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La Academia y el hombre común José Enrique Olivera ArceObservador, México Los legos nos vemos apabullados por tantos términos sociológicos, tantas
citas a pensamientos ajenos y, todo ello, salpicado de una bibliografía
impresionante que legitima el esfuerzo del o los autores. Indudablemente las
reglas académicas así lo requieren para que el pensamiento propio tenga plena
validez en el claustro. Pero, me pregunto: ¿ Ello tiene valor alguno para el
hombre común, el que reconoce su realidad en la experiencia cotidiana, pero que
requiere del pensamiento elaborado del especialista para orientar su acción,
para retroalimentar y enriquecer su propia experiencia? ó carece de mérito si los saberes expuestos
no llegan a éste con la claridad deseada, libres de la ortoxia académica? Como
también suele uno preguntarse ante apabullante cantidad de citas y referencias
bibliográficas, hasta donde la opinión de hombres y mujeres sencillos influye
en la conformación de una teoría o corriente filosófica o sociológica, llamada
a cuestionar o establecer paradígmas aceptables para las mayorías que sufren en
carne propia el devenir de la sociedad? El mundo que nos ha tocado en suerte vivir,
caracterizado por una formidable revolución científico técnica, pero tambien
por un proceso creciente de descomposición social, que se agudiza con crisis
económicas recurrentes, cuestionamientos al orden establecido y desligitimización
de las instituciones políticas, es ya de sí complejo como para ser comprendido
en su totalidad, originando ello un sinnúmero de interpretaciones, teorías y
recetas de todo tipo que, justo es decir, complican la tarea del científico
social, del analista político y de los propios responsables de la conducción
del quehacer público, por encontrar sentido y rumbo al conjunto diverso de
fenómenos que condicionan la marcha de la sociedad. Y que decir de la persona
corriente que, en ese mar de confusiones, tratando de encontrar respuesta a sus
problemas cotidianos, lejos de encontrar luz al final del tunel pierde la
noción de sí mismo frente a una realidad cada vez más incomprensible, por lo
absurdo e irracional con que ésta se muestra. A todo ello hoy debemos agregarle la parafernalia
teórico-académica con que se hace acompañar lo que se ha dado en llamar proceso
de globalización, que todos mencionan pero que ninguno entiende en su exacta
dimensión. Poniéndose de manifiesto un divorcio entre el saber y la
sensibilidad popular, que reclama para sí la comprensión del presente, y el
conocimiento académico que, con muy contadas excepciones, en las alturas debate en torno al futuro.
Como si éste último no dependiera en lo sustantivo de un hoy apremiante. Planteándose la necesidad de un reencuentro en el
que la suma dialéctica de la experiencia cotidiana del hombre común y el
quehacer académico del intelectual, ilumine el sendero del cambio y la
transformación de la sociedad, para avanzar, como unidad, a estadios de convivencia más seguros y
racionales. Lo que implica tanto el que la academia flexibilice sus reglas como
el que el hombre corriente amplie su esfera de conocimiento. Para así arribar a
un lenguaje común que de armas para la revisión del pasado y reconstruir el
presente, sin perder la perspectiva de futuro. Lo cual al parecer no se da. Conforme nos
adentramos en el Siglo XXI, el pensamiento de una gran mayoría de intelectuales
parece estar regido más por las ideas de modernos gurus, que por el conocimiento
y la experiencia histórica acumulados. Dando la impresión de que el esfuerzo que se viene realizando por
comprender la compleja problemática del presente tiende más a intentos por
reinventar la historia que por comprenderla. Sin aceptar que muchos de los
temas puestos a debate o bien ya cuentan con respuesta ó ya están asimiladas al
sentido común del que la mayoría de las personas hace uso al tomar decisiones
en torno a aquellos asuntos que afectan su existencia. Estoy seguro de que es válido tratar de interpretar
la realidad. Cuestionarla en profundidad, parcelarla y desmenuzarla para su
análisis exahustivo. Privarla de contexto para su mejor comprensión. Hacer del
conocimiento de ésta, palanca de apoyo para enriquecerla. Lo que no entiendo es
el porqué tal tarea lejos de dar a hombres y mujeres instrumentos para
transformar la realidad y darle
sentido, en función de las necesidades presentes y futuras, crea un mar de
confusiones y contradicciones que lo único que logran es la parálisis del
hombre común. Ratificándole su posición de objeto en el mundo del conocimiento
