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CULTURA & POLÍTICA @ CIBERESPACIO

 

1er Congreso ONLINE del Observatorio para la CiberSociedad

 

Comunicaciones – Grupo 14

Globalización y tecnologías de información y comunicación

en America Latina

 

Coordinación: Bibiana A. Del Bruto y Fernando Garrido (bibiapo@sinectis.com.ar)

 

http://www.cibersociedad.net/congreso

 

 

La Academia y el hombre común

 

 

José Enrique Olivera Arce

Observador, México

 

 

Los legos nos vemos apabullados por tantos términos sociológicos, tantas citas a pensamientos ajenos y, todo ello, salpicado de una bibliografía impresionante que legitima el esfuerzo del o los autores. Indudablemente las reglas académicas así lo requieren para que el pensamiento propio tenga plena validez en el claustro. Pero, me pregunto: ¿ Ello tiene valor alguno para el hombre común, el que reconoce su realidad en la experiencia cotidiana, pero que requiere del pensamiento elaborado del especialista para orientar su acción, para retroalimentar y enriquecer su propia experiencia?  ó carece de mérito si los saberes expuestos no llegan a éste con la claridad deseada, libres de la ortoxia académica? Como también suele uno preguntarse ante apabullante cantidad de citas y referencias bibliográficas, hasta donde la opinión de hombres y mujeres sencillos influye en la conformación de una teoría o corriente filosófica o sociológica, llamada a cuestionar o establecer paradígmas aceptables para las mayorías que sufren en carne propia el devenir de la sociedad?

 

El mundo que nos ha tocado en suerte vivir, caracterizado por una formidable revolución científico técnica, pero tambien por un proceso creciente de descomposición social, que se agudiza con crisis económicas recurrentes, cuestionamientos al orden establecido y desligitimización de las instituciones políticas, es ya de sí complejo como para ser comprendido en su totalidad, originando ello un sinnúmero de interpretaciones, teorías y recetas de todo tipo que, justo es decir, complican la tarea del científico social, del analista político y de los propios responsables de la conducción del quehacer público, por encontrar sentido y rumbo al conjunto diverso de fenómenos que condicionan la marcha de la sociedad. Y que decir de la persona corriente que, en ese mar de confusiones, tratando de encontrar respuesta a sus problemas cotidianos, lejos de encontrar luz al final del tunel pierde la noción de sí mismo frente a una realidad cada vez más incomprensible, por lo absurdo e irracional con que ésta se muestra.

 

A todo ello hoy debemos agregarle la parafernalia teórico-académica con que se hace acompañar lo que se ha dado en llamar proceso de globalización, que todos mencionan pero que ninguno entiende en su exacta dimensión. Poniéndose de manifiesto un divorcio entre el saber y la sensibilidad popular, que reclama para sí la comprensión del presente, y el conocimiento académico que, con muy contadas excepciones,  en las alturas debate en torno al futuro. Como si éste último no dependiera en lo sustantivo de un hoy apremiante.

 

Planteándose la necesidad de un reencuentro en el que la suma dialéctica de la experiencia cotidiana del hombre común y el quehacer académico del intelectual, ilumine el sendero del cambio y la transformación de la sociedad, para avanzar, como unidad,  a estadios de convivencia más seguros y racionales. Lo que implica tanto el que la academia flexibilice sus reglas como el que el hombre corriente amplie su esfera de conocimiento. Para así arribar a un lenguaje común que de armas para la revisión del pasado y reconstruir el presente, sin perder la perspectiva de futuro.

 

Lo cual al parecer no se da. Conforme nos adentramos en el Siglo XXI, el pensamiento de una gran mayoría de intelectuales parece estar regido más por las ideas de modernos gurus, que por el conocimiento y la experiencia histórica acumulados. Dando la impresión de que  el esfuerzo que se viene realizando por comprender la compleja problemática del presente tiende más a intentos por reinventar la historia que por comprenderla. Sin aceptar que muchos de los temas puestos a debate o bien ya cuentan con respuesta ó ya están asimiladas al sentido común del que la mayoría de las personas hace uso al tomar decisiones en torno a aquellos asuntos que afectan su existencia.

