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Revista TEXTOS de la CiberSociedad
ISSN 1577-3760 · Número 2 · Temática Variada
Los nuevos dispositivos tecnológicos de mediación de la experiencia y su repercusión en el relato reflejo del mundo social

Por: Juan Miguel Aguado


Para citar este artículo: Aguado, Juan Miguel, 2003, Los nuevos dispositivos tecnológicos de mediación de la experiencia y su repercusión en el relato reflejo del mundo social, Revista TEXTOS de la CiberSociedad, 2. Temática Variada. Disponible en http://www.cibersociedad.net




INTRODUCCIÓN / RESUMEN

Desde la aparición del lenguaje y la consolidación del mito como relato de la colectividad, la mediación de la experiencia constituye uno de los mecanismos básicos de configuración de las sociedades humanas. La diferencia característica de la modernidad la constituye en este sentido la generalización y universalización de los dispositivos de significación que, conjuntamente con la instauración de redes de confianza que garanticen el umbral de seguridad demandado, produce un mundo de la experiencia mediada exponencialmente más rico, heterogéneo, complejo y relevante que cualquiera de los conocidos en épocas anteriores. La globalización social, como se ha venido a denominar el desenclave a escala planetaria de los procesos y prácticas socio-culturales, sólo es posible sobre la base de una globalización de la experiencia mediada. Los nuevos medios de comunicación y las transformaciones de carácter tecnológico en que éstos surgen, aparecen como síntomas ineludibles de un proceso de transformación social que incluye el desenclave de la experiencia, la reflexividad generalizada en los relatos y productos de los sujetos sociales y la transformación/separación de espacio y tiempo. Los nuevos medios de comunicación se prefiguran así como tecnologías de la experiencia en una doble dimensión: tecnologías de la instantaneidad y tecnologías de la memoria. La función de mapa social y de reloj social (función cronotópica) característica de los nuevos medios sufre también transformaciones que, a su vez, redundan en cambios en la concepción social y la autoimagen de los profesionales de la comunicación. Ante la complejidad del actual proceso de tecnificación y comercialización de la experiencia mediada se impone una reflexión antroposocial de fondo capaz de interrelacionar procesos tan dispares como la emergencia de nuevas profesiones, el mestizaje de las dimensiones informativa, persuasiva y lúdica en los géneros de la comunicación o las transformaciones en el proceso de codificación e interpretación de los relatos mediáticos.


1.- Algunas observaciones sobre la reflexión acerca de la tecnología y la globalización

La correlación entre medios de comunicación social, innovación tecnológica y globalización socioeconómica es frecuentemente presentada desde una perspectiva instrumental (Castells, 1997; Echeverría, 1999; y otros) que resulta especialmente determinante respecto del concepto central a partir del cual se explican los procesos de transformación que los interrelacionan: la información y la comunicación como bienes de consumo. Partiendo, precisamente, de la misma visión técnica de la comunicación como transmisión de información que constituyera objeto de crítica por la escuela de Palo Alto, se tiende a presentar la globalización como un proceso de transformación económica y social constituido sobre la base de unas tecnologías que han hecho posible suprimir las barreras del tiempo y el espacio en las transacciones y en las relaciones inter-institucionales e interpersonales. Las transformaciones en los contenidos, procesos, recursos económicos y organizacionales de los medios de comunicación social aparecen así como una consecuencia derivada -en el mejor de los casos, potenciadora- de esos mismos cambios socioculturales de base económica e instrumental.

El trasfondo de semejante argumentación parece responder al esquema del progreso como patrón explicativo de la articulación entre las transformaciones instrumentales (tecnológicas), las transformaciones socioculturales y la acumulación y perfeccionamiento del conocimiento. En este sentido, y en el marco de los esfuerzos contextualizadores de la presente "revolución tecnológica", no parecen casuales las apelaciones a la memoria de la imprenta como hito instrumental. Tampoco parece casual el que nuevas versiones del determinismo tecnológico duro, en la línea inaugurada por McLuhan e Innis (Cfr. por ejemplo, De Kerckhove, 1999a y 199b) hayan adquirido en los últimos años resonancia académica y mediática. El debate entre tecno-optimistas y tecno-pesimistas resulta en cierto sentido un síntoma divulgativo de esa tesitura. En resumidas cuentas, la cuestión de la globalización es prioritariamente explicada desde la inserción de los conceptos de cognición, comunicación e información en la esfera de lo económico por la vía de su transformación en operadores tecnológicos (transmisión, almacenamiento y recuperación de datos) y epistemológicos (sistematización de la organización como dispositivo de producción y gestión de información).

Pese a las necesarias precauciones respecto del determinismo tecnológico en una época de profundos cambios instrumentales y procedimentales, la importancia de una reflexión analítica sobre las dimensiones socioculturales de la tecnología demanda un cierto protagonismo que, sin embargo, no puede ser disociado de los contextos de significado en los que esa misma tecnología emerge y adquiere sentido. Entre los aspectos más relevantes de la crítica a los determinismos tecnológicos (Chandler, 1995), cabe, precisamente, destacar el reduccionismo (la reducción monocausal unidireccional de los procesos socioculturales a los cambios tecnológicos), la ontologización reificante de la tecnología (considerada como un proceso autónomo, inexorable e independiente de los asuntos humanos, un tanto al modo del fatum clásico), y, en definitiva, un universalismo ahistórico y socioculturalmente descontextualizado que sustrae el análisis de los procesos de su imbricación con la construcción de sentido histórico, social y cultural.

Frente a aquellas perspectivas que fundamentan la importancia de los procesos tecnológicos en su independencia causal respecto de los procesos económicos y socioculturales (en el sentido de que son únicamente causa y no efecto de estos), desde nuestro punto de vista, la importancia de las transformaciones tecnológicas reside, precisamente, en su estrecha vinculación con los procesos económicos, simbólicos y conductuales que las hacen posibles y en el contexto de los cuales tienen lugar. Así, frente a la concepción aséptica de la tecnología como extensión instrumental de los órganos y sentidos, en la línea inaugurada por Francis Bacon, desde nuestro punto de vista, la tecnología remite a una "visión global, simbólica, de las relaciones hombre/mundo" (Sfez, 1992:36), a un contexto de sentidos asociados a los usos y prácticas de los instrumentos técnicos (Abril, 1997:115), a imaginarios socioculturales característicos y, en suma, a una relación mutua de producción entre sujetos y objetos (Duque, 1996; Aguado, 2001).

