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RESUMEN

Este artículo analiza la necesidad de caracterizar esta sociedad por un concepto más humano que el de la digitalización o el mero progreso tecnológico o económico. Es necesario un paso de la información al conocimiento que tenga como horizonte la persona: Las nuevas tecnologías tienen sentido si se sigue manteniendo una “interconexión”, unos lazos muy fuertes con la más vieja de las tecnologías del universo que es la persona humana y sus relaciones con otras personas.

En la búsqueda del sentido, se necesitaría complementar ciencia, tecnología e investigación interdisciplinaria que intente «abarcar el todo», aunque sea en sus colores más bastos y primarios. Es posible que por este camino podamos obtener elementos suficientes para establecer quiénes serán los nuevos intermediarios en los sistemas de información y comunicación, cómo tendrán que actuar, de qué forma serán validados como procesadores de la información y a partir de qué pautas la organización de la información puede ayudar a que ésta se convierta en conocimiento; en otras palabras, cómo podemos pasar del «bit crudo» al «bit digerido».

Se analiza también el papel de las «agencias de sentido» y la necesidad de que se comprometan en una labor de seguimiento y observación interdisciplinar de las nuevas tecnologías. En esta tarea de observación será indispensable la nitidez del sentido ético de las cosas, que prefiere lo que construye a lo que destruye; y del sentido estético, que elige la belleza, la armonía, el no ruido, la riqueza del contraste y del equilibrio, como criterios básicos.


 

 



Muchos pensadores han definido al hombre como un incansable buscador de sentido. En no pocas ocasiones la búsqueda de sentido puede surgir de una honda insatisfacción de la vida en sí misma y al desnudo, quizá por el hecho de ser limitada y caduca. Pero si el sentido supone una jerarquía de valores, y el sujeto no da valor al primordial bien que posee y lo constituye, que es su existir mismo... ¿dónde podrá apoyarse?

Parece, pues, que el modo más sano de iniciar la búsqueda de sentido consista en palpar el valor «per se» de la vida, y maravillarse del hecho de existir, sin más añadidos. La vida misma, la existencia, es la que dota de sentido al ser humano. Si el ser humano no tuviera la existencia ¿para qué necesitaría buscar sentido? Decir «yo», poder respirar, estar siendo... Yo, que podría no haber existido nunca, si cualquier cosa de las que incidieron en mi origen hubiera sido distinta. Mi existencia, pues, ¿no es en sí misma el primer humilde y portentoso fundamento del sentido de mi vida?

Dos poetas, unos versos –la poesía es altísima expresión de la vida– lo dicen en pocas palabras: «Qué sorpresa en mi ser, de ser... ¡qué calma! Nada nos falta para ser algo en vez de nada» (Alfredo Rubio, España); Entreteneos aquí con la esperanza. El júbilo del día que vendrá os germina en los ojos como una luz reciente. Pero ese día que vendrá no ha de venir: es éste. (Jaime Sabines, México). (Rubio, 1991)

Por otra parte, desde el punto de vista de los avances tecnológicos, Francesc Torralba (Torralba, 1996: 59), citando a Heidegger, asegura que para encontrar sentido no es necesario interrumpir el despliegue técnico de la sociedad, ni retornar al mito del paraíso ni a la sociedad preindustrial. Es necesario un espacio en el mundo moderno para poder pensar y desligarse, deshacerse temporal, puntualmente de los objetos, de la técnica, de los aparatos, de los robots, de los computadores que conviven con el hombre. Es inevitable usar la técnica, pero eso no quiere decir quedar determinado por ella ni menos aún dejar de pensar. El individuo necesita una mirada contemplativa de la realidad, situándose frente a ella y saboreando la evidencia de existir. Y esto por sí mismo ya tiene sentido.


1. El ser humano, un buscador de sentido

Todos hemos vivido, cuando niños, la etapa de los «por qué», agotadora para nuestros padres y maestros, pero surgida de la innata sed humana de comprender el mundo. Puede decirse que el ser humano es un «buscador de sentido». Un gran psiquiatra de nuestra época, el Dr. Viktor E. Frankl, fue uno de los primeros en señalar la búsqueda de sentido como una categoría importante de la conducta humana, y la carencia del mismo como origen de enfermedades psíquicas importantes (Frankl, 1983).

