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Joan Mayans i Planells

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Datos a partir del 22.11.2003. Artículo en el OCS desde el 15 de Mayo de 2003


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Archivo OCS

Comunidades Electivas. Notas sobre la virtualización de lo comunitario en tiempos de desterritorialización

Por: Joan Mayans i Planells


Para citar este artículo: Mayans i Planells, Joan, 2003, "Comunidades Electivas. Notas sobre la virtualización de lo comunitario en tiempos de desterritorialización". Ponencia presentada en el Congreso Bilbao IT4All (Bilbao, Febrero de 2003).. Disponible en el ARCHIVO del Observatorio para la CiberSociedad en http://www.cibersociedad.net/archivo/articulo.php?art=32




INTRODUCCIÓN / RESUMEN

En este texto se trata de poner en relación el proceso de globalización y desterritorialización que afecta a las comunidades basadas tradicionalmente en lo físico, con las tecnologías de la información y, especialmente, con su dimensión lúdica. Se argumenta que las TIC representan una nueva posibilidad de creación de vínculos e identidades colectivas y por ello, este fenómeno se muestra muy interesante para las comunidades `tradicionales´.


A menudo oímos y afirmamos que vivimos tiempos de grandes cambios, de revolución tecnológica, de revisión de paradigmas y uno siempre, en su interior, no termina de darle crédito a tanta afirmación rimbombante. Según ajustamos la mirada, vemos a nuestro alrededor infinidad de cosas que siguen igual junto con otra infinidad de cosas que mutan vertiginosamente. Seguramente sea esta dinámica de fuerzas de cambio y de continuidad la que describe nuestros días, aunque tampoco deberíamos apresurarnos a suponer que no fuera así hace treinta, cincuenta o cien años.
      Sea como sea, lo que nos reúne aquí es un interés por las tecnologías de la información y éstas, en sí mismas, representan una novedad importante en el paisaje social de nuestros días. Nos reunimos aquí para hablar, pues, de cambio, de cambios. De cómo estos cambios afectan nuestra vida cotidiana, nuestras formas de relación y socialización y, de modo especial, nuestras formas de agrupación e identificación colectiva. Será en este punto concreto donde intentaré detenerme, con la intención de poner en relación nuestras formas contemporáneas de agrupación con los nuevos modos de comunicación y relación que han popularizado las Nuevas Tecnologías de la Información, haciendo especial hincapié en la función que tiene lo lúdico en ellas.

El mundo, dicen, se globaliza, se digitaliza, se individualiza y se corporativiza. Afirmaciones aparentemente contradictorias que, sin embargo, hallan en su combinación ese resultado confuso e inestable que bien podría describir, efectivamente, este mundo nuestro. Al menos esta parte de mundo que más consideramos como nuestro, puesto que todo lo que se diga aquí, al menos en esta charla, resulta difícilmente aplicable más allá del mundo privilegiado, occidental y tecno-capitalista. De hecho, cualquier intención de extender las líneas principales de estas palabras a los países eufemísticamente llamados desfavorecidos sería un ejercicio de cinismo que quiero evitar.