La aportación más interesante de los determinismos tecnológicos, habida cuenta de las reservas consignadas, ha permanecido, sin embargo, en un inmerecido segundo plano, quizá con la sola excepción de Debray y su mediología (2001): nos referimos a la vinculación entre los conceptos de tecnología y medio. Si de alguna manera es posible plantear un concepto que capture simultáneamente la dimensión instrumental y la dimensión simbólica de la tecnología, de forma que ésta no pueda ser disociada de su contexto de producción, éste es quizás, el concepto de medio. La propia polisemia del término apunta ya en esa dirección: medio es simultáneamente herramienta, vía o modo de intervención, por un lado y entorno, contexto o condición de posibilidad, por otro. El ámbito en que de forma más transparente se hace visible esa implicación entre las dimensiones instrumental y simbólica es, precisamente, el de los medios de comunicación social. Resulta, en este sentido, paradójico que el análisis de los procesos de mediación social, especialmente en lo que respecta a su vertiente económica y procedimental, se haya realizado predominantemente desde una perspectiva instrumental. Los conceptos acuñados de sociedad de la información y sociedad del conocimiento constituyen, quizás, la expresión más precisa de esta perspectiva que, como ya apuntábamos más arriba, se erige sobre la presunción de la comunicación desde su esquematización técnica como transmisión de información y del conocimiento como procesamiento de información. Al margen de la estrecha vinculación de esta perspectiva con los presupuestos epistemológicos del cognitivismo más próximos a un funcionalismo de raíces conductistas (que, básicamente sustituyen la fórmula estímulo/respuesta por la de variable dependiente/función o, en términos sistémicos, información/evento organizacional), conviene señalar que los conceptos observacionales a partir de los cuales se ha desarrollado la perspectiva instrumental de la mediación tecnológica y/o comunica tiva manifiestan una perfecta coherencia con los requisitos operacionales de cuantificación y transposición. Información, cognición, actitud, opinión, conducta, o interés constituyen así conceptos observacionales que mantienen la coherencia epistémica de una tecnología concebida como herramienta neutral, meramente posibilitadora de procesos, y de una comunicación social concebida como mediación cognitiva racional en la que, en definitiva, el contenido básico es la información y su intervención en la configuración de aquellos fenómenos individuales observables directamente asociados a ésta: opinión, interés o actitud.

El énfasis en el binomio información/cognición subraya la naturaleza del medio como herramienta a disposición de los sujetos sociales, y nos hace perder de vista la dimensión del medio como entorno simbólico. Con todo, como ha señalado Abril:

"Los medios son agentes culturales y agentes de socialización: mediar significa poner en relación distintos órdenes de significación o de experiencia; por ejemplo, la experiencia local o próxima y la representación de la totalidad social [...]. Significa, al mismo tiempo, relacionar a distintos sujetos sociales, ya sean individuos, grupos y clases, o agentes institucionalizados (gobernantes y ciudadanos, productores y consumidores, etc.); y relacionarlos no sólo en el sentido del reconocimiento mutuo, sino también en el sentido de producir espacios de expresión y de negociación de sus intereses y diferencias" (Abril, 1997:109-110).

Es, preciso, pues, poner en juego un marco epistémico que dé cuenta de la doble dimensión instrumental y simbólica de la tecnología y del medio, más allá de los presupuestos del cognitivismo funcionalista y que admita no sólo la perspectiva racional de los procesos de mediación, sino también la perspectiva onírica, emocional y de fantasía que forma parte del imaginario sociocultural y que, en suma, determina de forma notable el universo de significados que constituye una comunidad interpretativa y, por ende, una comunidad de prácticas. Martín Barbero (1987) cita a Morin para señalar, precisamente, el ámbito de los medios de comunicación social como territorio de configuración y encuentro de experiencias a partir del par realidad/ficción:

"[Los medios de comunicación social operan como] dispositivos de intercambio cotidiano entre lo real y lo imaginario, dispositivos que proporcionan apoyos imaginarios a la vida práctica y puntos de apoyo práctico a la vida imaginaria. Es decir, los medios más que instancias de alienación son espacios de identificación"

Otro ámbito, además del de la comunicación social, en el que resulta especialmente patente la implicación de aspectos racional-instrumentales con aspectos simbólicos relativos a la producción y reproducción de imaginarios socioculturales es el ámbito del consumo. George Ritzer (2000) argumenta, precisamente, la estrecha relación en la esfera del consumo entre procesos característicamente instrumental-racionales, como los regidos por el interés y la optimización, y procesos característicamente simbólicos y emocionales, como los relativos al disfrute, la satisfacción y la construcción de identidad. La publicidad y el marketing forman parte, en este sentido, junto con otros productos característicos de la industria cultural, de procesos de "reencantamiento" del mundo, en los que la esfera racional-instrumental del intercambio económico apela al encanto (en contraposición al "desencantamiento" con que Weber describió la modernidad).


2.- El lugar de la experiencia en el trinomio medio/tecnología/sociedad

El predominio en el análisis de la relación entre media y sociedad de conceptos observacionales funcionalmente operativos, delimitables y nítidamente coherentes con la perspectiva técnica de la comunicación ha dejado en un segundo plano, como señalábamos más arriba, la dimensión emocional de los procesos comunicativos. Sin embargo, si observamos de modo genérico los caracteres de los productos comunicativos de las industrias culturales y prestamos atención a la propia naturaleza del consumo de esos productos, descubriremos que el factor emocional (de 'encantamiento', siguiendo a Ritzer) no sólo se halla presente, sino que ocupa un lugar central. Hace falta, pues, un concepto observacional que permita articular el análisis de los procesos de producción y consumo vinculados a la tecnología y la comunicación que ponga en juego no sólo la virtualidad instrumental y racional de esos procesos, sino, sobre todo, su virtualidad emocional. Esto es algo que, desde el ámbito de la publicidad y los productos de la cultura de masas (cine, música, literatura de consumo, videojuegos, etc.) se tiene asumido desde hace décadas y que, sin embargo, en el ámbito de los medios tradicionales, permanece oculto bajo el peso de los conceptos de información y conocimiento. Con todo, como ya observara Debord (1976), nuestra sociedad es, antes que sociedad de la información o del conocimiento, una sociedad del espectáculo.