Así pues, cuando hablamos de «sentido» nos referimos a una categoría fundamental de la vida humana, perteneciente a diversas esferas o ámbitos de comprensión según la amplitud de la pregunta y la respuesta. La maestra es un agente de sentido para el niño que le pregunta por qué vuelan las moscas; la pandilla es una agencia de sentido para el adolescente que quiere convertirse en un hombre; el sacerdote actúa como fuente de sentido cuando consuela a los parientes de un difunto asegurándoles que hay vida eterna.


2. Hacia una definición de las agencias de sentido

La palabra Agencia proviene del latín agentia < agens, -entis, es decir, el que hace, gestiona, procura, consigue, el que obra de manera hábil para conseguir algo. Sentido, por su parte, es entendimiento o razón, en cuanto discierne las  cosas; la razón de ser, la finalidad, la inteligencia o sensatez con que se realizan las cosas.

Teniendo en cuenta que la comunicación es esencial en el hombre, y que los nuevos medios configuran la cultura de hoy, cada individuo solo se ve desbordado en el intento de realizar una asimilación y una síntesis propia que le permita actuar y decidir con seriedad. Por ello es necesario subrayar el valor de unas instituciones sociales que han existido siempre, pero que adquieren mayor realce en el contexto de la cultura mediática en que vivimos. Se trata de lo que la sociología ha llamado «agencias de sentido», y que Enric Planas, presidente del Comité Científico de Eurispes (Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales), ha acuñado para la realidad de la sociedad de la información: entidades que viven una jerarquía de valores y ofrecen un marco de referencia con sentido ético y estético.

Durante toda la historia de la humanidad estas instituciones han estado presentes en diversas formas. La más básica es la familia, pero también han fungido como tales las instituciones religiosas, las escuelas filosóficas, los centros educativos. Con la modernidad llegaron las asociaciones, sindicatos, medios de comunicación social y ONG. Pero la conciencia de que estas «agencias de sentido» son necesarias, se intensifica con la sensibilidad postmoderna, que las requiere como respuesta a la sociedad de la información. Muchas de ellas, asumiendo la responsabilidad de aprovechar las ventajas del fenómeno tecnológico, desean contribuir a distinguir entre la información significativa y la que no lo es, a generar unos órdenes de importancia, unos marcos de referencia, una jerarquía de valores y, en definitiva, a incorporar, sin traumatismos, el fenómeno de la comunicación social y de las nuevas tecnologías en el proceso evolutivo de la humanidad.

El proceso de asimilación de las innovaciones puede suceder de manera violenta: el trauma y el conflicto a menudo han sido medios, tan brutales como eficaces, que han introducido la novedad. Pero por fortuna, la humanidad dispone también de cuerpos sociales de elite que, como levadura en la masa, han cumplido eficazmente con la noble misión de hacer de la novedad progreso. De tal manera, las agencias de sentido son, o deben ser, como unos ojos de la nueva realidad cambiante, asegura Enric Planas.

Así, una «agencia de sentido» es una institución, formal o no, que ofrece a sus miembros un marco de referencia y una jerarquía de valores para la comprensión de sí mismos, de su relación con los demás, y de su actuación en un campo dado de la vida. En algunos casos, estas agencias ofrecen una comprensión del sentido global de la existencia humana.


3. La sociedad mediática

Acotemos nuestro tema ahora en torno a la sociedad de hoy: posmoderna y mediática. Muchos afirman que la modernidad ha terminado, arrastrada por la caída de la razón endiosada desde el final de la Revolución francesa por el pensamiento ilustrado. El mundo occidental ha visto derrumbarse, junto con la «cortina de hierro», la validez de las ideologías y la confianza en instituciones que tradicionalmente habían ofrecido marcos de referencia estables y metas para la acción: partidos políticos, sindicatos, iglesias y gobiernos. Incluso la escuela y la familia están pasando momentos de crisis y transformaciones, al grado que todavía no ven una forma satisfactoria de desempeñar su papel.

Esta crisis de las instituciones se agrava en un momento en el que los medios de comunicación social se han multiplicado, la tecnología permite una comunicación cada vez más veloz a través de más canales, y los individuos –muchos de ellos solitarios y sin relaciones humanas duraderas– reciben más mensajes que nunca antes en la historia. El resultado no es de extrañar: la depresión es el mal de nuestro tiempo y son innumerables los individuos que sufren lo que se llama «vacío existencial» o crisis de sentido. Los nuevos medios, surgidos gracias a los avances de la tecnología, nos acercan el mundo, rompen las barreras del espacio y del tiempo y pueden potenciar la comunicación humana; pero también pueden generar una actitud de pasividad, de unidireccionalidad y nos pueden imponer un pensamiento rápido, inmediato, en el que no hay tiempo para la reflexión y el análisis. Como asegura el profesor Jordi Quintana, profesor de la Universidad de Barcelona, «Un exceso de información podría llevarnos a una “bulimia" de información y a una "anorexia" de conocimiento o de reflexión y crítica de la información que recibimos.»

