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Second life: “Ni Dejéis ni toméis, los que aquí entráis, toda esperanza” (Aporías)

Autor/-a: Fabio Vélez Bertomeu





Resumen: este artículo trata de repensar, a propósito del éxito mediático de Second life (un entorno completamente virtual), ciertas categorías que sustentan y dirigen el discurso moderno. Nos detendremos, nos obstante, en la noción de sujeto, partiendo de la abrumadora, a la par que extremada y enfrentada, interpretación elaborada hasta ahora.

A pesar de la breve vida de Second life, este entorno virtual ya ha sido capaz de generar un material de exégesis realmente abrumador. A día de hoy, desde Google: 527.000.000 de entradas. Este interés debería, al menos, hacernos desplazar una mínima curiosidad hacia esta otra vida virtual. Este ha sido el caso. Tras una navegación de proporciones transatlánticas (evidentemente siempre ridícula si se compara con el número total de entradas), he llegado a la conclusión que las opiniones vertidas (prensa, blogs, artículos,...) sobre este acontecimiento virtual han tomado dos posiciones claramente enfrentadas: al decir de Eco, o el discurso es apocalíptico o el discurso es integrado. Pues bien, mi postura a lo largo de esta breve despliegue, tratará de afrontar el fenómeno Second life desde una postura irremediablemente jánica, es decir, apuntando las deficiencias de ambos discursos. Esta defensa híbrida obedece, como se verá más adelante, a una seríe de aporías y contradicciones internas que no harán sino generar un breve discurso preparatorio. Nos limitaremos, no obstante, a proseguir los meandros de una aporía particular: el sujeto.

Y es que en Second life se desata desde el mismo inicio, en la causa sui, en la elección y creación del “avatar”. Esto es: desde que una herramienta del software nos permite crear y personalizar, a completo antojo, la figura de nuestro alter-ego. De ahí la capacidad y meticulosidad elección: ojos, pelo, cicatrices, pero también, estatura, complexión, vestimenta, etc. Tras este paso preliminar pero trascendental (pues determinará de forma importante nuestra posterior vida virtual), seremos un “residente” más de Second life. A partir de aquí comienza la vida y la relación con el resto de “residentes” (algunas tan polémicas como el sexo virtual o la especulación urbanística del espacio virtual).

Pues bien, nuestra marcha comienza ahora, en el cuestionamiento de «las maneras del ser a distancia, y del ser de la distancia» [1] . No haremos sino merodear los aledaños de estas categoría para hacer emerger de suyo ciertas contradicciones internas. Podríamos decir, por tanto, que la entrada en Second life vendría precedida por un letrero en la puerta (como en la entrada de Dante en el Infierno, aunque de forma inversa) con las siguientes palabras: “Tomad, los que aquí entráis, toda esperanza”. A lo largo de este trabajo veremos que las posibilidades de lo virtual se desplazaran sin reposo entre el indecidible de ni lo uno (“Tomad” de Second life), ni lo otro (“Dejad” de la Divina Comedia).

Esta desmaterialización o virtualización (y transfiguración) de todo individuo al entrar en el Paraíso virtual de Second life, no muestra sino la aporía constitutiva e insorteable de una voluntad de poder que pretende beneficiarse de los servicios de un mundo simulado para poder realizar sus deseos materiales más profundos pero, por otro, mediante la escisión (profundamente moderna y cartesiana) del constructo: mente-cuerpo, y el posterior desplazamiento y borramiento del segundo a favor del primero, tratar de hilvanar y consumar, evidentemente cayendo en irresolubles contradicciones, las aspiraciones corporales sin la posesión del mismo cuerpo. A pesar de la parálisis de este carrefour anestesiante, lo realmente interesante de estas actitudes descansa en advertir el cruce conflictivo y quiasmático de estos movimientos, es decir, el seguimiento de los problemas, más que la búsqueda de las propias soluciones. En este sentido, categorías tales (y tan recurrentes y conformadoras) como cuerpo/ mente, subjetivo/ objetivo, natural/ artificial, real/ virtual, deberán ser repensadas. El hecho mismo de que no podamos liberarnos de ellas, e incluso que tengamos que utilizarlas para poder cuestionarlas, dice mucho de esta aporía constitutiva que hemos señalado.

