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Cultura oral y
lectura hipertextual. Una reflexión
desde la comunicación Rolando Palacios[1] Universidad Diego
Portales Resumen La dicotomía, cultura popular vs.
cultura de élite, no tiene sentido en una cultura mediatizada, esto es, en una
sociedad esencialmente inmaterial. El proyecto de la modernidad ha tenido como
propósito domesticar la cultura oral y la risa, sin embargo las prácticas
culturales se resisten a su disciplinamiento. Este fenómeno de resistencia,
negociación y dominación se observa tanto en las ciudades como en la cultura
mediática. En el contexto de la recepción hipermedial se ponen en juego nuevas
formas de interpretación semántica en las cuales participan la cultura
nomádica, las comunidades virtuales, la lectura hipertextual y las comunidades
interpretativas. Este conjunto de prácticas culturales corresponden a la
cultura mundo en donde se ha producido una apropiación social de la técnica y
se han abierto nuevas modalidades de sociabilidad postradicional. Abstract The popular culture vs. elite culture dichotomy makes no
sense in a media-based culture, that is, in an essentially nonmaterial society.
The project of modernity has had as its goal to domesticate oral culture and
laughter, however cultural practices resist being disciplined. This phenomenon
of resistance, negotiation and domination can be seen both in cities and in the
media culture. In the context of hypermedia reception new forms of semantic
interpretation are put into play, in which nomadic culture, virtual
communities, hypertext reading, and interpretative communities participate.
This set of cultural practices correspond to the world culture where a social
appropriation of the technique has taken place and new modalities of
post-traditional sociability have been opened. La cultura ha ido transformando su materialidad (construcción del
espacio humano vs. el espacio natural) desde épocas remotas hasta nuestros
días. Este proceso centrado en el crecimiento del equipamiento cultural
(ciudades, bibliotecas, producción de bienes, servicios y tecnologías) ha
estado aparejado a la necesidad de darle un sentido ético-simbólico a la vida
humana. La búsqueda de la verdad y el cuestionamiento a la certeza (la duda
metódica), es el sentido ético-simbólico del proyecto de la modernidad que se
ha traducido en un gran flujo histórico. El gran proyecto de la modernidad consistió
en disciplinar la cultura oral, el saber popular, la alquimia y la brujería
hacia la institucionalización de la organización de la vida social.[2]
Desde
los inicios del Renacimiento, se vive un campo de lucha entre las prácticas
culturales (subjetividad social, cultura oral, principio de placer) y las
acciones estratégicas de las recientes creadas instituciones del Estado-nación
(racionalidad instrumental, cultura letrada, principio de realidad). Las
acciones estratégicas tienen por objeto desarmar la voluntad, el poder y el
territorio del otro, significa ocupar simbólica y territorialmente su cuerpo
(habitar el cuerpo del otro en términos de habitus, Cfr. Bordieu, 1980). Este proceso se llevó a cabo desde la primera
globalización u occidentalización del mundo (s. XVI) y continúa ocurriendo en
nuestras sociedades. A esta fase, Roland Robertson (1998), la denomina como la fase germinal:
desde la Europa de principios del siglo XV hasta mediados del siglo XVIII. La institución que llevó a cabo la transformación
de la cultura oral a la escrita fue la escuela. La escolarización es el proceso
histórico-cultural mediante el cual la escuela se entiende hoy como sinónimo de
educación. La escolarización no sólo desplazó la cultura oral a través de la
aplicación de la lógica escritural (más precisamente a través de la tecnología
lecto-escrita) sino que también introdujo una serie de cambios existentes hasta
nuestros días: el disciplinamiento social
(sujetos, cuerpos y saberes), la racionalización de las prácticas culturales,
la producción de una lógica escritural centrada en el texto o en el libro, la
guerra contra otros modos de educación provenientes de otras formas culturales,
la definición de un espacio público nacional y la consecuente formación de
ciudadanos para esos Estados (Huergo, 2001:40-41). Nos interesa conocer con más detalle cómo se
disciplinó la cultura oral-popular, para ello, se desarrollará con mayor
detalles los cambios en la domesticación de la palabra. La atención de los sentidos se trasladó del oído,
la memoria y el sonido hacia la palabra escrita, al lenguaje como instrumento
de la razón. La cultura popular fue domesticada por la cultura letrada mediante
la imposición del dominio vocabular y escritural propia de la clase culta, los
letrados. La modernidad es un proyecto que funda su accionar sobre la base de
la certidumbre en el conocimiento racional y una creciente interconexión entre
las influencias universalizadoras y las disposiciones personales (Giddens,
1997:27). Sin embargo, las fiestas populares y sus manifestaciones en espacios
públicos abiertos, en plazas, mercados, barrios, no han dejado de existir
gracias a la tradición oral. Ahora bien conviene distinguir entre la fase
germinal de la globalización (s. XV) y la globalización del s. XX. La
globalización en nuestro dìas, es el proceso resultante de
ciertas actividades de funcionar como unidad en tiempo de real a escala
planetaria. Es un fenómeno nuevo porque sólo en las dos últimas décadas del
siglo XX se ha constituido un sistema tecnológico de sistemas de información,
telecomunicaciones y transporte, que ha articulado todo el planeta en una red