Teniendo en cuenta lo afirmado, el concepto observacional implícito que caracteriza los procesos de mediación social es, desde nuestro punto de vista, el concepto de experiencia. Resulta significativo que, así como en la literatura académica acerca de la naturaleza de la publicidad en tanto que proceso comunicativo, el concepto de deseo se prefigura como un concepto tabú, frecuentemente oculto bajo perífrasis como valor o interés, en el ámbito general de la comunicación la idea de experiencia apenas aparece considerada de manera implícita en aquellos textos más próximos al territorio de los estudios culturales. Ciertamente, el de experiencia es un concepto que a penas ha traspasado las fronteras de la filosofía, donde posee una larga tradición reflexiva. Y sin embargo, en cierto modo se halla, paradójicamente, en la base de los procesos comunicativos en su triple dimensión sociocultural, tecnológica y económica.

Resulta posible, en este sentido, distinguir una doble concepción de la experiencia a lo largo del pensamiento occidental: por un lado, la experiencia externa, asociada a los sentidos y a la concepción ontológica autosuficiente del objeto (en la tradición que va desde Demócrito hasta el neopositivismo, pasando por Platón, los empiristas ingleses y, en no pocos sentidos, el propio Kant), y por otro lado, la experiencia interna, asociada a la imposibilidad de separar el sujeto del mundo en el acto de conocimiento (en la tradición que va desde Heráclito y Gorgias hasta los posmodernos, pasando por ciertas interpretaciones aristotélicas, algunas concepciones idealistas implícitas en Descartes, Leibniz, Berkeley y Kant, el vitalismo bergsoniano y el psicoanálisis). Quizá la tradición intelectual más comprensiva de esta doble visión de la experiencia la constituya la fenomenología. Desde los antecedentes hegelianos hasta Husserl, Heidegger y Merlau-Ponty, se traza un puente entre la experiencia como aprehensión de datos a través de los sentidos (experiencia externa) y la experiencia como vivencia del mundo por el sujeto en sus dimensiones sensorial y simbólica (experiencia interna).

En el ámbito de la psicología, la experiencia aparece dotada de connotaciones predominantemente instrumentales y cuantificables; por un lado, en el marco del paradigma científico clásico, como experiencia sensorial -concepto motriz en psicología evolutiva, psicología cognitiva, teorías de la percepción, etc.-; por otro, en el marco de las teorías conductitas y cognitivistas de naturaleza más marcadamente funcionalista, como experiencia acumulada, asociada a las teorías del aprendizaje y la adaptación. Sólo desde el psicoanálisis se plantea la correlación entre experiencia y deseo en el marco del binomio satisfacción/sufrimiento, y con ello se apunta a una idea de experiencia interna, cargada de aspectos simbólicos, a caballo entre lo racional y lo emocional, entre lo social y lo individual. En el ámbito de la sociología la presencia del concepto de experiencia se reduce a las perspectivas más próximas a la filosofía, como en el caso del interaccionismo simbólico de G. H. Mead o la socio-fenomenología de A. Schutz. La crítica posmoderna apunta asimismo hacia una recuperación de los aspectos simbólicos y emocionales de la constitución de identidades (Baudrillard, 1998), que sienta las bases para una revisión del concepto de experiencia; y, en el contexto de aquellos sistemas teóricos que prestan atención prioritaria al fenómeno de la comunicación, comienza a perfilarse una atención creciente hacia la idea de experiencia individual/colectiva como criterio determinante en los procesos de constitución y transformación de los sujetos sociales y sus interacciones (Thompson, Giddens y otros). La dificultad de la incorporación de la experiencia como concepto observacional plenamente funcional reside, obviamente, en su doble naturaleza endógena y exógena, y requiere, en última instancia, un replanteamiento epistemológico capaz de compatibilizar la observación externa característica de la epistemología científica clásica, con la auto-observación.

En cualquier caso, un consenso operativo acerca de la idea de experiencia no puede ser circunscrito únicamente al territorio del conocimiento (menos aún si concebimos el conocimiento como procesamiento de información). En el sentido en que lo propone Merlau Ponty (1997), aunque cargando de matices culturales el concepto, la experiencia remite al ser en el mundo, esto es a la construcción de la identidad de la relación sujeto/mundo. La experiencia, en este sentido, apunta al deseo y a la ocurrencia, al propósito y al evento como polos complementarios sobre los que se articula la tensión sujeto/mundo. Desde una perspectiva psicoanalítica podríamos, pues, describir la experiencia como el lugar en el que el deseo se encuentra con el mundo. Ese encuentro es decisivo en la construcción de dos conceptos clave para la construcción de identidades: individuo y cultura.


3.- La mediación tecnológica de la experiencia

Lo dicho hasta aquí nos permite de modo singular aproximarnos al medio de comunicación como dispositivo de experiencia o aprendizaje vicarios más allá del sentido planteado por las primeras aproximaciones psicosociológicas de carácter cognitivista a la comunicación colectiva. A diferencia de aquellos enfoques que colocaban su énfasis en la representación como proceso cognitivo, la experiencia no puede ser circunscrita únicamente al territorio del conocimiento. Concebir, por tanto, el medio como un dispositivo de experiencia vicaria obliga a entender la herramienta cognitiva/representacional como un generador de vivencias en los más diversos niveles.

El medio, pues, ya no se caracteriza sólo por su naturaleza especular (el medio es un espejo que nos aporta conocimiento del mundo) sino también por su naturaleza espectacular (el medio es un lugar de nuestro mundo social en el que se generan vivencias). Los medios de comunicación social de principios del siglo XXI se caracterizan por la especularización/espectacularización de la experiencia. El relato mediático, además de enciclopedia y cartografía social, es a la vez speculo y spectaculo, tecnología del conocimiento y de la representación pictórica y circense a un tiempo, simulacro antes que reflejo. El espejo mediático es, como se adelantaba, un espejo imposible: no refleja; muestra e incita, un tanto a la manera de los espejos mágicos de los relatos tradicionales. En tanto que speculo/spectaculo el medio responde, como ha señalado Abril (1997:159), a una doble lógica: una lógica del ver (speculo) y una lógica del deseo (spectaculo). La idea del medio como herramienta representacional/cognitiva, esto es, como un reproductor/transmisor de conocimiento, cede así fuerza a la idea del medio como una instancia de configuración de la experiencia en la que habrán de tener cabida la fascinación, el delirio, la fantasía y la emoción.