Una de esas zonas de huidas y fugas del poder, puede encontrarse en la brecha abierta por el espacio virtual o ciberespacio en general, y por Second life, en particular. Puede que el conjunto de fuerzas, presiones y marcas, en definitiva, de cicatrices reales e históricas, hayan despejado una nueva puerta dando lugar a una nueva sala, a un nuevo afuera en el que pensar, taller en el que inventar y probar, nuevas subjetividades desde un yo, ahora ya, descentrado. En definitiva, un nuevo afuera impensado que dé qué pensar más sobre uno mismo, que permita, como promulgará Foucault, un cultivo y un cuidado mejor de sí.

Ahora bien, la realidad virtual, lejos de constituir una huida de sí corporal, como claman entusiasmados los apologetas del transhumanismo y el transbioformismo tecnológico [2], puede permitirnos adentrarnos en nuevas formas yoicas silenciadas y desconocidas hasta entonces. No cabe hablar, por tanto, de un abandono deliberado del cuerpo para llegar, en una fusión de la mente con el ordenador, a una experiencia de carácter místico y sublime como si con ello se pretendiese, en un acto de tintes tecnorománticos, hacer del «ciberespacio la nueva Heimat» [3]. Lo virtual, lejos de reducirnos a un “homo digitalis“ [4] dibujado en el estatismo de una política ontológica de los contornos, abre estancias, espacios y tiempos, para crear bosquejos, móldenes y técnicas sobre nosotros mismos, para poder, en suma, imaginarnos de otro modo. La realidad virtual, entonces, cumple la función de taller en el que poder jugar y crear nuevas subjetividades, tratando con ello de inventar nuevos saberes y nuevos campos de fuerza.

Esta encarnación de múltiples identidades, entendida siempre como identidad aplazada indefinidamente, deja en suspenso las identidades, en principio, delimitadas por los estereotipos (por las relaciones poder-saber bajo un determinado dispositivo) de nuestro entorno social, permitiendo la subversión de las mismas. De esta manera, es posible simular identidades distintas a las destinadas por lo social, por lo simbólico, pero también por lo biológico. En esta línea se sitúa por ejemplo, aunque en un modo apologético y excesivo, el discurso de Donna Haraway [5], al pretender salvar por lo tecnológico todas las diferencias oprimidas e ideologizadas por la cultura de occidente (machismo, homofobia, racismo, etc). Tras la apertura de estas posibilidades virtuales, es decir, «la ubicuidad (la posibilidad de estar en todas las partes en cualquier tiempo o simultáneo), la desmaterialización (la independencia de la existencia física/ matérica del objeto) y la co-participación (la utilización de discursos interactivos que produce la red)» [6], adquieren completo sentido los tempranos discursos de la Escuela de Toronto. Por un lado, McLuhan y su “conciencia tribal”, mediante la «extensión del sistema nervioso central hasta abarcar nuestro globo» [7] y, por otro, Kerckhove con sus “inteligencias en conexión” y sus capacidades para, en un mundo inputs y outputs, «recibir las proyecciones de otras personas como si pudiésemos llevarlas puestas» [8].

