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El ciberespacio, un nuevo espacio público para el desarrollo de la identidad local Por: Joan Mayans i Planells Para citar este artículo: Mayans i Planells, Joan, 2003, "El ciberespacio, un nuevo espacio público para el desarrollo de la identidad local". Conferencia inaugural del III Encuentro de Telecentros y Redes de Telecentros, Peñafiel, Valladolid, octubre de 2003. Disponible en el ARCHIVO del Observatorio para la CiberSociedad en http://www.cibersociedad.net/archivo/articulo.php?art=158
El protagonismo, ubicuidad, flexibilidad y espectacularidad con que Internet se ha instalado entre nosotros durante los últimos años hacen que se haya convertido en sujeto de predicados de cualquier cosa, proceso o acción. En un ejercicio de exageración casi constante, en el discurso público y mediático Internet promete, o es sospechosa de poder provocar, cambios en todas o casi todas las dimensiones de la actividad humana. Como si de algo sobrehumano o sobrenatural se tratara, en muchas ocasiones, se espera o se teme que una revolución de algún tipo -vago, inconcreto- se produzca un día u otro, más o menos de repente, y transforme muchas cosas -vagas, inconcretas- sin que sepamos muy bien cómo, ni hayamos hecho nada para merecerlo. Como si esta supuesta revolución, entendida como tecnológica, estuviera irremisiblemente destinada a provocar una auténtica y radical revolución a nivel cotidiano y social.
![]() Esta imagen, que no pretende comparar valores absolutos ni criterios de utilidad entre las máquinas elegidas, sino su reflejar, de algún modo, su curva de aprendizaje, utilización y aprovechamiento, nos recuerda una afirmación anterior: que los ordenadores son unas máquinas tremendamente tontas a priori, que no hacen nada por ellas mismas, en comparación con otros electrodomésticos que ya funcionan solos o con muy pocas instrucciones. Pero también refleja perfectamente lo que nos interesa en este punto: el usuario de este electrodoméstico puede sacarle mucho más jugo a medida que aprende a utilizarlo y experimenta con él. Esta última cuestión, la de la experimentación, tiene también mucha importancia. Lo reseñable no es sólo que el ordenador y la red mundial de ordenadores a la que llamamos Internet sean de un aprendizaje progresivo y a partir de estándares bajos, sino que también es importante tener en cuenta de qué modo puede realizarse ese aprendizaje. Por un lado, se trata de un tipo de aprendizaje que podría llevar años desarrollar mediante formación más o menos reglada, el mayor exponente de la cual es la universidad. Sabemos, sin embargo, que se trata de un tipo de contenido bastante ligado a unas evoluciones y unas modificaciones constantes en tecnología de hardware, software y lenguajes de programación. Por ello, la experiencia y el uso tienen mucho que ver con este aprendizaje, seguramente en mucha mayor medida que en otros conocimientos que puedan ser adquiridos mediante formación reglada. Por otro lado, se trata también de un conocimiento escalable, como mostraba el gráfico anterior, que permite relacionar y acumular experiencias y conocimientos de un modo progresivo y acumulativo. Y finalmente, y lo que es más importante, se trata de un tipo de conocimiento y experiencia que no depende necesariamente de la formación reglada de tipo oficial. Un ejemplo aquí es más ilustrativo que cualquier explicación: mientras que seguramente sea imposible que alguien pueda convertirse en arquitecto por su cuenta y levantar un edificio en el centro de una ciudad, nada impide que una persona haya acumulado la experiencia y los conocimientos necesarios para crear un complejo portal de Internet con miles de usuarios, decenas de miles de visitas y que funcione tan bien o incluso mejor que muchos otros espacios parecidos construidos por profesionales avalados por varias carreras universitarias. Hay que añadir, antes de continuar, que esta capacidad de aprendizaje o esta accesibilidad al conocimiento experto tampoco es idéntica para todo el mundo y que las fracturas se producen en los mismos niveles que las que condicionan la accesibilidad económica. Evidentemente, es mucho más difícil -o quizá directamente imposible- acceder a esta misma curva de aprendizaje desde una situación de precariedad económica, de falta de formación básica, de desconocimiento del idioma