Globalización y Era digital La idea de globalización, de que “estamos todos conectados” termina por representarnos a un mundo “inter-conectado” por “cables invisibles”, los cables de la información que hoy circula a-espacialmente, sin necesidad de un lugar de papel. El torrente de información al que tenemos alcance hoy circula pues como un flujo inmaterial, o con una “materialidad” que no podemos ver, a través de un canal de energía que llamamos “electricidad”. El ton y son de nuestras vidas depende de ella de un modo que no hubiéramos podido imaginar, pues ¿qué haríamos hoy sin luz, sin refrigerador, sin computadoras? Y, en efecto, aunque la velocidad, la revolución espacial y temporal nos den una clara idea de lo específico y diferente de nuestra civilización, seguimos siendo una “sociedad de masas” en el peor sentido, es decir, una sociedad de consumo, pues el “consumismo” no sólo no ha muerto, sino que, en cierto sentido, se ha convertido en una especie de forma de vida. Con todo, lo más triste parecería ser que aún cuando actuamos motivados por alcanzar las cosas más preciadas –el “amor”, que daría verdadero sentido a la existencia humana dice Erick Fromm (1959, p.18)-, lo hacemos regidos bajo el patrón del consumidor. El ciudadano moderno, y sobretodo el más joven, sostiene Carles Feixa (2003, pp.6-27), de alguna forma ha configurado su propia dimensión temporal. Organiza su vida en “segmentos” que corresponden a temporalidades distintas. Una parte de su vida corre medida por un reloj de arena, otra por un reloj analógico y una más por un reloj digital. Ello ocurre porque en su relación con los demás, en este mundo globalizado, no sólo debe lidiar con otros ajenos a su generación y a su propia vivencia del tiempo, sino que además debe lidiar con unos otros que viven en otros husos horarios. Sus padres viven una vida más lenta y para sus abuelos el devenir transcurre en un ritmo más lento aún. A la vez, chatea o habla por teléfono con una amiga que vive doce horas en el futuro; cuando para él son las nueve de la mañana, para ella son las nueve de la noche del mismo día. Un joven de dieciocho o veinte años vive su vida a prisa, por lo cual el tiempo jamás le alcanza, aunque lo pasa en muchas ocasiones “haciendo varias cosas a la vez” (escuchando clase, con dos o tres programas abiertos en la portátil y chateando en el Messenger, por ejemplo). Además, su concepción de “espacio” también es muy diferente a la de sus padres y abuelos. La idea misma de la “globalización” o de que la nuestra es una “sociedad digital” da cuenta del tipo de lazos que nos unen a los otros. Pero no se trata de que nuestra idea de “espacio” haya perdido vigencia. “Espacio” sigue aludiendo a lugar de encuentro y/o reunión y lo que ha ocurrido es que en estos nuevos encuentros la materialidad, el cuerpo a cuerpo y el cara a cara, han dejado de tener el protagonismo. El de nuestro tiempo es un espacio virtual, un espacio de intercambio de “flujos” (Castells, 2002, p.107). Ahora bien, la importancia de la circulación de la información en este nuevo espacio es otra de las características del presente. De hecho, el intercambio de información se ha convertido en todo, o en gran parte de nuestra vida, y se han ido dejando en segundo lugar los intercambios materiales. Es cierto que nosotros los humanos tenemos necesidades físicas concretas, tenemos que alimentarnos y beber agua para sobrevivir, tenemos que reproducirnos. Nuestro aparato sensorial, que gobierna las percepciones de satisfacción y placer, necesita de ciertos objetos o materialidades para satisfacer ciertas necesidades. Esto es algo que no hemos puesto en duda. Sin embargo, con la emergencia del enamoramiento e incluso el sexo vía ordenador, nuestras creencias en torno a los modos de satisfacer nuestras necesidades han ido cambiando. Es interesante constatar que, a diferencia de otros tiempos, lo que antes se podía “comunicar” por otros mecanismos, hoy se puede demostrar exclusivamente con la remisión de cierto tipo de información (pensemos en el ciber-beso y el ciber-orgasmo para poner un par de ejemplos). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Como hemos dicho, una necesidad (material o sensorial) es satisfecha con la remisión de cierta información, información que en los ejemplos que hemos puesto es remitida específicamente a través de un computador. Ello supone además una forma muy interesante de vinculación con la máquina, y por supuesto con la tecnología, que es la que ha promovido –mediante su vertiginoso desarrollo- las cada vez más innovadoras formas que tenemos de relacionarnos con ella. Los medios tecnológicos se han integrado tanto a nuestros cuerpos que han llegado a ser los últimos nodos de nuestra complicada red neuronal (McLuhan, 1996), de allí que no nos sorprendan del todo los ciber-besos y los ciber-orgasmos. Relaciones virtuales y no virtuales Una cuestión importante que anotar antes de seguir es que, si nos ponemos a meditar un poco en ello, parece muy difícil establecer una distinción real entre las relaciones de enamorados virtuales y enamorados presenciales. En realidad, cualquier relación de pareja de hoy parece una “relación virtual”, una relación que se mantiene fundamentalmente a través del contacto vía Internet: la dinámica de ambas relaciones es la misma. En los dos casos, cuando la pareja deja de satisfacer las necesidades de su complemento, éste le da “suprimir”, la expulsa de su vida como se expulsa un virus o un elemento no deseado del Messenger, la borra de su lista de direcciones de correo y de su teléfono celular y es como si nunca hubiera existido. El sentimiento de culpa no lo persigue porque nunca se estableció un compromiso hasta la muerte (ni siquiera un compromiso hasta la próxima semana) y además –cosa muy importante- el consuelo que se tiene a una pérdida semejante es demasiado confortable: siempre hay alguien más en la red social. Como se ve, incluso el lenguaje con el que hablamos de nuestras relaciones es un lenguaje propio del universo de la informática y las computadoras: “hicimos clic”, “conectamos”, “mi red de amigos”, etc. (Bauman, 2005). Desde esta perspectiva, no hay pues una diferencia importante entre una relación de enamoramiento virtual y una no virtual. Carencias emocionales La tecnología parece, en efecto, habernos brindado demasiados recursos para vivir, en cierto sentido, más intensamente pero –y he aquí la paradoja- parece que también ha hecho mucho para aislarnos más (Bauman, 2005). Entre las ventajas (dicen los especialistas) del amor online, aparte de la salubridad del ciber-sexo siempre “seguro”, está esa de que se puede tener una cita “sin salir de casa” y aún más, se puede evitar un mal rato en un bar de solteros en el caso de que fuéramos rechazados por la persona que nos atrae. Ello parece suponer que puede ser mejor, o más “satisfactorio” en términos emocionales, enamorarse en un Chat en vez de hacerlo en vivo, y ello nos conduciría a otorgarle mayor importancia a la cercanía emocional que a la física. Queda por reflexionar entonces si nuestra capacidad de “conectar” mejor con el otro es consecuencia directa de que estamos más conectados con la tecnología. El hombre de hoy, con sus dos celulares, su computadora portátil, su ipod y su palm (cuando menos), multi-modalmente “conectado”, virtualmente atravesado por cables invisibles (casi tal y como lo vimos en la película Matrix hace unos años), se encuentra emocionalmente más aislado que nunca y se siente muy solo . He allí la razón por la cual a nuestra era también se le conoce como la “Era Prozac” y vemos cómo los más aclamados best-sellers son literatura de auto-ayuda. Frente a la soledad y a la angustia existencial que padece, el hombre de hoy ha buscado paliativos. Una opción podría haber sido comprometerse con la tarea de aprender a amar (Fromm, 1959) para lograr esa “complementariedad”, para encontrar esa “alma gemela” o “media naranja” a la que ha aspirado desde los tiempos del propio filósofo Platón . Podría quizá haber hecho mucho más, pero se conforma más o menos bien con las soluciones fáciles e inmediatas, tan típicas de nuestros tiempos. Amor, consumo y conveniencia Ésta es la actitud “natural” de nuestra era: no esperamos, exigimos, y ¡ahora! (Bauman, 2005). Por eso, enamorarse basta, entusiasmarse, dejarse llevar, vivir la intensidad de la pasión mientras dure. No necesitamos amar verdaderamente porque, de hecho, rehuimos al compromiso. Todo afán de búsqueda de “complemento” se conforma con la vivencia de la intensidad abrazadora que otros han llamado “amor-pasión” (De Rougemont, 1979). Así, si en términos de relaciones de pareja la novedad era antes hablar de “revolución sexual” e igualdad de las mujeres para escoger a sus parejas, hoy comentamos el nuevo fenómeno de los