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Brecha
Digital: Viejos Problemas Sociales,
Nuevos
Retos Políticos
Esther Raya Diez Federación SARTU Resumen El objeto de la presente comunicación es reflexionar sobre el concepto de brecha digital en relación a las teorías de la desigualdad y de la estratificación. La autora defiende la realización de un análsis en profundidad de las causas de la brecha digital, enraizado en los problemas de dualización y exclusión propios de las sociedades tecnológicas avanzadas. INTRODUCCION El carácter cíclico de la economía
es un hecho universalmente aceptado. El impacto de las Nuevas Tecnologías de la
información en las formas de organización social nos demuestra que este
principio también debe ser aplicado a las ciencias sociales. El efecto de
aquéllas ha modificado las relaciones sociales en todas sus vertientes:
laborales, educativas, culturales, solidarias, etc. Pero no es menos cierto que
en la mayor parte de ellas estamos “reinventando” el modelo de sociedad,
adecuándolo al nuevo escenario de la sociedad de la información. En este
sentido, podemos afirmar el carácter cíclico de los problemas y dinámicas
sociales. ·
Cuando
pensábamos que en los países occidentales el analfabetismo había dejado de ser
una cuestión central en las políticas educativas surge la necesidad de
alfabetizarnos digitalmente. ·
Cuando
se pensaba que las relaciones sociales habían perdido importancia dentro
de una sociedad individualista y
engullida por la vorágine del consumo, surgen los chats como espacios de
interacción y encuentro interpersonal. ·
Cuando
se creía que la comunicación escrita se había quedado obsoleta y circunscrita a
las relaciones formales y comerciales, so riesgo de los servicios de correos,
surge con toda su fuerza el correo electrónico. Sirvan las líneas anteriores para
recordarnos que en la sociedad del conocimiento, en el nuevo modelo de sociedad
basado en las tecnologías de la información, nos encontramos con idénticos
problemas a los acontecidos en fases anteriores de la historia de la humanidad.
Uno de estos problemas es el de la desigualdad social, que en su formato
actual se significa a través del concepto brecha o fractura digital. BRECHA DIGITAL Y DESIGUALDAD SOCIAL Ahora bien, el destallo de la
sofisticada tecnología, de los modernos ordenadores, móviles y otros aparatos
electrónicos que nos conectan virtualmente a la red, dando apariencia de vivir
en sociedades tecnológicas avanzadas, como si ello fuera sinónimo de cambio
social, no debe hacernos pensar que el riesgo de brecha digital es consecuencia
de la insuficiente banda ancha para acceder a la red o de otros problemas
similares. Esto es solo la punta del iceberg. El concepto de brecha digital nos
remite al problema de la desigualdad que en su versión actual se asienta sobre
un nuevo factor, pero que en esencia se trata del problema de la exclusión y la
desigualdad social. Es por tanto un nuevo capítulo dentro de la historia social
que refleja la lucha por la implantación del igualitarismo social, en
detrimento de la desigualdad legal, económica y política. Las diferentes teorías de la
estratificación coinciden en destacar el sistema económico como configurador de
las clases sociales, en particular el acceso a la propiedad privada como fuente
de diferenciación social. Pitirim Sorokin ha destacado la
base de la estratificación social identificándola como la “distribución
desigual de los derechos y privilegios, los deberes y responsabilidades, los
valores sociales y las privaciones, el poder y las influencias de los miembros
de una sociedad.”[1] La igualdad
no es una propiedad del sujeto sino que se es igual o desigual con respecto a
alguien de acuerdo a unos determinados criterios de comparación. Los análisis operativos de la brecha digital se han centrado en los
elementos específicos de esta forma de desigualdad. Así en el estudio e-España
2001 se define la brecha digital en base a cuatro elementos clave[2]: 1.
La disponibilidad del equipo necesario, PC o
hardware, que permita conectarse a internet. 2.
La accesibilidad a internet desde el hogar,
el centro de trabajo o lugar de ocio. 3.
El conocimiento de las herramientas básicas
para poder acceder o navegar en la red 4.