Por ello no ha lugar para abogar, ya sea desde el júbilo o el temor, apocalíptica o integradamente, por un abandono de lo corporal y del cuidado de sí. Como ha señalado Javier Echeverría, las identidades virtuales, aunque pueden modificarse, «se superponen a las modalidades de identidad individual plenamente existentes, sin anularlas ni superarlas. El espacio electrónico es un nuevo orden fenoménico, no una entidad sustancial» [9]. Por eso, como advierte Kerckhove, «cuando lo virtual aumenta al servicio de la realidad no es para sustituirla sino para construir una realidad aumentada» [10]. Desde una vertiente lacaniana, el propio Zizeck ha expuesto una crítica inversa haciendo referencia al límite de las capacidades: «HAY un funcionamiento propiamente “simbólico” en el ciberespacio, que sigue siendo “edípico” en el sentido de que, para poder circular libremente por él, es preciso asumir un prohibición y/o alineación fundamental: es cierto, en el ciberespacio “puede ser lo que quieras”, eres libre de escoger alguna identidad simbólica (personalidad virtual), pero deberás escoger una que siempre te traicionará de algún modo, que nunca será plenamente adecuada» [11]. Nuevos espacios y alternativas, nuevos juegos y creaciones, parecen abrirse ante un “nosotros” en dilatación incesante. De este modo, mediante la superación de la hipertrofia de nuestros umbrales, la capacidad de la ilimitación diseminada de la identidad se explica por un resuelto intento de incorporar, a la geografía propia, todas aquellas imágenes y representaciones que, por lo común, han ocupado un espacio periférico y, por ello en ocasiones, también inconsciente y traumático. Concluimos, pues, con Turkle, que «no tenemos que rechazar la vida en pantalla, pero tampoco la tenemos que tratar como una vida alternativa. La podemos utilizar como un espacio para el crecimiento» [12]. Y, recordemos, quizás la mayor enseñanza que podamos desprender de las anteriores contradicciones encontradas sea ésta: que el crecimiento en lo virtual es imparable e irrebasable.

Habría, pues, que rotular la entrada de Second life del siguiente modo: Ni Dejéis ni toméis, los que aquí entráis, toda esperanza.

Notas:

1. F. Duque, -“La Mépolis: Bit City, Old City, Sim City“, La arquitectura de la no-ciudad, AA.VV, Universidad Pública de Navarra, 2004, p. 33.


2. Piénsese en el ciberpunkt hipercartesiano de Stelarc, Madame Orlan o Hans Moravec. Véase un sugerente artículo de F. Duque, -“De cyborgs, superhombres y otras exageraciones”, en el que se advierte de fondo “una terrible pulsión de muerte” en estas prácticas, Arte, Cuerpo, Tecnología, Ediciones Universidad de Salamanca, 2003, pp. 167 y ss.


3. J. L. Molinuevo, Humanismo y nuevas tecnologías, Alianza, 2004, p. 130. Aunque no debe obviarse el sedentarismo y la progresiva decadencia de la experiencia del mundo corporal que J. Echeverría ha profetizado a los “telepolitas domésticos“. Véase, Cosmopolitas domésticos, Anagrama, 1999.


4. Véase, José B. Terceiro, Socied@d digit@l. Del homo sapiens al homo digitalis, Alianza, 1996.


5. D. Haraway: «Resumiendo, ciertos dualismos han persistido en las tradiciones occidentales; han sido todas sistemáticas para las lógicas y las prácticas de dominación de las mujeres, de las gentes de color, de la naturaleza, de los trabajadores, de los animales (...) La cultura de la alta tecnología desafía esos dualismos de manera curiosa. No está claro quién hace y quién es hecho en la relación entre el humano y la máquina. No está claro qué es la mente y qué el cuerpo en máquinas que se adentran en prácticas codificadas», Manifiesto para Cyborgs, Episteme, 1995, pp. 32-3.


6. C. Giannetti, Estética digital, L´angelot, 2002, p. 85


7. M. McLuhan, Comprender los medios de comunicación, Paidós, 2005, p. 25.


8. D. Kerckhove, Inteligencias en conexión, Gedisa, 1999, p. 188. Para una versión más fuerte del tema (“inteligencia colectiva“), remito a su libro anterior La piel de la Cultura, Gedisa, 1999, pp. 205 y ss.


9. J. Echeverría, -“Cuerpo electrónico e identidad“, op. cit., 2003, pp. 13 y ss.


10. Op. cit., 1999.


11. S. Zizeck, Lacrimae Rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio, Debate, 2006, p. 266.


12. S. Turkle, La vida en pantalla, Paidós, 1997, p. 329.

 



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(c) Fabio Vélez Bertomeu, 02/11/2007