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ISSN 1577-3760 · Número 7 · Temática Variada El voto electrónico ¿Un temor justificado? Por: Marta Cantijoch Cunill Para citar este artículo: Cantijoch Cunill, Marta, 2005, El voto electrónico ¿Un temor justificado?, Revista TEXTOS de la CiberSociedad, 7. Temática Variada. Disponible en http://www.cibersociedad.net
También podemos añadir a éstas, las siguientes etapas muy relacionadas con el desarrollo inmediato a la emisión del voto:
La introducción de mecanismos electrónicos en cualquiera de estas fases debe perseguir un doble propósito. Por un lado, se trata de reproducir lo más fielmente posible el procedimiento preexistente, de manera que, por otro lado, no se vulnere ninguno de los objetivos por los cuales estos procedimientos han sido establecidos: el respeto de los principios democráticos básicos de todo proceso electoral. Sin embargo, algunos de los sistemas electrónicos de votación van a transformar de forma radical estas formas tradicionales de actuar. Veamos en primer lugar, y de forma esquematizada, cuales son las diferentes formas de voto electrónico desarrolladas hasta el momento (2). 1) Sistemas de voto electrónico mediante aparatos situados en los colegios electorales Estos sistemas incorporan aparatos que se instalan en los colegios electorales. El votante sigue desplazándose hasta allí físicamente. También tiene la asistencia y el control del personal del colegio electoral. Esto implica, entre otras cosas, que la etapa de identificación, autenticación y validación seguirá realizándose de la forma convencional. A continuación se exponen los tres grandes tipos de sistema que existen y se aplican hoy en día en algunas democracias occidentales:
2) Sistemas de voto electrónico remoto. Este segundo gran tipo de sistemas de votación electrónica es el que prevé que el votante no deba desplazarse hasta el colegio electoral y pueda emitir su voto a través de la red. Puede tratarse de una red interna y controlada por la propia institución que organiza la convocatoria, o puede realizarse la votación desde cualquier plataforma conectada a Internet (principalmente un ordenador, pero también una agenda electrónica o un teléfono móvil). Todos estos sistemas han sido diseñados a partir del siguiente esquema básico:
Se deben establecer un conjunto de procedimientos (llamados protocolos) en las transmisiones a través del canal, que permitan que el voto del emisor llegue al receptor sin ser atacado por el "espía": el voto no debe poder ser alterado en su contenido o simplemente eliminado a media transmisión. Además, a diferencia de las votaciones electrónicas en los colegios electorales, en esta ocasión el votante no está presente físicamente, por lo que debe poder identificarse de manera eficaz, sin vulnerar por ello su derecho al voto secreto. Actualmente existen tres grandes esquemas diseñados a estros efectos (3).
3. Los nuevos requisitos de los sistemas de votación electrónica: ¿la transformación de los principios democráticos clásicos? Hemos visto como en los sistemas de voto electrónico que incorporan aparatos en los propios colegios electorales sólo algunas de las etapas del procedimiento convencional de la votación se ven afectadas por esta incorporación de tecnología. En el otro extremo, aplicando los sistemas de voto remoto, los procedimientos a seguir quedan totalmente limitados a los intercambios que realiza el votante desde un ordenador. Por lo tanto, resulta interesante observar en qué medida la modificación de unos procedimientos pensados para la garantía de los principios y derechos básicos de la democracia genera nuevas necesidades que han de ser superadas técnicamente. Por un lado, es esperable una mayor complejidad a la hora de continuar garantizando ciertos principios. Pero, por otro lado, también hay que prever la aparición de nuevas necesidades vinculadas al propio uso de la tecnología. A continuación presentamos una re-definición de las garantías del proceso electoral a partir de la incorporación de la tecnología. Podemos dividir los nuevos requisitos de los sistemas de votación en dos grandes grupos: aquellos que afectan a la seguridad por un lado, y aquellos que hacen referencia a su conveniencia de cara a la utilización por parte de los votantes.