La capacidad adecuada para poder hacer que
la información accesible pueda ser convertida en conocimiento. Si bien estos aspectos pueden ser considerados los elementos clave
para identificar la brecha digital, un análisis profundo sobre el concepto desde
las teorías de la estratificación y la desigualdad nos lleva a la cuestión de
la exclusión social en las sociedades tecnológicas avanzadas. Este análisis nos
lleva a una serie de consideraciones sobre las políticas de actuación en cuanto
a la población destinataria y la intensidad de la intervención. TEORIAS DE LA
ESTRATIFICACIÓN Y DESIGUALDAD SOCIAL El
estudio de las teorías sobre la desigualdad y la estratificación puede
realizarse a partir de su agrupación según la conceptualización de las
relaciones sociales. Así puede diferenciarse entre teorías de la integración y
de la coerción (García Ferrando, 1991). Las primeras destacan la composición
jerarquizada de la sociedad, donde cada estrato se caracteriza por compartir
valores comunes. Autores como Aristóteles, Adam Smith, Durkheim, Parsons, Davis
y Moore tienen en común su justificación de la desigualdad como parte del orden
natural de las relaciones sociales. Las segundas se ocupan del estudio de la
estratificación social en clave de conflicto entre los diversos grupos o clases
sociales por la posesión del poder o privilegios de la sociedad. En esta
perspectiva se situarían Platón, Rousseau, Marx, Engels y Dahrendorf. Estos
teóricos han pretendido señalar las causas de la desigualdad social, y en algún
caso, realizar propuestas concretas de cambio social. El análisis marxista de la desigualdad social puede aplicarse de
manera renovada para analizar las relaciones sociales en la sociedad de la
información. Para Marx, el empobrecimiento del obrero y las condiciones de
alienación bajo las cuales debía trabajar eran las principales acusaciones que
hacía al sistema capitalista, constatando que a pesar del desarrollo
tecnológico, las condiciones de vida de los trabajadores se habían degradado
respecto a etapas anteriores. En la sociedad de la información, bajo nuevas coordenadas
sociopolíticas asistimos a un proceso de precarización de las relaciones
sociales y laborales, no sólo de quienes forman parte del mercado de trabajo,
sino particularmente de quienes no pueden acceder a él por falta de competencia
técnica y de capacidad de rentabilizar su “fuerza de trabajo” en un tipo de
economía basada en el conocimiento. La aceptación y justificación
teórica de la diferenciación social es el principal hilo conductor de todos los
enfoques funcionalistas sobre la estratificación social (Tezanos, 1992). Su
preocupación se ha centrado más en justificar el statu quo de quienes ocupan posiciones elevadas en la escala
socioprofesional y socioeconómica que en analizar las polaridades del sistema
de estratificación. Por otro lado, la argumentación basada en la funcionalidad
sitúa en una posición «incómoda» a quienes están en una situación de desempleo.
Desde la formulación de Davis y Moore se diría que es una posición agradable porque no se tiene que
trabajar, no es importante para la
supervivencia del sistema, y además quienes las ocupan son personas con baja capacidad y aptitud para el desempeño de
tareas. Serían, asimismo, catalogados como inútiles según la
“evaluación moral” parsoniana. Este tipo de argumentaciones derivan en la
culpabilización de la población desfavorecida, difundidas particularmente
durante las etapas en las que ha predominado un pensamiento liberal o
conservador en el diseño de las políticas sociales. Se pueden destacar tres puntos en común entre el análisis de clase de
las tradiciones marxista y weberiana (Wright, 1995). En primer lugar, ambas
definen las clases relacionalmente, es decir, una posición de clase dada se
define en virtud de las relaciones sociales que la vinculan con otras
posiciones de clase. En segundo lugar, ambas tradiciones identifican el
concepto de clase con la relación entre la gente y activos o recursos
económicamente relevantes. Los marxistas lo denominan «relación con los medios de
producción» y los weberianos «capacidades de mercado». En tercer lugar, tanto
Marx como Weber vieron la relevancia causal de la clase a través de los modos
como estas relaciones conforman los intereses materiales de clase. La propiedad
de los medios de producción y la propiedad de la fuerza de trabajo explicarían
la acción social porque esos derechos de propiedad conforman las alternativas
estratégicas en la búsqueda del bienestar material. Lo que la gente tiene impone restricciones a lo que
puede hacer para conseguir lo que quiere. Los marxistas han puesto más
énfasis en el carácter objetivo de los intereses materiales y los weberianos en
los elementos subjetivos. La principal diferencia entre
ambas tradiciones analíticas consistiría, según Wright, en el contraste entre
los términos “oportunidades vitales” propio de la teoría weberiana y
“explotación” de la teoría marxiana. Oportunidad es una descripción del
conjunto factible a que los individuos se enfrentan, de las opciones que
encuentran cuando deciden qué hacer. Poseer medios de producción ofrece a la
persona alternativas distintas que poseer títulos académicos, o fuerza de
trabajo. Desde la perspectiva weberiana, lo que importa en el nexo de la gente
con los diferentes recursos económicos es el modo en que esto otorga diferentes
tipos de oportunidades y desventajas económicas conformando sus intereses.