de flujos en las que confluyen las funciones y unidades estratégicamente
dominantes de todos lo ámbitos de la actividad humana (Castells, 1999:2). Si bien, es posible reconocer en la globalización
una tendencia hacia la homogeinización de las prácticas culturales en términos
de consumo (mediático, alimentación, vestuario), ordenación urbana,
ordenamiento de los mercados, etc., también es cierto que este mismo proceso ha
diferenciado, excluido y conformado sectores sociales con prácticas culturales
heterogéneas, étnicas, específicas. Es decir, el marco de la globalización ha
tenido una doble dimensión de pertenencia cultural, un proceso de asimilación o
integración a la “cultura mundo” y a la vez, la emergencia de una “cultura
micro” centrada en las identidades más cercanas: género, etnia, localidad,
medio ambiente, gustos y deseos. Cultura oral vs cultura escrita Uno de los
elementos constitutivos de la modernidad es el sentido del tiempo, un tiempo
que tiene materialidad lingüística para hablar del pasado, el presente y el
futuro. En la cultura premoderna, el tiempo era un todo, un sentido único
referido a la pertenencia local y sus circunstancias. No existía una fuerte
referencia a la historia como sentido de pertenencia humana, sino un fuerte
arraigo a la tradición, que suele ser transhistórica. La forma premoderna
privilegia un mundo cerrado que se caracteriza por su gran estabilidad. Los
seres humanos premodernos se enfrentan a lo obscuro del cosmos y resuelven esta
ansiedad con respuestas universales (totales) al movimiento y al cambio,
ordenando al mundo social en formas fijas y estables (Galindo, 2001). Las
culturas orales son politeístas y animistas, no operan con instituciones
demasiado complicadas ni muy estáticas, y las normas de convivencia se dictan a
menudo en función de los casos particulares (Goody, 1993). En ese sentido, la cultura oral
dominó varios siglos antes de ser traducida en tecnología, a través de la
escritura. En el lenguaje natural, el habla dispone de recursos nmemotécnicos
para reproducirse a lo largo del tiempo, estos recursos son conocidos como
“formularios” (Ong, 1993:31), es decir, patrones de pensamiento fijo que debían
repetirse para la administración eficaz de la sabiduría. En la cultura oral, las palabras no tienen ninguna
presencia visual, aunque los objetos que representan sean visuales, es decir,
las palabras son sonidos....tal vez se las "llame" a la memoria, se
las "evoque", pero no hay dónde buscar para "verlas". El
sentido del oído tiene la cualidad de inundar toda la experiencia visual, no
discrimina ni focaliza la atención sino que abarca el tiempo de su
pronunciación, no hay manera de volver atrás, ya que el sonido al momento de
pronunciarlo, se pierde. Las palabras no tienen foco ni huella, ni siquiera una
trayectoria. Las palabras son acontecimientos, hechos (op. cit, p. 38). El sonido guarda relación especial con el tiempo,
distinto de los demás campos que se registran en la percepción humana. El
sonido sólo existe cuando abandona la existencia, es simplemente perecedero, en
esencia es evanescente. El término hebreo dabar
(lengua) significa "palabra" y "suceso". Malinoski (1923)
ha comprobado que entre los pueblos "primitivos" (orales) la lengua
es por lo general un modo de acción y no sólo una contraseña del pensamiento (ibid., p. 39). Walter Ong se pregunta cómo la cultura oral ha
logrado domesticar a la memoria con obras tales como la Iliada. La respuesta a
este pregunta es que en el relato se recuerdan cosas memorables. El pensamiento debe originarse
según pautas equilibradas e intensamente rítmicas, con repeticiones o
antítesis, alteraciones y asonancias, expresiones calificativas y de tipo
formulario, marcos temáticos comunes (la asamblea, el banquete, el duelo, el
"ayudante" del héroe, y así sucesivamente), proverbios que todo mundo
escuche constantemente, de manera que vengan a la memoria con facilidad, y que
ellos mismos sean modelados para la retención y la pronta repetición, o con
otra forma nmemotécnica (ibid., p. 41). De esta manera la lógica oral determina la sintaxis
y de paso, la manera en que la experiencia se ordena mentalmente. La palabra
sanciona, es ley, y se hace ley, a través de una sistematización de los
recursos nmemotécnicos. Ahora bien, resulta imposible reducir la
experiencia de la escritura sin la referencia auditiva, las palabras se
convierten en sonidos en nuestra
conciencia, de tal manera que se puede afirmar que nunca ha habido una
escritura sin oralidad. La lectura es un acto silencioso, focalizado e
individual pero lo convertimos en sonidos en nuestra imaginación. Ong, plantea
que el habla es inseparable de nuestra conciencia, y distingue la oralidad primaria,
esto es, la oralidad de una cultura que carece de todo conocimiento de la
escritura o de la impresion. Es "primaria" por el contraste con la
"oralidad secundaria" de la actual cultura de alta tecnología, en la
cual se mantiene una nueva oralidad mediante el teléfono, la radio, la
televisión y otros aparatos electrónicos que para su existencia y
funcionamiento dependen de la escritura y la impresión (ibid., p. 18-20). La cultura letrada equivale a un dominio
tecnológico, la escritura; que depende en gran medida del lenguaje natural, el
habla. Esta es una época en la cual, el modo de pertenencia cultural se
verifica a partir de nuestra relación con la tecnología, por tanto, no existen
culturales orales primarias, ya que toda cultura conoce la escritura o tiene
alguna experiencia de sus efectos. Las palabras escritas constituyen remanentes
de la cultura oral: podemos verlas y tocarlas inscritas en textos y libros.