inglés, etc. Aún así, y como ocurría en el caso de la accesibilidad económica, todavía estamos manejándonos en cifras de muchos millones de personas capacitadas para acceder a esta posibilidad, algo radicalmente distinto a lo que ocurre con otros espacios de información y difusión. Teniendo en cuenta esta consideración, me gustaría apuntar ahora, de modo muy escueto, una hipótesis que podría servir como explicación de por qué estamos ante un tipo de conocimiento con una curva de aprendizaje tan pronunciada. La diferencia radica en que no estamos ante una herramienta que haga cosas (como puede ser un torno, una prensa o un programa informático como el AutoCAD) y que con aprender a utilizarla ya podemos realizar la tarea que deseemos, sino que un ordenador e Internet son una herramienta que trabaja con herramientas. Y no sólo trabaja con ellas, sino que también permite crearlas, modificarlas y adaptarlas a las finalidades de cada cual. El ejemplo del arquitecto y del AutoCAD nos son aquí muy útiles para diferenciar una herramienta en su sentido clásico (algo que sirve para hacer o para ayudar a hacer algo como, en este caso, planos y alzados de un edificio, por ejemplo) de una herramienta que genera, administra, opera y puede incluso permitirnos modificar y crear estas herramientas (en este caso, el ordenador con el que se utiliza el AutoCAD... pero también los ordenadores con los que llegó a programarse y sigue trabajándose en cada nueva versión del AutoCAD). Y aquí estamos acercándonos a lo que es crucial y esencial para entender donde radica la accesibilidad de esta tecnología y que se aproxima mucho a lo que significa eso de programa: mientras que los conocimientos necesarios para operar con cualquier tecnología compleja actual pueden ser agrupados bajo el epígrafe de conocimientos tecnológicos o conocimientos expertos en el uso e interpretación de datos -y, en muchos casos, de ordenadores y de programas de ordenador- el tipo de conocimiento que se precisa para programar, aunque tecnológico y especializado, se parece más a otro tipo de conocimiento con el que la mayoría de la población está más familiarizada: el aprendizaje de un lenguaje. O, más que de un lenguaje concreto, de una lógica comunicativa. Una lógica comunicativa que, como no puede ser de otra manera, se traduce en una sintaxis, una gramática y un léxico. Y si bien es cierto que aprender una lengua nueva, sobre todo cuando opera con criterios lógicos distintos a los de las lenguas que ya conocemos, resulta algo complicado y laborioso, no es menos cierto que si realizamos esta comparación, seguramente, la noción de programar o la idea misma de atrevernos a utilizar un lenguaje de programación se convertirá en menos críptica e inasequible de lo que habitualmente solemos pensar. Además, cabe tener en cuenta que cualquier lenguaje humano es incomparablemente más complejo y tiene muchísimas más excepciones e irregularidades que el cualquier lenguaje de programación. Un factor más es muy importante en este sentido: la creciente importancia e influencia de los movimientos en favor del software libre que han entendido hace tiempo que la democracia o la independencia del ciberespacio no puede ser algo que se le conceda sino algo a conquistar por los propios medios que el ciberespacio y las tecnologías informáticas ofrecen. A día de hoy cada vez resulta más evidente que se puede optar por un sistema operativo en software libre sin demasiados problemas ni hándicaps reales de estabilidad, seguridad o asistencia. Pero aún mayor y más sólido es este convencimiento a nivel de la informática de servidores: ya no se trata sólo de Linux -a nivel doméstico- y de las tecnologías UNIX que se encuentran en la gran mayoría de los servidores comerciales, sino que incluso lenguajes como el PHP, las herramientas de administración de base de datos MySQL, las normativas públicas oficiales y estandarizantes de HTML y XML, etc. están sirviendo para cimentar sólidamente esta accesibilidad pública y masiva a ser y formar parte activa y creadora del ciberespacio. Son múltiples los organismos civiles, las empresas y las instituciones públicas que, con su apoyo a estos movimientos, de la mano de decenas de miles de usuarios en todo el mundo convertidos en grupo de ayuda mutua masivo y laboratorio de experimentación constante, están ayudándonos a entender qué es realmente el ciberespacio. Un espacio con todo por hacer y muchas personas para hacerlo Recapitulando brevemente algunas de las afirmaciones que hasta aquí hemos vertido veremos que:
Si a esto le añadimos que el ciberespacio es, como la red de ordenadores interconectados en que se basa, una tecnología que podemos tildar de tonta o vacía entenderemos rápidamente que esto es así por necesidad, por vocación y por definición intrínseca: si el ciberespacio está vacío, o no tiene los contenidos que queremos o que creemos útiles, o no sirve para lo que creemos que debería servir, es porque ni es ni puede funcionar satisfactoriamente como canal de distribución de información o de ofertas comerciales como la televisión, por citar el ejemplo más próximo. Es decir, en el ciberespacio no estamos obligados a esperar a que alguien venga y acierte a crear aquello que nosotros queremos... podemos hacerlo nosotros mismos. La riqueza de una red está en su pluralidad y en su complejidad. Una red que se pretenda jerarquizada y donde algunos agentes pretendan monopolizar el acceso a la posibilidad de emitir y de crear es una red pobre y abocada al fracaso. El ciberespacio es el resultado de una red compleja, pero no es tecnología. Es sociedad. Siguiendo las ideas de Michel de Certeau (1988), debemos entender el ciberespacio como un espacio social practicado, es decir, un espacio que sólo existe porque es socialmente significativo, porque en él tiene lugar actividad social de algún tipo. Haciendo un paralelismo con el célebre aforismo zen que propone que un árbol que cae en una selva sin que nadie lo escuche, en realidad, no ha caído, el ciberespacio sólo es, sólo existe, en tanto que estemos ahí. Pero no sólo para escucharlo, sino en este caso también para crearlo, en toda su extensión. El ciberespacio no es una red de ordenadores, sino el resultado de la actividad social de los usuarios y usuarias de los ordenadores conectados entre sí que se reparten -desigualmente, eso sí- por todo el mundo. Por tanto, el ciberespacio es sociedad y no puede ser otra cosa que sociedad. El papel de lo local Teniendo todo esto en cuenta, es preciso preguntarse aquí y ahora por el papel que puede jugar lo local en este contexto y ante este nuevo espacio que está gestándose bajo nuestros pies, o, mejor dicho, bajo nuestros dedos. El ciberespacio ha sido señalado a la vez como agente y producto de la llamada globalización. Su desprendimiento de los anclajes físicos y la no-centralidad que ya hemos subrayado en repetidas ocasiones son buenas razones para entender que no se trata de una relación desencaminada. Sin embargo, como argumenta abundantemente Manuel Castells (1996-1997), existe un polo de atracción que actúa de contrapeso del mundo globalmente interconectado. Castells plantea la oposición en términos de la Red y el Ego, pero quizá en términos antropológicos fuera más acertado hablar de una interrelación entre lo Local y lo Global. Y lo cierto es que se produce una paradoja interesante sobre lo local y lo global en el ciberespacio. Por un lado, los discursos y las loas de Internet siempre han destacado su vocación de globalidad, de universalidad. El ciberespacio es, de hecho, y como ya hemos repetido quizá demasiadas veces en demasiado poco tiempo, un entorno espacial sin ningún referente geográfico preestablecido ni preasignado, global y universal por definición, más que por ningún designio interesado ni desinteresado. Esta característica reside en su misma ontología, en su modo y su razón de ser. Simple y llanamente, ninguna web ni ningún chat, por poner un par de ejemplos concretos, están más cerca de Nueva York que de Teruel, en principio. Evidentemente, su 'localización' dependerá de su contenido, de sus usuarios, de la lengua que utilice, de la dirección simbólica (el dominio) que utilice, etc. Esta vocación universalista y deslocalizada, sin embargo, choca con la especie de 'localofilia' que puede observarse en gran cantidad de entornos sociales que encontramos en el ciberespacio. Es un hecho fácilmente contrastable -tanto a nivel cuantitativo como cualitativo- que existe una fuerte tendencia a acudir a ciberespacios que estén simbólicamente cerca del usuario. Que se declaren físicamente y territorialmente cercanos, aunque esto sea sólo una declaración. Quiere decir esto que, teniendo en cuenta la referida no-localización a priori de ningún