Estas oportunidades son la base de una potencial comunidad de intereses entre
los miembros de una clase y de una potencial acción común. La diferencia entre
explotación y oportunidades como ejes del análisis de clase, es que la primera
implica necesariamente conflictos antagónicos de interés entre los actores y la
segunda no. Ambas son modos de pensar las desigualdades en bienestar material
generadas en el acceso a recursos de varios tipos; las dos apuntan a conflictos
sobre la distribución de los intereses de los activos mismos. Ahora bien, el
concepto de explotación además permite constatar que los conflictos de clases
no se generan simplemente por lo que la gente tiene sino por lo que hace con
ello. “El concepto de explotación afirma una interdependencia causal
sistemática de las oportunidades de vida de los diferentes actores, por la cual
las aumentadas oportunidades vitales de los capitalistas dependen de las
disminuidas oportunidades vitales de los obreros.”[3]
Este matiz lleva a comprender la noción de conflicto de clases implícita en las
teorías de la estratificación actuales. Los conceptos de clase social y estamento resultan apropiados para la mejor
comprensión de las complejas situaciones de clase en las sociedades
industriales desarrolladas (Tezanos, 1992). A los efectos de nuestro artículo
interesa destacar como en el orden económico, la baja probabilidad de
valorizarse en el mercado de trabajo está conformando nuevas infraclases que
plantean retos políticos y sociales. Frank Parkin y Erik O. Wright desde las teorías de la sintesis han
concedido una importancia central a la estructura ocupacional como elemento de
diferenciación en las sociedades tecnológicas avanzadas. Parkin y Wright
coinciden en destacar la cualificación como criterio diferenciador de las
categorías ocupacionales.[4]
En consecuencia, la diferenciación social radica en la capacidad de
determinadas profesiones de imponer al mercado sus condiciones laborales. Para
ello se sirven de diferentes mecanismos de control del mercado de trabajo bien
imponiendo rígidos criterios para el acceso a la profesión, bien con largos y
costosos periodos de aprendizaje o con otras estrategias; se trata del «cierre
profesional» (Parkin) o «renta de cualificación» (Wright). Con ello se consigue
limitar el acceso a las posiciones de privilegio y alcanzar altos niveles
retributivos procedentes de la masa salarial.[5]
Esta forma de cierre social se manifiesta en la sociedad de la información a
través del acceso al conocimiento El análisis de clases de Parkin y
Wright destaca el carácter relacional según el cual una posición de clases dada
se define en virtud de las relaciones sociales que la vinculan con otras
posiciones de clase. El primero ha destacado sobre todo la imposición de los
valores de la clase dominante a la dominada, a través de las agencias de
socialización. Quienes ocupan los puestos dominantes se aseguran que los
atributos propios de su posición sean ampliamente aceptados como los criterios
más adecuados para la asignación de honores.[6]
Por su parte, Wright alude a las relaciones de clase como relaciones de
explotación o de opresión. En el primer caso el beneficio del explotador
necesita del esfuerzo del explotado. En el segundo, es suficiente con la no
existencia del oprimido o la restricción de su acceso a determinados
privilegios. En definitiva, el conflicto de clases lleva a la consideración del
poder político como mecanismo de control de las relaciones de clase. Ambos
autores han mostrado su preocupación por el papel de los partidos políticos en
la defensa de los derechos sociales de la clase subordinada,[7]
puesto que la forma de resolver los conflictos de clase es, ante todo, una
cuestión de políticas sociales, y por tanto, condicionada ideológicamente. Como se ha señalado anteriormente, las diferentes teorías de la
estratificación coinciden en destacar el sistema económico como configurador de
las clases sociales. El concepto de clase social alude a las condiciones
objetivas de la posición que permiten a algunos tener un mayor acceso a las
compensaciones económicas que a otros. La ocupación constituye el principal
criterio de inclusión de la mayor parte de la población en las diferentes categorías
sociales. En las sociedades capitalistas avanzadas esta posición viene
determinada por la capacidad para rentabilizar la fuerza de trabajo en el
