IV Congrés de la CiberSocietat 2009. Crisi analògica, futur digital

Ponent/s


Resum

Nuestro objetivo en el presente trabajo es dilucidar en qué sentido o sentidos el texto y la textualidad analógicos, esto es, en el medio textual-impreso, se diferencian del texto y la textualidad digitales, es decir, en el medio textual-electrónico. O, dicho de otro modo, hasta qué punto el texto y la textualidad digitales modifican las características y las posibilidades del texto y la textualidad analógicos. En este contexto, la hipertextualidad, la multilinealidad —o linealidad no fijada—, la multimedialidad, la interactividad y la virtualidad se revelan como los criterios diferenciadores de la textualidad del texto electrónico que es construido y comunicado utilizando la tecnología digital.

Contingut de la comunicació

1. Dos de los problemas a los que tuvo que enfrentarse la Lingüística Textual en su etapa de concepción y afianzamiento, con la finalidad de describir y explicar su objeto de estudio, tratándolo de diferenciar claramente de los que habían constituido el centro de atención de las teorías lingüísticas precedentes, de base oracional, y de trazar sus líneas de actuación fundamentales, son el de la definición del concepto de ‘texto’ y el de la determinación de su especificidad, llamada por la mayor parte de los teóricos “textualidad”.

Pasados ya más de cuarenta años desde que Peter Hartmann publicara sus primeras y pioneras investigaciones en este campo (HARTMANN, 1964; 1968; 1971; 1978; 1981), nuestro objetivo en el presente trabajo será dilucidar en qué sentido o sentidos el texto y la textualidad analógicos, esto es, en el medio textual-impreso, se diferencian del texto y la textualidad digitales, es decir, en el medio textual-electrónico. O, dicho de otro modo, hasta qué punto el texto y la textualidad digitales modifican las características y las posibilidades del texto y la textualidad analógicos.

 2. Partimos de la convicción de que la definición del concepto de ‘texto’ y la caracterización de la textualidad en su materialización textual-impresa o analógica son perfectamente válidas para la definición del concepto de ‘texto’ y la caracterización de la textualidad en su vertiente textual-electrónica o digital.

Como ya reconocíamos en nuestra Pragmática y construcción literaria (CHICO RICO, 1988), definir el concepto de ‘texto’ resultó una tarea compleja y hasta cierto punto desconcertante, ya que fueron muchas y muy diferentes, aunque sólo en apariencia, las definiciones que del texto se llegaron a elaborar (BERNÁRDEZ, 1982). Ello se debió, por un lado, a la intrínseca dificultad teórica del concepto (CONTE (a cura di), 1977; PETÖFI (ed.), 1979a; 1979b; 1981) y, por otro, al modo de considerar el texto, bien en mayor medida como constructo teórico (ŠAUMJAN, 1962: 155; HEILMANN & RIGOTTI, 1975: 208; ALBALADEJO, 1978: 363-365) —unidad abstracta o émica (PIKE, 1967: 37-38; DRESSLER, 1974: 24-25)—, bien en más alto grado como observable —unidad concreta o ética— (KRISTEVA, 1970: 69 ss.). Esbozábamos allí la que sería para nosotros la definición del concepto de ‘texto’ más estable y comprehensiva (CHICO RICO, 1988: 17-19): unidad mínima de comunicación y núcleo y eje del hecho comunicativo, hecho que, conteniendo todos los componentes que permiten y explican el proceso de la comunicación lingüística, incluye a) el texto propiamente dicho, entendido como manifestación física del proceso comunicativo que un productor, situado en un determinado contexto de producción, realiza frente a un receptor, presente en un contexto específico de interpretación; b) el contexto comunicativo general, en el que se sitúan el productor y el receptor, con sus respectivos contextos; c) los mundos posibles o realidades referenciales, que sirven de base semántico-extensional para la construcción tanto en la dirección de síntesis o producción como en la dirección de análisis o recepción de la estructura de conjunto referencial del texto; d) el universo cultural o realidad general en la que se insertan históricamente dichos componentes y de la que es representación, de una o de otra forma, el propio texto; y, de acuerdo con el esquema de la comunicación presentado por Roman Jakobson (JAKOBSON, 1981: 32 ss.), e) el código y f) el canal de la comunicación.