 

Estoy seguro de que es válido tratar de interpretar la realidad. Cuestionarla en profundidad, parcelarla y desmenuzarla para su análisis exahustivo. Privarla de contexto para su mejor comprensión. Hacer del conocimiento de ésta, palanca de apoyo para enriquecerla. Lo que no entiendo es el porqué tal tarea lejos de dar a hombres y mujeres instrumentos para transformar la  realidad y darle sentido, en función de las necesidades presentes y futuras, crea un mar de confusiones y contradicciones que lo único que logran es la parálisis del hombre común. Ratificándole su posición de objeto en el mundo del conocimiento y privándole de su derecho inalienable a ser sujeto en la construcción cotidiana de sí y de su entorno.

 

Caso similar sucede con los políticos a cargo de la gestión pública, aunque ello es comprensible en tanto su función de administradores del statu quo.

 

Así y por lo que toca a la América Latina, los intentos por comprender el fenómeno in situ de la globalización y, sobre todo, el hacer extensivas a hombres y mujeres comunes las conclusiones a que se viene arribando, éstos quedan la mayoría de las veces, a cargo de un reducido abanico de brillantes pensadores del primer mundo que, bajo su óptica, muchas de las veces sesgada y tecnocrática, su aporte a la interpretación de la realidad imperante no logra trascender el campo de la crítica, la denuncia y, en el peor de los casos, el de la aceptación tácita, sin mayor cuestionamiento, del carácter irreversible de la globalización neoliberal y su nefastas secuelas. Negándo, en los hechos, la posibilidad de un cambio razonable  para un ulterior ascenso de la sociedad a estadios superiores.

 

Alejados del mundo real, no pocos pensadores del tercer mundo debaten en torno a al revisionismo de Negri, el reduccionismo de Castells o el determinismo de otros más, olvidando o pasando por alto la riqueza histórica del pensamiento político y social latinoamericano ó  la experiencia acumulada de nuestros pueblos que tienen mucho que decir no sobre el imperio o el tránsito a una utópica sociedad del conocimiento, hoy de moda, sino a la experiencia vivida en un proceso no acabado de lucha y resistencia frente a los afanes expansionistas, coloniales y neocoloniales del imperialismo, que nos condenan a no salir nunca del atraso, aceptando o sometidos a patrones culturales que nos son ajenos. Como si el mosaico planetario fuera uniforme, y lineal el desarrollo de la sociedad para privilegiar el pensamiento primermundista por sobre el conocimiento de nuestras realidades concretas.

 

Olvido que, por tanto, se hace acompañar de la subestimación de las diferencias existentes entre los paradígmas políticos, económicos y culturales del primer mundo y los anhelos libertarios del tercero. Analizándose  bajo el mismo racero lo mismo a lo que Negri, refiriéndose a una amorfa y heterogena antoglobalización, denomina multitudes, que a los movimientos que reivindican los derechos indígenas, el derecho a la autodeterminación de los pueblos y la defensa de la soberanía nacional. Subestimación que conduce en no pocos casos a la aceptación de la agonía de los estados-nación  y al entierro anticipado de la sociedad industrial por la academia.

 

Y lo más incomprensible es el que algunos pensadores latinoamericanos, no obstante su cercanía con la realidad concreta, se subestimen a sí mismos, tomando como punto de partida al pensamiento eurocentrista y alejándose del análisis concreto de lo que les es familiar.

 

Frente a la crítica a las tendencias asumidas por el pensamiento de los gurus de moda, hoy tímidamente se alzan algunas voces para diferenciarse de éstos, sumando a la confusión existente la teoría de la dualidad de la globalización,  pretendiendo que el hombre común acepte que existe una globalización de los ricos y otra, muy diferente, de los pobres. Contribuyendo, de esta manera, a la ya de sí aceptada negación del pensamiento dialéctico.

 

Por su parte, el reduccionismo tecnológico de la corriente que bajo el supuesto del fín de la historia y del agotamiento de la sociedad industrial, asume que el siglo XXI se incia con el tránsito a la sociedad del conocimiento. Atribuyéndole a las tecnologías, entre ellas las de la información  y la comunicación, el papel de panacea , sustituto de la irracionalidad sistémica del capitalismo e hilo conductor de nuevas formas de convivencia en las que la democracia participativa, horizontal e inteligente, contribuirá a humanizar el cálculo económico, a flexibilizar las condiciones de trabajo y a expandir el dominio del hombre sobre la naturaleza. Presupuesto optimista con vistas al futuro que, partiendo de la idea de la supervivencia ad infinitum del capitalismo como sistema dominante, se niega a reconocer el contexto histórico más general que, constituyendo su punto de partida, cuestiona precisamente tal supuesto.