mercado laboral, en gran medida a través de la economía de la información y del
conocimiento. Las teorías de la estratificación y de la desigualdad social de
tradición weberiana (Tumin, 1953; Lenski, 1969; Bendix y Lipset, 1972) y los
desarrollos teóricos recientes, tanto weberianos como marxistas (Parkin, 1971;
Wright, 1985) han coincidido en destacar el papel significativo del status de la posición social[8]
como mecanismo de apropiación de privilegios de clase y como criterio de
jerarquización social. Los grupos con capacidad de imponer su propia escala de
valores se garantizan la legitimación de los beneficios materiales y simbólicos
derivados de su posición social. Desde este planteamiento se puede afirmar que
todas las posiciones sociales tienen un status
asociado cuyo contenido está determinado por los valores de los grupos
dominantes y la aceptación o acomodación del resto de los grupos sociales a
tales valores. La cristalización del status
en los grupos ocupacionales puede observarse a través de los beneficios
materiales (remuneración, condiciones laborales) o simbólicos (prestigio
profesional, estilo de vida). La globalización de la economía y
la transnacionalización de la producción como consecuencia del desarrollo de
las tecnologías de la información y del conocimiento ha supuesto cambios
significativos en la composición del mercado laboral mundial. La economía
globalizada y tecnificada requiere una mano de obra cualificada, adaptable a
entornos cambiantes y flexible en las condiciones de contratación, que debe ser
competitiva en el mercado mundial. En este contexto, la elaboración de procesos
productivos rutinarios se externalizan a favor de países subdesarrollados, con
menor nivel de vida y menores salarios. Ello ha impulsado la introducción de
reformas en los sistemas productivos de los países desarrollados justificadas
con la promesa de crear empleo. Así, el empresariado, en las décadas de los
años ochenta y noventa ha reclamado reducción de la presión fiscal y
flexibilidad en la contratación y despido de los trabajadores.[9]
Sustentándose en la competitividad de las empresas se han puesto en marcha
medidas de flexibilización del mercado laboral y desregulación de la protección
social, a pesar de sus consecuencias para la consolidación de la ciudadanía
social (Navarro, 1995; Fitoussi, 1997; Castel, 1997; Alonso, 1998; Esteve,
1998). Desde esta perspectiva, se puede afirmar que la economía informacional
es potencialmente excluyente, articulándose la distinción entre «productores» y
«superfluos» (Castells, 1996). Con ello, se ha evidenciado que orientarse por
principios de rentabilidad mercantil conlleva a estructuras sociales
vulnerables, donde una parte de la población se ubica en situación o riesgo de
exclusión, lo cual repercute negativamente en el desarrollo económico de estos
países, puesto que la sociedad de la información necesita una mano de obra
altamente cualificada y capacitada para competir en el mercado mundial (Anisi,
1996; Esteve, 1997; Riach, 1997). La
composición de las infraclases se deriva de la lógica del mercado que deja
fuera del núcleo de oportunidades, y por tanto, poder, prestigio e influencia,
a quien no necesita. El problema de las infraclases es el de su marginación del
sistema como tal, su exclusión de la propia lógica de las relaciones económicas
ordinarias. Se trata de una dualidad de carácter social que tiene una raíz estructural
enmarcada en la evolución del sistema de producción. Será especialmente acusada
durante la fase de transición del viejo sistema de producción industrial,
intensivo en mano de obra, hacia el nuevo modelo postindustrial, intensivo en
nuevas tecnologías. Los efectos, en términos de
exclusión social, del nuevo modelo de bienestar pueden encontrarse en la
percepción de la misma para la opinión pública. En un estudio reciente
(Tezanos, 1998) se ponía de manifiesto que un 86.2% de la opinión pública cree
que actualmente en España hay personas excluidas; que un 40% piensa que la
situación de los excluidos está empeorando y que, en los próximos diez años,
aumentará esta población. El riesgo de las sociedades de los
noventa no es tanto un problema económico como de integración social. Este se
caracteriza por la falta de participación de todos los grupos sociales en las
relaciones de intercambio social y económico en términos de igualdad;
mostrándose déficit en el status
