El Arte de ánimo reblandecido
Autor/-a: Mikel Ochoteco
Si comenzamos por las barreras que delimitan los contornos del arte notamos que éstas se cierran la una sobre la otra abarcando un área de escasas dimensiones. Apenas nos acercamos a ver qué encierran apreciamos que lo que queda inscrito en dicho lugar no toma una coloración muy diferente a aquella de los grandes neones y pantallas que presiden las avenidas de nuestras ciudades. Pero nosotros, que siempre queremos llegar al final del asunto, y somos astutos como para desenredar conflictos de semejante envergadura, nos detenemos ante la estampa del arte con una mirada poco contemplativa. Entonces acudimos a las bienales en distintas capitales, estamos presentes en las diferentes paradas de un circuito cerrado a través de salas museísticas y galerías. No satisfechos con ese arte contemporáneo albergado en grandes e infatigables colecciones alrededor del mundo, descendemos a espacios más modestos donde se encuentra el trabajo de aquellos artistas emergentes. La genealogía artística de los últimos tiempos está estancada, concluimos. Nos decimos que los tiempos que corren quizá hayan también aminorado su ritmo, su ánimo; porque lo nuestro es la defensa del arte. Pero no logramos convencernos a nosotros mismos. Nos gustaría escuchar una buena argumentación, toparnos con una teoría que desmienta nuestros temores, o al menos creernos que, como se dice: su situación es como la de la pescadilla que se muerde la cola.
Lo que nos gustaba del arte era verlo explosionar. Aún en quiebra el concepto de belleza querríamos al menos regresar a esa belleza sublime que nos devuelva la fe arrebatada. Ciertamente los debates concluyen con planteamientos de sacralización que impiden ver que efectivamente ni hay pescadilla ni la situación del arte puede insertarse dentro de una lógica cerrada –por orden alfabético- de autorreferencia, elitismo, espacios rígidos, fetichismo, objetivización del acontecimiento artístico, de la cual no existe manera posible de desvincularlo al menos de un modo parcial.
Quizá ahora esté más claro: la figura del creador se ha metamorfoseado y aspira a modos de ser que aún no logramos adivinar. Está claro que la barrera, -la mayor de aquellas- la levanta ese mismo sujeto que sospechamos haberse vestido de postmoderno. Al menos alguien pudo darse cuenta de que poca falta hacía mantener un término que sólo hacía referencia a un pensamiento crítico de cuatro o cinco individuos franceses. El florecimiento de tales ideas claro está no ha dado su fruto. Quizá la culpa la tengan las facultades de humanidades una y otra vez repitiendo cínicamente el mismo término; porque el término en realidad está vacío en lo que se refiere a realidad. Pero no culpemos a nadie. Se ha pretendido un perspectivismo que se ha quedado en nihilismo. Se ha rescatado a Nietzsche para olvidarlo por todos apoyado sobre la losa de mármol que nunca muere sino de inmovilismo. Y el artista es quien en su libertad y voluntad de poder toma apretones de manos por doquier más allá del bien y del mal mientras aquello le dure. Un nihilismo semejante es una fábrica de camicaces. La dinámica mantiene al artista tan libre como sujeto a un contrato por el cual tan sólo le queda actuar en un tiempo y lugar tan concretos como el recuadro que tiene para firmar dicho documento. Actúa produciendo objetos de ánimo reblandecido.
La ideología del arte fue sólo una astucia, una táctica del artista en el terreno del otro, un modo de publicitar su propia lucha. El arte no tiene ni puede tener ideología; debe darle igual aquello que se escribe en torno a la muerte de la ideología. Las ideas las lleva el autor y libre es de modelar bajo aquella música que le suena en la cabeza. Pese a los eslóganes de los curators más respetados el único sentido del arte es aquel que avanza más allá de las trivialidades de sus ‘contenidos’ o de las pomposas argumentaciones de críticos eruditos. El arte nunca ha estado tan separado de la vida. En la época de la hiperreproductividad digital, el arte no consigue llegar a la vida. Sólo nacer queda encerrado, petrificado en sus celdas de exposición de alto standing. Todo es una paradoja en este momento de crisis antes del cataclismo. Si de algún modo alguien hubiera podido alertarnos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la filosofía e el arte habrían explosionado por un cambio de trayectoria. Las capacidades del arte sobre los modos de vida actúan siempre de un modo simbólico, esa es su especificidad. Pero el sentido y la importancia de la obra, no se encuentran en lo que ésta significa, sino en la capacidad para perturbar los modos anquilosados de vida, se entiende: las maneras de pensar, actuar o sentir. Por lo cual no hablamos tanto de eso que erróneamente se ha llamado ‘contenido’, sino de los movimientos, el empuje y la trayectoria de la obra, capaz de afectar los trazados sociales.
Constituir la obra de arte como artefacto no es esperar del arte un refugio. Regresar a soluciones cínicas no cambia nada. El arte es todo menos refugio, y viceversa. Aquel que toma su superficie como asiento, cae de espaldas al suelo. Sabemos que el arte tiene vías de escape en cualquiera de sus circuitos que lo acompañan. Para quienes como Diderot concluyan que el mundo y la humanidad vienen repitiendo ciclos de vida y muerte, el arte es más que una promesa de evolución.
El actual momento en que la legitimación o efecto del artista depende únicamente de si entidades bancarias o estatales ven en él y en su obra productos de provecho económico, imagen y prestigio, los únicos golpetazos del arte son goles triviales revestidos de ironía, como los de una mosca contra el cristal de la ventana. La repetición se echa contra él: los golpes están vacíos y es por ello que hablamos de repetición, inmovilidad. Arte reblandecido y policromado con diferentes estéticas que, muchas veces bajo la etiqueta de arte ‘comprometido’, implosiona en un tiempo que a la par lo potencia como caduco.

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(c) Mikel Ochoteco, 16/06/2008