Aunque las palabras están fundadas en el habla oral, la escritura las encierra
titánicamente para siempre en el campo visual. La pretendida distinción entre cultura ágrafas y
culturas con escritura, para referirse al grado de civilización es discutida en
la medida que la cultura oral es una expresión de la cultura popular y forma
parte del sentido de pertenencia cotidiano que hacen millones de personas con
su materialidad discursiva e identitaria. Más que oponer cultura popular/oral y
cultura letrada/escrita, habría que recuperar el habla como sentido de
pertenencia e identidad a partir de una autobiografía histórica (Giddens, 1997:
72). Giddens, plantea que para el individuo humano, “ser” es tener conciencia
ontológica, es decir, comprensión de la realidad exterior y de la identidad
personal. Esto sólo es posible en la medida que el habla reconozca la
conciencia del yo sobre la conciencia de los demás, ya que el lenguaje
–intrínsecamente público— es el medio de acceso de ambos. La identidad de una
persona no se ha de encontrar en el comportamiento ni en la reacción de los
demás, sino en la capacidad para llevar adelante una crónica particular de sí
mismo, la autobiografía. En palabras de Fidel Sepúlveda (Director del Instituto
de Estética de la Universidad Católica, Chile), “la oralidad es la historia de
la procesión que va por dentro, que en el fondo es la única historia verdadera”
(Mendoza Prado, 2001:19). La cultura mundo: entre lo culto y lo popular Asistimos a una época de confusa intersección de modos y sentidos de
interpretación del presente. Si bien el proyecto de la modernidad intenta
racionalizar los hábitos, las costumbres y los modos de vida, es posible
observar ciertas prácticas culturales que se sitúan fuera de sus alcances. En
cualquier ciudad del mundo es posible encontrar conformaciones premodernas y
modernas, ya que se trata de espacios de hábitat ocupados por prácticas humanas
y culturales de diversa índole. En ella podemos encontrar la expresión de la
cultura popular/oral en los mercados, “tianguis” o “ferias” (mercados
ambulantes), estadios de futbol,
plazas, etc.; a través de la risa como una manifestación de la festividad
popular. La risa implica jugar con el objeto elegido, tanto con lo “sagrado”
como con lo “elevado”. Lo inferior y lo profano van adquiriendo derechos
iguales y son incorporados en la ronda verbal (Bajtin, 1998:145). Bajtin,
señala que la risa es la expresión más simplificada de lo “inferior” material y
corporal ambivalente: la risa, el alimento, la virilidad, los elogios y las
injurias. En la risa, sostiene Bajtin, la cultura popular se propone desmitificar,
traducir al lenguaje de lo “bajo” material y corporal, los pensamientos,
imágenes y símbolos cruciales de las culturas oficiales (op. cit., p. 356). La “lengua de la plaza pública”, la de los géneros
inferiores (fabliau,[3] lira
popular, pregones, “payas”, dichos y refranes) son en su mayoría cómicas y
hacen referencia a su particular manera de interpretar el infierno, oponiéndolo
a la estéril eternidad de la muerte, y a la perpetuación del pasado, de lo
antiguo, el nacimiento de un porvenir mejor, nuevo, surgido de un pasado
agonizante (ibid., p. 422). El carnaval adquiere mayor presencia con relación a
la muerte ya que se trata de una “procesión de dioses muertos”. Al final de la
Edad Media, esta mezcla (infierno-carnaval) dio origen a las formas de las
diabladas donde el carnaval supone una victoria definitiva y transforma a los
infiernos en un alegre espectáculo. Se trata de la expresión del temor vencido
por la risa: ridículos, fantoches, símbolos del carácter absoluto del mundo en
vías de desaparición, en su inutilidad, su estupidez, su inepcia, su ridícula
pretensión (ibid., 355). En el carnaval, se produce la abolición provisional de
las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes. Se opone a toda
perpetuación, a todo perfeccionamiento y reglamentación, apunta a un porvenir
incompleto. En cambio, en las fiestas oficiales, las distinciones jerárquicas
se destacan a propósito, cada personaje se presenta con las insignias de sus
títulos y funciones y ocupa el lugar reservado a su rango. Bajtin afirma que
este tipo de fiesta tenía por finalidad la consagración de la desigualdad
(ibid., p. 115). La racionalidad urbana construyó templos, estadios,
palacios, auditorios, etc., para reglamentar el uso del espacio público y
concentrar las manifestaciones culturales del pueblo. Aunque la cultura
arquitectónica no ha eliminado la expresión cultural de grupos, sectores,
clases y subculturas en las calles, paredes, plazas de las ciudades en el mundo
entero... ¿Significa esto que el proyecto de la modernidad fracasó? O bien, ¿la
cultura es vivida como un conjunto de acciones y reflexiones plurales de las
distintas conformaciones identitarias? Lo más seguro, es que no encontremos
respuestas únicas a estas interrogantes ya que, entre otras cosas, interviene
en nuestra época la dimensión presente de la cultura mediática. La modernidad intenta habitar las
prácticas culturales (ethos), las ideas de una época (eidos) y el cuerpo del
otro (hexis), sin embargo, este proceso se traduce en distintas maneras de interpretar
el propósito de las interpelaciones. Por interpelaciones se entiende las
formulaciones ideológicas que nos invitan a ser de determinada manera, a seguir
ciertos modelos de identificación (medios, escuelas, grupos sociales, modos de
vida) a partir de las cuales nos reconocemos. Según, se ha presentado en los
ejemplos acerca de la oralidad secundaria y la cultura urbana popular, es
posible reconocer al menos ciertas conductas producto de ese acto de
interpretación de las interpelaciones: la dominación (hegemónico), la
negociación y la oposición (contra-hegemónico). Todo acto de recepción simbólica
(géneros audiovisuales, exposición a los medios de comunicación, espacio
conversacional) implica un pacto de lectura o interpretación en los emisores y
los receptores. Según David Morley (1980), la lectura se realiza mediante tres
posibles actitudes o posiciones: 1)
La
lectura dominante o hegemónica, se produce cuando el lector comparte los
códigos del programa (sistema de valores, actitudes, creencias, etc.) y acepta
las “lecturas preferentes” (modo dominante de lectura propuesta por el texto)[4]
de los editores del programa. 2) La
lectura negociada, se produce cuando el lector acepta parcialmente los códigos
del programa y la lectura preferente de los editores pero modifica su lectura
de acuerdo a su posición e intereses. 3) La
lectura de oposición es aquella en no se aceptan los códigos del programa ni la
lectura preferente, buscando una lectura que construya una marco alternativo de
interpretación. Quien advierte este conjunto de
procesos de recepción selectiva es David Morley (1980), investigador del Centre
for Contemporary Cultural Studies (CCCS) en la Universidad de Birmingham,
investigación realizada en 1975 y 1979. David Morley, plantea que la cultura es una forma
de hegemonía política que se instala en las prácticas culturales de manera