y privándole de su derecho inalienable a ser sujeto en la construcción
cotidiana de sí y de su entorno. Caso similar sucede con los políticos a cargo de la
gestión pública, aunque ello es comprensible en tanto su función de
administradores del statu quo. Así y por lo que toca a la América Latina, los
intentos por comprender el fenómeno in situ de la globalización y, sobre todo,
el hacer extensivas a hombres y mujeres comunes las conclusiones a que se viene
arribando, éstos quedan la mayoría de las veces, a cargo de un reducido abanico
de brillantes pensadores del primer mundo que, bajo su óptica, muchas de las
veces sesgada y tecnocrática, su aporte a la interpretación de la realidad imperante
no logra trascender el campo de la crítica, la denuncia y, en el peor de los
casos, el de la aceptación tácita, sin mayor cuestionamiento, del carácter
irreversible de la globalización neoliberal y su nefastas secuelas. Negándo, en
los hechos, la posibilidad de un cambio razonable para un ulterior ascenso de la sociedad a estadios superiores. Alejados del mundo real, no pocos pensadores del
tercer mundo debaten en torno a al revisionismo de Negri, el reduccionismo de
Castells o el determinismo de otros más, olvidando o pasando por alto la
riqueza histórica del pensamiento político y social latinoamericano ó la experiencia acumulada de nuestros pueblos
que tienen mucho que decir no sobre el imperio o el tránsito a una utópica
sociedad del conocimiento, hoy de moda, sino a la experiencia vivida en un
proceso no acabado de lucha y resistencia frente a los afanes expansionistas,
coloniales y neocoloniales del imperialismo, que nos condenan a no salir nunca
del atraso, aceptando o sometidos a patrones culturales que nos son ajenos.
Como si el mosaico planetario fuera uniforme, y lineal el desarrollo de la
sociedad para privilegiar el pensamiento primermundista por sobre el
conocimiento de nuestras realidades concretas. Olvido que, por tanto, se hace acompañar de la
subestimación de las diferencias existentes entre los paradígmas políticos,
económicos y culturales del primer mundo y los anhelos libertarios del tercero.
Analizándose bajo el mismo racero lo
mismo a lo que Negri, refiriéndose a una amorfa y heterogena antoglobalización,
denomina multitudes, que a los movimientos que reivindican los derechos
indígenas, el derecho a la autodeterminación de los pueblos y la defensa de la
soberanía nacional. Subestimación que conduce en no pocos casos a la aceptación
de la agonía de los estados-nación y al
entierro anticipado de la sociedad industrial por la academia. Y lo más incomprensible es el que algunos
pensadores latinoamericanos, no obstante su cercanía con la realidad concreta,
se subestimen a sí mismos, tomando como punto de partida al pensamiento
eurocentrista y alejándose del análisis concreto de lo que les es familiar. Frente a la crítica a las tendencias asumidas por
el pensamiento de los gurus de moda, hoy tímidamente se alzan algunas voces para
diferenciarse de éstos, sumando a la confusión existente la teoría de la
dualidad de la globalización,
pretendiendo que el hombre común acepte que existe una globalización de
los ricos y otra, muy diferente, de los pobres. Contribuyendo, de esta manera,
a la ya de sí aceptada negación del pensamiento dialéctico. Por su parte, el reduccionismo tecnológico de la
corriente que bajo el supuesto del fín de la historia y del agotamiento de la
sociedad industrial, asume que el siglo XXI se incia con el tránsito a la
sociedad del conocimiento. Atribuyéndole a las tecnologías, entre ellas las de
la información y la comunicación, el
papel de panacea , sustituto de la irracionalidad sistémica del capitalismo e
hilo conductor de nuevas formas de convivencia en las que la democracia
participativa, horizontal e inteligente, contribuirá a humanizar el cálculo
económico, a flexibilizar las condiciones de trabajo y a expandir el dominio
del hombre sobre la naturaleza. Presupuesto optimista con vistas al futuro que,
partiendo de la idea de la supervivencia ad infinitum del capitalismo como
sistema dominante, se niega a reconocer el contexto histórico más general que,
constituyendo su punto de partida, cuestiona precisamente tal supuesto. A éste grado de confusión Francis Bacon le llamó
“ídola”, refiriéndose a todas aquellas nociones que ofuscan la inteligencia y
dificultan el pensamiento racional. Aceptando, sin conceder, que la humanidad
evoluciona hacia la sociedad del conocimiento, en la que teóricamente la
información difundida por las nuevas tecnologías habrá de liberar al ser humano