Esa doble naturaleza de espejo/espectáculo, como en los espejos deformes/deformantes del Callejón del Gato que Valle Inclán inmortalizara en Luces de Bohemia, constituye el núcleo de la relación entre los conceptos de secuestro de la experiencia y mediación de la experiencia (Giddens, 1995:185 y stes.) que resultan cruciales para la comprensión de la relación entre los medios de comunicación y la dinámica social en el comienzo del siglo XXI. Si algo caracteriza genéricamente a la modernidad esto es una singular constitución, primero, y una gestión característica, después, de la experiencia individual y colectiva que, no en vano, ha promovido exponencialmente el nacimiento y desarrollo de los medios de comunicación en sus expresiones procedimental (usos sociales de la comunicación) e instrumental (tecnologías de la comunicación).

Si podemos entender la sociedad moderna como la sociedad de los individuos (Elias, 1990) no resulta difícil concluir que los dispositivos de control y gestión de la experiencia adquieren una importancia psicológica, política, económica y cultural de primer orden. La historia de las sociedades modernas es, más que nunca, la historia de sus dispositivos de gestión y control de la experiencia. Con la instauración del individuo como eje de la comprensión de lo social, las sociedades modernas estallan en un universo de identidades interactuantes en el que el nombre y lo nombrado suplantan a la causa y el efecto; donde, en suma, el sentido toma el lugar de la función. No parece, a este respecto, casual que el propio Giddens (Ibid, 33 y stes.) identifique la reflexividad institucional generalizada como uno de los rasgos definitorios de la complejidad característica de las sociedades modernas. Otro tanto ocurre con Luhmann (1998). Para ambos, en un sentido general, la complejidad de la sociedad moderna se asemeja a un cruce infinito de espejos, una suerte de diálogo a través del cual se construyen y coordinan multitud de relatos (reflejos) inter-institucionales o inter-individuales. La acción de cualquier sujeto social se constituye a partir de y constituye imágenes de los otros sujetos sociales y de evaluaciones de las consecuencias previsibles. Cada sujeto social (institucional, colectivo o individual) construye su identidad desde y para la selección de aquellas acciones de los otros sujetos sociales que son relevantes para su funcionamiento u organización. En este contexto, la noción luhmanniana de sistema parece ubicarse en algún punto intermedio entre la institución y el sistema abstracto de Giddens.

En sentidos diversos, pero, hasta cierto punto, complementarios, tanto para Luhmann como para Giddens la sociedad moderna es un complejísimo entramado de relaciones reflejas caracterizado por la regulación de la autoproducción. Para ambos autores, además, el problema del riesgo y su solución táctica, la seguridad, a través de redes de confianza, caracteriza el dinamismo de las sociedades modernas, en permanente huída hacia delante en lo que Giddens ha llamado sugestivamente la colonización del futuro (1995:185). Una sociedad en la que el futuro es sistemáticamente presentizado como ámbito de posibilidades contrafácticas (Ibid.) y donde, además, se hace patente la interrelación a escala global, debe resolver unos niveles de incertidumbre tanto a escala individual como a escala institucional jamás alcanzados en otras épocas.

Desde el siglo XVIII la estructura inicial de las sociedades modernas se articula en torno a los procesos de producción, dando así lugar a una progresiva economización del mundo social (Dupuy, 1998) cuya vertiente epistémica conjugaba racionalismo, idealismo y funcionalismo y cuya operación definitoria era la distribución de la riqueza y la estructuración de la producción (Beck, 1998). Sin embargo, el resultado de la progresiva diferenciación funcional en la línea apuntada no ha producido un mayor control: las promesas de seguridad y prosperidad apacible con que se legitimaba la politización del conocimiento y la tecnificación de la política han desembocado en la generación de numerosas esferas de riesgo: desde el ámbito laboral hasta la alimentación, desde el entorno natural a las esferas de la vida íntima, el riesgo aparece como una consecuencia ubicua, permanentemente al acecho, del 'progreso' tecnológico y social. Vivimos, pues, en palabras de Beck (1998), en la sociedad del riesgo: la cuestión clave no es ya la distribución de la riqueza, sino la distribución del riesgo.

Las sociedades contemporáneas se caracterizan por la ubicuidad del cambio acelerado, la desubicación de la experiencia, la ambigüedad directamente asociada a la incertidumbre, así como la movilidad de las estructuras de significado que utilizamos para comprender el mundo en que vivimos. En semejantes circunstancias, toda intervención engendra un excedente de riesgo inseparable de la constitución del individuo como eje de la vida social. El refinamiento tecnológico y la interrelación a escala global hacen, además, posible la circulación del riesgo en cadenas causales o rutas sobre las que la previsión o la intervención demandan nuevos recursos. Se observa, en consecuencia, una creciente tendencia hacia la especialización en la prevención, identificación y evaluación de riesgos por parte de los sujetos sociales. La ubicuidad del riesgo y la rapidez de su circulación, además, ponen de manifiesto la obsolescencia de la estructura disciplinar del conocimiento. Como ha señalado Morin (1995), los problemas de las sociedades contemporáneas se caracterizan por una complejidad creciente y demandan, subsecuentemente, soluciones complejas.

No extraña, en consecuencia, que Luhmann (2000) plantee la absorción de incertidumbre como una de las funciones básicas de los sistemas sociales modernos. Ni extraña, además, que en los estudios sobre el riesgo sean pioneras la teoría económica y las teorías de la decisión. El hecho de que lo económico se haya constituido en referencia dominante de los fenómenos sociales no se debe sólo a la importancia organizativa de la estructura de la producción y la distribución de la riqueza en nuestras sociedades. La orientación al futuro como ámbito indefinido de posibilidades contrafácticas es característica de la economía. Desde el origen mismo de la res economica moderna, el futuro es el territorio de la probabilidad y, a falta de una herramienta más fiel al determinismo mecanicista en que emerge la visión económica del mundo, la probabilidad toma el lugar de la frecuencia. "La sociedad moderna representa el futuro como riesgo" (Ibid,:160).

En las condiciones características de la modernidad, la seguridad ontológica que demandan los sujetos sociales en el plano de la cotidianeidad "supone la exclusión institucional de la vida social de problemas existenciales fundamentales que plantean a los seres humanos dilemas morales de la máxima importancia" (Ibid.:199). Entre los ámbitos de este secuestro de la experiencia Giddens destaca la locura, la criminalidad, la sexualidad, la Naturaleza, la enfermedad y la muerte. Lo que en términos epistemológicos se planteó como la relegación de los criterios morales y estéticos a la expansión del conocimiento técnico coherente con los presupuestos de la razón instrumental ha terminado constituyendo una red de procesos institucionales de ocultamiento de la experiencia que, si bien contribuyen al incremento del nivel de seguridad sobre el que sustentar las redes de confianza (normalidad) que sostienen las relaciones de poder, pospone aspectos cruciales de la constitución de la identidad individual.