«La sociedad de la comunicación y de la información modifica y modela nuestros gustos, expectativas y modos de proceder. Las modas conviven en un continuum confuso que parece contentar a todos, pero en el fondo los deja insatisfechos. Los cambios veloces, casi vertiginosos, hacen que se desdibuje la identidad del individuo, disminuyen la importancia de la persona y la empujan a una continua búsqueda de sí mismo y de su papel. Tanto es así, que pone en discusión incluso su "estar" en el mundo. La persona tiene necesidad de re-conocerse cotidianamente dentro de una realidad incierta, poblada de mutaciones, híbridos y hologramas» (Eurpispes, 1999).

Más información no es igual a más felicidad, ni más información significa mayor sabiduría, ni más conocimiento de la realidad. Es sólo más información. Como asegura el filósofo Norbert Bilbeny, el torrente informativo perjudica nuestros hábitos culturales, porque nos reclama sin tregua y nos reduce frecuentemente a una posición de receptores incapaces de discernir o seleccionar. Es decir, nos deja sin tiempo ni criterio.

Por su parte, los mass media, que también son fuente de valores, dan supremacía a los llamados «valores del mercado», circunscritos a un área bastante estrecha de la vida humana, tanto porque excluye a millones de personas, como por el hecho de que desatiende otros aspectos básicos de las ansias humanas de sentido.

Nos encontramos en plena situación de «cambio de paradigma», en los inicios de una nueva forma social de estar en el mundo. Evidentemente, Internet es una expresión y a la vez un instrumento importante de ello: es una herramienta comunicacional completamente novedosa, que se añade a otros mass media multiplicando las fuentes de mensajes. Internet, una gran biblioteca que no deja de crecer y ofrece toda suerte de informaciones para quien sepa encontrarlas; se parece cada vez más a un zoco plurimorfo donde se vende absolutamente todo, por desgracia también seres humanos completos o por partes (venta de órganos). En Internet «cabe de todo»: la sabiduría y la ordinariez; la paz y la guerra, la ciencia y el oscurantismo, lo sagrado y lo esotérico en un caleidoscopio sin brújula.


4. De la sociedad de la información a la era del conocimiento

Precisamente las agencias de sentido pueden ser un auxiliar para gestionar la complejidad. Algunas de estas «agencias» se esfuerzan para que la sociedad dé el salto a la era del conocimiento, el de la información procesada, valorada y con sentido. Aseguran que no sólo se trata de saber acceder a la información, sino de tener herramientas para seleccionarla, evaluarla, procesarla y utilizarla; en fin tener la capacidad de atribuir significados e interpretar la información que recibimos, para potenciar la comunicación y construir verdadero conocimiento. Para ello es necesario fortalecer una comunicación que, en su inmediatez y velocidad, sea también humanizadora y significativa, que potencie y propicie la comunicación.

Ante el bombardeo mediático, elegir será la palabra clave en los próximos años, asegura Indro Montanelli, pero esto requerirá un esfuerzo cada vez más riguroso de selección.

Además es necesario el análisis de los datos recogidos, para poder comprenderlos y detectar los nexos entre ellos. La reflexión y el diálogo, serían asimismo mediaciones indispensables para lograr una forma más completa de conocimiento. La meditación y la contemplación más serenas, junto con el ejercicio de una vida coherente como punto constante de verificación, pueden dar origen a la sabiduría. Pero para ello –ya desde la misma selección– son necesarias una jerarquía de valores, unas prioridades, unos objetivos, un marco de referencia que orienten el crecimiento humano. Todo ello puede tenerlo ya el propio individuo, pero no es frecuente que sea así. Por ello adquieren más realce que nunca las «agencias de sentido» que contribuyan a que las sociedades salten de la mera información a una fase de conocimiento y sabiduría.


5. Agencias de sentido

Habiendo hecho un primer intento de definición de las agencias de sentido y habiéndolas situado en el contexto contemporáneo de explosión de la comunicación social, veamos aquí algunas propuestas sobre los aspectos más importantes de la «buena salud» de estos actores sociales:

La valoración de la persona. Una entidad, un cuerpo social intermedio que valore a cada uno de sus miembros como persona, promueve el desarrollo integral de cada uno, y entre ellos una relación humana significativa y gratificante. Todo ello redunda en bien de la sociedad global.