de la pesada carga heredada de la sociedad industrial, surge la duda sobre cual
conocimiento y cual información deberá imponerse por sobre una sociedad global
que no termina aún de definir su propio presente. ¿El conocimiento celosamente
guardado en las bibliotecas y en el claustro académico, sólo al alcance de los
iluminados? ¿La información que bien a bien está protegida por el derecho de
autor ? ¿ El concepto de cultura que nos es impuesta desde los centros de
poder? O aquel conocimiento que rescatando la memoria histórica de los pueblos
vele por principios y valores que aseguren no sólo el acceso al saber sino
también la calidad de vida y la preservación del medio ambiente que hace posible
la propia supervivencia. La propaganda mediática, haciendose eco de la
apología a la universalización del conocimiento mediado por computadoras, hasta
donde nos es dable ver, no tiene una respuesta clara a tales interrogantes. Lo que a mi juicio si está claro es que el debate
no trasciende los estrechos marcos de la academia o de sectores empresariales y
políticos cupulares, excluyendo al grueso de la población que, de una forma u
otra, constituye el objeto o sujeto del
paso trascendente que se anuncia. Vivimos la moda de las etiquetas académicas.
Sociedad del conocimiento, postmodernismo, globalización, neoliberalismo,
universalismo, Glocalidad, multiculturalidad, ciudadanización, pluralismo,
comunidades virtuales, reingeniería, TICs, aldea global y tantas más , que para
el lego, para el hombre común, no significan nada frente a una realidad en la
que se impone el desempleo, el hambre, las enfermedades de la miseria, la
migración, la discriminación, el egoismo, los enfrentamientos irracionales del
hombre contra lo humano. Realidades, éstas últimas, que conforman una nueva
cultura, la cultura de la desesperanza. Cultura en las que las necesidades
sustantivas de la vida no parecen tener respuesta. O, cuando menos, no de
quienes socialmente están llamados a proporcionarlas como es el caso de
políticos e intelectuales. Antes al contrario, todo parece indicar que la
brecha entre el hombre común , la academia y las instituciones políticas tiende
a profundizarse, propiciando no el tránsito de la sociedad post industrial a la
era del conocimiento, sino a un tipo de sociedad en la que la irracionalidad y
la exclusión de miles de millones de seres humanos apunta al desastre. En la misma dirección apunta el ya de sí antiguo
debate sobre el papel de la tecnología, al desvincularsele de todo sustento
histórico en nombre de la modernidad. Olvidándose que ésta no puede existir por
sí sola ni producir un progreso aislado, sino que está íntimamente vinculada a
la praxis social que le da origen y al proyecto de vida que el hombre se da en
la busqueda incesante de mejores condiciones de existencia, poniendo la
naturaleza a su servicio. Así,el reduccionismo lo mismo que el determinismo
tecnológico, privados de todos los contenidos del origen social de ésta, dejan
en el tintero la necesaria y estrecha relación entre la comunidad humana y el
planeta que le da cobijo, privilegiando la visión de un futuro incierto por
sobre las necesidades básicas de un presente que exige racionalidad,
administración sensata de los recursos y una adecuada distribución de la
riqueza producida, y no, sin duda, todas aquellas nociones que confunden y aislan el pensamiento del hombre común. En nombre de una modernidad excluyente, sin
pensarse en las consecuencias, la sociedad es arrastrada por ideologías,
teorías, innovaciones tecnológicas, y posicionamientos tecnocráticos
orgánicamente vinculados a los intereses de los centros de poder, no sólo a
situaciones críticas y de alto riego
para la permanencia de la raza humana sino incluso, a la destrucción del
planeta. Y todo ello a espaldas de quienes cotidianamente generan con su
trabajo los excedentes económicos que hacen posible la existencia de la
superestructura cultural y política que debería estar a su servicio. Dentro de este marco desde la academia algunos dan
por sentado el funeral de la sociedad industrial y el advenimiento de un nuevo
tipo de sociedad, regida por el conocimiento y sustentada en las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación. Pasando por alto tanto el
hecho de la existencia de un desarrollo desigual, en lo global como en lo local
o regional, de las comunidades humanas, que hace prevalecer condiciones de
existencia pre capitalistas o de capitalismo tardio en las que el peso
específico se concentra en relaciones de producción y relaciones sociales