Podemos constatar que los requisitos son más exigentes a medida que el sistema utilizado es más avanzado. En algunos casos, las dificultades en el cumplimiento de todos los requisitos al mismo tiempo surge de la propia contradicción entre ellos: por ejemplo, la posibilidad de discriminar entre electores autorizados y no autorizados choca con el requisito de privacidad, ya que el voto debe ir, en algún momento, unido a una identidad. En todo caso, observamos como se produce una evolución de los principios democráticos clásicos asociados a los procedimientos electorales convencionales. En algunos casos, estos procedimientos encuentran una réplica en términos tecnológicos que permiten garantizar los principios iniciales (por ejemplo, los aparatos lectores que ejercen de urnas al tiempo que realizan un recuento). En otras ocasiones, la propia incorporación de procedimientos electrónicos generan una reordenación de las prioridades, o el surgimiento de nuevas necesidades anteriormente no previstas. En cualquier caso, observamos una supeditación del factor tecnológico a los mismos principios iniciales, que en ningún caso pierden su vigencia. 4. Las implicaciones sociales y políticas del voto electrónico A lo largo de las páginas precedentes hemos observado como la introducción de elementos tecnológicos modifica los procedimientos tradicionales de votación, con los cambios que esto implica en relación con los principios democráticos básicos de los procesos electorales. Nuestra exposición ha tratado de mostrar como esta problemática debe solucionarse por medio de mecanismos técnicos. En algunos casos, los sistemas de votación electrónica son perfectamente capaces de asegurar la no vulneración de los derechos básicos de los electores. Pero en otras ocasiones, las novedades aportadas por el carácter electrónico de la votación convierten algunos de estos aspectos en un gran desafío todavía pendiente de ser resuelto. Entre estas cuestiones, no debemos olvidar la existencia de ciertos retos propios de cualquier sistema de voto electrónico en los que la técnica no puede actuar. Por eso, en este apartado queremos analizar aquellos factores que a pesar de ser fruto del uso de la tecnología, la propia técnica no puede solucionar. Se trata de implicaciones del voto electrónico desde el punto de vista social y político. Acceso a la tecnología y participación electoral Las nuevas tecnologías se han desarrollado a un ritmo tan rápido que a menudo se caracteriza su irrupción en la vida cotidiana de los ciudadanos como una verdadera revolución. Sin embargo, la posibilidad de disfrutar de cierta tecnología, como es el caso de Internet, requiere, además de recursos económicos y un grado de conocimientos básico, la existencia de una infraestructura adecuada. El fomento y el uso de la tecnología son por tanto desiguales. Actualmente existe una verdadera división entre aquellos que tienen acceso a la tecnología y aquellos que no: es la llamada división digital. De forma más concreta, podemos interpretar esta fractura en función de dos grandes dimensiones. Por un lado, existe una división geográfica a nivel mundial, por la que se constata un acceso desigual a las tecnologías entre países. A pesar de la dificultad para obtener datos significativos de la magnitud de este fenómeno, el "Informe sobre el Desarrollo Humano, 2001", realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), ofrece una tipología de países en función de un indicador que refleja el grado de esfuerzos y de posibilidades de cada país en la creación y divulgación de tecnología: el Índice de Consecución Tecnológica (ICT) (5). De esta tipología se desprende la existencia de cuatro grandes tipos de países, tal y como se muestra en el siguiente cuadro:
Los datos que nos ofrece el PNUD muestran la existencia de una clara diferencia entre aquellos países con grandes niveles de inversión y fomento de la tecnología y aquellos donde ni siquiera las consideradas viejas tecnologías (teléfono o electricidad) llegan al conjunto de la población. De hecho, encontramos la clásica división Norte-Sur, por la cual los países más ricos aventajan a los más pobres, con una situación intermedia para aquellos que se encuentran en vías de desarrollo. Podemos hablar entonces de la existencia de una división digital en una dimensión geográfica. Entonces, independientemente de otras consideraciones políticas, este fenómeno puede afectar a las votaciones electrónicas desmitificando la idea que estas permitirían a los electores emitir su voto desde cualquier punto del planeta. El requisito de movilidad debe ser interpretado por lo tanto en términos muy relativos. Por otro lado, la división digital se manifiesta en una segunda dimensión de tipo social en el interior de los países. En este estudio, hemos querido prestar atención a los países occidentales desarrollados y democráticos. En el interior de estos países, se observa como algunos segmentos de la población pueden quedar excluidos de la tecnología en función de características como los niveles de renta o de estudios, o la edad: "Socially disadvantaged groups (with less economical resources and a lower level of education) as well as older people are the slowest to take up new technologies if at all" (Sànchez y Torras, 2001). De hecho se argumenta a menudo que la llegada de estas nuevas tecnologías al conjunto de los ciudadanos es lenta pero progresiva. En todo caso, en el momento presente se puede hablar de una verdadera división digital en una dimensión social. Para ilustrar de forma más clara el alcance de este fenómeno en nuestras sociedades, con