Este congreso quiere trabajar el papel de las regiones en este "nuevo" mundo global, digital, individual y corporativo. El concepto de región encuentra un parentesco íntimo con la noción de comunidad, que ha sido tradicionalmente uno de los objetos centrales de reflexión de las Ciencias Sociales. Además, el debate sobre el concepto de comunidad se ha revitalizado con la popularización de las nuevas tecnologías de la información, al haber surgido con fuerza la noción de 'comunidad virtual'. Independientemente de la validez de este concepto, su mera existencia nos anuncia algo que, de hecho, ya sabemos: que las NTI tienen, realmente, un efecto directo sobre la forma en que la gente se agrupa y crea identidades colectivas en la actualidad.
      Tanto el concepto 'clásico' de comunidad, utilizado contínuamente por la antropología, la sociología y las ciencias sociales en general, como la idea de región, contienen un aspecto territorial ineludible. Ambas formulaciones se refieren a identidades colectivas que necesitan de un referente territorial que les proporcione individualidad y sirva de referente estático, claro y distinto, de lo que esta identidad es. Quizá incluso esta dependencia de lo territorial es aún más marcada para las regiones.
      Sin embargo, tal y como muestra magníficamente Neil Postman (1993), algo muy significativo ocurre cuando nacen las primeras tecnologías de la información, que suponen la separación del concepto de transporte del de comunicación. Este fenómeno, que el geógrafo David Harvey (1989) describió como empequeñecimiento del mundo, ya había sido percibido y entendido perfectamente en los albores de las tecnologías de la comunicación, como también descubre Postman en un libro de 1936. Aquel autor recuperó del periódico Baltimore Patriot el comentario que, utilizando la misma línea que contruyó Morse para presentar al mundo su descubrimiento y al día siguiente de esta demostración pública, acompañó a la primera noticia en prensa que se valía del nuevo invento, hace más de ciento setenta años. El comentario, que cerraba una información sobre una sesión de la Cámara de Representantes, resulta tan clarividente que se hace necesario citarlo. Apostillaba aquel olvidado cronista que "de esta manera, podemos desde Washington dar información a nuestros lectores hasta las dos. Esto es realmente la aniquilación del espacio" (Barlow, 1936; citado en Postman, 1993: 90).
      Si bien las ciencias sociales no compartirían una conclusión tan tajante, seguramente sí comprenderían muy bien el fenómeno a que aquel periodista se refería. Más que de una aniquilación del espacio, se ha hablado a menudo en los últimos decenios de ese empequeñecimiento del mundo o, incluso, de la eliminación del lugar o el territorio. En realidad, las NTI han supuesto una importante aceleración de un proceso que encuentra sus raíces en ese telégrafo ya citado. La acelaración, sin embargo, es tan radical que existen razones para considerar que no se trata sólo de un cambio cuantitativo, sino también cualitativo. O como lo expresa Howard Rheingold: "cuando se puede transferir la Biblioteca del Congreso de un lugar a otro en menos de un minuto, la noción misma de lo que significa tener un lugar llamado Biblioteca del Congreso, cambia. En la medida en que se transforma en digital, ese lugar en Washington D.C. se virtualiza" (1994: 79). El lugar, podríamos añadir, se evapora.
      Sea como sea, lo que parece claro es que las tecnologías de la información y, especialmente, estas a las que llamamos nuevas tecnologías de la información, son responsables de la creación de un espacio digital que no entiende de distancias físicas ni de territorios fijos y discernibles. Estas llamadas geografías postmodernas (Soja, 1989) rompen la lógica del espacio cartográfico o tridimensional, oponiéndose, pues, al concepto de espacio euclidiano. Si dejamos al margen los grandes conceptos y elucubraciones teóricas veremos, seguramente, con más claridad, este proceso: ¿dónde tiene lugar una transmisión telegráfica? ¿dónde situar una conversación telefónica? Estas dos preguntas deberían inquietarnos, puesto que continenen la raíz de un proceso de constante crecimiento y aceleración hacia una efimerización del territorio. Veamos en el siguiente cuadro la evolución de las más notorias tecnologías de la información en dos aspectos importantes, su grado de popularidad (o el grado en que la población puede hacer un uso de ellas) y el tipo de comunicación que permite:



Todas estas son tecnologías de la información que han ido añadiéndose unas a otras y que tienen en común, entre otras características, que se desarrollan en una dimensión no-física de la realidad. No debemos confundir, como se ha advertido en muchísimas ocasiones, el lugar donde están las máquinas (el telégrafo, el teléfono, la emisora de televisión o los ordenadores) con el lugar donde tiene lugar la interacción comunicativa, que es la que realmente nos importa, a un nivel social y de creación de significados colectivos.

