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Divulgación OCS

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Juventudes conect@das

Autor/-a: Roberto Balaguer Prestes


Inédito


Algo en la juventud está cambiando. Hay que reconocer que ésta no parece ser una afirmación original, pero aún así hay cosas que se observan como distintas en esta juventud globalizada. Por definición, los códigos de comunicación juveniles siempre han diferido de los de sus padres. Es parte de lo joven, una pieza necesaria para diferenciarse de la generación precedente. De cualquier modo, hay cuestiones que resultan novedosas y tienen mucho que ver con los usos de la tecnología y las posibilidades que ésta brinda. Los jóvenes fluyen por los distintos ámbitos en los que participan estando y a la vez no estando en los lugares. El “refugio” ya no es sólo la fantasía, sino muchas veces la tecnología y el nuevo espacio psicosocial que se crea con ella.

La tecnología provee a los jóvenes de una “salida” de lo terrenal, del código del mundo adulto. Encontrarse físicamente en un mismo lugar material no es hoy garantía de cercanía, emocionalmente hablando. Los jóvenes pueden estar en diferentes lugares, pero manteniendo contacto con sus pares emocionales en cualquier otro espacio.

El prójimo deja de ser aquel que comparte el mismo territorio, deja de estar definido por la proximidad física, para poder ser cualquiera, redefinido por la proximidad tecnológica y su conectividad. La proximidad deja de ser material para pasar a ser virtual, enmarcándose dentro de los fenómenos de desterritorialización (De Kerckhove, 1995) impulsados por las nuevas tecnologías. Cualquiera sabe que se puede estar en un lugar sin verdaderamente estarlo. La tecnología opera a favor de esta suerte de “como si”.

Una escena cada vez más frecuente es la de ver jóvenes enviándose en forma permanente mensajes de texto (SMS) unos a otros, aun en medio de reuniones familiares, acontecimientos, fiestas, etc. Los celulares suenan constantemente anunciando la llegada ya sea de una llamada o de un mensaje de texto.

El mensaje de texto es un medio veloz, instantáneo, que requiere de síntesis, abreviaciones e ingenio comunicativo. Todo eso no es poca cosa. Este es un punto que debe rescatarse, ya que ser sintético hoy es una virtud y casi una necesidad vital de supervivencia cognitiva. Los SMS son el paradigma de eso, de la capacidad comunicativa, de la síntesis, de lo conciso, aunque también puedan serlo de lo banal.

Por otro lado, los SMS se manejan en general con las personas cercanas, es una forma de contactar, sin hablar, sin ser intrusivo, a diferencia de la llamada telefónica. Las propias fotos que se envían (todo un capítulo aparte) son formas de compartir con los seres queridos, cercanos, experiencias vitales, momentos que solo pueden ser “dichos” y compartidos así. A pesar de muchas críticas, más que una cuestión narcisista, es un tema de vínculos, claro está que diferentes a los que estábamos acostumbrados, ya que esta forma de vincularse surge mediatizada.


La mirada adulta

Como a través de toda la historia, la mirada adulta difiere de la del joven. Para los adultos esas escenas de “conexión“ de los jóvenes representan una pérdida de lo que acontece, mientras que para los jóvenes significan todo lo contrario. Para el adulto estar “enchufado” le impide al joven disfrutar de lo que pasa aquí y ahora en lo material. Para el joven desconectarse es perderse de lo que está pasando en la conexión, en ese otro mundo de las redes, el mundo juvenil. Dos mundos coexisten, dos mundos paralelos regidos por códigos similares, pero con formas de acceso distintos. Por esto, dos lógicas distintas coexisten en una misma escena: fluidez y materialidad, conexión y cuerpo-presencia. Vivir en ambos mundos no es sencillo para nadie, ni para el nacido en la materialidad que no conoce de flujos, ni para el joven líquido que se queja y se aburre al estar “sola y simple-mente” aquí.