ciberespacio, cualquier esfuerzo de territorialización, de localización o de acercamiento se produce a un nivel de vehemencia, de declaración, de discurso; no de realidad ontológica. Exponiéndolo de un modo más claro: que www.terra.es sea un ciberespacio que se perciba más próximo y español que www.yahoo.com es una realidad sólo constatable si tenemos en consideración su dimensión social y el discurso que sobre sí mismos emiten y consiguen comunicar ambas entidades. Y esto poco tendrá que ver con el lugar físico y geográfico en el que estén ubicados los servidores a los que estemos accediendo al visitar uno u otro espacio. La paradoja de la localidad del ciberespacio se encuentra precisamente en algo que hemos podido observar en repetidas ocasiones y a diversos niveles, dentro de nuestra experiencia etnográfica: mientras que una de las más frecuentemente aducidas ventajas de un chat en Internet es que permite hablar y establecer una relación con alguien que resida en la otra punta del planeta, lo cierto es que la mayoría de las conversaciones se producen entre personas que se encuentran físicamente próximas. El desprendimiento de lo físico que caracteriza ontológicamente al ciberespacio choca frontalmente con nuestra ontología social, que busca con mayor frecuencia referentes físicos y próximos. Así, las primeras líneas de la mayoría de las conversaciones que tienen lugar en una conversación privada en un chat comienzan por las típicas preguntas étnicas: ¿cómo te llamas? ¿de dónde eres? ¿cuántos años tienes? ¿dónde vives?... Este hecho es sintomático. Y como bien sugieren análisis como el de Castells, si de hecho nuestro mundo anda camino de una creciente bifurcación entre dinámicas globales y vínculos locales, las entidades locales y próximas a la ciudadanía tienen ante sí la oportunidad y la obligación de responder a esta tendencia. Desde lo local nos será más fácil comprender y actuar corrigiendo los errores conceptuales con que, precipitadamente, a menudo, nos hemos aproximado al ciberespacio. Desde lo local y desde lo próximo, se han construido iniciativas como las Redes Ciudadanas en Catalunya o el mismo Observatorio para la CiberSociedad del que formo parte y que intenta predicar con el ejemplo de lo que aquí he intentado explicar, por citar tan sólo los dos ejemplos que mejor conozco y que, cómo no, tengo 'físicamente' más próximos. Y precisamente por ser locales y por ser próximas, han disfrutado de la suficiente flexibilidad y capacidad de motivación de la sociedad civil como para obtener su respuesta y su participación. Desde los ámbitos locales es desde dónde se puede realizar con más efectividad la difícil tarea de demostrar a la ciudadanía que el ciberespacio no es simplemente otro canal de información comercial, otra vía para que ejerzan de meros y pasivos consumidores. Demostrar que el ciberespacio sólo puede ser suyo. Y demostrarlo mediante propuestas abiertas, dando entrada y apoyo a las iniciativas locales que una apuesta decidida por la formación y por la experimentación, sin duda, generarán. Las dificultades para ello son las de siempre, pero las posibilidades no. Como he tratado de argumentar en esta charla, el ciberespacio se abre como un nuevo espacio de posibilidad y de creación, donde la relativa pequeñez de un agente o, en este caso, de una institución local, no supone un impedimento a su presencia activa y abierta en él. La carencia de centralidades "fijas" característica del ciberespacio permite la posibilidad de creación de nuevas centralidades, pequeñas y locales, quizá, pero centralidades al fin y al cabo. Que el ciberespacio sea un espacio sin centro no significa que sea un espacio sin polos de atracción. En definitiva, creo que la flexibilidad y la accesibilidad del ciberespacio permiten desarrollar en él auténticos programas de acción desde lo local. Y parten con la ventaja de su proximidad a la ciudadanía, de su proximidad física, ese valor étnico que sigue y seguirá siendo parte de nuestro modo de actuar como seres sociales, independientemente de lo mucho que se globalice el mundo. Creo que en este Encuentro tendremos ocasión de conocer muchas iniciativas que parten de este convencimiento y que no sólo nos demostrarán que esto es posible, sino que incluso, con un poco de suerte, nos animarán a reproducirlas. Referencias citadas
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