Resulta útil, además, combinar la progresiva evolución que nos muestra gráficamente la tabla anterior, con esta otra que se presenta a continuación, donde se quiere reflejar el tipo de contenido o función que caracteriza a cada una de las mencionadas tecnologías de la información:



Sería muy difícil medir el impacto cotidiano, social y cultural, de estas tecnologías. Sin embargo, resulta muy fácil e ilustrativo tomar los datos de estas dos tablas, sumarlos y compararlos. Si a cada "sí" le damos el mismo valor, generaríamos un gráfico absolutamente inútil a nivel analítico o descriptivo, pero quizá ilustrativo de la aceleración que suponen las nuevas con respecto a las no-tan-nuevas tecnologías de la información que estamos comparando aquí. El resultado es el siguiente:



Esta línea refleja la pauta de creciente importancia de un tipo de relación social que se desvincula de lo terreno, de lo físico. Muchos más factores podrían tenerse en cuenta, como el formato digital, la capacidad multimedia, el grado de popularidad de cada tecnología, su grado de portabilidad, etc., que servirían para subrayar aún más la tendencia descrita. Sin embargo, no es necesario aquí entrar en más detalles para insistir en que se trata de un proceso creciente e indiscutible, cuyo efecto más importante para el argumento que se quiere desarrollar aquí es el ya mencionado: las tecnologías de la información y, en especial, estas a las que llamamos nuevas generan un tipo de posibilidad de vínculo social, de interacción, que se desarrolla en una dimensión no-territorial, no-euclidiana, no-física.
      Cuando esto sucede, la ubicación física pierde importancia y, cada vez más, existen posibilidades de vínculos sociales que no tengan ningún tipo de dependencia con el emplazamiento físico de sus actores sociales. De este modo, el concepto de proximidad o distancia geográfica se vuelve algo no-determinante para el establecimiento de relaciones sociales, pasando a ser un factor descriptivo más de sus actores sociales, al mismo nivel que su equipo de fútbol favorito o sus preferencias musicales. En el ciberespacio, la idea de distancia física se vuelve supérflua o accesoria, transformándose, como mucho, en el tiempo de espera que la distancia física puede provocar. En el ciberespacio, podríamos afirmar, ya no hay distancias, sino retardo. Eso que en los chats de IRC, por ejemplo, se llama 'lag' y en algunas ocasiones se ha comparado con un simple fenómeno meteorológico. El 'lag' es algo así como el 'mal tiempo' en IRC. Y esta consideración nos pone sobre la pista de cuál es la la relación entre lo territorial y las agrupaciones sociales que nacen en el ciberespacio. En resumen, sin distancia física y sin emplazamiento geográfico, debemos todavía aprender a entender qué ocurre con estos vínculos sociales y con las identidades grupales que a raíz de estos se desarrollan.

Es evidente que este proceso debe tener alguna relación con los vínculos sociales que sí se basan en algo terreno y físicamente próximo. Una relación que puede contemplarse en términos de competencia y de complementareidad.

Hemos trazado hasta ahora la relación que se establece entre lo territorial y las formas de agrupación social 'tradicionales' y en cómo las NTI pueden alterar este vínculo. Pongamos sobre el tapete ahora, algunos esbozos sobre la noción de Globalización.

De un modo que debe relacionarse estrechamente con lo hasta aquí descrito, se habla a menudo del proceso de globalización o mundialización. Este proceso no se detiene en lo económico, como bien sabemos todos, sino que se extiende a dimensiones socio-culturales de todo tipo. Todos compartimos un cierto American Way of Life que no es, en sí mismo, estrictamente americano, sino occidental y, por extensión impositiva, comercial y mediática, global.
      En nuestra actualidad política y económica, Internet y el ciberespacio han sido descritos como andamiaje o instrumento mediático de la globalización (Alves, 2001), pero no sólo en un sentido pro-globalizador sino también como arma anti-globalizadora de alcance, paradójicamente, global. Lo cierto es que, como han advertido muchos pensadores, el capital se ha evaporado/digitalizado y se ha vuelto global, lo mismo que la actividad económica que ha pasado a situarse en flujos de movimiento contínuo sin ubicación física alguna.
      En la Modernidad, el mundo se convirtió en mapa para poder ser pensado, administrado, gobernado y explotado. Un mapa hecho de territorios y fronteras que reflejaron, entre otras cosas, las parcelas de poder autónomo y soberano que correspondían a la emergencia del Estado Nación. En la actualidad, llamémosla post-moderna, digital, o cómo queramos, territorios y fronteras ya no sirven como mapa, puesto que el poder se sitúa a un nivel macro-estatal, corporativo y, por vocación más que por definición, global. Y del mismo modo que la Modernidad alentó la formación de unos Estados Nación altamente identificados con sus fronteras y su territorio, la Post-Modernidad, o la Era Digital, o cómo coincidamos en llamar a nuestros días, desvinculada ya de su dependencia con el territorio, está generando lo Global o lo Mundial, a un nivel que va mucho más allá de lo económico.
      Por otro lado, también son muchos los pensadores que han destacado que frente a lo Global, lo único que resiste o que permanece es lo Local. Lo Local entendido tanto como lo físicamente próximo y casi inmediato como lo personal e individual. La oposición que establece Castells entre el self y la net, entre el 'yo' y la 'red', refleja perfectamente que los pesos de la balanza se alejan para equilibrarse. Quizá sea esta oposición complementaria entre lo Local y lo Global lo que mejor define el proceso de Globalización en que nos adentramos.