Un refugio contra el desarraigo y las soledades

Resulta curioso ver cómo en los aeropuertos los pasajeros (jóvenes y adultos también) bajan del avión y lo primero que hacen es retomar contacto, conectarse, hablar por teléfono celular. Es una necesidad casi compulsiva, cargada de ansiedad, una cosa prácticamente instintiva que casi todos hacen, como mecanismo no conciente de retomar contacto… ¿con qué, con quién?

En los embotellamientos se da otro fenómeno: se transforman es un lugar apropiado para no “perder” ese tiempo que debiera ser de espera. La espera no forma parte del paradigma posmoderno. A la espera se la combate con conexión y comunicación. A la soledad también. Tocar tierra y llamar es un reaseguro, muchas veces sin una razón concreta o válida para realizar la llamada compulsiva. Ir al cybercafé, chatear, chequear el correo electrónico son actividades que cumplen también esa misma función de reencuentro, de regreso a lo seguro.

Los no-lugares (Augé, 2000) del aeropuerto, de los lugares de espera desaparecen automáticamente al huir a ese lugar de la conexión, del contacto con los otros. No hay soledad aparente tras retomar contacto, sino la seguridad de estar “cerca” de los seres amados o al menos conocidos. Quizás sea consecuencia de la urbanización y sus vacíos. Los desapegos y desarraigos se desvanecen en la conexión. El bienestar y el reaseguro retornan a los cuerpos de los usuarios conectados, como pequeño infante que vuelve a los brazos de su madre. El desarraigo y la atomización social están dadas no por la tecnología, sino por un sinnúmero de factores socioculturales que la favorecen. Jóvenes que fueron niños de la televisión, actuales niños que piden celulares para sus cumpleaños conforman una nueva generación fuertemente identificada y atravesada por lo tecnológico. La tecnología se ha transformado en dadora de identidades y garantía de apegos.

Los jóvenes han crecido frente a pantallas como forma de sostén y de dejar transcurrir el tiempo. Para ellos, las pantallas brindan seguridad, estabilidad, compañía fiel, a diferencia de los vínculos actuales tan inestables como superficiales y cambiantes. Esa arista es muchas veces descuidada cuando se condena el sobreuso de la tecnología por parte de los jóvenes. No se entiende que ése es su mundo habitual, familiar, conocido, estable. El escaso tiempo familiar, comunicacional, vincular, es en todo caso el responsable de esta relación dependiente con y de la tecnología.

Por otro lado, pareciera haber una huída al estar simplemente ahí, con el otro, el que simplemente está al lado. La lectura, la radio, los walkman, la televisión nos “sacan”, nos transportan del espacio físico que nos circunda.

Las redes y sus conexiones permiten escapar; el cuerpo se abandona, y se traslada a los distintos lugares donde se desarrolla otra acción. El cuerpo queda en automático, suspendido, tan presente como ausente, tal cual lo ficcionara la saga Matrix. Los requerimientos del mundo material son vividos como intrusismos, como molestias que vienen a desarticular una relación inmersiva en la conexión. Cuando algo llama la atención del joven y lo invita a “regresar” a lo mundano, se genera irritación, fastidio y se observa lo difícil que resulta la desconexión.

Los niños demoran en apagar sus Playstation, los adolescentes se resisten a terminar de enviar y recibir SMS y los adultos a apagar sus celulares. Es que el mundo digital ofrece una sensación de conexión y fluidez de la cual es difícil desasirse. Por eso se puede volver adictiva la navegación por las redes donde los desencuentros, las soledades, los golpes de la vida material pueden ser eludidos con un joystick o un simple click del mouse.





Referencias bibliográficas


1. Augé, M. (2000) “Sobremodernidad.Del mundo de hoy al mundo de mañana
2. Balaguer, R. (2003) Internet: un nuevo espacio psicosocial, Montevideo: Ed. Trilce
3. Balaguer, R. (2005) vidasconect@das.com. La Pantalla, lugar de encuentro, juego y educación en el siglo XXI, Montevideo: Ed. Frontera
4. De Kerckhove, D. (1995) La piel de la Cultura, Barcelona: Gedisa, 1999

 



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(c) Roberto Balaguer Prestes, 24/04/2006