de ciudadanía. La política social desarrollada bajo los principios neoliberales
ha puesto de manifiesto la dualización social, la percepción de la desigualdad
y la posibilidad de la exclusión debida a las inercias del mercado y ajenas a
la voluntad del sujeto. La desestabilización de las clases medias ha demostrado
que cada vez es más difícil ascender la escala social y más fácil descenderla
(Fitoussi, 1997; Castel, 1997). RETOS
POLÍTICOS
En este contexto de desigualdad,
plantearse el problema de la brecha digital como una mera cuestión instrumental
de acceso y consumo de internet, supone un reduccionismo con graves efectos en
la cuestión de ciudadanía e integración social de quienes se encuentran en
situación o riesgo de exclusión. Si bien es cierto que es necesario
diseñar políticas y programas de alfabetización digital dirigidas al conjunto
de la población, como primer elemento para combatir la brecha digital. Este es
precisamente uno de los objetivos en la mayor parte de los planes nacionales de
inclusión social. Estas políticas no son suficientes
para garantizar que quienes padecen en
mayor medida las consecuencias de la trasnacionalización de la sociedad
de la información, esto es quienes están en situación de exclusión, no
incrementen su posición de desigualdad social. BIBLIOGRAFIA Alonso,
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entre lo global y lo local, en Política y Sociedad, nº 31, Madrid, pág.
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sociales”, Ed. Visor, Fundación Argentaria, Madrid. NOTAS
[1] Sorokin,
P. (1961) “Estratificación y movilidad social” Universidad Nacional de México,
México, pág. 15 [2]
Fundacion Retevisión (2001) e-España 2001. Informe anual sobre el desarrollo de
la sociedad de la información en España, Fundación Retevisión, Madrid, pág.255. [3] Wright,
E. (1995) Análisis de clase, en Carabaña, J. “Desigualdad y clases
sociales”, Fundación Argentaría, Ed. Visor, Madrid, pág.45-53 [4] En la
explicación de la diferenciación jerárquica Parkin discrepa tanto con los
planteamientos funcionalistas como con los teóricos del conflicto. Los primeros
han pretendido justificar las diferencias sociales argumentando el papel
crucial de determinadas ocupaciones para el mantenimiento del orden social. Los
segundos han aludido a la ostentación del poder como mecanismo de imposición de
las diferencias sociales como Dahrendorf, quien ha considerado el poder como
variable determinante de la estructura de clases de la sociedad industrial.
Para Parkin esta tesis puede ser válida para analizar las estructuras
organizativas pero no las sociedades, puesto que las categorías sociales entre
los que tienen poder y no lo tienen dentro de las organizaciones no pueden
generalizarse como clase dominante opuesta a la clase dominada. (1971) “Orden
Político y Desigualdades de clase” pág. 27 y ss. [5] Giddens
sugiere la similitud entre el concepto de «cierre social» de Parkin con la
definición de «situaciones contradictorias de clase» establecida por Wright
para describir la posición de los empleados de acuerdo al criterio de
autoridad. Parece más adecuado el paralelismo con el concepto de «renta de
cualificación» porque tanto Parkin como Wright se refieren a las ventajas
otorgadas por la cualificación ante el mercado. Mientras que la posición
contradictoria de clase alude a la cuestión de la autoridad, como requisito derivado de la complejidad de los
sistemas productivos del capitalismo avanzado que obliga a los propietarios a
delegar las funciones de autoridad en determinados empleados. La posesión de
autoridad implica relaciones de dominación dentro del proceso de producción,
para asegurarse que los obreros producen por encima del nivel de sus salarios,
es decir, garantizan plusvalía. En este sentido los empleados con autoridad
–directivos, supervisores, capataces – pueden ser considerados simultáneamente
en la clase capitalista y en la clase obrera. De ahí la denominación realizada
por Wright como “posiciones contradictorias
dentro de las relaciones de clase.” Además la posición estratégica de
determinados directivos, situados en los escalafones altos de la jerarquía
ocupacional, les posibilita la apropiación de plusvalía, es lo que Wright
nomina con la expresión «renta de lealtad» para asegurarse el ejercicio de
la dominación delegada. Wrigth, E. (1995) “Análisis de clase”, op. cit.
