La verdadera historia de un redactor jefe de un magazine musical que tuvo que convertirse en un pirata y comenzar a descargar discos para poder hacer mejor su trabajo.
Érase una vez...
Sí, lo sé, parece el comienzo más viejo de la historia, el más manido, el más... en fin, la lista de sinónimos es larga, y seguro que en la wikipedia encontrarán unos cuantos más.
La realidad es que llevo inmerso en el periodismo cultural, como profesional, más de ocho años. Quince si añadimos los años que estuve como semiprofesional o amateur despistado; lo dejo a su elección. Y si hay una cosa que he aprendido a lo largo de todo este tiempo es que la primera impresión es la que cuenta en un artículo. Hay que comenzar con toda la carne en el asador, a lo grande, hay que llamar la atención y gritar, cualquier cosa con tal de atrapar a un lector que suele pasar las páginas de los periódicos o magazines como quien deshoja lechugas en la cocina de un cuartel. Impacta primero, que ya habrá tiempo para dar explicaciones. Capta su atención, que le pique el gusanillo, que su mirada baje unas cuantas líneas más como si sus ojos estuvieran encantados por una sintonía que sólo tú sabes tocar.
Así que es posible que comenzar con el clásico “Érase una vez...” no sea la mejor manera de conseguir que el lector de este pasquín encuentre esa chispa que le impulse a leer esta larga reflexión sobre uno de los muchos aspectos que existen en esta gran cibersociedad.
Pero también es cierto que este informe, este pasquín o libelo, tiene mucho de cuento de hadas. Pero de los cuentos originales, los que las abuelas contaban a sus nietas en la cama para que tuvieran pesadillas toda la noche; esas narraciones moralistas y cruentas que adoctrinaban más que mil misas diarias. Cuentos horrorosos que, en manos de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, se convirtieron en las versiones azucaradas que tanto gustaban a los guionistas de Disney...
De acuerdo. Hay que admitirlo: “Érase una vez” no convence a nadie. Será mejor comenzar desde el principio.
Y el principio de esta historia es que la presencia de Internet se ha hecho notar, y mucho, en el transcurso de la primera década musical del Siglo XXI: la piratería (el gran quebradero de cabeza de la industria), los portales musicales (de Last.FM a Spotify), las redes sociales (con MySpace a la cabeza) y comerciales (desde Beatport hasta la tienda de Itunes), los bloggers (descubridores de discos, hypes y escenas) y la multitud de netlabels (sellos que prescinden del formato clásico ofreciendo gratuitamente o a un módico precio MP3s a una calidad superior) que encontramos actualmente en Internet conforman la realidad en la que se mueve cualquier melómano hoy en día. Es imposible imaginar el mundo actual sin DJs que pinchan con ordenadores portátiles; sin gente enganchada a un iPod, recorriendo las calles como si fueran extras de “Amanecer de los muertos”; sin un PC o un Mac con la carpeta de música ocupando gigas y gigas de disco duro. Una realidad que en el año 2000 prácticamente no existía: los DJs cargaban con pesadas maletas repletas de vinilos, por la calle se escuchaba música en el discman o el walkman y los ordenadores no tenían suficiente capacidad para almacenar. Así de simples eran las cosas.
Comienzo con toda esta parrafada porque en la mayoría de los negocios todavía no se han dado cuenta de que ahí fuera existe esta realidad. Y si existe una industria vetusta, que continúa viviendo en un Matrix particular, situado en un presente hipotético de finales de los noventa, esa es la discográfica. Y a nivel mundial, para más señas.
Tampoco hay que engañarse. Las grandes compañías saben que existe Internet, que todo el mundo tiene un reproductor de MP3 y que los CDs se están convirtiendo en el último reducto de los melómanos (el vinilo continúa en tan buena forma como en las últimas décadas: en su anoréxica buena forma). El único problema es que vender un tema en MP3 no permite que esa industria mantenga su entramado financiero internacional. Y ese es el auténtico fondo de la cuestión. El MP3 o MPEG-1 Audio Layer 3 es un archivo de sonido que no precisa manipulación o empaquetado, transporte o intermediarios. El propio músico lo puede transmitir a su audiencia sin que nadie encarezca el proceso por medio. Un artista puede colgar un MP3 en cualquier sitio de Internet, y ese archivo puede ser descargado miles y millones de veces por cualquier usuario en cualquier parte del mundo. En definitiva, el MP3 es la muerte del negocio discográfico, así que es normal que las multinacionales estén asustadas con el invento. Y además, no hay visos de que alguien haya ideado aún un nuevo formato que desbanque al MP3 y que, además, en un rocambolesco giro del destino, haga ganar dinero a la industria. El MP3 es el formato del presente, y cualquiera que intente luchar contra él está irremediablemente anclado en el pasado. Debo advertir que yo, como amante del formato CD o LP, estoy atado a ese pasado. Lo reconozco, soy de esos que consideran irreal que una canción o un disco pueda ocupar unos pocos megas en el disco duro. Sin la liturgia de quitar el precinto al CD, estudiar el libreto, sacar el disco y ponerlo en el reproductor tengo la sensación de que me pierdo algo.