la voluntad de observar sus consecuencias sobre posibles implementaciones de sistemas de votaciones electrónicas, hemos analizado la situación en Catalunya a partir de algunos indicadores de acceso de los ciudadanos a las nuevas tecnologías. De forma general, los diversos estudios realizados por los diferentes organismos especializados utilizan dos grandes tipos de indicadores. En primer lugar, se pueden analizar datos sobre los usuarios de ordenadores (perfil del usuario, frecuencia de uso, lugar de uso, motivo del uso,…). Y en segundo lugar, se trabaja sobre datos similares en relación con los usuarios de Internet. En el caso de Catalunya, podemos encontrar estos datos en el informe "Estadísticas de la Sociedad de la Información, Catalunya 2001", elaborado por el Observatorio de la Sociedad de la Información de la Generalitat de Catalunya. A continuación se presentan algunos de los resultados de este informe:
% sobre total población de 15 ó más años. Utilización del ordenador para cualquier finalidad y desde cualquier lugar
Tal y como muestra la tabla, en el año 2001 un 58,6% de la población catalana afirma haber utilizado el ordenador en alguna ocasión, cifra que supone un aumento de un 2,5% respecto del año anterior. Este dato nos indica igualmente que un 41,4% de mayores de 15 años no ha utilizado nunca un ordenador. Por lo tanto, si el crecimiento de 2,5% anual se mantuviera constante, deberíamos esperar más de 16 años para que toda la población hubiese utilizado al menos en una ocasión el ordenador. Por otro lado, el estudio "Estadísticas de la Sociedad de la Información, Catalunya 2001" define como usuario frecuente del ordenador aquella persona que lo utiliza, como mínimo una o más veces por semana. En este sentido, en Catalunya había en el 2001 un 44,6% de personas mayores de 15 años que utilizaban frecuentemente el ordenador, dato que no supera la mitad de la población. En la misma línea que en el caso anterior, el crecimiento respecto del año 2000 fue de un 2,6%. En cuanto al segundo gran indicador, las cifras son lógicamente inferiores: un 42,9% de la población catalana de más de 15 años afirma haber utilizado en alguna ocasión Internet. Esto implica que un 57,1% no lo ha utilizado nunca. Sin embargo, en esta ocasión, el crecimiento respecto del año 2000 fue de un 9,6%. En cuanto a los usuarios frecuentes, es decir aquellos que utilizan Internet una o más veces por semana, el porcentaje sobre el total de la población catalana mayor de 15 años no supera el 30%. Estos datos confirman que existe un crecimiento en el acceso de los ciudadanos catalanes a las nuevas tecnologías, tanto en lo que se refiere al uso de ordenadores como, sobretodo, al uso de Internet. No obstante, los porcentajes de población que todavía se mantiene al margen de estas tecnologías son bastante elevados: en algunos casos superan la mitad de la población. Por lo tanto, se puede afirmar en la actualidad, que la división digital también se manifiesta entre la población catalana. En relación con las votaciones electrónicas, esta realidad implica que algunos ciudadanos podrían tener más facilidades que otros a la hora de utilizar cualquier mecanismo electrónico para emitir su voto. Las diferencias serían mayores si el sistema utilizado fuese el voto remoto. En realidad, sistemas como el que hemos visto para el caso de Florida no presentan grandes dificultades (a priori) ya que el votante prácticamente no entra en contacto con dispositivos electrónicos. Pero para poner otro ejemplo, no todos los votantes pudieron emitir su voto por Internet en las elecciones internas del Partido Demócrata de Arizona. De hecho, no debemos entender que un elector que no haya utilizado nunca un ordenador sea incapaz de emitir su voto mediante un aparato electrónico. Sin embargo, la desconfianza o el simple desconocimiento pueden actuar disuadiendo a muchos electores a la hora de decidir participar en las elecciones. Como hemos visto, en el caso de Catalunya, esta desconfianza podría afectar a buena parte de la población (y por lo tanto, del censo electoral). Además, como avanzábamos más arriba, la división digital afecta a unos segmentos concretos de la población. Esto quiere decir que el acceso no es solo desigual en el conjunto de la población, sino que se manifiesta en grupos de ciudadanos con perfiles socio-económicos determinados. Para el caso de Catalunya, y todavía en base a datos del estudio "Estadísticas de la Sociedad de la Información Catalunya 2001", podemos tratar de dibujar un perfil socio-económico del ciudadano (y del elector, por aproximación) afectado por la división digital. A continuación presentamos algunos de los datos recogidos en este estudio de nuevo en relación con los usuarios de ordenador y de Internet:
En primer lugar, el acceso a las nuevas tecnologías resulta bastante desigual entre hombres y mujeres. La tabla muestra la existencia de una proporción menor de mujeres que afirman haber utilizado el ordenador o Internet en alguna ocasión. Una de las posibles causas de este fenómeno se podría localizar en otros datos aportados por el mismo estudio. Así, por ejemplo, el 78,5% de los usuarios de ordenador afirma utilizar programas ofimáticos (bases de datos, procesadores de textos, etc.). Este dato es totalmente coherente si se tiene en cuenta que entre los asalariados o entre empresarios, profesionales liberales y autónomos se da un número más elevado de personas que afirman haber utilizado el ordenador en alguna ocasión (80,2% y 73,3% respectivamente) en relación con otros segmentos de la población como los parados, las amas de casa o los jubilados. En conjunto podemos concluir que el lugar de trabajo resulta ser un espacio importante para la incursión de las nuevas tecnologías en la vida de los ciudadanos. Por lo tanto, dadas las desigualdades por razón de sexo todavía existentes en el mundo laboral, parece lógico observar un acceso menor de las mujeres a las nuevas tecnologías. En cuanto a la distinción por edades, la tabla muestra claramente la idea que el acceso a las nuevas tecnologías es más restringido a medida que aumenta la edad del ciudadano. En la tabla destacan los bajos porcentajes para la categoría de mayores de 55 años. Hay que tener en cuenta que en este segmento se incluyen personas en edad laboral, y que, por lo tanto, pueden entrar en contacto con las nuevas tecnologías en el lugar de trabajo. En cambio, si nos fijamos en la cifra de personas que han utilizado en alguna ocasión un ordenador o Internet entre los jubilados exclusivamente, esta se reduce hasta un 11,6% y 3,3% respectivamente. En sentido contrario, en cuanto a los menores de 24 años, los datos indican una penetración prácticamente total de las nuevas tecnologías. De hecho, los estudiantes aparecen en el informe como el segmento más usuario con diferencia (el 99,9% y el 97% de estudiantes afirman haber utilizado en alguna ocasión el ordenador y Internet respectivamente). Además, si anteriormente hemos visto que la finalidad principal de la utilización de ordenadores son los programas ofimáticos, hay que destacar que en un segundo lugar, con un 60,4% de los usuarios, se sitúa el uso para el ocio (escuchar música, jugar, etc.). En conjunto, las diferencias entre el primer y último segmento resultan espectaculares. Tal y como afirma el estudio "La Sociedad Red en Catalunya", publicado en agosto de 2002 por la Universitat Oberta de Catalunya, y bajo la dirección de Manuel Castells, "los hogares catalanes no han entrado en la sociedad red en la misma medida. Y el elemento diferenciador clave parece que es la edad de los que habitan en estos hogares" (UOC, 2002: p. 35). Si nos fijamos ahora en la distinción en función del Nivel de Estudios, nuevamente observamos una tendencia clara: los ciudadanos tienen un mayor acceso a las nuevas tecnologías cuando su nivel de estudios es mayor. Una de las explicaciones para esta tendencia reside en el hecho de que las nuevas tecnologías requieren un grado de conocimientos mínimo para ser utilizadas. En realidad, los datos que muestra la tabla hacen referencia únicamente a aquellas personas que afirman haber utilizado el ordenador o Internet en alguna ocasión. Para los datos sobre una utilización más frecuente, que requiere mayores habilidades, el estudio muestra porcentajes menores en todas las categorías. En cuanto a la población sin estudios, hay que tener en cuenta que entre esta se encuentra un número bastante elevado de personas de edad avanzada. Por lo tanto, los datos resultan coherentes con los expuestos más arriba: existe un elevado porcentaje de personas sin estudios que no ha utilizado nunca un ordenador o Internet (91,9% y 94,7% respectivamente). Por último, en cuanto a la distinción por Nivel de Ingresos, la tendencia vuelve a ser muy clara: el acceso a las nuevas tecnologías es mayor en aquellos ciudadanos con un nivel de ingresos más elevado. Resulta evidente que, a pesar de ser cada vez más accesibles en términos económicos, el precio de las tecnologías constituye todavía un obstáculo para aquellos ciudadanos con ingresos reducidos. Incluso entre los segmentos más jóvenes de la población, se argumentan los casos en los que no se da un uso de las nuevas tecnologías por su coste elevado (UOC, 2002: p.49). Así, de nuevo, las diferencias entre el segmento con un mayor nivel de ingresos y el segmento con el menor de ellos resulta espectacular. En conjunto, el perfil del ciudadano afectado por la división digital en Catalunya queda bien definido:
Por lo tanto, por oposición, los hombres, jóvenes, con unos niveles de estudios y de ingresos elevados serían los ciudadanos con un mayor acceso a las nuevas tecnologías. De esta forma, volviendo a nuestro argumento inicial, podríamos pensar que estas personas tendrían más facilidad para emitir su voto de forma electrónica. No obstante, ¿podemos admitir que estas personas serán las que más participen en unas elecciones de este tipo? ¿Sería el perfil del ciudadano afectado por la división digital el nuevo perfil abstencionista si se generalizasen las votaciones electrónicas en Catalunya? Entre las consecuencias del voto electrónico, y en relación con la división digital, las cuestiones que más preocupan se plantean alrededor de la participación electoral. Se trata básicamente de dar respuesta a dos grandes interrogantes: ¿Votarán más o menos ciudadanos? Y ¿votarán ciudadanos distintos? De forma general, en la explicación de la abstención intervienen un gran número de variables, entre las que destacan las de carácter socio-económico. Como afirma Lipset, "las normas de participación electoral son asombrosamente las mismas en varios países: Alemania, Suecia, Estados Unidos, Noruega, Finlandia y muchos otros de los cuales poseemos datos" (1987: p.158). A partir del tratamiento de estos datos, el autor obtiene una distinción entre grupos sociales en función de su tendencia a participar en las elecciones (6). El siguiente cuadro muestra estos resultados:
Aunque no podemos comparar todas las variables con los datos relacionados con el acceso a las nuevas tecnologías presentados más arriba, observamos que existen ciertas coincidencias entre algunas características propias de los abstencionistas y de los afectados por la división digital. Es el caso de variables como Sexo, Nivel de Estudios y de Ingresos: parece que los grupos de personas con un mayor acceso a las nuevas tecnologías son al mismo tiempo los que presentan mayores tendencias a participar electoralmente. Entonces, es probable que el voto electrónico no solo no elimine las diferencias en términos de participación electoral entre unos y otros grupos, sino que las acentúe. A pesar de ello, no debemos olvidar que en este tipo de votaciones, resulta prácticamente igual de importante un cierto conocimiento de la tecnología a utilizar como la confianza en ésta, que no tienen porqué ser siempre coincidentes. Así, por ejemplo, en el caso de los esquemas de voto remoto, hemos visto que en algunos casos los requisitos de seguridad no se garantizaban. ¿El hecho de conocer esta circunstancia no supone precisamente una mayor desconfianza en el sistema? Uno de los indicadores de este grado de confianza podemos hallarlo en los datos relacionados con la realización de compras y pagos por Internet, que suelen implicar una transmisión de datos bancarios. La siguiente tabla recoge los datos relativos a Catalunya para esta variable:
La tabla muestra claramente la existencia de cierta desconfianza en el momento de realizar por Internet algunas transacciones que impliquen pagos. Hay que tener en cuenta que los porcentajes hacen referencia exclusivamente a usuarios frecuentes de Internet, es decir, aquellas personas que lo utilizan una o más veces por semana, y que, por lo tanto, tienen un acceso y unos conocimientos mayores sobre las nuevas tecnologías. Entre estos, destaca la proporción de personas que afirman haber realizado en alguna ocasión un pago por Internet: únicamente un 11,9%. Además, si tenemos en cuenta que los usuarios frecuentes de Internet constituyen un 29,8% de la población catalana mayor de 15 años, obtenemos que tan solo un 3,6% de la misma ha efectuado alguna vez un pago a través de Internet. Por lo tanto, en el caso de las votaciones por Internet, no parece tan evidente que aquellas personas que tengan un mayor acceso a las nuevas tecnologías utilicen mayoritariamente este sistema para emitir su voto (que no quiere decir que dejen de participar). En cuanto a la utilización de aparatos para votar desde los colegios electorales, la confianza puede ser mayor dado que no existe ningún tipo de conexión a la red externa. Además, en estos casos, la presencia física de técnicos y expertos en los propios colegios electorales aporta un grado de confianza que no existe en las votaciones remotas. Por otro lado, sin embargo, podemos constatar que también se dan algunas contradicciones entre el perfil abstencionista y el perfil del ciudadano afectado por la división digital. Este es el caso de algunos grupos de edad. Efectivamente, los jóvenes aparecían como uno de los segmentos con un acceso más claro a las nuevas tecnologías. De hecho, se argumenta a menudo que la utilización de tecnologías podría suponer un aliciente para estos a la hora de decidir participar: no solo porque no supone para ellos un esfuerzo demasiado elevado (dado que tienen acceso a esta tecnología y en el caso de Internet se les evita inconvenientes como el desplazamiento), sino también por el simple gusto por la utilización de las nuevas tecnologías. Pero por otro lado, hemos visto que de forma generalizada, los jóvenes aparecen como uno de los segmentos más abstencionistas. ¿Debemos creer entonces que el voto electrónico puede llevarles a participar electoralmente? En realidad, es evidente que la edad por sí sola no explica el comportamiento de estas personas en el momento de decidir votar o abstenerse. De hecho, los factores sociales o económicos no son los únicos que intervienen en la toma de la decisión de votar. También resultan decisivas algunas variables relacionadas con las actitudes de los electores. Entre otras, y de nuevo sobre la base de la obra de S. M. Lipset (1987: p.161), la siguiente tabla muestra los principales factores que actúan en este sentido:
Por lo tanto, podemos prever que por el simple hecho de ser joven, el elector no participará en unas elecciones a menos que se vea afectado de forma directa por algún(os) de estos factores. En este sentido, Lipset plantea la situación de los jóvenes que afrontan su primera votación (1987: p.182). En estos casos, afirma el autor, existe un grado de conflictividad bastante elevado ya que el joven no dispone de ciertas referencias, como pueden ser las anteriores emisiones de su voto. Además, sus "procesos de socialización y aprendizaje político todavía están en marcha, y sus identificaciones no están suficientemente desarrolladas" (Font, Contreras y Rico, 1998: p.78). Entonces, a menos que se encuentre en un ambiente homogéneo de fuertes presiones, es probable que el joven elector no perciba todavía en la misma medida que un adulto como sus intereses se ven afectados por la actividad política. Se trata por lo tanto de factores que no mantienen ninguna relación con el hecho de incorporar o no elementos tecnológicos a las votaciones. Para poner otro ejemplo concreto, podemos observar el caso de las elecciones primarias en el Partido Demócrata de Arizona (marzo de 2000). En aquella ocasión, la votación por Internet atrajo a gran cantidad de electores jóvenes que anteriormente se abstenían. Pero hay que tener en cuenta que para obtener el derecho a voto en estas primarias, hacía falta estar inscrito como demócrata, circunstancia que demuestra una gran proximidad al partido, un interés por la