 Añadíamos también, en relación con la determinación de la textualidad, que si sobre algunas características del texto, tanto literario como no literario, no cabe posibilidad de contradicción o duda entre las diversas propuestas teóricas de la Lingüística Textual, ellas son, efectivamente, su coherencia sintáctica, su completez semántica (DIJK, 1972: 10; 1980: 147 ss.; DRESSLER, 1974: 9 ss.; HALLIDAY & HASAN, 1976; BELLERT, 1977; CHAROLLES, 1978; GARCÍA BERRIO, 1978; BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 33 ss., 89 ss.; ALBALADEJO & GARCÍA BERRIO, 1982: 221 ss.) y su función intencionadamente comunicativa y social (CHICO RICO, 1988: 19). Ninguna de estas características constituye un criterio formal en la descripción y explicación de la especificidad del texto, ya que la coherencia sintáctica y la completez semántica del mismo, como propiedades esenciales del nivel transfrástico, dependen de las relaciones pragmáticas que el texto mantiene con los participantes en la comunicación lingüística y, en consecuencia, con el contexto en el que tiene lugar el acto de comunicación —dependen, pues, de la función intencionadamente comunicativa y social del texto— (ALBALADEJO & CHICO RICO, 1996: 343).

Quienes de una manera más detallada y exhaustiva consiguieron describir y explicar la especificidad del texto fueron Robert A. de Beaugrande y Wolfgang U. Dressler en su Introducción a la lingüística del texto (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981). De acuerdo con su modelo lingüístico-textual, la textualidad está garantizada por un total de diez criterios: la cohesión, la coherencia, la intencionalidad, la aceptabilidad, la situacionalidad, la intertextualidad, la informatividad, la eficacia, la efectividad y la adecuación de una expresión lingüística.

La cohesión “establece las diferentes posibilidades en que pueden conectarse entre sí dentro de una secuencia los componentes de la SUPERFICIE TEXTUAL, es decir, las palabras que realmente se escuchan o se leen” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 35). La coherencia “regula la posibilidad de que sean accesibles entre sí e interactúen de un modo relevante [...] los componentes del MUNDO TEXTUAL, es decir, la configuración de los CONCEPTOS y de las RELACIONES que subyacen bajo la superficie del texto” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 37). La intencionalidad “se refiere a la actitud del productor textual: que una serie de secuencias oracionales constituya un texto cohesionado y coherente es una consecuencia del cumplimiento de las intenciones del productor” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 40). La aceptabilidad “se refiere a la actitud del receptor: una serie de secuencias que constituyan un texto cohesionado y coherente es aceptable para un determinado receptor si éste percibe que tiene alguna relevancia, por ejemplo, porque le sirve para adquirir conocimientos nuevos o porque le permite cooperar con su interlocutor en la consecución de una meta discursiva determinada” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 41). La situacionalidad “se refiere a los factores que hacen que un texto sea RELEVANTE en la SITUACIÓN en la que aparece” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 44). La intertextualidad “se refiere a los factores que hacen depender la utilización adecuada de un texto del conocimiento que se tenga de otros textos anteriores” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 45). La informatividad “sirve para evaluar hasta qué punto las secuencias de un texto son predecibles o inesperadas [...], si transmiten información conocida o novedosa” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 43). La eficacia de un texto “depende de que los participantes empleen o no un mínimo de esfuerzo en su utilización comunicativa” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 46). La efectividad de un texto “depende de si genera o no una fuerte impresión en el receptor y si crea o no las condiciones más favorables para que el productor pueda alcanzar la meta comunicativa que se había propuesto” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 46). Finalmente, la adecuación “depende de si se establece o no un equilibrio entre el uso que se hace de un texto en una situación determinada y el modo en que se respetan las normas de textualidad” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 46).

 La cohesión y la coherencia son criterios centrados en el texto y correspondientes a la construcción de un espacio conceptual y formalmente homogéneo. La intencionalidad y la aceptabilidad son criterios centrados en los participantes en la comunicación lingüística y referidos a los procesos de producción y de interpretación del texto. La situacionalidad y la intertextualidad son criterios centrados en el contexto de comunicación y atinentes a las interferencias e interacciones del texto con aquél. Finalmente, la informatividad, la eficacia, la efectividad y la adecuación son criterios relativos a la “calidad” (BONILLA, 1997: 9) del discurso. Asimismo, la cohesión, la coherencia, la intencionalidad, la aceptabilidad, la situacionalidad, la intertextualidad y la informatividad son las normas de textualidad que funcionan como principios constitutivos de la comunicación lingüístico-textual, puesto que “crean y definen la forma de comportamiento identificable como “comunicación textual”” (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 46) y su incumplimiento atentaría contra el proceso de comunicación mismo. Por su parte, la eficacia, la efectividad y la adecuación son las normas de textualidad que funcionan como principios regulativos que controlan la comunicación lingüístico-textual, es decir, la constitución y el uso de los textos (BEAUGRANDE & DRESSLER, 1981: 46-47).