Ante esta situación, las entidades intermedias que quedan comprendidas entre lo Local y lo Global tienen motivos más que evidentes para observar el proceso con inquietud. En cierto modo, esto afecta por igual a provincias, regiones, naciones, estados o cualquier tipo de instancia se sitúe a mitad de camino entre lo físicamente inmediato y lo mundial.
      Todas estas entidades tienen en común, en la mayoría de los casos, una fuerte intención comunitaria. Es decir, se presentan vehementemente y se definen a sí mismas como comunidades. Y una comunidad, por mucho que se identifique fuertemente con su territorio, es algo más que un referente territorial. Un grupo social que se pretende comunidad necesita hallar a menudo una serie de referentes simbólicos comunes que le permitan transcender lo físico y lo presente. En conjunto, resultan en una afirmación transcendente de la identidad grupal que se sustenta en conceptos como la lengua, la historia, la tradición, la cultura, y múltiples variantes.
      De algún modo, resulta lógico que la crisis del territorio a qué conduce, en cierto modo, el proceso de la Globalización y la popularización de las NTI, esté recibiendo como respuesta una reafirmación de esos otros puntales de adscripción identitaria y comunitaria. Responsables (y esto no quiere decir sólo dirigentes) de naciones, estados, regiones y comunidades en general pueden estar percibiendo el proceso histórico que estamos viviendo como una forma de lesión o ataque a la supervivencia de sus respectivas comunidades. Y ante la evaporación de lo sólido, de lo territorial, una previsible forma de respuesta es la sublimación de lo no-material, de lo simbólico y lo cultural. En cierto modo, la lógica que se plantea es de resistencia, como si ante lo nuevo, la única solución posible fuera agarrarnos a lo viejo.

Esta lectura de tipo 'macro', percibe tan sólo algunos efectos de las NTI, como de algo externo, que está ocurriendo a fuera, en el exterior. No obstante, una aproximación desde dentro, desde la investigación etnográfica y la comprensión efectiva de lo social en las NTI podría llevarnos a otros planteamientos y posibilidades.
      Las características mismas del ciberespacio, la forma en que fue concebido originalmente y la manera en que ha sido utilizado -apropiado por los usuarios- a lo largo de su historia, debería mostrarnos que, aunque se trata de una tecnología de la información, tiene una serie de peculiaridades que lo distancian de la televisión o del teléfono, por ejemplo. Estas peculiaridades hacen que el ciberespacio no sea sólo el "lugar" donde, actualmente, está nuestro dinero o nuestra factura telefónica.