 

A éste grado de confusión Francis Bacon le llamó “ídola”, refiriéndose a todas aquellas nociones que ofuscan la inteligencia y dificultan el pensamiento racional.

 

Aceptando, sin conceder, que la humanidad evoluciona hacia la sociedad del conocimiento, en la que teóricamente la información difundida por las nuevas tecnologías habrá de liberar al ser humano de la pesada carga heredada de la sociedad industrial, surge la duda sobre cual conocimiento y cual información deberá imponerse por sobre una sociedad global que no termina aún de definir su propio presente. ¿El conocimiento celosamente guardado en las bibliotecas y en el claustro académico, sólo al alcance de los iluminados? ¿La información que bien a bien está protegida por el derecho de autor ? ¿ El concepto de cultura que nos es impuesta desde los centros de poder? O aquel conocimiento que rescatando la memoria histórica de los pueblos vele por principios y valores que aseguren no sólo el acceso al saber sino también la calidad de vida y la preservación del medio ambiente que hace posible la propia supervivencia.

 

La propaganda mediática, haciendose eco de la apología a la universalización del conocimiento mediado por computadoras, hasta donde nos es dable ver, no tiene una respuesta clara a tales interrogantes.

 

Lo que a mi juicio si está claro es que el debate no trasciende los estrechos marcos de la academia o de sectores empresariales y políticos cupulares, excluyendo al grueso de la población que, de una forma u otra,  constituye el objeto o sujeto del paso trascendente que se anuncia.

 

Vivimos la moda de las etiquetas académicas. Sociedad del conocimiento, postmodernismo, globalización, neoliberalismo, universalismo, Glocalidad, multiculturalidad, ciudadanización, pluralismo, comunidades virtuales, reingeniería, TICs, aldea global y tantas más , que para el lego, para el hombre común, no significan nada frente a una realidad en la que se impone el desempleo, el hambre, las enfermedades de la miseria, la migración, la discriminación, el egoismo, los enfrentamientos irracionales del hombre contra lo humano. Realidades, éstas últimas, que conforman una nueva cultura, la cultura de la desesperanza. Cultura en las que las necesidades sustantivas de la vida no parecen tener respuesta. O, cuando menos, no de quienes socialmente están llamados a proporcionarlas como es el caso de políticos e intelectuales. Antes al contrario, todo parece indicar que la brecha entre el hombre común , la academia y las instituciones políticas tiende a profundizarse, propiciando no el tránsito de la sociedad post industrial a la era del conocimiento, sino a un tipo de sociedad en la que la irracionalidad y la exclusión de miles de millones de seres humanos apunta al desastre.

 

En la misma dirección apunta el ya de sí antiguo debate sobre el papel de la tecnología, al desvincularsele de todo sustento histórico en nombre de la modernidad. Olvidándose que ésta no puede existir por sí sola ni producir un progreso aislado, sino que está íntimamente vinculada a la praxis social que le da origen y al proyecto de vida que el hombre se da en la busqueda incesante de mejores condiciones de existencia, poniendo la naturaleza a su servicio. Así,el reduccionismo lo mismo que el determinismo tecnológico, privados de todos los contenidos del origen social de ésta, dejan en el tintero la necesaria y estrecha relación entre la comunidad humana y el planeta que le da cobijo, privilegiando la visión de un futuro incierto por sobre las necesidades básicas de un presente que exige racionalidad, administración sensata de los recursos y una adecuada distribución de la riqueza producida, y no, sin duda, todas aquellas nociones que confunden  y aislan el pensamiento del hombre común.

 

En nombre de una modernidad excluyente, sin pensarse en las consecuencias, la sociedad es arrastrada por ideologías, teorías, innovaciones tecnológicas, y posicionamientos tecnocráticos orgánicamente vinculados a los intereses de los centros de poder, no sólo a situaciones críticas y de alto riego  para la permanencia de la raza humana sino incluso, a la destrucción del planeta. Y todo ello a espaldas de quienes cotidianamente generan con su trabajo los excedentes económicos que hacen posible la existencia de la superestructura cultural y política que debería estar a su servicio.

