales, se desarrollan
ahora en una dimensión global. Un modo de inserción dentro de esta nueva
sociedad lo encontramos en las comunidades virtuales (Del Brutto, 2000). Desde
mi punto de vista, COFIRC es justamente un modo de inserción social. Lo es en
particular para muchas personas con verdaderos problemas para establecer
relaciones sociales y personales a la manera tradicional (cara a cara), y lo es
en general para todos los habitantes
de una comunidad virtual que, por sus características temáticas, reúne a
personas con sensibilidades, inquietudes y conocimientos de extraordinario
valor. CONCLUSIONES FINALES Con objeto de recapitular y ordenar las principales
respuestas a los interrogantes planteados, subrayo para terminar una serie de
conclusiones que divido en dos bloques, uno que se ciñe más directamente a la
propia comunidad virtual aquí estudiada y otro a los investigadores que en
adelante puedan continuar alguna de las líneas de análisis abiertas en esta
comunicación. Para COFIRC: - El
ciberespacio, presentado en teoría como un lugar anárquico, incontrolado y
libre, es en realidad un espacio estructurado y estructurante, un lugar de conflicto
y de desigualdad. - Ese espacio
no se rige por criterios democráticos, sino por mecanismos análogos al
clientelismo político y el patronazgo (sistema de producción de colaboradores
fieles donde se prima la lealtad por encima del mérito). - Estos mecanismos
políticos, que son los que generan el conflicto y la desigualdad, se concretan
a nivel técnico con el llamado ‘poder arroba’. - Dicho poder
convierte a los operadores en guardias fronterizos de espacios que,
fundamentalmente, son nuevos, pero que, como pongo de manifiesto, se regulan y
administran con arcaicos parámetros. - Mi propuesta
para resolver ese conflicto es encauzarlo por vías democráticas, y esto se
consigue convirtiendo un espacio público como es una sala de chat, en un
espacio político, donde llegado el momento se pueda intervenir con garantías de
igualdad y libertad en asuntos no únicamente inherentes a la temática del
canal, sino también internos, de organización, representación, etc. sin tener
necesariamente que formar parte del grupo de administradores. - Para hacer
esto factible considero que sería preciso formular un concepto de ciudadanía o ciberciudadanía que recoja los derechos
y obligaciones de los habitantes de
una sala de chat. Para los investigadores: - Necesidad de
revisar y reconsiderar el concepto tradicional de ‘comunidad virtual’, fijado
por Rheingold, ya que por encima de la cooperación predomina el conflicto. - Necesidad de
dejar de ver el ciberespacio exclusivamente desde una dimensión comunicativa
(que contempla a los usuarios como simples emisores y receptores de mensajes)
para abordarlo desde una dimensión social (que reconoce interacciones y
relaciones más complejas), tarea que nos obliga a recurrir a disciplinas
diversas e interrelacionadas, como por ejemplo la sociología, la antropología,
la teoría política, el derecho, etc. - Necesidad de
establecer continuas comparaciones y analogías entre la vida del ciberespacio
(o espacio social virtual) y la vida real (o espacio social ordinario), para
comprobar y plasmar las interconexiones entre uno y otro mundo, la fusión o
ausencia de distinción que realizan los cibernautas más veteranos, las
concomitancias y diferencias entre lo que es, a nivel cotidiano, la convivencia
en un mundo y la coexistencia en el otro, y las particularidades que ello
contiene. - Necesidad de
cuestionarnos o replantearnos categorías cruciales para dar cuenta del
ciberespacio, y que tradicionalmente se han tratado de manera sesgada y tópica.
Por ejemplo, el concepto de identidad,
la propia idea de poder, y sobre
todo, el significado y connotaciones de lo que se conoce como ocio, una categoría cuya disparidad
entre lo emic y lo etic es tan grande que merece una atención especial. BIBLIOGRAFÍA
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observación participante va acompañada, como es sabido, de una serie de
condiciones, la primera de ellas apunta el imperativo de que el investigador debe ser un extranjero o extraño a su
objeto de investigación (Delgado, J.M y Gutiérrez, J., 1995: 144). (3): De hecho, al
principio ni siquiera comprendía el significado de los emoticones más sencillos, que son parte fundamental del lenguaje de
los chats (Mayans, Joan, 2000). (4): La nomenclatura
COFIRC es puramente arbitraria, escogida por mí. (5): “Las comunidades
virtuales son agregaciones sociales que emergen de la red cuando un número
suficiente de personas entablan discusiones públicas durante un tiempo lo
suficientemente largo, con suficiente sentimiento humano para formar redes de
relaciones personales en el ciberespacio”. Howard Rheingold en The Virtual Community, citado en Del
Brutto, 2001 y Finquelievich, 1999. Los llamados ‘tres pilares’ sobre los que
descansan las comunidades virtuales los cita Cubides Martínez, 2001, también
apoyándose en Rheingold. (6): Las normas del canal #filosofia se hallan en: http://web.jet.es/korreka/normas.doc (7): Es un debate
recurrente y prolijo el que se ocupa de la división, o la no división,
dependiendo de la postura que se adopte, entre lo virtual y lo real. Por encima