El respeto de la libertad individual. La sana agencia de sentido no fuerza nunca la libertad de las personas para que se adhieran a su marco de referencia; lo ofrece y respeta la voluntad de cada uno para permanecer en él o elegir otro.

La apertura al diálogo y la colaboración con otras instancias sociales. Los cuerpos sociales, las agencias de sentido, deben convivir unas con otras. Un cuerpo social cerrado en sí mismo termina empobreciéndose. No por reforzar la propia identidad se debe dar la espalda a la sociedad en que se vive, pues la identidad de cada grupo y la convicción sobre sus valores se consolida y profundiza en el auténtico diálogo y el trabajo común con los demás constructores de la sociedad.

La participación activa de sus miembros. Una auténtica «agencia de sentido» lo es si anima una amplia participación de sus miembros, y no se trata sólo de decisiones del líder.

Superar el «contraísmo». Es frecuente que las «agencias de sentido» surjan en «contra» de algo, y ello les da una importante carga afectiva. Seguir adelante y madurar como «agencia de sentido» significa encontrar la propia identidad en el propio ser y en los objetivos de lo que se desea construir positivamente.


6. A manera de conclusión

Es necesario caracterizar esta sociedad por un concepto más humano que el de la digitalización o el mero progreso tecnológico o económico. Como asegura Francesc Torralba, «existe el peligro de reducir el pensamiento del hombre a mero cálculo y programación. Si eso llegara a pasar, entonces «el hombre habría negado y lanzado fuera de sí aquello que tiene de más propio, a saber, que es un ser que reflexiona» (Torralba, 1996: 59). Es necesario un paso de la información al conocimiento que tenga como horizonte la persona: Las nuevas tecnologías tienen sentido si se sigue manteniendo una “interconexión”, unos lazos muy fuertes con la más vieja de las tecnologías del universo que es la persona humana y sus relaciones con otras personas.

En la búsqueda del sentido, será necesario complementar ciencia, tecnología e investigación interdisciplinaria que intente «abarcar el todo», aunque sea en sus colores más bastos y primarios. Es posible que por este camino podamos obtener elementos suficientes para establecer quiénes serán los nuevos intermediarios en los sistemas de información y comunicación, cómo tendrán que actuar, de qué forma serán validados como procesadores de la información y a partir de qué pautas la organización de la información puede ayudar a que ésta se convierta en conocimiento; en otras palabras, cómo podemos pasar del «bit crudo» al «bit digerido».

Será necesario también que las agencias de sentido se comprometan en una labor de seguimiento y observación interdisciplinar de las nuevas tecnologías. En esta tarea de observación será indispensable la nitidez del sentido ético de las cosas, que prefiere lo que construye a lo que destruye; y del sentido estético, que elige la belleza, la armonía, el no ruido, la riqueza del contraste y del equilibrio, como criterios básicos. Una observación que nos ayude a sustraernos del ritmo frenético de nuestra era... para disfrutar de una especie de siesta iluminadora en la que los conocimientos puedan adquirirse a ritmo lento, para así digerirlos y retenerlos (Llàtzer, Libros, p. 9)



Bibliografía citada:

  • RUBIO, Alfred. 1997, "Glosa de Antropología realista existencial», Barcelona: Revista RE, Editorial Edimurtra. 
     
  • TORRALBA, Francesc. 1996, "Rostres del Silenci", Barcelona: Pagès Editors.

  • GINER, Salvador y otros. 1983. "Comunidades sociales adultas", Madrid: Editorial Mezquita.
     
  • LÉVY, P. 1997, "L’intelligence collective: por une anthropologie du cyberspace", París: La Découverte.
     
  • VV.AA. 2000, "El rostro humano de la cultura digital. ¿Cómo nos afecta Internet?", Bogotá, Celam-Ámbito María Corral.
     
  • VV.AA. 1999, "Rapporto Italia 1999, Eurpispes -Istituto di Studi Polici, Economici e Sociali", Roma: Eurpispes.
     
  • FRANKL, Viktor E. 1983, "El hombre en busca de sentido", Barcelona: Herder.
     
  • MOIX, Llàtzer, 1999, «Al filo de la cultura virtual», Barcelona: La Vanguardia, 29 de octubre de 1999, cuaderno 'Libros', p. 9.