conflictiva y relacional. Es decir, propone una alternativa crítica a la
sobredeterminación de las industrias culturales por parte de la escuela crítica
(Marcuse, Habermas, Adorno, Horkheimer). Morley realiza trabajo etnográfico en
algunas familias de la clase obrera inglesa y busca relacionar la conciencia de
clase con la identidad colectiva. Morley, concluye que la determinación
económica es insuficiente para dar cuenta de la determinación de las prácticas
culturales y sugiere que la identidad de género, étnica, etaria, es mucho más
determinante en la constitución del habitus. Este
conjunto de investigaciones sitúan al receptor y a las condiciones de la
recepción en un eje de análisis muy distinto de la oferta cultural ya que
interesa entender a la audiencia como
sujeto y no solo como objeto. Guillermo Orozco, entiende la audiencia como un
sujeto ‘que se va constituyendo’ como tal de muchas maneras y diferenciando
como resultado de su interacción particular con la TV y, sobre todo, como
consecuencia de las distintas mediaciones que entran en juego en su proceso de
recepción” (Orozco, 1996:32). La propuesta que se plantea a lo largo de este
texto es que la cultura es un proceso de conformación de identidades que pasa
por luchas entre los diversos proyectos de identidad cultural unos hegemónicos,
otros alternos. Es una permanente lucha en el plano de las prácticas culturales
por legitimar su espacio semántico en la cultura hegemónica. En ese sentido,
las nuevas tecnologías han abierto un espacio transfronterizo para habitar el
sentido cultural de muy diversas formas, es decir, Internet es una enorme plaza
pública en la cual se intercambian los expresiones orales y escritas de
distintas comunidades que dan cuenta de identidades plurales y complejas. Este conjunto de fenómenos se da en una
época en que las transiciones en la cultura y en la comunicación son cada vez
más rápidas, y por otro lado, la convergencia tecnológica permite que la lógica
digital se haya ido convirtiendo en la tecnología que abarcar a todas las
tecnologías existentes. Con objeto de intentar periodizar estos grandes
cambios, se proponen las siguientes transiciones: 1)
El paso del lenguaje
oral al lenguaje lecto-escrito, significó la transición de las sociedades
cerradas (como totalidad sin perspectiva universal) hacia sociedades
civilizadas imperiales (como totalidad universal). Este proceso se remonta
desde la antigüedad hasta el inicio del renacimiento. 2)
El paso del lenguaje
lecto-escrito al lenguaje audio-visual, significó la transición de las sociedad
imperiales hacia la sociedad de masas (como totalidad estatal). Este proceso
ocurre desde el siglo del descubrimiento de América hasta la conformación de los
Estados-Nación y el surgimiento de la cultura nacional. 3)
El paso del lenguaje
audiovisual al lenguaje hipertextual, significó la transición de las sociedad
de masas hacia la sociedad de la cibercultura (como sentimiento universal sin
totalidad). Este proceso está plenamente vigente y consiste en la
transformación de la materialidad cultural: del átomo al bit. Estas transformaciones no corresponden de manera
cerrada a etapas que se cierran sino más que se trata de una revitalización y
la agregación de dimensiones complementarias (Lévy, 1998). Este conjunto de transformaciones culturales se
podrían sintetizar en cuatro grandes prácticas culturales propias de la cultura
mundo: 1) las culturas nomádicas; 2) las comunidades virtuales; 3) la
alteración del texto (hipertexto); y, 4) las comunidades interpretativas. 1. Culturas
nomádicas La cultura mediática en esta época, equivale a la globalización del
imaginario simbólico a partir del acceso a bienes inmateriales (bienes
culturales, visionados televisivos, géneros audiovisuales) a partir de la
escenificación de la producción cultural en aparatos que están en nuestra casa,
oficina, escuela, universidad, ciudades, etc. Es decir, estamos viviendo hoy en
día la supremacía de la imagen, hasta el punto que las ciudades pueden leerse
como entidades mediáticas que compiten por captar la atención de consumidores
ya sean de pasta dentrífica o de votos. En ese mismo sentido, ya no podemos hablar de lo
nacional-popular como eje constitutivo de identidad, ya que lo internacional-popular
ha colmado la escena de las identidades nacionales. En el período de lo nacional-popular, la política era el
principal medio de integración cultural-social, y de sentido de la vida
individual y colectiva. Hoy la cultura adquiere un carácter plural, es decir,
las culturas serán entendidas como la búsqueda de sentidos, sin dejar fuera al
conjunto de representaciones simbólicas, valores y estilos de vida. La cualidad
particular de esta época es que estas dimensiones adquieren consistencia y densidad
propias. Estas dimensiones se viven como campos de expresión
de la subjetividad y de conflictos en torno a las diversas maneras de ver la
vida. De esta manera, las luchas políticas se transforman, cada vez más, en
disputas por el modelo cultural de la sociedad, es decir, por modelos y
sentidos de vida individual y colectiva (Brunner, 1999: 25). Estas identidades se construyen de manera
multitemática o pluricultural, ya que la esencia de lo nacional, lo autóctono,
lo no contaminado[5] por el
universo mediático prácticamente no existe, o no tiene sentido hoy
reivindicarlo. Tanto es así, que las “culturas originarias” se han valido de
los recursos académicos, informativos, tecnológicos y discursivos de la
modernidad para arremeter justamente contra sus bases de legitimación: la
concentración del poder y del saber. No sólo son las “culturas originarias” las que han
sabido dar cuenta de este fenómeno de multiculturalidad, también lo han hecho
los industriales de artículos de consumo, en la definición de sus estrategias
de marketing. Ya no interesa la oposición homogéneo/heterogéneo sino que los
jóvenes, los viejos, las amas de casa, los gordos, los desencantados;
constituyen segmentos mundializados que comparten hábitos y gustos
convergentes: El mundo es un mercado
diferenciado constituido por capas afines. No se trata, pues, de producir o
vender artefactos para ´todos´ sino promoverlos globalmente entre grupos
específicos (Ortiz, 1994). Una de las semejanzas que existen
entre la cultura urbana y la cultura digital es su carácter nomádico, es decir,
en las ciudades de América Latina, su poblamiento fue producto de la migración
campo-ciudad. En la cultura hipermedial, la migración obedece a la posibilidad
de asumir múltiples identidades, gracias al anonimato (nick name=apodo) y de
pertenecer a múltiples comunidades de intereses. Por tanto, la cultura digital
es una expresión de la cultura urbana en el contexto de la supremacía de la
imagen y de la pérdida del contacto personal en la interacción social. Ahora bien, una de las
características de esta revolución tecno-científica es haber escindido el
territorio como marco de pertenencia socio-cultural, en donde la ciudad ya no