El paso de la representación al simulacro (Baudrillard, 1998), la hipersimulación en que se constituyen las imágenes de lo social y lo individual, se perfila a un tiempo como el motor y el resultado de este secuestro de la experiencia. Así, la extradición de experiencias existencialmente revulsivas tanto en el nivel social como en el individual aparece simultáneamente paliado y reforzado por la emergencia de complejos dispositivos socioculturales de mediación de la experiencia entre los que, obviamente, ocupan un lugar privilegiado los medios de comunicación social. Gonzalo Abril (1997) pone precisamente el acento en la dimensión contextualizadora, más que instrumental, del concepto "medio" cuando hablamos de medios de comunicación. El medio (de comunicación) antes que mediar contribuye a configurar el medio de las prácticas sociales, esto es, el entorno en que los sujetos sociales se relacionan y constituyen entre sí.

Los dispositivos socioculturales de mediación de la experiencia, al menos en las condiciones de la modernidad, que incluyen la tecnificación y economización del mundo social, juegan un importante papel en la confección de redes de confianza destinadas a mitigar la incertidumbre mediante el incremento de la seguridad. En definitiva, la experiencia mediada contribuye a filtrar el excedente de incertidumbre que debe afrontar una sociedad compleja, profundamente interrelacionada, con un alto nivel de diferenciación funcional y permanentemente volcada sobre el futuro. La mediación de la experiencia, y, debido a su alcance y naturaleza, aún en mayor medida la mediación tecnológica de la experiencia, constituye un mecanismo de normalización en el sentido preciso en que genera coherencia entre los relatos producidos por los sujetos sociales, institucionales, individuales o colectivos.

Autores como Thompson (1998:290 y stes.), hacen hincapié en que los contenidos mediáticos obedecen más bien a una lógica compensatoria de la confiscación institucional de la experiencia (equivalente al secuestro de la experiencia en Giddens) característica de las sociedades modernas. De acuerdo con esta lógica compensatoria, los individuos tienen acceso por la vía del medio a experiencias institucionalemente confiscadas y, en general, inaccesibles dentro de los márgenes de su vida cotidiana (Ibid.:292). Nuestra tesis, coherente con la de Giddens, es, si bien no contraria, sí sensiblemente divergente: la experiencia mediática -esto es, la experiencia mediada a través de los medios de comunicación- hace compatibles la lógica de compensación y la lógica de potenciación del secuestro institucional de la experiencia. A la vez que proporciona versiones accesibles de acontecimientos confiscados a la experiencia cotidiana, permanece coherente con el imaginario sociocultural constituido por esas mismas sociedades cuya articulación alimenta instituciones encargadas de garantizar la confiscación de la experiencia.

La generalización de la experiencia tecnológicamente mediada constituye un rasgo característico de la sociedad actual. Sus consecuencias no se dan sólo en el nivel básico de las 'historias de ficción', sino en aspectos tan profundamente estructurales como el anclaje espacio-temporal de la experiencia y en la producción de rutinas asociadas al sentido en el mundo social. Si rememoramos las fuentes de nuestra experiencia individual descubriremos que en grado y extensión la mayor parte de ellas proviene de dispositivos tecnológicos de mediación de la experiencia. Es en este contexto donde parece pertinente ubicar las voces que señalan una creciente virtualización de lo real (Castells, 1997; Baudrillard, 1998; Echeverría, 1999). Como en un silencioso proceso de inversión semiósica, cada vez con mayor frecuencia la representación se convierte en referencia de lo representado, proceso al cual Baudrillard (1998) ha bautizado con el significativo título de precesión del simulacro. "En la sociedad del espectáculo, la idea se torna imagen y lo real es imaginario" (Taylor y Saarinnen, 1994).

En este contexto, la experiencia tecnológicamente mediada ha adquirido una importancia crucial en la constitución del individuo y su anclaje en la estructura social. Basándose en la concepción diltheyana de la experiencia y las tesis fenomenológicas de Schutz acerca del mundo de la vida como horizonte de experiencia, Thompson (1998:292-297) distingue entre experiencia vivida y experiencia mediática. La experiencia vivida se asocia al mundo de la vida cotidiana y se caracteriza por la inmediatez, la proximidad espacio-temporal, la continuidad y la prerreflexividad. La experiencia mediática, en cambio, aparece caracterizada por el desanclaje espacio-temporal, la refracción (en el sentido de una cierta impermeabilidad a la afectación en la relación emisor/receptor), la recontextualización de los significados y, según el autor citado, una menor relevancia estructural (esto es, una menor relevancia de la experiencia mediada en la configuración del proyecto de vida del sujeto). Aunque Thompson admite la creciente importancia de la experiencia mediática, se muestra reacio a admitir la consideración de un proceso de sustitución de la experiencia vivida por la mediática. Desde nuestro punto de vista el autor incurre en una omisión importante: antes que distinguir entre experiencia vivida y experiencia mediática es necesario advertir, como hemos hecho con anterioridad, que, desde la existencia del lenguaje, un amplio sector de la experiencia humana es, por definición, experiencia mediada. Lo que Thompson propone como experiencia mediática se aproxima a lo que nosotros entendemos como experiencia tecnológicamente mediada. Algunas caracterizaciones de la experiencia vivida, como la ubicación espaciotemporal, resultan cuestionables desde la modernidad y, en cualquier caso, es importante advertir que la creciente relevancia de la experiencia mediática está no ya sustituyendo, sino transformando el modo en que articulamos y organizamos nuestra experiencia vivida. De hecho , no cabe concebir globalización social sin la base de una universalización de los dispositivos tecnológicos de mediación de la experiencia. El valor socializante de la experiencia tecnológicamente mediada no sólo se ha visto favorecido por este proceso de universalización, sino también -y muy especialmente- por el papel que los dispositivos tecnológicos de mediación de la experiencia juegan en la generación de confianza y en la absorción de incertidumbre.