3. Como decíamos más arriba, tanto la definición del concepto de ‘texto’ como la caracterización de la textualidad en su materialización textual-impresa o analógica son perfectamente válidas para la definición del concepto de ‘texto’ y la caracterización de la textualidad en su vertiente textual-electrónica o digital. Son perfectamente válidas porque el conjunto de los criterios que garantizan la textualidad, en su traslación del medio textual-impreso al medio textual-electrónico, seguirían siendo los criterios de base para la descripción y explicación de la especificidad del texto digital.

Dichos criterios de base para la descripción y explicación de la especificidad del texto digital no requerirían ningún tipo de ampliación, matización o reducción cuando el texto electrónico es el resultado de la digitalización de un texto impreso, esto es, cuando para la construcción y la comunicación primaria del texto electrónico no ha sido utilizada la tecnología digital, sino los procedimientos analógicos —en este caso, el texto impreso, a partir de su materialización textual-impresa o analógica, habrá sido objeto de un proceso de digitalización, que es el que permitirá que sea accesible en uno o varios sitios o páginas web de la Red como materialización textual-electrónica o digital— (KOSKIMAA, 2005: 85-88; ALBALADEJO, 2009: 21). El texto electrónico resultante de la digitalización de un texto impreso sigue estando caracterizado por los criterios de la cohesión, la coherencia, la intencionalidad, la aceptabilidad, la situacionalidad, la intertextualidad, la informatividad, la eficacia, la efectividad y la adecuación de una expresión lingüística de naturaleza textual-impresa. La única diferencia entre uno y otro estribaría en el canal de la comunicación utilizado en cada caso: mientras que el texto impreso es comunicado a través del documento impreso, el texto electrónico es comunicado a través de la pantalla del ordenador y, en la mayor parte de las ocasiones, a través de la conexión del ordenador a la Red. Por ello puede afirmarse que lo que permite y explica la conversión de la textualidad analógica en textualidad digital es el componente del hecho comunicativo correspondiente al canal de la comunicación.

 Este mismo hecho —la utilización del ordenador como canal de la comunicación, con sus algoritmos electrónicos e informáticos, tanto en la dirección de síntesis o producción como en la dirección de análisis o recepción del texto, en la mayor parte de las ocasiones conectado a la Red— es el da carta de naturaleza a la digitalidad textual en su más pleno sentido y el que, consecuentemente, dota de naturaleza especial al texto y a la textualidad electrónicos. Haciendo referencia en este contexto al texto electrónico que no es el resultado de la digitalización de un texto impreso, es decir, al texto electrónico para cuya construcción y comunicación primaria ha sido utilizada la tecnología digital (KOSKIMAA, 2005: 85-88; ALBALADEJO, 2009: 21), consideramos que dicho texto también sigue estando caracterizado por los criterios de la cohesión, la coherencia, la intencionalidad, la aceptabilidad, la situacionalidad, la intertextualidad, la informatividad, la eficacia, la efectividad y la adecuación de una expresión lingüística de naturaleza textual-impresa. Sin embargo, en este caso, frente a los casos anteriores, el texto electrónico presenta, añadidas, una serie de características que o bien comparte con él a veces el texto impreso —aunque, ciertamente, de otro modo1— o bien son absolutamente privativas de aquél. Me refiero, en este lugar, a la hipertextualidad, a la multilinealidad —o linealidad no fijada—, a la multimedialidad, a la interactividad y a la virtualidad.