es un espacio físico sino es vista como un trayecto (Martín Barbero, s/f,a), un
desplazamiento, un viaje de un lugar a otro. En otro texto, Martín Barbero
habla de la desurbanización de las ciudades, “que conduce a lo que yo he
llamado angustia cultural, en el sentido de que ya no me reconozco en la
ciudad” (Martín Barbero, s/f,b). Una segunda característica es la apropiación social
de la técnica, es decir, el uso social de la tecnología de redes ha permitido
crear una cultura asociada, esto es, un lenguaje compartido para referirse al
acontecer cotidiano. En eso radica su acierto y éxito en la oferta cultura
actual. 2. Simbiosis
entre comunicación masiva e interactividad: comunidades virtuales Quizá una de las características más impactantes de la práctica
cultural en nuestro inicio de siglo es la interacción con objetos inmateriales
en nuestra vida cotidiana. La red de red no es un conjunto de
protocolos de comunicación digital ni una extensa colección de computadoras que
se conectan entre sí para fines prácticos, utilitarios y provechosos. Esta red
se ha ido constituyendo a la par de una fuerte producción cultural paralela: la
tecnocultura. Este es un fenómeno de los años sesenta en plena supremacía del
movimiento hippie en los Estados Unidos. Actualmente, la generación hippie de
esa época forma parte de la clase ejecutiva de grandes empresas transnacionales
de informática o telecomunicaciones y son los creadores de la cibercultura
mundial. El ciberberespacio nace de la
novela de ciencia ficción Neuromante,
escrita en 1984 por William Gibson. Por tanto, en las sociedades desarrolladas
la cibcercultura se fue construyendo como un proyecto que buscaba la libre
expresión de la ciudadanía mundial en un espacio que es dominado por ningún
organismo de poder material. Es más, en la "Declaración de Independencia
del Ciberespacio" se proclama el fin de la propiedad privada porque en el
ciberespacio no hay materia sólo hay bytes. También se plantea la idea de que
la información es intercambio y que el intercambio es participación, excluyendo
de esta forma la idea de que la acumulación de información es poder. Por tanto,
la red se ha ido expandiendo con un noción cultural de buenos vecinos en donde
la libertad de expresión, el acceso a la información de dominio público y el
derecho al acceso a la red, son los derechos humanos de la ciudadanía virtual
del siglo XXI. La sociabilidad para Maffesoli (Maffesoli, citado
por Lémos, 2000) es un conjunto de prácticas cotidianas que se escapan al
control social rígido, existiendo en éstas una perspectiva hedonista, tribal,
sin perspectivas futuristas, enraizadas en el presente. Las relaciones que
componen la sociabilidad constituyen el verdadero sustrato de la vida en
sociedad. Son los momentos de compromisos efímeros, de sumisión de la razón a
la emoción de vivir y "estar juntos". Es esa multiplicidad de experiencias
colectivas basadas no en homogeinización ni en la institucionalización ni en la
racionalización de la vida, sino en el ambiente imaginario, pasional o erótico
y violento del día a día. La sociedad contemporánea se va a establecer como un
politeismo de valores donde nosotros actuamos desempeñando papeles, produciendo
máscaras de nosotros mismos, actuando una verdadera teatralidad cotidiana. La
contemporaneidad va a estar marcada por un imaginario dionisíaco (sensual,
estético, tribal) que va mucho más allá de la racionalidad instrumental, es
decir, el paradigma de la modernidad. La técnica va a desempeñar un
papel muy importante en este proceso. En vez de inhibir las situaciones
lúdicas, comunitarias e imaginarias de la vida social, las nuevas tecnologías
van a actuar como vectores de esas situaciones. La forma técnica está obligada
a negociar con lo social y adquiere sentido para nuestras vidas. Se puede
hablar de una verdadera transformación de la apropiación técnica de lo social,
típica de la modernidad, por una forma de apropiación social de la técnica,
cuestión que ocurre de manera compleja e imprevisible. Tanto es así que se puede hablar de una paradoja
entre la concepción racional, objetiva y austera de la tecnología frente a
cualquier forma de sociabilidad: emocional, subjetiva y dionisiaca. Sin
embargo, la experiencia de la comunicación digital entrama la posibilidad de
ser con otro en la distancia, de tal manera que el individuo es reemplazado por
la percepción de comunicación-comunidad. La proxemia tecnológica es la que
permite acuñar el lema "ama a tu lejano como tí mismo", es decir, la
vinculación virtual, la identidad múltiple, el anonimato, la telepresencia toma
la forma de un ambiente comunitario posmoderno en donde la ideología tecnoculta
asume una suerte de ética de la estética, más que una moral universal. En el ciberespacio, ya no estamos solos, formamos
parte de un universo discursivo ilimitado, sin fronteras, sin censura y abierto
a la polisemia infinita. Es la aparición definitiva de las comunidades
virtuales, cuya forma de comunicación es la cibersociabilidad: cibersexo,
ciberpunk, cibermoda, ciberamigos, soft power, democracia electrónica,
e-commerce, zitizen, zippie, hackers, crackers; las tribus de la cibercultura. La tecnología que fue el instrumento principal de
alienación, del desencantamiento del mundo (Weber) y del individualismo burgués
se ve investida de las potencias de la sociabilidad. La cibercultura que se
forma sobre nosotros (...) nos muestran que las tecnologías están siendo
utilizadas como herramientas de sociabilidad y de formación comunitaria,
tecnologías colocadas por parte de la modernidad (activistas, terroristas,
pedófilos, anarquistas, ONG´s...). La cibercultura es la sociabilidad que se
apropia de la técnica (Lemos). 3. El
lector hipertextual: ¿como detective o como interprete libre? Los fenómenos de la lengua en la era digital no están exentos de
reflexión y polémica, sin embargo esa reflexión ocurre al interior del
pensamiento posmoderno occidental, es decir, está circunscrito a la pertenencia
de lo moderno, lo nuevo y lo actual en que galopan las sociedades
desarrolladas. El lenguaje digital no sólo ha provocado debates acerca de la
ruptura de la linealidad discursiva, la transtextualidad permanente, la
imposición de huellas sígnicas (políticas) en el recorrido narrativo
hipertextual; sino que se ha aventurado la ruptura de la frontera semántica
entre determinados corpus narrativos para dar paso a la constitución de corpus
multisémicos y el nacimiento de nueva narrativa, una nueva cognición basada en
la aventura sincrética del proceso de la lectura. Es decir, la escritura en el
hipertexto es indisociable de la modalidad de la lectura, el lector tiene dos
opciones: o se convierte en un detective del sentido del autor o bien construye
su propio orden del discurso de acuerdo a su experiencia intelectual y
vivencial (Wirth, 1998: 67). Sin embargo, todavía quedan algunas preguntas: ¿el
hipertexto inaugura una nueva lógica en el pensamiento humano?, ¿el lector por
el sólo hecho de re-hacer la arquitectura del pensamiento del autor, se