Hasta ahora todo es bastante de color rosa. Tenemos a los artistas en una esquina y a los consumidores en otra. En medio, una industria que no puede mantenerse como lo ha hecho siempre: llevando el producto de unos a otros, porque el producto es tan sencillo de obtener como clicar el ratón. O mejor dicho: puede mantenerse, pero a costa de los edificios de doce plantas en todas las capitales mundiales, los viajes de avión en primera, las limusinas alquiladas y las desmesuradas cuentas de gastos.
Antes que nada, no voy a defender la piratería en este pasquín. Eso debe quedar muy claro. Si soy un ‘pirata’ es porque un consorcio de multinacionales y una sociedad de autores manipuladora e inútil hasta decir basta me han llamado así. Nunca he cargado un disco en ningún soporte de descarga y siempre me negaré a hacerlo. Si compro algo no tengo porque compartirlo. Si compartirlo en la red es un derecho, como defiende mucha gente, el negarse a hacerlo, siguiendo ese punto egoísta que todos poseemos, también tendría que ser un derecho. Además, considero que los artistas tendrían que ganar dinero con su trabajo, y eso es algo que va a misa, le joda a quien le joda. Es algo que siempre defenderé, como defiendo que haya artistas que prefieran operar al margen de la SGAE y dejen los derechos de su obra completamente libres. Eso sí, también estoy en contra del concepto “que paguen justos por pecadores”, que ejemplifica la rocambolesca actitud de cobrar por todos los soportes imaginables de grabación, almacenamiento y reproducción un canon, para paliar los posibles casos de piratería (partiendo de la base de que si alguien tiene 500 GB de capacidad en su disco duro los piensa utilizar para descargarse música. En realidad, la mayoría lo utilizamos para descargarnos porno). Una cosa es ser justos y otra muy diferente es ser avariciosos.
Así que en definitiva, es cierto: descargo discos. Y hay una buena razón para ello: realizar mejor mi trabajo.
En 1999 se creó Napster, la primera aplicación P2P (aunque no era exactamente un servicio peer-to-peer, porque sus servidores eran centrales) que tuvo cierta popularidad y que llegó a ser tan temida y odiada como el propio Belcebú. Como bien explica la Wikipedia, “Napster se presentó como la primera aplicación para PC especializada en los archivos de música MP3. El resultado fue un sistema que presentaba una gran selección de música para descargar de forma gratuita. El hecho de que Napster fuera un servicio centralizado resultó su perdición. En diciembre de 1999, varias discográficas estadounidenses demandaron a Napster, y también músicos reconocidos como Lars Ulrich, batería del grupo Metallica, reclamaron su cierre. La demanda, lejos de asustar a los usuarios, dio publicidad al servicio, de forma que en febrero de 2001 Napster había llegado a su cima con 13,6 millones de usuarios en todo el mundo.” Un humilde servidor se descargó por aquella época el programa de Napster y comenzó a buscar discos. La oferta era tan paupérrima y mainstream que, francamente, no le di ninguna importancia al invento.
Llevo ocho años siendo jefe de redacción de una revista musical alternativa. Con ‘alternativa’ me refiero que en ella se habla de música que no tiene los medios de difusión masivos que están sólo al alcance de unos pocos artistas y contadas compañías discográficas. Me encanta mi trabajo: descubrir grupos a la gente es una experiencia increíble, compartir tu criterio con los lectores es algo maravilloso. Que sientan lo mismo por estos grupos que el resto de la revista, desde la directora hasta el periodista que hace la crítica o entrevista, es lo que realmente me da la vida.