 3.1. La digitalidad textual permite transformar el texto en hipertexto. Aunque no constituye una novedad radical de las tecnologías de la información y la comunicación, ya que los textos impresos que contienen ediciones anotadas y con aparato crítico, por ejemplo, poseen enlaces que conectan palabras, secuencias de palabras y párrafos con otros textos que esclarecen aquéllos mediante explicaciones o colaciones, la hipertextualidad propiamente dicha es una de las más claras consecuencias de la digitalidad textual, que lleva a sus últimos extremos las posibilidades inventivas, dispositivas y elocutivas de construcción textual en la manifestación del mencionado hipertexto (CICCONI, 1995; 1997; PETÖFI, 1996; ROSSI, 1997; CHICO RICO, 2007). Si hacemos uso aquí de la definición que del concepto de ‘hipertexto’ ofrece María J. Vega, éste “está formado por texto y enlaces (links) que pueden abrirse o activarse para remitir a otros textos (o a otros tipos de información visual o auditiva) [o nodos], que, a su vez, contienen enlaces que remiten a nuevos textos [o nodos], y así sucesivamente. En teoría, la red de remisiones no tiene principio ni fin: cada hipertexto procura la posibilidad de continuar la lectura de otro u otros hipertextos, que, a su vez, están unidos a otros y así ad infinitum” (VEGA, 2003: 9). En este sentido, citando ahora a Stuart Moulthrop, “Un hipertexto es, en cierto sentido, como una enciclopedia: esto es, una colección de escritos en la que el lector puede moverse libremente en cualquier dirección. Pero a diferencia de una enciclopedia impresa, el hipertexto no se presenta al lector con una estructura previamente definida. Los ‘artículos’ de un hipertexto no están organizados por título o materia: antes bien, cada pasaje contiene vínculos o remisiones a otros pasajes. Los marcadores de una remisión pueden ser palabras del texto, palabras clave entrañadas en él o símbolos especiales. Al activar el enlace, al escribir una frase en un teclado o al hacer una indicación con cualquier tipo de puntero (o ratón), la página indicada aparece en pantalla” (MOULTHROP, 2003: 23).

 3.2. Al permitir la transformación del texto en hipertexto, la digitalidad textual también permite transformar la linealidad en multilinealidad —o linealidad no fijada— en el proceso de interpretación del hipertexto. Ésta tampoco es una novedad radical de las tecnologías de la información y la comunicación, puesto que la Historia de la Literatura alberga obras de arte verbal caracterizadas funcionalmente por esta posibilidad —como El jardín de los senderos que se bifurcan (1941), de Jorge L. Borges, Dans le labyrinthe (1959), de Alain Robbe-Grillet, Rayuela (1963), de Julio Cortázar, o Il castello dei destini incrociati (1973), de Italo Calvino—, pero la multilinealidad propiamente dicha es otra de las más rotundas consecuencias de la digitalidad textual y, más directamente, de la hipertextualidad (SANTOS UNAMUNO, 2003). Como afirma Emilio Blanco, “La imagen de la red es apropiada en un primer momento para entender el concepto porque aleja al lector de la noción lineal de lectura para abrirle a lo que sería una galaxia de posibilidades: es posible, desde luego, la lectura lineal del hipertexto, al modo en que tradicionalmente se ha consumido la literatura durante toda la historia, pero cabe igualmente activar esos enlaces y saltar de una unidad de información a otra, de manera que el hipertexto ofrece la posibilidad de acceder a otro u otros hipertextos distintos, que a su vez podrían remitir a nuevas unidades de información. Las posibilidades son, pues, infinitas” (BLANCO, 2003: 65). Efectivamente, esta nueva unidad de intercambio comunicativo, el hipertexto, conlleva la transformación no sólo de los modos tradicionales de producción y de organización textuales —puesto que la linealidad deja paso a la multilinealidad—, sino también de los modos tradicionales de recepción y de valoración discursivas —puesto que los itinerarios de lectura resultan ser múltiples y, en teoría al menos, no coincidentes de acto de recepción a acto de recepción—. En primer lugar, el hipertexto nos permite acelerar nuestro acceso a la escritura en general, automatizando y simplificando la tarea de movernos por textos complejos y no lineales. En segundo lugar, y quizá esto es lo más importante desde el punto de vista del intérprete, el hipertexto tiene como característica distintiva el ofrecimiento al lector de “múltiples itinerarios de lectura” y, por ello, de “obras expandidas cuyas fronteras y límites son difusos” (VEGA, 2003: 9). Desde este punto de vista, el hipertexto, al presentar una red de textos o nodos que el lector puede recorrer libremente en todos sus sentidos, libera a éste de la linealidad cerrada y limitadora de la escritura tradicional, libertad del lector que muy a menudo se correlaciona con la suplantación —y, en los casos más extremos, negación— del autor como categoría constructora del discurso. Por ello podemos afirmar, con Laura Borràs, que, “en la textualidad digital, quien debe construir el itinerario de lectura es el propio lector, mientras que en un libro —a grandes rasgos— el orden de lectura es el que marca el autor. [...] De modo que un hipertexto, en definitiva, más que un texto [...] es más bien un proceso de lectura. Un proceso creado por el lector gracias a las posibilidades combinatorias que le pone al alcance el soporte electrónico que lo produce” (BORRÀS CASTANYER, 2005: 33).