convierte en un autor a su vez?, ¿la tecnología de redes y el hipertexto, en
particular, son un fenómeno del lenguaje "natural" o bien es una
clase especial de lenguaje tecnológico? Posiblemente encontremos respuestas dispares sobre
estos temas pero al menos conviene contextualizar el fenómeno de la sociedad de
los vínculos, Internet, desde el punto de la vista de la comunicación. En el
sentido que se señala anteriormente, el lector re-significa al autor no sólo
por la arbor-escencia del pensamiento no lineal, sino también porque operan los
procesos de la recepción señalados en páginas anteriores y se agregan las
particularidades de la red: la literatura colectiva, los poemas virtuales y la
telepresencia discursiva. El
proceso de lectura implica una actitud consciente acerca de la interpretación
constante del texto, a partir de las relaciones que se evocan en la historia
personal del lector así como de las intersecciones con otros textos implícitos
o explícitos. Esta
situación ocurre en el libro impreso, con mayor razón el hipertexto aparece
construido como un collage textual,
virtual; compuesto por numerosas lexias (bloques de texto, imágenes estáticas o
en movimiento, o bien sonidos) vinculadas electrónicamente por múltiples
caminos, cadenas o trazos en los sitios web (Landow, 1999:154). El
hipertexto es construido desde la literatura como el Patchwork Girl de Shelley Jakcson que re-escribe el cuerpo de la
pareja de Frankestein como una identidad de género siempre difusa, fragmentada
y siempre re-inventada (op. cit., p. 163 y ss). Lo
encontramos en los textos abiertos de Umberto Eco, aquellos que permiten
lecturas plurales en donde la estructura textual es el resultado de una
unificación asociativa a través de la lectura (Eco, 1992). Un ejemplo de ello
es el Afternoon de Michael Joyce, en
donde el lector puede elegir entre 538 lexias, es decir, una multitud de puntos
de partida que cambian la ambientación, el narrador, el tema y la cronología.
El lector debe elegir también donde está el final, su fin, su lectura
recontextualizada de cadenas de argumentos, tal como lo señala Derrida, en una
semiosis infinita (Landow, 1997:143 y Wirth, 1998:68). El hipertexto se asemeja al rizoma, concepto tomado
por Deleuze y Guattari (1994) de la biología para explicar la composición
desestructurada de la relación que existe entre lexias textuales. El rizoma es
tejido desestructurado compuesto por nodos de enlace, es una retícula multidimensional,
un árbol que se sólo se puede comprender en su totalidad a partir de su propia
raíz. Es el modo de relación entre objetos que sólo son relacionados a partir
de la intencionalidad puesta por los sujetos interpretantes. El proceso de lectura hipertextual se encuentra
entre la capacidad de descubrir el sentido de la intertextualidad a partir de
una actividad detectivesca y la democracia semiótica (Fiske, 1987) o la
autodeterminación del lector. Ambos procesos están en permanente sincronía, el
navegante de Internet es en sí un observador de los nexos propuestos por la
“lectura preferente” del autor, por tanto, hipotetiza acerca de la relación
entre el objeto (el texto) y su propia interpretación (interpretante) A este
fenómeno, Charles Peirce lo denomina abducción, esto es, “una nueva descripción
o una recontextualización del objeto” (Peirce, en Jensen, 1997:234). La
abducción es el proceso mediante el que generamos hipótesis para dar cuenta de
aquellos hechos que nos sorprenden: La abducción es aquella clase de
operación que sugiere un enunciado que no está en modo alguno contenido en los
datos de los que procede. Hay un nombre más familiar para ella que el de
abducción, pues no es ni más ni menos que adivinar (guessing). Un determinado objeto presenta una combinación
extraordinaria de caracteres para la que nos gustaría una explicación (Peirce,
1903). En el
pensamiento del Peirce la abducción es un tipo de inferencia que se caracteriza
por su probabilidad: la conclusión que se alcanza es siempre conjetural, es
sólo probable. Al observador, detective o investigador esa probabilidad llega a
ser plausible, esa plausibilidad, ese carácter intuitivo es donde radica su
validez y no en su efectiva probabilidad que tiene sólo una influencia
indirecta (Nubiola, 2001). Esa es la actitud del investigador o detective,
hipotetiza la clave de lectura del hipertexto...puede ser por aquí...es
probable que el vínculo me lleva a tal resultado. Esta lectura conjetural distingue un navegador
avezado y uno neófito. El avezado “conoce” el lenguaje de la lectura
rizomática, básicamente porque supone, hipotetiza o conjetura, en base a su
experiencia, que el relato continúa en tal o cual lexia. 4. Las
comunidades interpretativas La sociedad post-industrial construyó un mundo en donde la
indeterminación, el dimanismo y la multiplicidad de alternativas caracterizaron
el nuevo modo de vida. Los descubrimiento de la mecánica cuántica, la
anti-materia, la incertidumbre, la complejidad y el desorden fueron parte de
los procesos mentales que se debieron entender en esta nueva época del
desarrollo científico que anuncia el fin de la materia, el tiempo y el espacio,
en su dimensión tradicional. Por ello no es de extrañar que el hipertexto sea
interpretado como el fin del pensamiento lineal, jerárquico, centralizado,
unidimensional, único, unívoco. Se anuncia el fin de la dictadura del
autor-idad, la sustitución del territorio como sustrato de identidad colectiva
y la emergencia de la estética como principio de "estar juntos". Estas formas de entender el hipertexto provienen de
la mirada posmoderna de las sociedades avanzadas, en las cuales emergen teorías
que anuncian el fin del logocentrismo, la desaparición de lo inmutable, de lo
permanente y de la obra acabada, finita y conmensurable. El pensamiento
posmoderno no sólo anuncia el fin de las vanguardias, la muerte del libro y fin
de la sociedad secular, sino también la emergencia de una actitud
contempladora, hedonista, individualista y que trivializa los hechos humanos y
los interpreta como espectáculo massmediático. En definitiva, anuncia la
emergencia de una manera desinteresada de entender la historia. En este contexto, el Estado llega
a su fin como entidad organizadora del logos social y surge el Estado
post-nacional como territorio cultural en el cual las identidades se construyen
a partir de los estilos de vida y los intereses temáticos más que sobre una
visión univoca acerca de la cultura nacional. De esta manera es posible leer
cierto relativismo con relación a los "datos", como objetos
observables, y la emergencia de lecturas en las cuales “no hay datos sólo
existen las interpretaciones”. Inspirado en Niestzche, Klossowki plantea que […] no hay original, el modelo
de la copia es ya una copia, la copia es una copia de la copia; no hay más
máscara hipócrita porque el rostro que encubre la máscara es ya una máscara,
toda máscara es sólo la máscara de otra; no hay un hecho, sólo
interpretaciones, cada interpretación es la interpretación de una
interpretación anterior; no hay sentido propio de la palabra, sólo sentidos