política y una posición más proclive a recibir presiones de grupo. Los jóvenes electores que participaron en estos comicios reunían pues una serie de características y factores excepcionales. Además, no debemos olvidar que se trataba de la primera gran experiencia de votación remota que se realizaba de forma totalmente legal y vinculante. La novedad de la situación podía suponer un aliciente por sí mismo. Y no solo entre los más jóvenes. Precisamente, durante los primeros minutos de apertura de las votaciones on-line, Election.com registró la recepción de votos a un ritmo de 2,5 por minuto (9). Globalmente, la participación experimentó un crecimiento espectacular: si en las elecciones de 1996 habían emitido su voto 12.800 demócratas, en el 2000 esta cifra alcanzó los 85.970 (10), con un aumento superior al 600%. ¿Se experimentarán variaciones de participación similares cuando el sistema sea ya habitual (si se da el caso)? En definitiva, deducimos que hacen falta unos incentivos y una predisposición para votar que el acceso a las nuevas tecnologías no aporta por sí mismo. De esta manera, el hecho de que los jóvenes utilicen Internet de forma habitual no implica que vayan a utilizarlo para votar. Precisamente, anteriormente hemos mencionado que una de las principales finalidades en la utilización de las nuevas tecnologías es el ocio: escuchar música, jugar,… Entonces, si es cierto que entre los jóvenes existe un menor interés por la política, ¡es más que probable que no la asocien al ocio! En este mismo sentido, el estudio "La Sociedad Red en Catalunya" muestra como un 91% de los encuestados usuarios de Internet afirman no realizar nunca ninguna actividad en la red de búsqueda de información político-sindical (UOC, 2002: p.251). Este dato resulta coherente con nuestro argumento teniendo en cuenta que los segmentos de población más joven son los que más utilizan Internet. Como nuevo ejemplo, podemos citar una experiencia que tuvo lugar en la ciudad alemana de Esslingen en julio de 2001. En esta ciudad existe un Parlamento juvenil formado por 20 chicos y chicas de entre 14 y 19 años, escogidos por los jóvenes de la ciudad. Su tarea esencial consiste en debatir los temas que les afectan para transmitir sus demandas y conclusiones a las autoridades locales. Para las elecciones que debían tener lugar en el 2001, se previó la posibilidad de emitir el voto por Internet (también se podía votar mediante el mecanismo tradicional). Uno de los objetivos de esta iniciativa era involucrar políticamente a los más jóvenes: el censo electoral estaba compuesto por 4845 chicos y chicas de entre 14 y 19 años. Finalmente, aunque se registró un aumento de la participación respecto de las elecciones anteriores (1999), solo votaron 271 electores (5,6% del censo). De estos, únicamente 34 emitieron su voto por Internet (12,5% de los votantes y 0,7% del censo) (11). La principal razón que se aportó para justificar estas cifras fue la complejidad en los trámites a realizar para poder votar de forma remota. En todo caso, en esta ocasión, Internet no actuó como movilizador de los jóvenes. En sentido contrario, y volviendo a nuestra argumentación, los electores de edad más avanzada pueden verse claramente perjudicados por la implementación del voto electrónico. Como hemos visto, se trata del segmento con un menor acceso a las nuevas tecnologías, y más si tenemos en cuenta que la edad coincide a menudo con unos niveles de estudios o de ingresos más bajos. Por lo tanto, el riesgo de desconfianza o desconocimiento es especialmente elevado en estos electores. Además, a medida que crece la edad, se constatan tasas de abstención en aumento. Siguiendo la misma lógica que en el caso de los jóvenes electores pero en sentido inverso, Lipset argumenta que "se están perdiendo sus contactos sociales debido al abandono del trabajo, a la enfermedad y a las defunciones acaecidas en el grupo de gente de su edad" (1987: p.175). Entonces, ya no se trata del hecho que unos electores tradicionalmente poco participativos como los jóvenes encuentren o no nuevas motivaciones para votar, sino de la posibilidad que el crecimiento de la abstención a partir de ciertas edades se acentúe. A pesar de ello, se suele argumentar que el voto remoto puede generar un aumento de aquellos electores que no emiten su voto por causas circunstanciales. Se cita por ejemplo a las personas de salud delicada que tendrían más dificultades para desplazarse hasta las urnas, mayoritariamente gente mayor. También es especialmente elevada esta abstención "técnica o forzosa" entre las amas de casa o las personas sin estudios entre otras (Font, Contreras y Rico: 1998, p.95). Entonces, ¿es realmente el voto por Internet una ventaja para estas personas para emitir su voto, cuando hemos constatado que se trata de los más afectados por las desigualdades en el acceso a las nuevas tecnologías? Podemos comparar esta situación con la que se da en aquellos países donde existen modalidades como el voto por correo o el voto anticipado: tal y como afirma E. Anduiza, "ni el voto por correo ni el voto anticipado parecen venir acompañados de una menor abstención" (1999, p.143). Más bien, y como podría darse con el voto electrónico remoto, estas opciones parecen ser realmente aprovechadas por aquellos electores que ya disponen de los recursos y las motivaciones necesarias (Hansen, 2001). En cualquier caso, y en la misma línea de las conclusiones de la California Internet Voting Task Force, lo cierto es que no se puede plantear la posibilidad de implementar las votaciones por Internet como única forma posible para