 

Dentro de este marco desde la academia algunos dan por sentado el funeral de la sociedad industrial y el advenimiento de un nuevo tipo de sociedad, regida por el conocimiento y sustentada en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Pasando por alto tanto el hecho de la existencia de un desarrollo desigual, en lo global como en lo local o regional, de las comunidades humanas, que hace prevalecer condiciones de existencia pre capitalistas o de capitalismo tardio en las que el peso específico se concentra en relaciones de producción y relaciones sociales propias de la sociedad industrial y en las que, por cierto, el conocimiento, en su más amplia ascepción cultural no les es ajeno.

 

Como también el que las nuevas tecnologías lejos de ser ascepticamente neutras y llamadas a ser la palanca de un progreso humanista, están intimamente vinculadas cultural, ideológica y políticamente a la conservación, fortalecimiento y reproducción del actual estado de cosas que, en términos objetivos, ni está preparado ni le es deseable dar el necesario paso cualitativo que conduzca a la sociedad a estadios superiores de convivencia que atenten contra contra su propia supervivencia como sistema.

 

Contrariamente a lo que se afirma, es dificil admitir, cuando menos en lo que toca al hombre común, que ha llegado a su fin la metamorfosis de las formas sociales que se pretenden enterrar, cuando a través de la economía de mercado, la democracia representativa y en expansionismo neocolonial se mantienen, como motor del sistema social y económico dominante. Conceptos éstos tan antiguos como la explotación del trabajo y la búsqueda de la optimización de la ganancia que, y que, por cierto, se privilegian en lo que se ha dado en llamar gestión del conocimiento.

 

El desarrollo desigual implica ya de sí profundas brechas económicas y culturales en las que el conocimiento adquiere diversas valoraciones. Para unos significa  hacer estensivo el régimen de explotación capitalista a niveles nunca vistos, como la apropiación y privatización del saber individual y colectivo , la sobrecualificación de una minoría que acapara los saberes arrancados a una inmensa mayoría, la reducción de los costos de mano de obra, la expoliación hasta sus últimas consecuencias de los recursos naturales, el incremento de la tasa de ganancia y la ruptura de la resistencia laboral frente al capital. Para otros, los más, el conocimiento se expresa en resistencias a la pérdida de indentidad,  al sometimiento cultural, al libre acceso a los recursos naturales de que han sido dotados, al avance de un fenómeno de globalización económica que explicitamente no se entiende del todo pero que instintivamente se rechaza. Homologar el conocimiento creando las condiciones objetivas y subjetivas para el cambio cualitativo, cultural y social, que los apologistas de la sociedad del conocimiento vislumbran para el futuro cercano, existiendo el divorcio tácito entre la academia, la política, la ideología dominante y la praxis cotidiana del hombre común, estimo sobrepasa toda buena intención para quedarse en una simple reafirmación del statu quo dominante.

 

Por cuanto a la idea prevaleciente en los medios académicos y empresariales de que corresponde a los procesos informáticos tarea de tal envergadura, asignándoles a las redes y a la alfabetización digital ser la punta de lanza para el proceso de homologación, ésta se ve cuestionada, no faltando los avisos de que la posesión o no de estas habilidades puede generar una nueva línea de segmentación social que separe a los ciudadanos solventes, en términos informativos de los marginados, lo que hace suponer que lo que marcará las distancias, como a lo largo de la historia, serán las diferencias de  acceso a la riqueza, que permitirán a unos telematizar sus hogares, el aula o en centro de trabajo y a otros no; o de niveles culturales para beneficiarse de, o vacunarse contra, la información y la tecnología.

 

Tan ello es claro que los gobiernos de una gran mayoría de estados-nación del tercer mundo no pasan del discurso mediático, negando en los hechos la sóla posibilidad de emprender el proceso de homologación informática del conocimiento cuando las carencias de educación básica superan con creces recursos e intenciones para resolverlas. Incluso en tratándose de países del primer mundo en los que el analfabetismo digital tiende a ojos vistas a transformarse en analfabetismo informatizado en el contexto de esa gran Torre de Babel que es la internet, en la que la anarquía y ausencia de control viable por parte de los gobiernos en el uso y abuso de la tecnología cuestiona su propia existencia.

 

A ojos vistas  es rebasado el propósito discursivo de los gobiernos cuando estos, en nombre de una entelequia llamada libertad de expresión, privilegian la presencia en la red de enormes negocios de pornografía frente a las posibilidades que ofrece la internet de propiciar el acceso no sólo al conocimiento sino a la construcción de mejores y más aptos ciudadanos. Y hoy en día, lejos de propiciar la libre circulación de las ideas y el derecho a la libre información, le restringen con medidas autoritarias de control político, económico e incluso represivo militar.