figurados, los conceptos son sólo metáforas disfrazadas; no hay versión
auténtica del texto, sólo traducciones; no hay verdad, sólo pastiches y
parodias. Y así hasta el infinito (Klossowki, 1986) . Este
aproximación filosófica adquiere sentido en el campo de la tecnología digital
ya que gran parte de la producción plástica en ese formato, trabaja bajo la
perspectiva del simulacro. De esta manera, el modo de producción de las
imágenes sintéticas conduce a dejar de lado las estructuras de función original, y copia, modelo y reproducción (Schultz,
1998:139). Si bien
Internet, es un sistema de transporte, su gran éxito no depende tanto de sus
características técnicas sino de la apropiación social y cultural que han hecho
de él millones de navegadores. Esto se debe entre otras causas a la
arquitectura abierta y descentralizada de su lenguaje, el hipertexto. Según
Piere Lévy (citado por Goncalves de Souza), teórico del MIT (Massachussets
Institute of Technology), el hipertexto cumple con los siguientes principios:
1) la metamorfósis: la red está en permanente construcción y renegociación; 2)
la heterogeneidad: en la red encontramos en el proceso sociotécnico a personas,
grupos, artefactos, fuerzas naturales, etc.; 3) la multiplicidad: el hipertexto
se organiza de un modo fractal, en donde cada nodo es una red en sí misma; 4)
la exterioridad: la red no tiene unidad orgánica, no tiene motor interno. Su
crecimiento o disminución depende de un exterior indeterminado; 5) la topología:
el hipertexto funciona por proximidad, todo se disloca. La red no está en el
espacio, ella es el espacio; 6) la movilidad de los centros: la red no tiene
centro ni periferia, ni arriba ni abajo, ni adentro ni afuera, ni pasado ni
futuro. A estos
principios le agregaríamos, el principio de la continuidad: la red no tiene
pasado ni futuro, sólo el presente existe, no existe el "aquí y
ahora", sólo existe el "ahora", el "aquí" ha
desaparecido. Es decir, están ocurriendo cambios en la percepción del espacio y
del tiempo, a través, del mecanismo de representación digital (byte a byte) de
la telepresencia virtual y de la simultaneidad o sincronicidad por medio de la
interacción espacial. Estas
características son aplicables al hipertexto porque puede considerarse como uno
de los cambios importantes de la realización del poder democratizante de la
nueva tecnología de la información. Ted Nelson y J. Hillis Miller, y casi todos
los que escriben sobre hipertexto, consideran que esta tecnología es
esencialmente democratizante y que, por lo tanto, mantiene algún tipo de
existencia liberada y descentralizada. Las
metodologías cualitativas se han eregido en los mejores medios de análisis de
este tipo de fenómenos socio-discursivos, por ello han aparecido una gran cantidad
de trabajos de investigación destinados a contextualizar el uso de los nuevos
medios desde la teoría de la recepción. Esta teoría pone en discusión un
concepto central, las comunidades interpretativas, el cual busca situar la
manera en que las audiencias re-construyen el sentido de la comunidad en los
medios de comunicación de masas. La idea es que las comunidades interpretativas
se constituyen sobre la experiencia y la predisposición a generar significado a
través de actos interpretativos similares (Jensen, 1997:150). Esta teoría parte
de la base de que son los lectores, no los textos, la fuente de todo
significado. La idea de autoridad interpretativa, expresada por Fish (1989) es
la siguiente: [...] no tanto como un grupo de
individuos que compartían un punto de vista, sino un punto de vista o forma de
organizar la experiencia que compartían los individuos en el sentido de que sus
distinciones asumidas, categorías de comprensión y estipulación de relevancias
e irrelevancia eran el contenido de la conciencia de los miembros de la
comunidad, que por tanto, ya no eran más individuos, sino [...] eran propiedad
de la comunidad. [...] La identidad no sería atribuible a una autoidentidad del
texto, sino a la naturaleza comunal del acto interpretativo (Fish, 1989:141). Las audiencias en Internet no
tienen, por muchas razones obvias, un sentido compartido de propósito o
identidad pero las comunidades virtuales que se constituyen por un acto de
identificación con la propuesta semiótico-discursiva del ambiente digital en
que se reconstruyen; pueden llegar a ser audiencias con sentido de comunidad e
identidad. Por ejemplo, el sitio Universes-in-Universes
(http://www.universes-in-universe.de/espanol.htm) es una comunidad que tiene
por objeto el intercambio artístico-cultural a través de Internet. Este sitio
que opera en Berlín, se manifiesta en un foro a través de correo electrónico,
una base de datos con eventos preparados por artistas independientes y
programas institucionales de promoción cultural en los cinco continentes. Es un
ejemplo de una comunidad virtual cuya base emotivo-cultural la constituye el
acto interpretativo común en que comparten vivencias, deseos, necesidades y una
similar manera de entender el arte total, la estética posmoderna. Lindlof
(1988) retoma los aportes de Fish y los contextualiza a la recepción frente a
los medios de comunicación masivos. Thomas Lindlof no postula que los medios
construyan la realidad pero plantea que la cultura se construye sobre la base
de las distintas interpretaciones que los sujetos elaboran acerca de la
realidad. Es decir, la realidad social es un constructo cuya materialidad es un
discurso (un lenguaje) construido y constructor. Lindlof reconoce la polisemia
de los textos en general y el sujeto activo actualiza su sentido de comunidad a
partir de la construcción de un texto virtual, es decir, a partir de un texto
alterno que nace del código cultural de su comunidad interpretativa. Toda
comunidad es interpretativa, construye sus códigos de manera ritual y cotidiana,
y en ese sentido, es una subcultura, es decir, un pacto de gustos (Bourdieu) y
lecturas, a partir de actos interpretativos particulares. El
principal aporte del concepto de comunidades interpretativas es que la
construcción de sentido común de una comunidad no depende del texto mismo
(mediático o no) sino del proceso de interpretación. Esto significa que en la
recepción de mensajes audiovisuales ocurren procesos de interpretación
(relectura, texto virtual, decodificación, deconstrucción, resignificación,
etc.) que permitirían procesar un lenguaje para referirse a esos mensajes, o en
general, un lenguaje para referirse al orden social. Este proceso se podría dar
independientemente del lugar de la recepción. Si bien,
la etnografía, y en particular, la etnografía de audiencias considera al núcleo
familiar como el lugar de la recepción, en la perspectiva de la Lindlof, no es
el lugar el que da cuenta de la conformación de las subculturas, sino los
procesos de interpretación ligados a los gustos y lecturas. Las comunidades
interpretativas son colectivos de significación que comparten lecturas
similares acerca de la relación del sujeto con su contexto (orden social).