propias de la sociedad industrial y en las que, por cierto, el conocimiento, en
su más amplia ascepción cultural no les es ajeno. Como también el que las nuevas tecnologías lejos de
ser ascepticamente neutras y llamadas a ser la palanca de un progreso
humanista, están intimamente vinculadas cultural, ideológica y políticamente a
la conservación, fortalecimiento y reproducción del actual estado de cosas que,
en términos objetivos, ni está preparado ni le es deseable dar el necesario
paso cualitativo que conduzca a la sociedad a estadios superiores de
convivencia que atenten contra contra su propia supervivencia como sistema. Contrariamente a lo que se afirma, es dificil
admitir, cuando menos en lo que toca al hombre común, que ha llegado a su fin
la metamorfosis de las formas sociales que se pretenden enterrar, cuando a
través de la economía de mercado, la democracia representativa y en
expansionismo neocolonial se mantienen, como motor del sistema social y
económico dominante. Conceptos éstos tan antiguos como la explotación del
trabajo y la búsqueda de la optimización de la ganancia que, y que, por cierto,
se privilegian en lo que se ha dado en llamar gestión del conocimiento. El desarrollo desigual implica ya de sí profundas
brechas económicas y culturales en las que el conocimiento adquiere diversas
valoraciones. Para unos significa hacer
estensivo el régimen de explotación capitalista a niveles nunca vistos, como la
apropiación y privatización del saber individual y colectivo , la
sobrecualificación de una minoría que acapara los saberes arrancados a una
inmensa mayoría, la reducción de los costos de mano de obra, la expoliación
hasta sus últimas consecuencias de los recursos naturales, el incremento de la
tasa de ganancia y la ruptura de la resistencia laboral frente al capital. Para
otros, los más, el conocimiento se expresa en resistencias a la pérdida de
indentidad, al sometimiento cultural,
al libre acceso a los recursos naturales de que han sido dotados, al avance de
un fenómeno de globalización económica que explicitamente no se entiende del
todo pero que instintivamente se rechaza. Homologar el conocimiento creando las
condiciones objetivas y subjetivas para el cambio cualitativo, cultural y
social, que los apologistas de la sociedad del conocimiento vislumbran para el
futuro cercano, existiendo el divorcio tácito entre la academia, la política,
la ideología dominante y la praxis cotidiana del hombre común, estimo sobrepasa
toda buena intención para quedarse en una simple reafirmación del statu quo
dominante. Por cuanto a la idea prevaleciente en los medios
académicos y empresariales de que corresponde a los procesos informáticos tarea
de tal envergadura, asignándoles a las redes y a la alfabetización digital ser
la punta de lanza para el proceso de homologación, ésta se ve cuestionada, no
faltando los avisos de que la posesión o no de estas habilidades puede generar
una nueva línea de segmentación social que separe a los ciudadanos solventes,
en términos informativos de los marginados, lo que hace suponer que lo que
marcará las distancias, como a lo largo de la historia, serán las diferencias
de acceso a la riqueza, que permitirán
a unos telematizar sus hogares, el aula o en centro de trabajo y a otros no; o
de niveles culturales para beneficiarse de, o vacunarse contra, la información
y la tecnología. Tan ello es claro que los gobiernos de una gran
mayoría de estados-nación del tercer mundo no pasan del discurso mediático,
negando en los hechos la sóla posibilidad de emprender el proceso de
homologación informática del conocimiento cuando las carencias de educación
básica superan con creces recursos e intenciones para resolverlas. Incluso en
tratándose de países del primer mundo en los que el analfabetismo digital
tiende a ojos vistas a transformarse en analfabetismo informatizado en el
contexto de esa gran Torre de Babel que es la internet, en la que la anarquía y
ausencia de control viable por parte de los gobiernos en el uso y abuso de la
tecnología cuestiona su propia existencia. A ojos vistas
es rebasado el propósito discursivo de los gobiernos cuando estos, en
nombre de una entelequia llamada libertad de expresión, privilegian la
presencia en la red de enormes negocios de pornografía frente a las posibilidades
que ofrece la internet de propiciar el acceso no sólo al conocimiento sino a la
construcción de mejores y más aptos ciudadanos. Y hoy en día, lejos de
propiciar la libre circulación de las ideas y el derecho a la libre