3.3. Como ya hemos dicho al hablar del hipertexto, éste está construido de tal forma que permite remitir a otros textos o a otros tipos de información visual o auditiva. Por ello, la digitalidad textual, en virtud de la hipertextualidad, permite y explica la multimedialidad, esto es, la capacidad de los textos electrónicos de dar cabida a unidades de información pertenecientes a diferentes medios de comunicación, como el verbal, el visual y el auditivo —palabras, imágenes y sonidos—. Aunque, como la hipertextualidad, la multimedialidad tampoco constituye una novedad radical de las tecnologías de la información y la comunicación, ya que los textos impresos que combinan lo verbal con lo visual, que juegan con recursos tipográficos o que experimentan con la relación entre la mancha del texto y los blancos en la página dando lugar a artificios gráfico-escriturales tan abundantes e interesantes, como se sabe, en el marco de la poesía moderna —piénsese, por ejemplo, en las obras caligramáticas de Guillaume Apollinaire— deben ser considerados textos impresos multimediales, la multimedialidad propiamente dicha es otra de las más claras consecuencias de la digitalidad textual (CICCONI, 1995; 1997; SCHRÖDER, 1995; PETÖFI, 1996; ROSSI, 1997; VEGA, 2003: 9; ALBALADEJO, 2009: 19).

3.4. La digitalidad textual, también en virtud de la hipertextualidad, permite y explica igualmente la interactividad, es decir, la exigencia de interacción entre el usuario y el sistema informático tanto para la producción como para la interpretación del texto electrónico. Ciertamente, haciendo uso de los enlaces del hipertexto con cualquier tipo de puntero, al lector le es posible acceder a unidades de información inicialmente no legibles, no visibles o no escuchables en la página en la que se encuentra, como otros textos, fotografías o partituras musicales (CICCONI, 1995: 73-74; RYAN, 2003; 2004). Esta interactividad entre el usuario y el sistema informático exigida por el texto y la textualidad digitales —y, muy especialmente, por el hipertexto— está implicada también por la concepción de lo virtual como potencial. En relación con esta cuestión, Marie L. Ryan interpreta el concepto de ‘interactividad’ de dos maneras distintas: como “interactividad figurada” y como “interactividad literal” (RYAN, 2004: 104). Cada una de estas dos manifestaciones de la interactividad puede, a su vez, dividirse en otras dos: “interactividad débil” e “interactividad fuerte”. El esquema sería el siguiente (RYAN, 2004: 104):

En su sentido figurado débil, la interactividad significa “colaboración entre el lector y el texto a la hora de producir el significado” (RYAN, 2004: 104), punto de vista ya destacado por la teoría hermenéutica de Roman Ingarden (INGARDEN, 1972) y, sobre todo, por la hermenéutica filosófica propuesta por Hans G. Gadamer en su Verdad y método (GADAMER, 1977), relativas ambas a la situación del lector ante el texto, que, configurando éste una estructura potencial, es concretada en el acto de lectura a través de la actividad desempeñada por aquél. Esta colaboración se ve intensificada, convirtiéndose en interactividad figurada fuerte, ante la coherencia problemática y la postura autorreferencial de la literatura postmoderna: “el texto postmoderno [escribe Ryan a este respecto] invita al lector a construir un mundo de ficción; pero no tanto para sumergirse en él, como para observar el proceso de su construcción” (RYAN, 2004: 105). Sin embargo, la interactividad entre el lector y el texto es literal cuando el texto presenta cambios físicos durante el proceso de lectura. En el contexto de la interactividad literal, Marie L. Ryan entiende la interactividad del hipertexto como débil “porque la contribución del lector a la configuración del texto es una elección entre alternativas predefinidas, en lugar de la producción actual de signos” (RYAN, 2004: 105) . Por su parte, la interactividad literal se convierte en fuerte y “alcanza su pleno significado de participación activa en el proceso creador” (RYAN, 2004: 105) cuando el poder del lector incluye la capacidad de utilizar el lenguaje —en el entorno orientado a las representación de los MOO2 y del teatro interactivo— (RYAN, 2004: 105).