Lindlof plantea que una comunidad subyace a otra comunidad y se conforma una
subcultura que crea una comunidad "virtual" (virtual como opuesto a
actual, no a lo real) a partir de ciertas acciones, celebraciones y
sentimientos, es decir, ritos de interpretación. Ahora
bien el lector, en la literatura hipertextual, es el encargado de construir o
deconstruir el propio sentido de estos textos abiertos en donde la
intertextualidad se ha hecho visible, ya que en la red es posible encontrar una
biblioteca periférica con número infinito e indefinido de galerías hexagonales
(Borges, 1988: 100). Sin embargo, es posible que encontremos esta idea de
lectura comandada por el lector en mundos literarios impresos tales como Rayuela (Cortázar), Si una noche de invierno un viajero (Calvino), y en el cine, Le temps retrouvé (Raúl Ruíz). Sin embargo, la lectura rizomática
es propia de Internet en el sentido que los márgenes del libro desaparecen
hasta producir cambios en los modos de la lectura convencional. Por ello se
habla de una lectura topográfica sobre un planisferio del conocimiento
hipertextual, es decir, el problema de orientarse dentro del mapa rizomático de
la semiosis equivale al problema de quien lee un mapa sin conocer su propia
ubicación dentro de él (Wirh, 1999:61). Sobre las ficciones del hipertexto
y sus consecuencias de control social se han encontrado voces que rechazan toda
intromisión de lo digital en sus vidas ya que condicionan la mente humana. En
este grupo de tecnofóbicos no faltan los que extrapolan al Big Brother de 1984 para situarlo en el ojo que nunca
muere de la produccción cibercultural. Sin embargo, Lejos de ser necesariamente un
instrumento de control mental, como lo predijo Orwell en 1984, el nuevo régimen de telecomunicaciones parece inherentemente
democrático. En los últimos meses, ha ayudado a derribar a varios dictadores
(Miller, 1989, citado por Landow, 1995:222). Searle, aporta elementos para
discutir el determinismo tecnológico a través del uso del computador. En 1981
descubrió que no existe relación entre la aplicación de un programa del
computador y la obtención de un resultado, de una acción humana universal como
el traducir un ideograma chino al inglés. Esto se debe a que les falta algo
esencialmente humano, la intencionalidad o la conciencia. La explicación que
dan algunos especialistas en inteligencia artificial radica en que las
condiciones del conocimiento sobre el contexto para producir el entendimiento
(sentido) y a la vez simular la cognición y la acción humanas son realmente
demasiadas, vastas y confusas ((Dreyfus, 1979), citado por Jensen, 1997: 232).
Por su parte Searle, plantea que la computadora no es capaz de valorar o
determinar el significado de los símbolos que manipula, sólo es capaz de
relacionar su sintáxis pero no "entiende" su semántica, por tanto no
produce sentido. Por
tanto, el lector actúa como un receptor crítico ya que debe modificar su propia
perspectiva en el acto de lectura y la interpretación, puede pasar a ser un
detective para entender las huellas del hipertexto o bien lo interpreta a su
manera. Wirth, plantea que esta participación del lector es una actividad que
se da de manera permanente ante la narrativa hipertextual y lo permanente es la
conmutación de estos papeles del lector para la interpretación del sentido a
partir de la pertenencia a ciertos mundos culturales, es decir, a ciertas comunidades
de interpretación. Conclusiones El conjunto de fenómenos descritos pueden generar diversas reacciones
y posiciones, una de ella es entender la modernidad como un proceso que se
impone sobre la faz de la tierra sin miramientos ni contemplaciones. A la cual,
no le interesa conocer los residuos que quedan en los bordes de ella, ni sus
ritos y lamentos, sólo interesa civilizar y domesticar al otro. Los sujetos
están sujetados a la condición de ser reproductores de la dominación cultural y
de la lógica integrada de un mercado en expansión a través de la utopía
libertaria de las comunicaciones digitales. Por otra parte, es posible encontrar otra reacción
o posición en la cual, el mismo hecho de ser sujeto implica un acto de
identidad autobiográfica, que pasa por la palabra como sentido articulado de la
vida colectiva. Eso significa que gran parte de lo que somos es producto del
habla y de la escucha colectivas, cuestión que no admite control ni censura de
estructuras hegemónicas. Es decir, en el pacto de lectura, el sujeto se
constituye como receptor activo de su conciencia y su posición dependerá del
acto de interpretación que realice. Ese acto de interpretación es abierto,
libre y contextual, por tanto, susceptible de ser extensivo a una comunidad,
una subcultura que elabora un lenguaje para dar cuenta de la realidad. Gracias a este conjunto de actos de interpretación
las subculturas podrían socavar la legitimidad de la cultura hegemónica y la
vida social podría ser cotidianamente contextualizada y recreada. América
Latina tiene la oportunidad de re-inventarse a partir de numerosos procesos de
intercambio en el marco de prácticas culturales que superan con creces la
visión pragmática de la lógica instrumental. Es probable que las comunidades
virtuales y el hipertexto sean más que una amenaza, y se conviertan en una
ayuda para fortalecer los vínculos sociales y abrir el horizonte de pertenencia
cultural de nuestros pueblos. BIBLIOGRAFÍA Bajtin, Mijael (1998), La
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