El diablo sobre redes
El Diablo de esta historia, la idea de que cualquiera pueda coger el CD que compra en una tienda, comprimirlo en MP3 y colgarlo en uno de los millones de servidores que existen en la red, o aprovechar los programas P2P para compartirlo con cualquiera que pueda acceder a su disco duro, es algo que destrozó a la industria. No la aniquiló, pero la dejó herida de muerte. Por eso, el objetivo principal de todos (industria y sociedades generales de autores en todo el mundo) consiste en demonizar el invento, en conseguir que el hecho de darle a un solo clic sea un pecado mayor que pegar a un padre o robar en Harrods (no diré matar porque no quiero pecar de exagerado). Y todo esto sin tener en cuenta, tal como el abogado especialista en redes David Bravo declaró en una entrevista en la Wikipedia, que “ni copiar un CD a un amigo ni aceptar esa copia es una actividad ilegal (siempre que estemos hablando de actividades sin ánimo de lucro). El artículo 31.2 LPI introduce el derecho a la copia privada que permite las copias cuando se hacen para tu uso privado, sin fin lucrativo y sin propósito de una ulterior difusión. Lo mismo puede decirse de la descarga de un FTP, si esta reproducción cumple esos requisitos del artículo 31.2 estaremos igualmente ante una copia privada.”
Mientras estos dos grupos de presión (industria y sociedades de autores) instan a que se cambien las leyes (y lo conseguirán, vaya si lo conseguirán), la industria comienza a localizar los posibles focos de las cada vez más usuales filtraciones que tienen en Internet.
Me explico: si todo este asunto no hubiera pasado de que alguien, llamémosle Pirata A, se comprara un CD de su banda favorita, lo convirtiera en MP3 y lo colgase en Internet para que el Pirata B, C, D o X se lo descargase, yo no estaría escribiendo ahora mismo estas líneas. El problema comienza cuando se encuentran discos en Internet que todavía no han salido al mercado, que ningún usuario, normal, de la calle, pueda haberlo colgado. Ahí es cuando la industria discográfica pone el grito en el cielo y se decide, como nunca, a buscar a los criminales. Y parece ser que la prensa cultural musical tiene todos los números para ser el máximo culpable.
Para los que no conozcan el proceso habitual en una revista musical, haré un pequeño resumen. Las discográficas (multinacionales y pequeñas, independientes o mainstream, todas ellas) suelen realizar una ronda de promoción de sus artistas. Una promoción que casi siempre se realiza uno o dos meses antes del lanzamiento oficial del disco para que las revistas mensuales pueda publicar una crítica o entrevista del artista el mismo mes en que sale el nuevo trabajo, y para que las radios bombardeen con el single principal de ese artista, cazando así a los posibles compradores (más tarde llegan la prensa diaria y las apariciones en programas de televisión, medios que suelen trabajar cuando el disco ya está en la calle). Teniendo en cuenta esto, prensan copias de promoción con antelación para repartir entre los miles de periodistas que cubren el evento en todo el mundo. Así, el consumidor sabrá que su artista favorito publicará un nuevo trabajo tal día de tal mes y correrá a su tienda más cercana a comprarlo.
Yo no pondría la mano en el fuego defendiendo a mis compañeros de profesión. Seguro que más de uno ha colgado un disco en Internet al que le faltaba un mes pasa salir a la calle. De hecho, en una conocida tienda de discos de Londres podían encontrarse las copias de promoción de muchos discos mucho antes de que salieran a la venta porque algunos críticos las vendían. Pero como en todo lo que concierne a la piratería, se aplica ese baremo tan injusto del que hablábamos más arriba, el de “pagar justos por pecadores”, y eso ha provocado que se demonice a toda la profesión y que se corte de raíz en algunos casos toda esta rueda de promoción a la que estábamos acostumbrados y que, además, funcionaba muy bien.
Así que el problema al que me enfrento ahora como profesional es que, en muchos casos, no puedo acceder al soporte para realizar mi trabajo (enjuiciar e informar a los lectores). Las discográficas son reacias a que el periodista disponga de ese elemento con las mismas facilidades que antes y se dan casos tan surrealistas como el de la entrevista en la que el periodista le pregunta al músico: ‘bueno, cuéntame de qué va tu nuevo trabajo porque no lo he escuchado’. Puede parecer algo extremo, pero es del todo cierto.
El resultado es una industria que está, en el fondo, boicoteando sus propios mecanismos de promoción. Por una parte estas herramientas son cada vez más escasas y, en muchos casos, están completamente prohibidas por orden de dirección (así me lo han llegado a comunicar); y por otro lado está la realidad de que cada vez entra menos dinero en la industria discográfica (por culpa de la piratería, por supuesto: la baja calidad de muchos de sus artistas prioritarios no tiene nada que ver), con lo cual tienen que reducir gastos para soportar su entramado empresarial. ¿Cómo arreglar este problema financiero? Una posibilidad es suprimir el presupuesto de promoción y prescindir de muchos de sus empleados encargados de tratar con la prensa.