Las tecnologías de la comunicación constituyen así un dispositivo peculiar por cuanto intervienen en la gestión de la experiencia en un doble nivel; epistémico (ponen en juego una concepción y unas relaciones de constitución entre sujeto y mundo) y simbólico (son instancias especializadas en la mediación de la experiencia). En el primer nivel operan en el sentido de incrementar la coherencia en la actitud epistémica hacia el mundo (por ejemplo, refrendan el axioma de la causalidad o la separación sujeto/objeto en las sociedades modernas), interviniendo decisivamente en las condiciones de posibilidad de la experiencia. En el segundo nivel operan en el sentido estricto de mediación, esto es, en la constitución de un espacio de la experiencia dotado de reglas de circulación, transformación y trasposición de los sentidos.

En semejantes circunstancias de generalización de la acción de los dispositivos tecnológicos, el valor socializante de la experiencia tecnológicamente mediada se convierte en valor de cambio. La experiencia mediada constituye así un servicio retribuible sobre el que se articula una de las estructuras comerciales dominantes en la sociedad contemporánea: la industria cultural. No sólo consumimos ocio o información. Consumimos y/o distribuimos experiencias mediadas (diversión, miedo, placer estético, vértigo, reflexión, tristeza, conciencia, fascinación, precisión, realidad, y tantas otras). Consumimos, en definitiva, los fragmentos de un cuadro do it yourself en el que dibujamos nuestra relación con el mundo social. Un cuadro que constituye la fuente de seguridad ontológica sobre la que nos alzamos como individuos. La economización del mundo social alcanza así el ámbito de la experiencia sociocultural del individuo.

Desde los teóricos de la escuela de Frankfurt a los críticos de la comunicación herederos de su reflexión (Sfez, 1995; Morin, 1967; Mattelart, 1974, etc), se ha advertido que la unión indisociable entre industria cultural y cultura de masas desata un proceso de economización y tecnificación industrial de la cultura que deviene en una radical transformación del mundo social y de la propia constitución del individuo. La entronización semántica y procedimental de la comunicación en las sociedades modernas transcribe el aporte tecnológico a una cultura en la que, cada vez más, la industria releva a otras instituciones sociales en la producción de experiencias simbólicamente mediadas. No se trata sólo de renovar la vieja sospecha de que, hoy, la construcción del individuo resulta una cuestión esencialmente económica; sino sobre todo de llamar la atención sobre el hecho de que la tecnificación/economización de la experiencia mediada afecta tanto a quienes la incorporan como a quienes la producen: el mercado y el individuo ya no son los que eran. De una manera tan sagaz como alarmista, Jeremy Rifkin ha denominado a este proceso comercialización de la experiencia:

"Estamos realizando la transición a lo que los economistas llaman una "economía de la experiencia", un mundo en el cual la vida de cada persona se convierte, de hecho, en un mercado de publicidad. [...] La producción cultural comienza a eclipsar a la producción física en el comercio y el intercambio mundial. [...]. En la era industrial, cuando la producción de bienes constituía la parte principal de la actividad económica, tener la propiedad era decisivo para alcanzar éxito y sobrevivir. En la nueva era, en la que la producción cultural se convierte de manera creciente en la forma dominante de la actividad económica, asegurarse el acceso a la mayor diversidad de recursos y experiencias culturales que alimentan nuestra existencia psicológica se convierte en algo tan importante como mantener la propiedad. [...] La producción cultural refleja la etapa final del modo de vida capitalista, cuya misión esencial ha sido siempre la de incorporar cada vez mayor parte de la actividad humana al terreno del comercio. [...]" (Rifkin, 2000:18-19)


4.- La estructura espacio-temporal de la experiencia tecnológicamente medida

Como en la vinculación mitológica entre Cronos y Mnemosine, el tiempo universal y la memoria, aparecen como los motores de la cultura moderna, en el sentido, precisamente, de una malla temporal descontextualizada por universalizable sobre la que coordinar la variación y sedimentación de las vivencias a partir de las cuales comprender lo que somos y lo que vivimos. El tiempo físico como devenir (Cronos) es el espacio de clasificación y compartimentalización de la experiencia en conjuntos de sentido que denominamos memoria (Mnemosine). El tiempo es, en suma, la urdimbre sobre la que se construye la trama del tejido con el que vestimos nuestra autocomprensión y, en última instancia, nuestra auto-vivencia.

La aparición de la información periódica (y, en general, de la cultura mediática) en las sociedades occidentales constituye un hito en la organización social: se trata de la primera institución social especializada por entero en la autodescripción sistemática y actualizada de la sociedad. El medio de comunicación se convierte así entre los siglos XIX y XX en el dispositivo de autoimagen (o de autorrelato) social más exhaustivo conocido hasta ahora: disponemos de autoimágenes del mundo social con una frecuencia y una regularidad inimaginables hasta ayer. El medio asume así, como señala Abril (2000) una función cartográfica y cronométrica al mismo tiempo: distribuye los espacios y los tiempos del sentido en los que encuadramos las vivencias colectivas y, cada vez más, también las individuales.

El tiempo de los medios se construye, en términos generales, sobre la misma doble distinción sobre la que se ha constituido la mnemoteca social en nuestra cultura: por un lado, la distinción pasado/presente/futuro; por el otro, la distinción tiempo ficcional/tiempo real. Distinción que nos remite a la oposición clásica entre el tiempo de las cosas (Cronos) y el tiempo de la vivencia (Kairós); el primero, lineal, secuencial, no acumulativo; el segundo, circular, rítmico, acumulativo. La historia de las tecnologías en Occidente, esencialmente tecnologías de la instantaneidad (transporte, transmisión) y tecnologías de la memoria (almacenaje, conservación) se inscribe en la colonización del segundo por el primero. Lakoff y Johnson (1998) han expresado en la forma de esquemas metafóricos nuestra comprensión de esta distinción directriz fundada sobre la vivencia espacial del tiempo. Por un lado, el tiempo es algo a través de lo cual nos movemos: el tiempo es el espacio de la trayectoria, con un aquí (presente), un delante (futuro) y un detrás (pasado), así como con un allí fuera de la trayectoria (tiempos de la ficción, tiempos de la simultaneidad, tiempos de la contrafacticidad); por otro lado, el tiempo es algo que se mueve: el tiempo es la duración de la trayectoria, con un ritmo (aceleración-deceleración), una secuencia (duración de duraciones) y una cadencia cíclica (regularidad, repetición de los esquemas de duración, principio-fin).