infosingles y el egopublishing: Hombre y mujer tienen igual derecho de escoger y desechar, a uno o a varios a la vez, según sus “necesidades”. Para ello cada quien tiene sus herramientas y atractivos; y están por supuesto las plataformas de exhibición para el encuentro y consumo, los portales de Internet para buscar pareja, que hacen de “vitrina” para quien busca o quiere ser encontrado. El universo del intercambio afectivo se convierte así en una especie de centro comercial en el cual cada quien tiene su “exhibidor” y se pone un “precio”. Así, el que busca pareja se comporta como el comprador potencial, que tiene una idea de lo que quiere pero antes de ofertar debe mirar a su bolsillo para saber de cuánto dispone. El dinero es, por supuesto, una metáfora. Para el que “compra”, el dinero es el “atractivo” que él tiene, lo que puede ofrecer a cambio de la adquisición de lo que desea. Y como en una compra, hecha o no por impulso, hay absoluta libertad de negociación y de preservar o no la mercancía. Hay posibilidad de devolución y de desecho. Por eso, en una relación establecida bajo estos parámetros, se puede entrar o salir a conveniencia. Se trata de las “relaciones de bolsillo” (Bauman, 2005) o las “relaciones puras” (Giddens, 1995), las relaciones que perviven sólo por el querer (no el de la voluntad sino el del deseo) y no por alguna especie de compromiso. Sin embargo, llámese cinismo o inestabilidad emocional, cuando se le pregunta por ello, el hombre de la calle sigue afirmando que lo que busca en términos sentimentales es una relación “estable”. Ahora bien, es difícil saber a qué clase de estabilidad se refiere. La mayoría de relaciones de pareja (sean virtuales o presenciales) que se establecen en estos tiempos están fundamentalmente mediadas por siete elementos, muy consonantes con las ideas que hemos presentado al principio sobre el tipo de sociedad en que vivimos. Si leemos con atención algunos de los testimonios que abundan en Internet sobre las historias de enamoramiento virtual, por ejemplo, nos damos cuenta que entre éstas juegan un papel muy importante elementos como la atracción visual, la intensidad, la incertidumbre, la rapidez, la capacidad de mantener el control, la falta de compromiso y la falta de remordimiento . Y este mismo patrón lo encontramos en las relaciones presenciales. Ahora bien, ¿no refuerzan esas características la idea del enamoramiento como deseo de consumo? ¿Acaso cuando vamos de shopping y nos enamoramos de un par de zapatos, a primera vista, no nos ocurre algo semejante a cuando husmeamos el perfil de un hombre guapo en Match? Si experimentamos entonces, en el centro comercial, un deseo intenso de posesión que se inicia con la visión de un objeto tan apetecible que nos induce a rápida compra y que puede evaporarse una vez que se ha efectuado el pago, entonces, el enamoramiento sí funciona como el deseo de poseer un nuevo objeto material, el deseo de consumir, de tener. Porque es ese mismo proceso y ese mismo deseo el que nos induce a pagar por una suscripción para entablar contacto con el hombre guapo de Match, el inicio de lo que podría ser una experiencia de enamoramiento. Vivimos los tiempos que inducen a practicar la auto-publicidad con fines de enamorar. Y hay que saber lucirse. Colgar un perfil en la red para atraer futuras parejas es auto-publicitarse, vender-se. La red funciona también como supermercado del amor. Bibliografía Bauman Z. (2005). Amor líquido. F.C.E: México. Castells, M. (2002). La era de la información I. Siglo XXI Editores: México. Castells M. (1999). La era de la información II. Siglo XXI Editores: México. De Rougemont, D. (1979). El amor y occidente. Kairós: Barcelona. Eyre P. (2002). Cibersexo. Plaza y Janés Editores: Barcelona. Feixa, Carles. (2003). "Del reloj de arena al reloj digital. Sobre las temporalidades juveniles". En JOVENes. Revista de Estudios sobre Juventud. Año 7, No 19. pp. 6-27. Fromm E. (1959). El arte de amar. Paidós: México. Giddens, A. (1995). La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas. Cátedra: Madrid. Gubern R. (2000). El eros electrónico. Grupo Santillana Ediciones S. A: Madrid. MacLuhan M. (1996). Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano. Paidós: Barcelona. Platón. (1994). El Banquete. Traducción y presentaciones de Luis Gil. Editorial Labor: Barcelona.
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