información, le restringen con medidas autoritarias de control político,
económico e incluso represivo militar. Poniendo todo ello de relieve que en el mar de
confusiones teóricas la sociedad del conocimiento y las tecnologías de la
información que le posibilitan, se
guardan de distinguir medio y mensaje, comunicación y cultura ó información y
conocimiento, pretendiendo que el hombre común, haciendo uso de una
libertad, restringida por su propia
exclusión en el debate, resuelva por sí mismo la conveniencia de aceptar o
adoptar el concepto que mejor convenga a sus intereses. Fortaleciendose el
privilegio de lo individual por sobre el interés colectivo y legitimando los
ideales tecnocráticos en los que priva
la idea de que lo importante es más la cantidad que la calidad y que el valor de
cambio deba superar el valor de la
utilidad. Es decir, los mismos ideales que hoy animan al sistema educativo
tradicional, inoculado por el neoliberalismo, en el que la trasmisión del
conocimiento no está imbuido por razones culturales, en su más amplia acepción,
sino sujeto a una realidad que demanda cualificación específica y rentable, en
atención a las necesidades del proceso de reproducción del capital y no a las
necesidades de superación permanente de la sociedad en su conjunto. ¿Es esta la sociedad del conocimiento a la que se
aspira? Si ello es así tal despropósito
se niega a si mismo la posibilidad de un cambio cultural trascendente, a la par
que niega toda posibilidad de convivencia democrática basada en la racionalidad
y la congruencia. El intelectual latinoamericano, sin falsa modestia
y sin que ello implique subordinación a criterios uniformalizadores, a mi
juicio debe bajar de la nube. Atender sí a lo que nos viene de ultramar,
respetando los puntos de vista eurocentristas pero compartir con hombres y
mujeres sencillos la experiencia cotidiana para juntos, dialécticamente
retroalimentarse para construir el conocimiento que, partiendo de la
experiencia históricamente acumulada por generaciones prescedentes, coadyuve en
la comprensión y transformación de la
realidad presente. Hasta aquí lo expuesto parece ser un contrasentido
cuando el objetivo central del Congreso del Observatorio de la Cibersociedad es
el de ponderar avances, intercambiar experiencias y proponer nuevos caminos
para avanzar en la construccion de la
llamada sociedad de la información. Partiendo del aprovechamiento y desarrollo
de las tecnologías de la comunicación y la información. No obstante, mi
reflexión personal toma un camino diferente tras constatar el paulatino alejamiento
que se viene dando entre la teoría y la praxis social, con el propósito
adoptado por sectores importantes de la academia de forzar la realidad para
darle sentido y rumbo a las innovaciones tecnológicas de nuestro tiempo. Siento la necesidad de revivir, por un lado, el
debate en torno al carácter de la técnica y la tecnología en el desarrollo de
la sociedad, cuestionando la viabilidad del sistema capitalista como medio para
transformar la naturaleza y ponerla al servicio del hombre, sin atentar contra
la fragilidad de ésta en nombre de la modernidad. Así como de la necesaria clarificación de la dicotomía que surge
del tratamiento de la globalización como proceso históricamente irreversible y
como fenómeno inherente a la expansión neoliberal y neocolonialista de la
actual etapa del capitalismo. Temas cupularmente manejados en el seno de la
academia pero, no obstante su trascendencia, poco permeados a la base de la
pirámide social. Conciliando la contradicción entre el deseo
explícito de los intelectuales por superar el estancamiento y retroceso
cultural que viene caracterizando a los inicios del nuevo siglo, proyectándose
al futuro y diseñando un nuevo tipo de sociedad, y el propósito implícito de
varios miles de millones de seres humanos de retomar la experiencia histórica
acumulada para retornar al pasado, recobrando lo mejor de sus raices y reconstruir el presente. Caminos
paralelos, quizá con los mismos propósitos, pero diferentes entre sí. La visión
de futuro de una gran mayoría de intelectuales apuesta a la tecnología como
motor del progreso. Los pueblos excluidos de los beneficios de la modernidad,
por su parte, ven en el movimiento inercial de la evolución tecnológica una amenaza latente. El hombre común lo
reclama para así enfrentar con herramental idóneo los retos de un futuro que
hoy por hoy es incierto. Despues de todo unos y otros vamos en el mismo
barco. No dejemos que la ortodoxia académica ahogue este próposito.
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