El tiempo se prefigura así en la cultura occidental de principios del siglo XXI como síntoma de presencia física y, en consecuencia, de coordinación de la experiencia (el 'tiempo real' de los medios no es sino el tiempo de la experiencia simultánea: es precisamente esa experiencia global que caracteriza a los medios la que, como se ha planteado, hace posible un mundo global). Por eso mismo, además, el tiempo deviene recurso económico esencial: la colonización del tiempo no es sólo una constante tecnológica, sino también económica.

En este contexto, la peculiaridad de los medios de comunicación social reside, precisamente, en que son a la vez tecnologías de la instantaneidad y tecnologías de la memoria (Aguado, 2002), y en que lo son en grado exhaustivo: nunca hasta nuestra época una tecnología de la instantaneidad había tenido consecuencias tan radicales en la mnemoteca social; y nunca hasta nuestra época una tecnología de la memoria había gozado en tal medida de la naturaleza de la instantaneidad. Si la esencia de la modernidad reside en una contracción del espacio hasta su disolución en el instante, la comprensión del tiempo (la vivencia del tiempo, el tiempo de la vivencia) se verá radicalmente transformada por la evolución tecnológica del medio: cuanto más expresamos la vivencia del tiempo en términos de espacio (trayecto, viaje, navegación, accesibilidad, inmediatez), tanto más vivimos el espacio en términos de tiempo. No es de extrañar, pues, que la nueva economía se caracterice por una sustitución masiva del espacio (propiedad, producto, mercado como espacio de la relación comprador-vendedor) por el tiempo (conexión, acceso, servicio, mercado como duración de las relaciones proveedor-usuario). Y no es de extrañar, subsecuentemente, que los nuevos productos-servicios tengan que ver más con la comercialización de la experiencia que con la comercialización de los objetos (Rifkin, 2000).

La propia actividad clasificatoria del sentido en el relato social sufre una radical desespacialización: si la modernidad se caracteriza por la transición de la clasificación alfabética a la temática (imponiendo, de la enciclopedia al periódico diario, un sentido lineal o ramificado, acumulable, secuenciable, descontextualizado y contextualizador), las nuevas tecnologías convierten el lugar de selección en el instante de selección. Ya no es un orden externo al lector/usuario el que fija el orden de la clasificación con pretensiones de regularidad y universalidad, sino que es la propia circunstancia interpretativa, el mismo instante de la selección, el que determina el curso y orden de los contenidos y su relación. En los nuevos medios de comunicación el código sobre el que se asientan los criterios de selección/clasificación ya no es (o no es sólo) competencia del autor, sino del usuario; no es un código consensuado, universalizante y descontextualizado, sino individual y contextual.

La consecuencia más visible es la proverbial sustitución del trayecto por el viaje como metáfora explicativa de la interpretación de sentidos: un trayecto presupone un recorrido por un espacio predeterminado por parte de un sujeto preconstituido cuyas coordenadas identitarias son, precisamente, un espacio y un tiempo transubjetivos; un viaje (como la navegación) presupone la construcción de un sujeto contextual, inestable, multiforme sobre la vivencia singular de una orografía aleatoria y caótica. En el trayecto el acontecimiento adquiere sentido por el sujeto; en el viaje, el sujeto adquiere sentido por el acontecimiento. La dificultad de la lectura, la sensación de pérdida y de desorden en el texto electrónico no son sino dificultades relativas al proceso de autoconstitución del sujeto de la interpretación:

"En la era de la información el yo es dispersado, descentrado, multiplicado, conducido a una permanente inestabilidad [...]. Los artefactos de la era de la información son extensiones del yo, pero los yoes [...] son también artefactos de los procesos sociales que nos crean. Las nuevas tecnologías de la comunicación y el conocimiento presuponen y activan un sujeto heterogéneo y conexo a un entorno múltiple: inmediato y virtual, selectivo y masivo, local y global, posicional y nómada al mismo tiempo" (Abril, 2000:43)

En el universo simbólico clásico, donde los soportes todavía operan sobre el correlato espacio-tiempo, las funciones interpretativas del tiempo en el mapa de los medios de comunicación son aún nítidas: el tiempo cumple una función de punto fijo (es el 'lugar' de la observación), una función de profecía (es el horizonte de la observación que presupone una determinación en la concatenación de los sucesos), una función de memoria (el tiempo es un orden regular de las secuencias que se constituye en fuente de identidad) y una función de relevancia (el tiempo como filtro de duración y como criterio de incidencia).

El tiempo de los medios es aún, como han señalado diversos autores (Abril, 2000; Barbosa, 2000), un tiempo del encuentro entre el relato y el rito, entre la selección lineal de novedades y el reconocimiento circular de redundancias, un híbrido, en suma, entre el tiempo del informativo y el del serial. Es un tiempo-marco que contribuye a crear una subjetividad colectiva en torno a una misma relación temporal (Barbosa, 2000): la parrilla de programación es un reloj diario (desayuno: informativo o programas infantiles, comida: informativo o programas de sobremesa, cena: informativo o programas de ocio), semanal (periodificación de los acontecimientos o programas relevantes) o anual (temporadas estacionales de programación, hitos anuales). Es, también, un tiempo-rito en el que se nos ofrecen concatenaciones típicas de personajes y eventos reconocibles precisamente por su tipicidad (aventuras, amoríos, encuentros y desencuentros que pasan a formar parte de nuestra experiencia cotidiana y conforman una experiencia común del tiempo caracterizada por el determinismo: a determinada ocurrencia le antecede o le sucede tal otra). Es, al fin, un tiempo-escala que organiza en substratos las selecciones de acontecimientos significantes y compone una red de historias de lo colectivo-global, de lo colectivo-local, y de lo individual (y que implican "la diferenciación conflictiva del tiempo, entendida como el impacto de los intereses sociales opuestos sobre la secuenciación de los fenómenos" (Castells, 1997:502)).

Como ha advertido Abril (2000), la lógica de conexión entre la construcción del tiempo en las sociedades modernas y las neotecnológicas no es, sin embargo, la de una ruptura. Se trata más bien de una lógica de continuidad caracterizada por la exacerbación. No puede ser de otro modo, si tenemos en cuenta que un medio tecnológico no es sólo una herramienta sino una matriz de sentido y que a toda materia organizada el corresponde una organización materializada: así, un procedimiento técnico no sólo actualiza una virtualidad preexistente, sino que modifica sus condiciones de ejercicio y su naturaleza (Debray, 2001).