pág. 39-44. Giddens, A. (1992) “Sociología”, Alianza, Madrid. Pág. 246. [6] La
teoría de la estratificación de Parkin se ha preguntado cómo es posible la
estabilidad social en sociedades desigualitarias. El autor observa los
diferentes sistemas valorativos existentes entre las clases dominadas. Estos
sistemas de valores son interiorizados a través de la socialización. Por un
lado observa que determinados sectores de la clase dominada aceptan el sistema
de valores de la clase dominante, justificativo de la desigualdad. Incluso,
señala el autor, es posible que la desigualdad no sea percibida como tal. Por
otro lado, existe un sistema de valores propio de la clase subordinada,
denominado acomodaticio. De acuerdo al cual las personas de clase baja aceptan
la desigualdad y su condición de inferioridad. Puede consultarse Parkin, F.: (1971)
“Orden político y desigualdades sociales”, op. cit., cap. 3. [7] Parkin,
F. (1971) “Orden Político y Desigualdades de clase” .op. cit.: “Desigualdad e
ideología política: la socialdemocracia en las sociedades capitalistas” (cap.
4) y “El problema de las clases en la sociedad capitalista” (Cap. 5); Wright,
E. (1983) “Clase, crisis y Estado”, Ed. Siglo XXI, Madrid. En particular,
“Transformaciones históricas de las tendencias capitalistas a la crisis” (Cap.
3) y “Las estrategias socialistas y el Estado en las sociedades capitalistas
avanzadas” (Cap. 5). [8] Parkin
diferencia expresamente entre el status de la persona y de la posición
social: “Desde el momento en que el estudio de la estratificación afecta en
primer lugar a las propiedades formales del sistema de la desigualdad, es el status como
atributo de los puestos y no de las
personas, lo que debe ocupar nuestra atención”. A la vez que añade “semejante
incapacidad de distinción entre los aspectos personal y posicional del status coincide
quizá con la debilidad general del análisis neoweberiano” en referencia a la teoría
de la estratificación multidimensional desarrollada por los funcionalistas y en
particular por B. Barber. En Parkin, (1971) “Orden Político y Desigualdades de
clase” op. cit. pág. 50. [9] Un informe de la OCDE de 1985 destacaba: “para los empleadores, las cargas sociales constituyen evidentemente un elemento fundamental de la evolución del coste de mano de obra, y más concretamente de los costes salariales adicionales (...). Todo incremento suplementario de las prestaciones sociales que implique un aumento de los costes salariales debilita la competitividad del país considerado en el plano internacional. El aumento de los costes salariales adicionales contribuye automáticamente a incrementar el coste de mano de obra, que a su vez, estimula la inflación y amenaza reducir las perspectivas de crecimiento económico.” Comité Consultivo económico e industrial ante la OCDE (1985) Un desafío de los años ochenta a las Políticas sociales. Punto de vista de los empresarios, en “El Estado protector en crisis”, serie Informes de la OCDE, ed. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid. pág. 159. En la cumbre de Luxemburgo sobre el empleo celebrada en 1997 incidió en estos aspectos: “adaptar el régimen fiscal para hacerlo más favorable al empleo e invertir la tendencia a largo plazo al aumento de los impuestos y gravámenes obligatorios sobre el trabajo (...). Se fijará el objetivo de reducir progresivamente la carga fiscal total y, cuando proceda, el de reducir progresivamente la presión fiscal sobre el trabajo y los costes no salariales del trabajo” (puntos 66 y 67); los Estados miembros “reconsideraran las trabas, en particular las de tipo fiscal, que dificultan la inversión en recursos humanos y examinarán también toda normativa nueva para cerciorarse de que contribuye a reducir las trabas al empleo y a incrementar la capacidad de adaptación a los cambios estructurales económicos del mercado laboral.” (punto 73).
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