 3.5. Finalmente, la digitalidad textual permite situar el texto y la textualidad electrónicos en el ámbito de la virtualidad —o, de acuerdo con otros autores, de la ciberespacialidad—, ya que, como señala también Ryan, “el ciberespacio encarna lo virtual” (RYAN, 2004: 75). Basándose en la etimología del término “virtual”, y relacionándolo con su opuesto, el término “actual”, Marie L. Ryan caracteriza esta dicotomía con los siguientes rasgos, si bien éstos están pensados para describir y explicar no sólo la virtualidad del texto y la textualidad electrónicos, sino también la virtualidad de la llamada “realidad virtual”: “1. La relación de lo virtual con lo actual es de uno a muchos. El número de posibles actualizaciones de una entidad virtual no tiene límites. 2. El paso de lo virtual a lo actual implica una transformación y, por tanto, es irreversible. [...]. 3. Lo virtual no está anclado al espacio y al tiempo. La actualización es el paso de un estado de desterritorialización y de ausencia de tiempo a una existencia basada en el aquí y ahora. Es un acontecimiento de contextualización. 4. Lo virtual es un recurso inagotable. Su uso no conduce a su extinción” (RYAN, 2004: 97-98). La virtualidad del texto y la textualidad electrónicos, pues, se manifiesta en el hecho de que “Los textos se pueden copiar en un disquete con tan solo pulsar una tecla; y pulsando otra, la versión del disquete se copia en la pantalla. Dado que la versión que se guarda en el disquete es invisible para el usuario, existe en modo virtual, esperando una actualización que satisfaga su potencial: ser percibida por el ojo, ser leída por la mente” (RYAN, 2004: 101). En este sentido, “La virtualidad [...] es la manera de existir del propio texto en tanto que objeto mental y artefacto lingüístico” (RYAN, 2004: 102). Desde el punto de vista de la producción, el texto es el producto de una actualización, pero vuelve al modo virtual tan pronto como se acaba la escritura (RYAN, 2004: 102); desde la perspectiva de la recepción, “un texto es como una partitura musical que espera ser ejecutada; cada acto de lectura construye el texto y actualiza su mundo de un modo diferente” (RYAN, 2004: 120)3.

 4. La hipertextualidad y la multimedialidad son criterios íntimamente relacionados con los de la cohesión y la coherencia, tal y como fueron descritos por Beaugrande y Dressler —como criterios centrados en el texto y correspondientes a la construcción de un espacio conceptual y formalmente homogéneo—. Por su parte, la multilinealidad —o linealidad no fijada— y la interactividad son criterios dependientes de los de la intencionalidad y la aceptabilidad —como criterios centrados en los participantes en la comunicación lingüística y referidos a los procesos de producción y de interpretación del texto—, y relacionables con los de la situacionalidad y la intertextualidad —como criterios centrados en el contexto de comunicación y atinentes a las interferencias e interacciones del texto con aquél—. Todos ellos, a su vez, están implicados por los criterios de la informatividad, la eficacia, la efectividad y la adecuación —como criterios relativos a la “calidad” del discurso—. Es la virtualidad, finalmente, el criterio que describe y explica la característica del texto y la textualidad electrónicos definitivamente privativa de éstos, ya que éstos sólo existen aquí y ahora cuando son actualizados a través de la pantalla del ordenador. Asimismo, la hipertextualidad, la multilinealidad —o linealidad no fijada—, la multimedialidad, la interactividad y la virtualidad, como la cohesión, la coherencia, la intencionalidad, la aceptabilidad, la situacionalidad, la intertextualidad y la informatividad, serían las normas de textualidad digital que funcionan como principios constitutivos de la comunicación digital, puesto que crean y definen la forma de comportamiento identificable como comunicación digital y su incumplimiento atentaría contra el proceso de comunicación digital mismo.

NOTAS:

1A propósito de, por ejemplo, las diferencias entre la cohesión y la coherencia del texto impreso y la cohesión y la coherencia del texto electrónico vid., entre otros, ROSSI, 1997: 76-69.

2Un MOO —de MUD (Multi-User Dungeon), Object Oriented— es un sistema de realidad virtual “online” basado en la textualidad al que varios usuarios —o jugadores— se encuentran conectados al mismo tiempo interactuando entre sí.

3Vid. también, entre otros, HAYLES, 2005 y ADELL, 2005.

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