emitir el voto si no se quieren vulnerar algunos de los principios y derechos básicos del elector. Siempre debe existir la posibilidad de votar a través de mecanismos convencionales (papeleta o voto por correo) o de realizar la votación a través de ordenadores o aparatos controlados, por ejemplo, en los mismos colegios electorales. Lo que deberíamos preguntarnos entonces es si este tipo de votaciones pueden suponer un gravamen comparativo para aquellos electores que deberían continuar desplazándose hasta el colegio electoral frente a aquellos que podrían emitir su voto desde casa, por el simple hecho de tener un mayor acceso a las nuevas tecnologías. Nos encontramos ante un posible caso de vulneración del principio de igualdad de voto. Tal y como hemos expuesto anteriormente, este derecho reside en la base de cualquier proceso electoral que pretenda satisfacer las condiciones de la democracia. Sabemos también que las administraciones ponen en marcha medidas para facilitar la votación y garantizar una igualdad relativa entre electores con más o menos recursos. Por lo tanto, si nuestros razonamientos resultan ser ciertos, con la implementación de mecanismos de votación electrónica, especialmente si esta es remota, se estaría facilitando la emisión del voto a aquellos segmentos que ya disponen de recursos suficientes (mayores niveles de ingresos o educación). Y en sentido contrario, se ampliarían los inconvenientes para aquellos electores para los cuales la decisión respecto del voto y de su contenido requiere un esfuerzo mayor. Incluso con la aplicación de los aparatos más básicos, el simple desconocimiento puede provocar reticencias que con las tradicionales papeletas no existen por ellas mismas. Si a esto le añadimos por ejemplo unas circunstancias de falta de movilidad o enfermedad (como en el caso de la gente mayor), las dudas sobre la emisión del voto se pueden decantar más fácilmente hacia la abstención. En el caso de la experiencia de Arizona de marzo de 2000, la asociación "Voting Integrity Project" (VIP) presentó una demanda ante los tribunales para tratar de evitar la votación remota, aduciendo que podía resultar discriminatoria contra los electores con niveles de renta inferiores y las minorías étnicas, segmentos con un menor acceso a las nuevas tecnologías en Estados Unidos. Finalmente, un Juez Federal denegó la solicitud de la VIP al considerar que la existencia de procedimientos convencionales para emitir su voto garantizaba precisamente sus derechos sin añadir ningún nuevo inconveniente. La votación siguió adelante con los resultados expuestos. Un ejemplo algo distinto lo encontramos en Bélgica, donde en junio de 2000 un grupo de ciudadanos interpuso una demanda ante el "Arbitragehof", tribunal encargado de juzgar las posibles violaciones de principios y derechos fundamentales como la igualdad o la no discriminación. En esta ocasión, la demanda exponía que los ciudadanos que podían verse perjudicados de forma discriminatoria eran los que emitían su voto mediante mecanismos electrónicos. Su argumento principal hacía referencia a la desaparición en estos sistemas del estricto y controlado procedimiento de recuento manual. Con la utilización de aparatos electrónicos no tenían la certeza de que el recuento se produciría con la misma precisión. Se estaría incumpliendo el requisito de precisión/exactitud. Finalmente, el tribunal desestimó el recurso por defectos de forma. En cualquier caso, la implementación del voto electrónico, especialmente del voto remoto, no puede realizarse sin tener en cuenta la existencia de esta división digital y de sus posibles efectos sobre los derechos básicos de los electores. Ciertamente, las consecuencias de este fenómeno sobre la participación electoral no quedan claras: incluso entre aquellos que tienen un mayor acceso a las nuevas tecnologías, este mismo puede ser motivo de desconfianza. Y en cuanto a los segmentos menos participativos, no hay que confiar ciegamente en que la tecnología los arrastrará alas urnas (virtuales). Por otro lado, no debemos menospreciar los datos que nos indican que día tras día cada vez hay más personas en el mundo que acceden por primera vez a las nuevas tecnologías. Además, los avances científicos pueden aportar formas más seguras y sencillas para realizar las votaciones respetando los tradicionales principios democráticos, así como las nuevas necesidades surgidas del propio uso de las nuevas tecnologías. En conjunto, tendemos a creer que las diferencias se reducirán y la confianza crecerá. Pero para ello, ¡quizás habrá que esperar un cambio generacional! De hecho, estas son las principales razones de las reticencias de algunos gobiernos para dar el salto hacia mecanismos de votación más avanzados tecnológicamente. De forma general, se considera que primero hay que alcanzar la confianza de los electores partiendo de sistemas relativamente básicos y sencillos. Recuperamos aquí los argumentos de la California Internet Voting Task Force que recomendaba un avance gradual en la implementación del voto electrónico. 