de lo que suele llamarse realidad virtual,
en este caso parece más ajustado eso que Castells (1996: 406) denomina virtualidad real: “Es un sistema en el
que la misma realidad (esto es, la existencia material/simbólica de la gente)
es capturada por completo, sumergida de lleno en un escenario de imágenes
virtuales, en el mundo de hacer creer, en el que las apariencias no están sólo
en la pantalla a través de la cual se comunica la experiencia, sino que se
convierten en la experiencia”. (8): G. Cuartango (2002:
44) se refiere al qué soy y quién soy. “En torno a ellos se inicia
el escrutinio de los predicados fundamentales, de notas características o
definitorias. A ese conjunto de predicados es a lo que se denomina la identidad de una persona.” (9): Martín López, 1992,
sostiene que las interacciones sociales se clasifican según la acción que les
sirve de fundamento. De él tomo la clasificación de las acciones sociales que
me sirven para realizar una tipificación de la población de COFIRC. (10): Me refiero a
desigualdades relacionadas con el tipo de conexión. No obstante, éstas resultan mucho más decisivas en
comunidades de interacción competitiva (juegos y aventuras virtuales, etc.). En
esos casos, “[las desigualdades] funcionan como una parábola del mundo real,
porque aquellos que adquieren la tecnología más avanzada son siempre los
ganadores, mientras que los jugadores que disponen de menor potencial
tecnológico pierden al ser víctimas del atraso y la lentitud de sus condiciones
tecnológicas. A esta desventaja tecnológica se la denomina como latency. En el ciberespacio, padecer latency es equivalente a ser un
paralítico virutal.” (Odina, 2000: 122). (11):
Sigo el concepto de ‘situación revolucionaria’ de Tilly, 1995. Según este
autor, las causas inmediatas de esta primera parte de un proceso revolucionario
son tres: i) Aparición de contendientes o de coaliciones de contendientes con
aspiraciones de controlar el Estado o una parte del mismo; ii) apoyo de esas
aspiraciones por parte de un sector importante de ciudadanos; iii) incapacidad,
o falta de voluntad, de los gobernantes para suprimir la coalición alternativa
y/o el apoyo de sus aspiraciones. Por su parte, las causas inmediatas de un
resultado revolucionario son cuatro: i) defección de los miembros del Estado;
ii) obtención de un ejército por las coaliciones revolucionarias; iii)
neutralización o defección de la fuerza armada del régimen; iv) control del
aparato del Estado por miembros de una coalición revolucionaria. (12): Por ejemplo, cada
bloque desvelaba las identidades reales de algunos de sus adversarios con ánimo
de dañarlos, difundiendo datos personales (nombres y apellidos, direcciones,
etc.); se notificaban denuncias interpuestas a los enemigos de turno bajo
acusaciones de diversa gravedad (acoso telefónico, actividades ilícitas, etc.).
Son significativos, en especial, los insultos y ofensas más recurrentes en este
periodo, ya que aluden en su mayoría a aspectos personales (reales, no
virtuales), lo cual implica un conocimiento previo de los actores entre sí.
Este aspecto que subrayo, al igual que el resto de los que hago referencia, se
pone de manifiesto sobre todo en los foros de discusión de la comunidad y
revela los lazos de vecindad de los contendientes de una lucha que, por tanto,
posee tintes de guerra civil. (13): “Cuando empleo el
término ciclo de protesta me refiero
a una fase de intensificación de los conflictos y la confrontación en el
sistema social, que incluye una rápida difusión de la acción colectiva de los
sectores más movilizados a los menos movilizados; un ritmo de innovación
acelerado en las formas de confrontación; marcos nuevos o transformados para la
acción colectiva; una combinación de participación organizada y no organizada;
y unas secuencias de interacción intensificada entre disidentes y autoridades
que pueden terminar en la reforma, la represión y, a veces, en una revolución.”
Tarrow (1997: 263-264). (14): Es claro que cuando
hablo de la dimensión política de una comunidad virtual me refiero, tal y como
he ido mostrando, a las relaciones de estratificación y poder que se dan dentro
del ciberespacio. Rheingold sí da cuenta de un nivel político, pero su significado
alude principalmente a las capacidades de la comunicación mediada por
computadoras (CMC) para desafiar el monopolio actual sobre los poderosos medios
de comunicación de masas (Zelener, 1998). (15): Delgado, 1999:
192ss. Ese triángulo de espacios (colectivo, público y finalmente político) lo
tomo también de este autor para aplicarlo a mi propuesta de cibercomunidad política. (16): Se considera
dependencia de la Red si se navega, en tiempo de ocio, más de 30 horas cada
semana. (Ver el estudio de los psiquiatras Alejandro Fernández Liria y Lourdes
Estévez para adictosainternet.com, en EL PAÍS, 27 de enero de 2002, p. 30).
Añado que casi todos los habitantes
de COFIRC, de edades muy dispares, tienen conciencia de esa dependencia, y
asumen sus costes a cambio de lo que entienden como beneficios que obtienen
permaneciendo en la comunidad. Beneficios que explico en el párrafo siguiente a
esta nota.
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