En las tablas anteriores, el ciberespacio, Internet, aparecía como la única tecnología de la información que, además de información personal y general, también sirve de tecnología de entretenimiento y que, además, proporciona un canal de comunicación de muchos a muchos. Es decir, es -o puede ser- a la vez generalista y personal, lúdico, altamente interactivo y con una pluralidad de difusión muy elevada. Entender el impacto social y cultural del ciberespacio significa entender estas características y entenderlas como parte de un todo, que configura lo que es el ciberespacio en realidad, independientemente de los ordenadores, cables, conexiones y demás tecnologías que utilice para existir. Del mismo modo que la televisión actual no es el resultado directo ni el único resultado posible del conjunto de máquinas que hay detrás de ella, el ciberespacio no es, ni mucho menos, una consecuencia inevitable y unívoca de las tecnologías informáticas. En realidad, factores económicos, políticos, históricos y socio-culturales son los que definen el perfil de uso de una tecnología, más allá de lo que la tecnología misma posibilite.
      Todos conocemos, más o menos, el entorno político, económico e histórico en el que se dan los primeros pasos hacia la Internet actual. La frase de José Antonio Millán (2000), en que la define como un fruto caliente de la guerra fría, nos pone sobre la pista de la complejidad histórica que enmarca el surgimiento de esta tecnología y de las formas de usarlo. En el caso de Internet y el ciberespacio, uno de los muchos factores que inciden en su moldeamiento es, sin duda, su utilización para fines sociales y lúdicos. Aunque lo que investigaba ARPA era tecnología para la interconexión entre ordenadores, lo primero que se interconectó, a través de esas máquinas, fueron las personas que había tras esas máquinas. Y lo primero que hicieron fue, de modo muy significativo, algo tan social y lúdico como hablar. Charlar sobre ellos mismos, sobre sus intereses personales, sobre sus familias, sobre sus aficiones, etc.
      La cuestión de lo lúdico, de lo que hacemos para ocupar el tiempo libre, de lo que se define como negación de lo laboral (neg-ocio) u obligatorio, ha sido tradicionalmente un tema de investigación menor en ciencias sociales. No obstante, desde la antropología social se ha insistido en muchas ocasiones en la importancia de estudiar lo intranscendente, lo banal. Porque, en lo intranscendente y banal podemos encontrar, en muchas ocasiones, la semilla de lo social, las partículas atómicas de sociabilidad en que se basa toda agrupación social y, por supuesto, toda comunidad. Coincidirían en este planteamiento filófosos como Gabriel Tarde, antropólogos como Ulf Hannerz, sociólogos como Ray Oldenburg y todo-terrenos de las ciencias sociales como Erving Goffman, por citar tan sólo unos cuantos nombres significativos.
      A veces, desde posiciones analíticas, políticas o institucionales, resulta fácil olvidar que lo lúdico es un componente fundamental del ciberespacio, que está ahí desde sus orígenes, y siempre con una fuerza muy determinante. Querer ser serios hablando del ciberespacio nos conduce, a menudo, al error de no tomar en serio lo lúdico del ciberespacio, lo cual es, evidentemente, un error capital.
      Más allá de las aplicaciones laborales, comerciales y serias en general del ciberespacio, su auténtica fuerza y lo que lo ha catapultado a la popularidad de qué goza actualmente es su potencial lúdico. Navegar por Internet, aquella célebre expresión de principios de los noventa, nos recuerda un tipo de comportamiento curioso, de entretenimiento, muy similar al del célebre flâneur de los bulevares de Baudelaire. El correo electrónico, los grupos de noticias de Usenet, las listas de distribución, las webs personales, los juegos de rol en línea y un larguísimo etcétera tienen éxito, primera y principalmente, porque sirven a fines sociabilizantes y de entretenimiento. Estamos, pues, ante unas tecnologías, sí, de la información, y de la comunicación, e incluso del conocimiento. Pero también del entretenimiento y del espectáculo. Y este es un aspecto clave que, a menudo, se tiende a olvidar desde esos análisis que se prentenden serios.
      Creo, además, que es necesario diferenciar entre una tecnología del entretenimiento como la televisión y otra como Internet. La televisión ha sido y es objecto de múltiples críticas. La descripción de la sociedad del espectáculo de Debord (1995) es un clásico del pensamiento contemporáneo que radiografía acertadísimamente el contexto socio-cultural del que formamos parte. No obstante, Internet, como tecnología, y el ciberespacio, como espacio social, se caracterizan por una serie de rasgos que la distinguen de la televisión. Su potencial interactivo, el hecho de ser un canal de comunicación de muchos a muchos y su accesibilidad la alejan, de un modo significativo, de la tecnología televisiva.