5. Conclusiones A lo largo de estas páginas hemos querido examinar los dos grandes factores que definen el voto electrónico y como estos se condicionan mutuamente para transformar los procesos electorales. En primer lugar, hemos identificado un factor claramente político: como su nombre indica, se trata de una votación, entendida como etapa central del proceso electoral. Hemos visto como los procedimientos establecidos a lo largo de este proceso responden a objetivos muy claros: la garantía de aquellos principios que aseguran el cumplimiento de las funciones democráticas de las elecciones. En cuanto al segundo factor, se trata de incorporar a los procesos electorales el uso de algún tipo de tecnología. El argumento que se utiliza a menudo para justificar este cambio se centra en la idea de aportar a las elecciones un fenómeno que ya se da en otras esferas de la vida cotidiana: el aprovechamiento de las ventajas de las nuevas tecnologías. No obstante, la aplicación de esta tecnología comporta la alteración de unos procedimientos que, como hemos visto, han sido implantados con un objetivo ineludible. Desde un punto de vista técnico, las diversas propuestas de mecanismos electrónicos de votación existentes hoy en día tratan con mayor o menor éxito de reproducir todas las exigencias de los sistemas convencionales. Dicho de otra manera: los procedimientos cambian, pero no los objetivos básicos que se les había atribuido. Encontramos aquí una primera forma de interacción entre los dos factores que conforman el fenómeno que genera el voto electrónico: la tecnología transforma ciertas características del proceso electoral, pero los principios políticos que lo rigen limitan y condicionan la acción de la tecnología. Por otra parte, también es cierto que se producen algunas transformaciones en la manera de interpretar estos objetivos. Por ejemplo, hemos constatado una redefinición de las prioridades clásicas, que vendrá dada por los esfuerzos destinados a salvaguardar todos y cada uno de los principios democráticos clásicos de los procesos electorales. No obstante, en los dos casos, el punto de referencia inalterable continúa encontrándose en estos principios clásicos. La lógica inicial debe permanecer inalterada. El factor político constituye pues el elemento principal de este fenómeno, lo que lo diferencia de otras aplicaciones de las nuevas tecnologías. Éstas deben entenderse como un instrumento capaz de aportar ciertos beneficios sin modificar la esencia del proceso electoral. Esto nos indica también que no debemos buscar en la tecnología la solución a los diversos problemas que podamos identificar en el funcionamiento y las instituciones de la democracia. Hemos visto un claro ejemplo en el análisis de los jóvenes y sus bajos niveles de participación electoral. Por otro lado, no podemos obviar los posibles inconvenientes de la implementación del voto electrónico. Hemos visto como las ventajas tecnológicas pueden ser aprovechadas por parte de los electores, ampliando las brechas de desigualdad preexistentes. Debemos preguntarnos si vale la pena el esfuerzo de poner en marcha un sistema (el voto remoto) que no llegaría igual al conjunto de la población. Una respuesta negativa es obviamente insolidaria y reaccionaria. En cualquier caso, el debate vuelve a plantearse entorno de los derechos democráticos clásicos: en este caso, la igualdad. Una vez más, el factor político se impone. Bibliografía y Webografía
Para la realización de este estudio también hemos contado con informaciones publicadas en las páginas oficiales de diversos organismos o expertos. Entre otros, queremos destacar:
Notas ^ 1. Sin embargo, hoy en día ha quedado rechazada la práctica de la representación en clave de "mandato imperativo", que comportaría una sumisión completa de los representantes a las instrucciones de los electores. En realidad, las elecciones deben entenderse como el instrumento que otorga una autorización para la deliberación, la toma de decisiones y su aplicación. ^ 2. Basamos el orden de nuestra clasificación en el informe de la California Internet Voting Task Force de enero de 2000, que establece una gradación para implementar el voto electrónico desde los mecanismos más simples hasta las formas más complejas de voto remoto por Internet. ^ 3. No entraremos en detalle a describir el funcionamiento de estos sistemas, dada su complejidad. Para una descripción más completa pero especializada, ver las tesis doctorales en informática [Borrell, 1996] o [Riera, 1999]. Para una descripción menos compleja, ver mi propio trabajo de investigación [Cantijoch, El Vot Electrónic: les transformacions dels processos electorals, UAB (manuscrit), 2002, capítulo 3]. ^ 4. Los votantes tenían diversas alternativas para emitir su voto: voto convencional en los colegios electorales mediante papeletas, voto por correo, voto mediante ordenadores conectados a Internet en los mismos colegios electorales o voto por Internet desde cualquier ordenador. ^ 5. Se trata de un índice compuesto por diversos indicadores de creación y divulgación de tecnologías, así como de instrucción de la población. Para una descripción más detallada, ver PNUD, 2001: p. 46-47. ^ 6. Para datos concretos sobre abstención en Catalunya, ver [Font y Virós, 1995] o [Font, Contreras y Rico, 1998]. De forma general, y con la excepción de variables que son específicas de las circunstancias concretas de cada país, como en el caso de la raza, las tendencias se reproducen para el caso de Catalunya. ^ 7. Actualmente, en la mayoría de los países citados las diferencias por motivo de sexo tienden a desaparecer. ^ 8. Las personas mayores de 55 años suelen participar electoralmente en mayor medida que los jóvenes menores de 35 años, pero en menor medida que los adultos de entre 35 y 55 años. Por este motivo, en la casilla correspondiente a una tendencia más favorable a la participación no se especifica un solo grupo de edad mayor de 35 años, sino que se presenta dividido en dos. ^ 9. Fuente: www.election.com ^ 10. Fuente: idem anterior. ^ 11. Fuente: www.jgrwahl.esslingen.de
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