 

Poniendo todo ello de relieve que en el mar de confusiones teóricas la sociedad del conocimiento y las tecnologías de la información que le posibilitan,  se guardan de distinguir medio y mensaje, comunicación y cultura ó información y conocimiento, pretendiendo que el hombre común, haciendo uso de una libertad,  restringida por su propia exclusión en el debate, resuelva por sí mismo la conveniencia de aceptar o adoptar el concepto que mejor convenga a sus intereses. Fortaleciendose el privilegio de lo individual por sobre el interés colectivo y legitimando los ideales tecnocráticos  en los que priva la idea de que lo importante es más la cantidad que la calidad y que el valor de cambio  deba superar el valor de la utilidad. Es decir, los mismos ideales que hoy animan al sistema educativo tradicional, inoculado por el neoliberalismo, en el que la trasmisión del conocimiento no está imbuido por razones culturales, en su más amplia acepción, sino sujeto a una realidad que demanda cualificación específica y rentable, en atención a las necesidades del proceso de reproducción del capital y no a las necesidades de superación permanente de la sociedad en su conjunto.

 

¿Es esta la sociedad del conocimiento a la que se aspira? Si ello es así tal  despropósito se niega a si mismo la posibilidad de un cambio cultural trascendente, a la par que niega toda posibilidad de convivencia democrática basada en la racionalidad y la congruencia.

 

El intelectual latinoamericano, sin falsa modestia y sin que ello implique subordinación a criterios uniformalizadores, a mi juicio debe bajar de la nube. Atender sí a lo que nos viene de ultramar, respetando los puntos de vista eurocentristas pero compartir con hombres y mujeres sencillos la experiencia cotidiana para juntos, dialécticamente retroalimentarse para construir el conocimiento que, partiendo de la experiencia históricamente acumulada por generaciones prescedentes, coadyuve en la comprensión  y transformación de la realidad presente.

 

Hasta aquí lo expuesto parece ser un contrasentido cuando el objetivo central del Congreso del Observatorio de la Cibersociedad es el de ponderar avances, intercambiar experiencias y proponer nuevos caminos para avanzar en  la construccion de la llamada sociedad de la información. Partiendo del aprovechamiento y desarrollo de las tecnologías de la comunicación y la información. No obstante, mi reflexión personal toma un camino diferente tras constatar el paulatino alejamiento que se viene dando entre la teoría y la praxis social, con el propósito adoptado por sectores importantes de la academia de forzar la realidad para darle sentido y rumbo a las innovaciones tecnológicas de nuestro tiempo.

 

Siento la necesidad de revivir, por un lado, el debate en torno al carácter de la técnica y la tecnología en el desarrollo de la sociedad, cuestionando la viabilidad del sistema capitalista como medio para transformar la naturaleza y ponerla al servicio del hombre, sin atentar contra la fragilidad de ésta en nombre de la modernidad.  Así como de la necesaria clarificación de la dicotomía que surge del tratamiento de la globalización como proceso históricamente irreversible y como fenómeno inherente a la expansión neoliberal y neocolonialista de la actual etapa del capitalismo. Temas cupularmente manejados en el seno de la academia pero, no obstante su trascendencia, poco permeados a la base de la pirámide social.

 

Conciliando la contradicción entre el deseo explícito de los intelectuales por superar el estancamiento y retroceso cultural que viene caracterizando a los inicios del nuevo siglo, proyectándose al futuro y diseñando un nuevo tipo de sociedad, y el propósito implícito de varios miles de millones de seres humanos de retomar la experiencia histórica acumulada para retornar al pasado, recobrando lo mejor de sus raices  y reconstruir el presente. Caminos paralelos, quizá con los mismos propósitos, pero diferentes entre sí. La visión de futuro de una gran mayoría de intelectuales apuesta a la tecnología como motor del progreso. Los pueblos excluidos de los beneficios de la modernidad, por su parte, ven en el movimiento inercial de la evolución tecnológica  una amenaza latente. El hombre común lo reclama para así enfrentar con herramental idóneo los retos de un futuro que hoy por hoy es incierto.

 

Despues de todo unos y otros vamos en el mismo barco. No dejemos que la ortodoxia académica ahogue este próposito.



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