Debord traza los rasgos de la sociedad del espectáculo pensando, especialmente, en el fenómeno televisivo, diciendo que se "se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible" y que "la actitud que exige por principio es esa aceptación pasiva que de hecho ya ha obtenido por su modalidad de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia" (1995: 42). De hecho, y permitiendo un cierto idealismo en esta caracterización, el ciberespacio supone -al contrario de lo que describe Debord- una gran capacidad pública de acceso a la posibilidad de comunicar; es discutible por naturaleza porque por naturaleza fomenta la discusión y la confrontación de opiniones; exige una actitud activa, y no pasiva; y cualquier intento de monopolización de su discurso está, por definición, casi condenado al fracaso. Y eso, sin embargo, sin perder ni un ápice de la dimensión lúdica y de entretenimiento que, sin duda, lo aproxima a la televisión.

Ante esta breve caracterización del ciberespacio y esta lanza que rompemos aquí por lo trancentental de su dimesión intranscendente, queremos retomar ahora, para finalizar, su relación con las comunidades en el contexto de la Globalización.

Si es cierto que las comunidades que se sitúan a mitad de camino entre lo Local y lo Global tienen la obligación de repensarse y de reconsiderarse en estos tiempos de cambio, de desterritorialización y de digitalización, el ciberespacio no debe constituir sólo una amenaza para ellas, sino también una posibilidad de evolución y de recreación. Si es cierto que en la sociedad del espectáculo y del entretenimiento, las formas "modernas" de agregación social se han debilitado, el ciberespacio nos ofrece un nuevo modelo de agregación social que puede resultar útil a estas comunidades intermedias.
      Las llamadas "comunidades virtuales" son, de hecho, una nueva forma de agregación social, de identidad colectiva, construída, fundamentalmente, a partir del hecho de compartir una determinada concepción y opinión de lo lúdico. Las 'comunidades virtuales' son, en la mayoría de las ocasiones, comunidades lúdicas que tienen más que ver con cómo queremos pasar nuestro tiempo libre que con una dimensión más ontológica y 'dura' de la identidad colectiva. Las 'comunidades virtuales', de hecho, son 'ligeras', flexibles, no-excluyentes, fraccionarias. Electivas, en definitiva. Así pues, y para terminar, la hipótesis que a lo largo de esta charla he querido dejar sobre la mesa es que las regiones, del mismo modo que cualquier otro tipo de comunidad basada en lo territorial, ante el fenómeno de desterritorialización de lo social que estamos viviendo, tienen, entre otras, la posibilidad de aprovechar y aprender del ciberespacio. Es decir, intentar recrear y realimentar esos vínculos sociales duros y territorializados en los que se basaba, a partir de unos nuevos vínculos, ciberespaciales estos, menos transcendentes, más banales, pero igualmente vinculantes y útiles para la construcción o la supervivencia de una identidad colectiva. En definitiva: parecerse o convertirse, un poco, en comunidades electivas.


Referencias citadas

  • ALVES, G., 2001, "Una dimensión de la Cultura Global: Internet como andamiaje mediático de la Era de la Financierización", en Textos de la Cibersociedad, 1, disponible en: http://cibersociedad.rediris.es/textos

  • BARLOW, Alvin F, 1936, Old wires and new waves: the History of Telegraph, New York: Appleton-Century

  • DEBORD, Guy, 1995, La Sociedad del Espectáculo, Buenos Aires: La Marca (Original: Éditions Buchet-Chaste, Paris, 1967)

  • HARVEY, David, 1989, The Condition of Post-Modernity, Oxford: Basil Blackwell

  • MILLÁN, José Antonio, 2000, "Breve Historia de la Internet. Un fruto caliente de la guerra fría", disponible en http://jamillan.com/histoint.htm

  • POSTMAN, Neil, 1993, Divertim-nos fins a morir. El discurs públic en l'època del 'show-business', Barcelona: Llibres de l'Índex (1ª edición catalana, 1990; original, 1985)

  • RHEINGOLD, Howard, 1994, The Virtual Community. Homesteading on the Electronic Frontier, New York: Harper-Perennial (Original de 1993).

  • SOJA, Edward, 1989, Postmodern Geographies: The reassertion of space in critical theory, London: Verso