Y aquí está el pez que se muerde la cola: las discográficas se quejan de la piratería de la prensa; las discográficas dejan de dar facilidades a la prensa; la piratería afecta a las ventas de las discográficas; las discográficas tienen que ahorrar para no declararse en quiebra; ¿dónde podemos ahorrar para no echar el cierre?, en los recursos de promoción. Resultado: en una esquina la industria, en la otra la prensa, y en medio un gran vacío que cada vez es más grande. Gigante, como aquella Nada que se comía el precioso mundo de Fantasía en “La historia interminable” de Michael Ende.
Mientras escribo esto les comunico que siguen existiendo en Internet miles de discos un mes o más antes de que salgan al mercado, sin que la prensa haya tenido nada que ver porque no ha tenido acceso a ese material. ¿Cómo han podido llegar hasta allí? A mi no me lo pregunten, yo los estoy descargando para hacer mi trabajo: informarles a ustedes. Y al final todo se reduce a eso. Si quiero que ustedes lean el mes que viene una crítica de un disco en la publicación en la que trabajo y la discográfica no me ha facilitado una copia (en el soporte que sea), tendré que buscarme las habichuelas y navegar por millones de foros y blogs para acceder a ese producto (que la mayoría de veces está, no lo duden), pasárselo a un colaborador, y que este pueda dar su opinión en la publicación o, en casos muy extremos, pueda entrevistar a los autores.
Aunque en muchos momentos parezca que esté cargando las tintas contra la industria existe, al menos para mí, una razón principal por la cual me convertí en un ‘pirata’. La explicación es más rocambolesca y personal de lo que parece, pero intentaré resumirla.
Si actualmente disponemos de innumerables oportunidades para acceder a cualquier tipo de música, tan sólo con la ayuda de un módem y un ordenador, resulta que la persona aficionada a la música no tiene por qué esperar a que ese material llegué a las tiendas. Puede descargárselo y comprarlo más tarde, si le parece que es una buena inversión poseer una copia en soporte físico, ya se trate de un CD o un LP. Esto ha motivado que exista una nueva clase de público que ya no necesita la opinión de nadie. ¿Si los discos salen gratis, por qué los descargo, los escucho y ya pensaré si merece la pena o no pasar por caja? Eso, sin olvidar que hay mucha gente que ni siquiera se plantea la compra. Esta es una situación completamente nueva. Antes el público necesitaba una opinión para no gastar su dinero en cualquier disco, como si no existiera un mañana o una hipoteca que pagar. Esa opinión se la podía dar su primo, el amigo que tiene más discos que tú y es una enciclopedia de la historia de la música o, en el caso de no disponer de esas dos referencias, una publicación donde se haga crítica de música. Pero ahora resulta que no hace falta que nadie de su parecer: cualquiera puede acceder al disco, escucharlo y formarse una opinión propia (como seres inteligentes que somos). Así de sencillo.
Si los profesionales de la prensa impresa, cultural y especializada en música, se mantienen estáticos, siguiendo el ritmo de una industria que ha vetado sus propias herramientas de promoción, se encontrarán con que sus lectores estarán más informados que ellos mismos. Si el público ya se ha creado una opinión propia gracias a las descargas la labor del crítico pierde gran parte de su razón de ser, y se convierte en una labor que sólo tiene sentido en las publicaciones de Internet: blogs, magazines digitales, etc, que por su frecuencia diaria de trabajo pueden asumir un ritmo parecido al de sus lectores o, incluso, pueden llegar a adelantarse (como el portal estadounidense de música Pitchfork, que tiene millones de lectores en todo el mundo, y es conocido por promocionar a nivel mundial grupos desconocidos para el gran público). De hecho, la subsistencia de la mayoría de las cabeceras de prensa escrita dedicada a la música pasa por convertirse, tarde o temprano, en entidades bicéfalas, que alternen webs potentes donde se vuelque información diaria, con una tirada limitada mensual (o semanal) para los amantes del papel.
Como no podemos confiar en que todo nuestro trabajo crítico sea el más sublime, que nuestra prosa enamore más que nuestra opinión, y la gente acuda a nosotros por un placer puramente estético, en lugar de por la razón por la que hacemos este trabajo (la opinión personal y/o analizada de un tema), la única opción que nos queda es ir al mismo ritmo que nuestros lectores y hacerles llegar esa opinión a la vez que ellos descargan el disco o tema. Esa es al menos mi percepción personal: tenemos que estar al nivel del público que nos lee, evitando caer en la autocomplacencia que nos está provocando esta situación. Informar un mes más tarde es inadmisible para un profesional que quiera hacer bien su trabajo periodístico. Y esta es una de las principales razones por las que aprovecho todas las herramientas que están a mi alcance: para poder realizar mi labor de la manera que yo considero más adecuada. Si esto significa que merezco la muerte más cruenta y dolorosa, por favor entiendan que me obligaron a hacerlo.