Acaso la característica común a las sociedades modernas y a las neotecnológicas sea precisamente esa vivencia del tiempo como aceleración permanente, en virtud de la lógica de compresión del espacio, que convierte permanentemente el presente en un futuro accesible a la experiencia. Una experiencia que deviene producto (o servicio) comercializable: el presente es el mercado donde adquirimos futuros posibles respecto de los cuales el pasado ejerce como garantía de calidad-fiabilidad. El epíteto "nuevo", como se anuncia en el título, no es sino la etiqueta de presentización de ese futuro. Nuestras (eternamente nuevas) tecnologías resultan así verdaderas máquinas del tiempo; en primer lugar porque producen una vivencia característica del tiempo social (fractalizado, mimetizado, moldeado, heterarquizado), y con ello dan a luz a un sujeto de las tecnologías cuya construcción coincide con la interpretación (la performatividad moderna se caracteriza por un cambio del "decir es hacer" al "leer es hacerse"); pero también porque hacen posible la comercialización de esa vivencia, abriendo a la esfera de lo económico el inmenso territorio de la experiencia individual. La condición de posibilidad ya está dada: la disolución del espacio (el lugar o el signo en el mapa) y la referencia son también una disolución del cuerpo (de la materialidad del sentido y de la vivencia), inaugurando con ello una atemporalidad casi mesiánica (Castells, 1997; Duque, 2000).

En este contexto, las funciones sociales tradicionalmente características del imaginario social del comunicador comienzan a sufrir una transformación que, a pesar de trazar una línea de continuidad con su evolución previa, se presumen radicales. En los nuevos entornos tecnológicos de la comunicación social desaparece la periodificiación (Aguinaga, 2000). Si tenemos en cuenta que no sólo la periodificación responde a requisitos experienciales (tiempo de la vivencia de los contenidos de los medios), sino que también establece requisitos experienciales (tiempo de la vivencia social), ciertamente la progresiva desaparición de la periodificación supone un cambio esencial en el consumo y la producción de contenidos comunicativos, tanto como en sus posibles consecuencias sociales. A ello contribuyen sin duda la simultaneidad y la desterritorialización (o descontextualización) que las nuevas tecnologías introducen en la actividad comunicativa:

"Esta aceleración del tiempo mediatizado, ayudándose de la simultaneidad, se ve acompañada por los efectos de la virtualidad y la interactividad, que también desempeñan una enorme influencia en las visiones del mundo del público. [...] El presente pasa a ser hecho en el momento de su transformación en acontecimiento, dando al espectador la impresión de que está delante de la realidad, de la vida, y permitiéndole, al mismo tiempo, tener la sensación de participar más intensamente, al lado de un vasto auditorio, en la construcción del acontecimiento mismo" (Barbosa, 2000)

En el nuevo entorno tecnológico el aquí es suplantado por el ahora: ahora es aquí. Simultáneamente a la caracterización del comunicador como recolector-procesador-difusor de contenidos se superpone una nueva caracterización, la de un "tejedor de redes sociales" entre sujetos colectivos y, especialmente, sujetos individuales. La individualización de los contenidos, paralela a la individualización de la comercialización de productos que caracteriza a la nueva economía (Rifkin, 2000), es sintomática en este sentido: cada vez más ya no se producen una clase contenidos con el objeto de distribuirlos entre un público masivo; sino que se produce una variedad masiva de contenidos con el objeto de distribuirlos a un usuario determinado. La comunicación en los nuevos entornos tecnológicos adquiere en un grado sin precedentes la naturaleza de servicio frente a su tradicional naturaleza de producto. Consecuentemente, el perfil del comunicador en los nuevos entornos tecnológicos superpone los rasgos de un relaciones públicas a los de un productor de contenidos. La comunicación se distingue así de la información por cuanto comporta un proceso prolongado en el tiempo (un servicio), una relación directa y casi en tiempo real (interactividad) entre el proveedor y el usuario y un conjunto de ritos sociales dirigidos hacia la fidelización. El resultado de estas transformaciones, apenas en su fase inicial de desarrollo, es el medio-portal, que aúna los caracteres del periódico, la televisión, la gran superficie comercial, el centro de ocio, el club social y el proveedor de servicios de telecomunicaciones. La convergencia de otros soportes tecnológicos como la telefonía móvil y la televisión, apuntan asimismo en esa dirección.

El resultado de este proceso parece dirigirse hacia una difuminación de las fronteras categoriales del imaginario profesional de los comunicadores, observándose un creciente mestizaje entre los caracteres del informador, el gestor de relaciones y el diseñador de entornos y productos globales. El comunicador en los nuevos entornos tecnológicos es, pues, un tejedor de redes en un triple sentido: redes sociales (interacciones comunicativas estables entre el medio y los usuarios así como entre los propios usuarios), redes tecnológicas (interacciones productivas entre diferentes soportes tecnológicos), y redes productivas (interacciones entre diferentes formatos y clases de contenidos, esto es, entre diferentes productos y/o servicios relativos a la comunicación).

El manejo de las estructuras temporales, por tanto, no sólo cambia en relación al contexto social y de uso de los contenidos comunicativos, sino también y muy especialmente en lo relativo a la producción. Los nuevos entornos tecnológicos plantean una redefinición del contrato pragmático entre autor e intérprete cuya transformación sustancial atañe, precisamente, a las estructuras temporales. Si en los medios informativos tradicionales, la distribución de la actividad selectivo-clasificatoria entre presente y pasado permanecía claramente diferenciada, en los nuevos entornos tecnológicos esta distinción empieza a desaparecer. Por un lado la potenciación del producto obsoleto (los contenidos comunicativos pasados) hace posible el acceso en condiciones idénticas a los contenidos presentes, otorgando a aquellos una relevancia próxima a la de los últimos. Por otro lado, la pérdida de periodicidad en beneficio de la actualización permanente en tiempo real extiende el presente hasta casi anular la categoría de futuro (por otro lado típicamente adscrita a la actividad clasificatoria como categoría de fase). La absolutización del presente característica de los medios de información conlleva, en los nuevos entornos tecnológicos, una presentización del pasado y del futuro en las estructuras del tiempo social. La primera, la presentización del pasado, apunta al colapso de las tecnologías de la memoria (por hiperconservacionismo); la segunda, la presentización del futuro, apunta hacia el colapso de las tecnologías de la instantaneidad, donde el territorio de lo nuevo (el cambio, la transición, la sorpresa) es ya ayer.



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